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TRES LLAMADAS PERDIDAS DE PEDRO A VICENTE. LA ÚLTIMA FUE A LAS 11:47 AM

Mayor Saldívar, con 28 años de experiencia en medicina forense militar, había embalsamado a cientos de caídos en combate. Era un hombre de ciencia fría, metódico, incapaz de fantasías. A las 3:14, mientras preparaba la inyección de formaldeído que preservaría los tejidos, el mayor Saldíbar notó una anomalía en el monitor cardíaco que había conectado por protocolo al cuerpo.

El electrocardiograma, que había mostrado línea plana desde las 20 horas del domingo, repentinamente registró actividad. No era un error del equipo. El mayor Saldíar lo verificó tres veces. Desconectó el monitor, lo reconectó, cambió los electrodos. La actividad persistía. Un ritmo cardíaco débil pero constante, 42 latidos por minuto.

El mayor Saldívar llamó inmediatamente al capitán Méndez Ríos, oficial de guardia aquella noche. Cuando el capitán llegó al hangar tres, lo que presenció lo dejó paralizado. Pedro Infante o lo que quedaba del cuerpo identificado como tal, mostraba signos vitales imposibles. pulso débil pero presente, temperatura corporal elevándose gradualmente desde los 16ºC en que se encontraba hasta alcanzar 23 gr.

Pero lo más perturbador, lo que hizo que el capitán Méndez Ríos saliera del hangar para vomitar dos veces seguidas, fue que los ojos se habían abierto. No era un movimiento reflejo postmortem. Los ojos miraban, se movían, seguían objetos. Cuando el mayor Saldíar, recuperando algo de su compostura profesional, acercó una linterna para examinar las pupilas, estas se contrajeron respondiendo a la luz.

Una respuesta que requería función cerebral activa, una respuesta que los muertos no pueden ejecutar. El protocolo militar ante situaciones anómadas era claro. Contención, documentación, reporte. El capitán Méndez Ríos ordenó sellar el hangar. llamó a cuatro oficiales más como testigos, estableció un perímetro de seguridad y entonces, mientras cinco militares observaban en silencio sepulcral y el mayor Saldíbar monitoreaba cada función vital con manos que no dejaban de temblar, esperaron.

Durante 42 minutos con 18 segundos, el cuerpo de Pedro Infante manifestó vida. No era vida como la conocemos, pero tampoco era muerte. Era algo intermedio, algo para lo que no existían palabras en el vocabulario médico. Los monitores registraban actividad cerebral en el lóbulo frontal, la zona asociada con la conciencia, el pensamiento, la voluntad.

El mayor Saldíbar, en su reporte anexo al documento del capitán Méndez Ríos, escribió, “El sujeto parecía estar intentando algo. Había propósito en la actividad neurológica. No era random, era dirigida. A las 3:39 horas, el cuerpo levantó la mano derecha. Fue un movimiento lento, trabajoso, como si cada milímetro requiriera un esfuerzo sobrehumano.

Los dedos se extendieron, la palma se abrió y entonces, con una claridad que heló la sangre de todos los presentes, la mano hizo un gesto inequívoco. El ademán universal de sostener un teléfono, el pulgar y el meñique extendidos, los otros tres dedos recogidos, el gesto que cualquier persona hace cuando dice, “Llámame o voy a llamar.

” El gesto se mantuvo durante 17 segundos. Luego la mano cayó. Los signos vitales comenzaron a descender rápidamente. A las 3:56 horas con 18 segundos, el electrocardiograma volvió a mostrar línea plama. La temperatura corporal comenzó a descender. Los ojos, que habían permanecido abiertos y móviles, se quedaron fijos mirando al techo del hangar.

Esta vez definitivamente Pedro Infante había muerto. El capitán Méndez Ríos ordenó que todo lo presenciado fuera documentado con el máximo nivel de clasificación. Los cinco oficiales testigos firmaron declaraciones individuales que coincidían en cada detalle. El mayor Saldíar completó el proceso de embalsamamiento con una eficiencia mecánica, como si realizar su trabajo pudiera devolverle algo de normalidad, a una noche que había destruido todo lo que creía saber sobre la vida y la muerte.

El ataúd fue sellado inmediatamente. Las órdenes fueron claras. Nadie vería el cuerpo nuevamente. El funeral sería con ataú cerrado, sin excepciones. El reporte fue archivado en una caja de seguridad en las instalaciones de inteligencia militar. Solo tres personas tenían acceso a él. el general secretario de la defensa nacional, el comandante del campo militar número 1 y el director de servicios médicos militares.

Durante 63 años ese reporte permaneció enterrado bajo toneladas de burocracia y silencio oficial, pero aquí está la parte que conecta esa madrugada imposible con Vicente Fernández, con esas tres llamadas perdidas y con el misterio que obsesionó a la familia Fernández durante décadas. Tres días después del funeral de Pedro Infante, el viernes 19 de abril de 1957, Vicente Fernández regresó a Guadalajara después de su intento fallido de hacerse un nombre en Mérida.

Llegó a la casa de su madre, María del Refugio Gómez Hernández, en la colonia Analco. Exactamente a las 6:35 de la tarde traía su guitarra, una maleta con tres mudas de ropa y una derrota silenciosa que se le notaba en los hombros. Caídos, su madre lo recibió en la puerta. No hubo reproches. Doña Refugio nunca reprochaba, solo preparó café, sirvió dos tazas y se sentó frente a su hijo en la mesa de madera de pino que había pertenecido a su abuela.

Vicente bebió su café en silencio. Su madre esperó. Conocía a su hijo. Sabía que cuando estaba listo para hablar hablaría. Tuve un sueño raro en el camión, mamá”, dijo Vicente finalmente, removiendo el café, aunque ya no tenía azúcar que disolver. Soñé que Pedro Infante me buscaba, que necesitaba decirme algo urgente, pero no podía hablar, solo me miraba y hacía así.

Vicente levantó la mano haciendo el gesto del teléfono como diciéndome que lo llamara, pero no sé, fue muy real. Me desperté sintiendo que había algo que yo debía hacer. algo importante y se me estaba pasando el tiempo. Doña Refugio dejó su taza sobre la mesa con cuidado. Miró a su hijo con esa intensidad que tienen las madres cuando saben algo que sus hijos aún no están listos para comprender.

A veces los que se van necesitan decirnos cosas, respondió quedamente. Pero no pueden hacerlo como nosotros. Tienen que usar los sueños, las señales, las corazonadas. Si sentiste algo así, mi hijo, probablemente había algo real en eso. Vicente no volvió a mencionar el sueño. Lo guardó en algún rincón de su memoria, junto con otras experiencias inexplicables que prefería no examinar demasiado.

Siguió adelante con su vida, con su carrera que finalmente despegaría 8 años después. Para 1965, Vicente Fernández ya era un hombre reconocido. Para 1970 era una estrella en ascenso. Para 1975 era un icono indiscutible. Pero el sueño volvía, no con frecuencia, pero volvía. Cada varios años, en momentos específicos de su vida, Vicente soñaba con Pedro Infante, siempre el mismo sueño.

Pedro intentando decirle algo, haciendo el gesto del teléfono, mirándolo con una urgencia que atravesaba la frontera entre el sueño y la vigilia, Vicente nunca lo mencionaba públicamente, apenas lo comentaba con su esposa, doña Cuquita, quien aprendió a reconocer las mañanas en que Vicente había tenido ese sueño por la forma en que se quedaba callado durante el desayuno, mirando su café como si las respuestas flotaran en el líquido oscuro.

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