Aquí es donde aparece el primer gran misterio de este hombre. En el seminario, ese muchacho escribía poemas en Georgiano, poemas que circulaban, que gustaban, que llegaron a publicarse en periódicos respetables. Uno de ellos fue reproducido por el propio Ilia Chapchabatze, la figura más importante de la cultura georgiana de su tiempo en su propio periódico.
Otro acabaría incluido en un libro de texto escolar. El historiador Olga Edelman, que ha analizado con rigor las fuentes de esta época, señala que esos textos no eran simples ejercicios de estudiante. Tenían forma, tenían emoción, tenían algo que funcionaba como poesía. Y luego, de pronto, se acabaron. No hubo más poemas.
El muchacho que los escribía desapareció y en su lugar fue emergiendo otra cosa. El seminario era al mismo tiempo una escuela y una prisión. Las salidas estaban restringidas. Los libros que los estudiantes podían leer estaban controlados. Las habitaciones se registraban con regularidad. Si se encontraba algo prohibido, había sanciones.
En un momento dado, el joven Yugashvili fue enviado al calabozo por haber llevado consigo una novela de Víctor Hugo. No un libro de teoría revolucionaria, no un panfleto político, una novela. El ambiente generaba exactamente el tipo de rebeldía que pretendía suprimir. Y entre las cosas que los estudiantes leían a escondidas, había un texto que marcaría a Josip de una manera particular.
La novela del escritor georgiano Alexander Casbeggi titulada El patricida. Su protagonista era un montañero llamado Kova, un hombre justo que vengaba a los suyos, que protegía a los débiles, que no se doblegaba ante ningún poder. El joven Yugashvili empezó a pedir que lo llamaran así, Kova. Ese nombre lo acompañaría durante años, en la clandestinidad entre los camaradas de partido.
No era un apodo casual, era una declaración de intenciones. La pregunta que los historiadores llevan más de un siglo intentando responder es esta. ¿Qué relación hay entre el muchacho que escribía poemas sobre la primavera corgeana y el hombre que firmaría las órdenes del gran terror? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza.
Los traumas de la infancia, el padre violento, las humillaciones de la pobreza, el aislamiento del seminario. Todo eso se ha utilizado para construir explicaciones. El historiador británico Robert Service señala razonablemente que si la brutalidad caucásica hubiera sido el factor determinante, Stalin tendría que haber absorbido también la hospitalidad caucásica, la lealtad a los amigos, el respeto a los mayores.
No lo hizo o lo hizo solo de cara a la galería. Lo que absorbió fue otra cosa, la idea de que la fuerza es la única forma real de autoridad, que la venganza es una virtud y que quien no devuelve el golpe no merece respeto. Hay un detalle que en apariencia es menor, pero que resulta revelador. En el poema de Kasbegi, el héroe Koba, busca refugio entre los chechenos de Shamil cuando necesita esconderse de sus enemigos.
Los chechenos son los nobles y libres, los que ofrecen protección sin pedir nada a cambio. Muchas décadas después, ese mismo hombre, que de joven admiró a los chechenos libres, ordenaría la deportación de todo el pueblo checheno. Más de 500,000 personas arrancadas de sus casas en el invierno de 1944. Es difícil no ver en ese arco algo que dice mucho sobre la naturaleza del poder.
Lo que se admira desde abajo se destruye desde arriba. El joven Yugas Billy no terminó el seminario, nunca obtuvo el diploma. Las versiones sobre por qué no se presentó a los exámenes finales varían. Él mismo diría después que lo expulsaron por sus ideas marxistas, su madre diría que lo dejó por su enfermedad. Los registros del seminario muestran simplemente que no apareció.
Lo que sí es cierto es que para el año 1901 ya estaba completamente fuera de cualquier institución oficial y dentro de algo completamente distinto. Trabajaba brevemente como empleado en un observatorio meteorológico de tiflis, registrando temperaturas varias veces al día, y al mismo tiempo distribuía literatura clandestina, organizaba círculos de discusión y empezaba a convertirse en una figura del movimiento revolucionario del Cáucaso.
