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Tatiana Romanov: La Hija del Zar que Bajó al Sótano… y Nunca Regresó

Lo que los soldados no saben es que esas chicas llevan más de un kilo de diamantes cocidos dentro de la ropa. Una armadura involuntaria, una armadura que no las va a salvar, pero que les va a hacer pasar el infierno más lento. Tatiana es la última de las hermanas en caer. Recibe un disparo en la cabeza a quemarropa.

Tiene 21 años, dos semanas y un día. Pero para entender cómo se llega hasta aquí, hay que volver al principio. Hay que volver a una mañana de junio de 1897 en un palacio cerca del Mar Báltico, a una emperatriz que lloraba al ver a su segunda hija recién nacida, porque la niña era una niña y todo un imperio esperaba un varón. 10 de junio de 1897.

Palacio de Peterhoff, a las afueras de San Petersburgo. Alejandra está agotada, lleva horas dando a luz. Cuando finalmente le ponen a la niña sobre el pecho, lo primero que mira no es la cara de su bebé, es la cara de su marido. Y en la cara de Nicolás intenta detectar lo que ella ya sabe que él está sintiendo.

Decepción, porque Rusia llevaba siglos esperando un heredero y Tatiana, la segunda, era ya el segundo, ¿no? Dos años antes había nacido Olga y Olga ya había sido una decepción, una niña, no un varón. Tatiana era el doble fracaso. Sin embargo, Nicolás besó a su esposa en la frente, tomó al bebé en brazos y susurró una frase que algunos testigos recordarían décadas más tarde.

Es una rosa, una rosa rusa. Le pusieron el nombre de Tatiana en honor a una santa mártir del siglo tercero, una mujer decapitada por negarse a renunciar a su fe. Nadie pensó esa mañana que estaban poniendo el nombre exacto que su vida acabaría escribiendo. Su infancia transcurrió entre cuatro palacios y un mar.

En verano, el Palacio Alejandro en Tarscoy y celo, a las afueras de San Petersburgo, en primavera, Livia, en Crimea, algunos veranos en Spala, en lo que entonces era Polonia rusa y los viajes en yate por las costas finlandesas. Para el mundo, los hijos del Sar vivían como dioses. La realidad era otra. Las hermanas Romanov dormían en camas de campaña, de hierro, sin colchones de pluma.

Su madre lo había decidido así. Alejandra creía que los lujos ablandaban el carácter. Las niñas se bañaban en agua fría todas las mañanas. Aprendían a cocer, a planchar, a tejer. A los 6 años, Tatiana ya bordaba pañuelos. A los ocho sabía remendar sus propios vestidos. Eso fue lo primero que la marcó. La sensación de que ser hija del Sar no significaba ser tratada como una princesa de cuento, significaba ser entrenada como una soldado de la fe.

Su madre, Alejandra había nacido en Alemania. Era nieta de la reina Victoria de Inglaterra, pero su corazón estaba en otra parte. Era una mujer melancólica, casi siempre triste, con un dolor crónico en la espalda que le impedía caminar mucho y profundamente religiosa. Los iconos, los rezos, las velas, el altar en miniatura que tenía en su tocador.

Tatiana absorbió toda esa religiosidad más que ninguna de sus hermanas. A los 10 años recitaba oraciones enteras del rito ortodoxo de memoria. A los 12 era ella quien guiaba a las pequeñas, María y Anastasia, en los rezos antes de dormir. Pero había algo más, algo más profundo que la fe. Era el vínculo con su madre. Tatiana adoraba a Alejandra de una manera intensa, casi enfermiza para una niña tan pequeña.

Cuando su madre tenía dolores, Tatiana se sentaba en la cama, le acariciaba la frente cuando estaba deprimida y Alejandra estaba deprimida muchísimas veces. Era Tatiana la que entraba en la habitación, abría las cortinas, ponía música suave, leía cartas en voz alta. Sus hermanas la llamaban medio en broma. la enfermera. Años después, ya no sería una broma.

Alejandra, por su parte, no escondía sus preferencias. Tatiana era su favorita. No oficialmente, eso habría sido un escándalo, pero las cartas que aún se conservan, los testimonios de las damas de compañía, los recuerdos de los preceptores, todos coinciden. La emperatriz prefería a Tatiana sobre todas las demás.

Mi tatianushka le escribía, mi gran apoyo, mi pilar. Y aquí aparece la primera particularidad de esta historia. Tatiana fue criada desde muy pequeña, no como una niña, sino como una segunda madre, como un pilar emocional, como un sostén. Sus hermanas la llamaban el gobernador. Era ella quien decidía qué ropa se ponían cada mañana, quien organizaba los horarios, quien repartía los caramelos cuando había caramelos, quien iba a hablar con los preceptores cuando alguna había hecho una travesura.

A los 12 años, Tatiana funcionaba ya como la administradora invisible de cuatro niñas y de su madre enferma. ¿Cuántos niños conoces que crecen así? que crecen siendo el adulto antes de tener tiempo de ser niño. Esa fue Tatiana y eso explicaría muchas cosas más adelante. En 1904 llegó el shock, el acontecimiento que partiría a la familia en dos para siempre.

El 12 de agosto de ese año, Alejandra dio a luz al varón que toda Rusia llevaba esperando una década. Alexei Nikolajevich Romanov, un varón, un heredero. Las campanas sonaron en todas las iglesias del imperio. Hubo fuegos artificiales, cañonazos, una alegría salvaje en San Petersburgo, en Moscú, hasta en los pueblos más remotos de Siberia. Tatiana tenía 7 años.

Vio a su madre finalmente feliz. Vio a su padre llorando de emoción. vio al bebé. Era hermoso, rubio, de ojos azules, perfecto. Lo que nadie sabía aún, lo que el médico tardaría algunos días en descubrir, era que el bebé tenía hemofilia. La enfermedad de los reyes europeos, heredada de la reina Victoria, la que pasaba de generación en generación a través de las mujeres, pero que mataba solo a los hombres.

Alexei estaba enfermo y lo iba a estar siempre. Una caída, un golpe, un rasguño. Cualquier hematoma podía ser mortal. Cada nuevo amanecer era una lotería. Y aquí entra la sombra que cambiaría a Tatiana para siempre. La sombra que el mundo entero recordaría con un solo nombre, Rasputín. Pero antes de hablar de él, hay que entender lo que Tatiana sentía.

Hay que entrar en su cabeza en la de una niña de 7, 8, 10 años que veía a su madre llorar todas las noches, que escuchaba los gritos de su hermanito cuando le sangraba una articulación durante días, que oía a los médicos discutir en alemán pensando que las niñas no entendían nada, que sentía a su padre alzar todopoderoso de Rusia, encerrarse en su despacho durante horas, vencido, sin saber qué hacer.

Tatiana hacía lo único que sabía hacer. Rezaba, cuidaba, organizaba, sostenía a su madre, sostenía a sus hermanas, sostenía a Alexei, sostenía un imperio entero, sin saberlo, con sus brazos de niña. Y entonces, en 1905 apareció él. Para entender lo que Rasputín significó para Tatiana, hay que entender primero una escena, una sola escena. Spala, Polonia, otoño de 1912.

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