Esa transición de seminarista con talento poético a agitador clandestino no fue una ruptura brusca, fue una elección. El muchacho de Gori eligió la lucha sobre el altar, la acción sobre el verso y el nombre de un bandido justiciero sobre el suyo propio. Lo que no eligió o no pudo elegir fue la clase de hombre que esa lucha terminaría fabricando.
Eso llegó después en otras ciudades, en otras prisiones, con otros nombres y frente a otros espejos. Pero la materia prima estaba ya allí, en Gori, entre las montañas del Cáucaso, en la habitación de un seminario donde un joven leía novelas prohibidas y escribía poemas que nadie conservó. En el centro de Tiiflis, el 26 de junio de 1907, un convoy de carruajes cruzaba la plaza de Ereván, cargando dinero del Banco Imperial hacia una sucursal de la ciudad.
Era una operación rutinaria protegida por soldados y policías a caballo. En cuestión de minutos, un grupo de hombres lanzó bombas de mano contra el convoy, abrió fuego desde varios puntos al mismo tiempo y se apoderó de un saco que contenía 341,000 rublos, una suma enorme para la época. Murieron más de 40 personas. La ciudad quedó paralizada. Los autores escaparon.
Al frente de la operación estaba Simón Terpetrosan, apodado Camo, un hombre de Gori que había aprendido ruso de niño gracias a un tutor particular. Ese tutor era Josif Yugasvil. El robo de Tiflis fue el más audaz de toda la historia del movimiento bolchevic en el Cáucaso. Y durante más de un siglo pregunta sobre el papel exacto que desempeñó Stalin en aquella jornada no ha recibido una respuesta definitiva.
Algunos testimonios lo sitúan en la plaza aquella mañana, otros lo colocan lejos, coordinando desde un punto seguro. Los archivos soviéticos, cuando se abrieron parcialmente los años 90, no aportaron pruebas concluyentes en ninguna dirección. La historiadora Olga Edelman, que ha trabajado con esos documentos con una precisión ejemplar, concluye que no existe evidencia documental de la participación directa de Yugashvili en las expropiaciones, aunque su conocimiento de ellas y su apoyo a Camo indudables.
El problema, como ella misma señala, es que esta incertidumbre revela algo más profundo que un simple dato biográfico. La vida entera del joven Stalin fue construida para no dejar rastro desde que abandonó el seminario en 1901. Yugashvili había elegido la clandestinidad como modo de existencia. No era una decisión táctica, era una vocación.
En los años siguientes fue detenido múltiples veces y enviado al exilio en Siberia en varias ocasiones y en casi todas logró escapar. Sus compañeros de partido, que convivieron con él en aquellos años de vida subterránea, lo describían como alguien difícil, áspero, que tomaba sin pedir y que imponía su voluntad en los espacios pequeños con la misma intensidad con que otros la imponían en los grandes.
Jacobs Sberlov, con quien compartió un periodo de destierro en el norte, recordaba más tarde que se las habían arreglado para pelearse incluso en la soledad absoluta de la tundra siberiana. La causa principal, según los testimonios disponibles, era la grosería de Yugashvili, su indiferencia hacia los demás, su costumbre de apropiarse de las cosas comunes sin consultarlo con nadie.
Pero ese mismo hombre que irritaba a sus compañeros de exilio mostraba una disciplina política poco común para su edad. Había apostado por los bolcheviques cuando los mencheviques dominaban Georgia, una decisión que entonces parecía ir contra la corriente y que después resultaría determinante. Escribía artículos en georgiano y luego en ruso para periódicos clandestinos.
Participaba en congresos del partido en el extranjero. Se movía entre Tiflis, Bakú y Batum, con una fluidez que muy pocos de sus contemporáneos podían igualar. Lenin lo notó. No como a un teórico, no como a un orador, sino como alguien que hacía las cosas que necesitaban hacerse sin preguntar demasiado y sin necesitar que le explicaran por qué.
El año 1907 fue el más cargado de esa primera etapa. Poco antes el robo de Tiflis, Yugashvili se había casado con Yekaterina Vanitze, una joven georgiana de familia modesta, a quien según todos los indicios amó de una manera que no volvería a repetir con nadie. Ella murió ese mismo año, meses después del nacimiento de su hijo Jacob, víctima de una enfermedad que avanzó con rapidez en condiciones de vida que no permitían mucho margen para resistir.
Uno de sus amigos de entonces, que luego se convertiría en enemigo y escribiría unas memorias envenenadas de rencor, recogió las palabras que Yugaspili pronunció junto a la tumba. dijo que esa mujer era la única que había ablandado su corazón de piedra y que ahora que se había ido, ya no le quedaba nada humano dentro.
Solo la revolución, solo eso. Es difícil saber qué peso dar a esas palabras. Las memorias de exiliados que huían de Stalin y lo odiaban profundamente no son una fuente neutral, pero tampoco son inverosímiles. Lo que sí puede rastrearse con mayor fiabilidad es que a partir de ese periodo, Yugashville intensificó su actividad política de una manera que no dejaba espacio para casi nada más.
Los años entre 1908 y 1913 fueron de detenciones repetidas, exilios en lugares cada vez más remotos del norte ruso, nuevas fugas, nuevos desplazamientos. En uno de esos periodos de exilio, ya en 1912, escribió una carta a un camarada de partido que en ese momento era todavía su amigo. En ella lo llamaba amigo.
Le decía que luchaba de menos como a un perro y que no tenía con quién hablar. Esa carta estaba dirigida a Lev Kenev, el mismo al que más de 20 años después enviaría un proceso público y luego al paredón. Camo, el hombre que había ejecutado el robo de Tiflis, murió en Tiflis en 1922, atropellado por un camión. Que en aquella ciudad, en aquel año, un camión atropellar a alguien era una circunstancia que requería una improbabilidad considerable, dado el escaso tráfico rodado de la época.
Las especulaciones sobre si fue un accidente o algo más premeditado siguieron circulando durante décadas, aunque tampoco en este caso los archivos ofrecen ninguna prueba directa. Lo que sí resulta llamativo es el patrón. Personas que sabían demasiado sobre el pasado de Yugashvili tendían a desaparecer de maneras que rara vez admitían una investigación cómoda.
Para 1913, cuando fue detenido por última vez antes de la revolución y enviado a Turuhansk en la Siberia más profunda, Yugashvili tenía 34 años y una carrera política que vista desde fuera no parecía especialmente brillante. Había participado en operaciones que nunca podrían reconocerse públicamente. Había escrito textos que circulaban en círculos estrechos.
Había sobrevivido a varios exilios y era conocido dentro del partido bolchevique, principalmente como un hombre confiable para las tareas sucias. No era famoso, no era un orador que llenara salones, no era un teórico que moviera debates, era algo más discreto y a la larga más peligroso. Era alguien que sabía esperar.
En Turuhansk no había prácticamente nada. el frío, el río, algún campesino, el silencio. La revolución de febrero de 1917 lo encontró allí y en cuanto llegó la amnistía del gobierno provisional, Yugashvili y Kenev partieron hacia Petrogrado a una velocidad que dejó claro que ninguno de los dos había encontrado especialmente agradable la vida en el Ártico.
llegaron antes que Lenin, antes que Trotsky, antes que casi todos los grandes nombres del partido y llegaron a un escenario que no los esperaba con entusiasmo porque nadie sabía muy bien quiénes eran. Pero eso estaba a punto de cambiar y el cambio no dependería de discursos ni de ideas, dependería de algo que Yugashvili llevaba perfeccionando desde sus años en Gori.
La capacidad de moverse sin ser visto hasta que fuera demasiado tarde para que alguien lo detuviera. El primero de marzo de 1923, Nadesda Krupskaya, viuda política, aunque todavía no viuda en sentido estricto de Vladimir Ilic Lenin, tomó el teléfono y llamó a Grigori Sinobiev para contarle algo que la había dejado temblando. Stalin la había llamado el día anterior.
La había insultado con una brutalidad que ella describió como imposible de reproducir en una carta. la había amenazado. Todo porque ella había desobedecido la instrucción del Comité Central que prohibía que Lenin, ya gravemente enfermo, recibiera información sobre política. Krupsk le había leído a su marido una carta y lo había ayudado a dictar una respuesta.
Stalin se enteró y reaccionó con una ira desproporcionada, la clase de ira que no busca resolver un problema, sino aplastar a quien lo representa. Lenin, cuando se enteró de lo ocurrido, le escribió a Stalin una nota breve y directa. Le exigía que se disculpara. Stalin se disculpó, pero durante meses hasta el final de su vida consciente, Lenin volvió una y otra vez al episodio.
Lo mencionaba en conversaciones, lo incorporaba a sus reflexiones sobre el futuro del partido. Un hombre que era capaz de tratar así a la esposa de un camarada enfermo era un hombre del que había que desconfiar. Así lo formuló en el documento que la historia conocería como su testamento, donde escribió que Stalin había concentrado en sus manos un poder inmenso y que no estaba seguro de que siempre fuera a usarlo con la prudencia necesaria.
Recomendaba que el partido considerara removerlo del cargo de secretario general. Ese cargo era, en apariencia puramente administrativo. El secretario general dirigía el secretariado del Comité Central, preparaba los documentos, organizaba las reuniones, gestionaba los nombramientos en las distintas instancias del partido.
Nadie había concebido ese puesto como una posición de poder real. Los grandes del partido, Trotski, Sinobiev, Kamenev, Buharin, se ocupaban de los debates teóricos, de las relaciones internacionales, de la dirección ideológica. Stalin se ocupaba del papeleo y mientras se ocupaba del papeleo cambiaba silenciosamente la composición de cada órgano importante del partido, colocando en cada puesto a personas que le debían su posición y retirando de puestos relevantes a personas que no dependían de él.
La expresión que circulaba en los medios del partido moscovita a principios de los años 20 era ir bajo Stalin. Significaba estar entre un cargo y otro esperando una nueva asignación. Los funcionarios en esa situación sabían que su destino dependía de un hombre que los observaba, los evaluaba y decidía dónde ubicarlos.
No era un poder visible, no era un poder que se ejerciera en los grandes escenarios de la política soviética. era el poder de quien controla el tablero antes de que empiece la partida. Lenin lo había entendido tarde. Durante gran parte de 1922 mantuvo con Stalin una relación de confianza considerable. Lo visitaba en Gorky, su residencia de reposo.
Hablaban durante horas y hay constancia de que en algún momento Lenin le pidió que le procurara veneno, no como acto hostil, sino como un gesto de confianza absoluta. Tenía miedo de quedar paralizado y quería tener la posibilidad de decidir cuándo marcharse. Stalin informó a la familia de Lenin sobre la petición y la situación se disolvió.
Pero el episodio ilustra el grado de proximidad que existía entre los dos hombres en aquel periodo. Una proximidad que el secretario del Comité Central, Boris Basanov, que logró escapar al extranjero años después, describió como completamente falsa desde el lado de Stalin. Basanov escribió que Stalin odiaba a Lenínin con una intensidad que no expresaba en público, porque Lení había sido durante demasiados años el principal obstáculo entre él y el poder que consideraba suyo.
La ruptura se produjo en el otoño de 1922 y se aceleró a partir de ahí. Lenin se opuso a Stalin en la cuestión del monopolio del comercio exterior, en la cuestión de la organización de la Unión Soviética y en varios asuntos menores que en conjunto trazaban una línea clara. En la disputa sobre la estructura de la nueva unión, Stalin propuso que todas las repúblicas soviéticas ingresaran en Rusia como regiones autónomas.
Lenin prefería un modelo en que todas las repúblicas, incluida Rusia, se integraran en condiciones formalmente iguales. Era una diferencia que en la práctica no cambiaba el dominio de Moscú sobre ningún territorio, pero que importaba políticamente y que Lenin utilizó para enfrentarse a Stalin en un terreno donde podía hacerlo.
El 12 congreso del partido se celebró en abril de 1923. El testamento de Lenin estaba destinado a ese congreso, pero Lenin ya no estaba en condiciones de presentarlo él mismo y el documento quedó en manos de Croupskla. Stalin lo sabía y supo hacer que ese saber fuera útil. El Congreso pasó sin que el testamento se leyera ante todos los delegados.
Stalin ganó un año. Cuando el decimotercer congreso se celebró en mayo de 1924, Lenin había muerto cuatro meses antes. El testamento se leyó finalmente, pero de una manera que Sinobiev y Kenev habían diseñado para neutralizarlo, no ante el pleno de delegados, sino en reuniones separadas de cada delegación regional, donde era más fácil gestionar la reacción.
Ellos mismos argumentaron que Stalin había tomado nota de las críticas y que el Comité Central consideraba que debía permanecer en su cargo. Stalin permaneció. La razón por la que Sinobiev y Kenev tomaron esa decisión era la misma que los llevaría al desastre pocos años después. Temían a Trotsky más de lo que desconfiaban de Stalin. Trotsky era brillante, carismático, tenía el ejército, tenía la popularidad.
Stalin era aburrido, burocrático, no especialmente querido. Elegieron al hombre que parecía menos peligroso y pagaron esa elección con sus vidas. El historiador Olex Levneuk lo formula con una precisión que merece atención. Lo que ayudó a Stalin no fue tanto el silencio de Trotsky en aquel congreso como el simple hecho de que Trotsky existiera, porque su existencia hacía que todos los demás prefirieran a Stalin como contrapeso.
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En los años que siguieron, mientras los grandes debates del partido se desarrollaban en público con discursos, artículos y resoluciones, Stalin seguía haciendo lo mismo que había hecho desde el principio, mover piezas. un secretario provincial relevado aquí, un comisario leal colocado allá, una delegación conquistada silenciosamente antes de que comenzara el Congreso.
Para el 14 congreso en 1925, cuando la oposición de Sinoviev y Kenev intentó dar batalla, descubrió que la batalla ya estaba perdida de antemano. La mayoría de los delegados eran hombres de Stalin. Sinobiev solo podía contar con la delegación de Leningrado porque aún controlaba su comité local. El resto del país ya pertenecía a otro.
Kamenev subió al estrado y dijo que el partido no debía convertir a nadie en jefe supremo, que no se debía fabricar un caudillo. El auditorio respondió con gritos y consignas hasta que sus palabras quedaron ahogadas y finalmente la sala entera comenzó a corear el nombre de Stalin. Era una demostración perfectamente organizada.
No había nada espontáneo en ella, pero eso era precisamente lo que la hacía tan eficaz. Parecía espontánea, parecía que el pueblo del partido hablaba y en esa apariencia recibía toda su fuerza. El hombre que había llegado a Petrogrado en 1917, sin que casi nadie supiera quién era, el que había ocupado un cargo que nadie consideraba importante, había convertido ese cargo en el centro invisible de todo el poder soviético.
No había pronunciado los grandes discursos, no había escrito las grandes obras teóricas, no había ganado las grandes batallas militares, había hecho algo más difícil y más duradero. Había construido pacientemente una máquina que funcionaba para él y solo para él. Y en el momento en que sus rivales quisieron detenerla, ya no había manera de hacerlo.
En el 14 congreso del partido, celebrado en diciembre de 1925, un delegado de Leningrado se levantó durante el debate y pronunció una frase que nadie en la sala había oído nunca en ese tono. Dijo que el partido no debía construir la teoría del caudillo, que no se debía hacer de ningún hombre el jefe supremo.
La sala respondió con una tormenta de interrupciones, consignas y gritos que lo impidieron continuar hasta que finalmente el auditorio comenzó a corear un solo nombre. El hombre que intentaba hablar era Kenev. El nombre que coraba la sala era el de Stalin. En ese momento y ante todos los delegados presentes quedó demostrado algo que Stalin ya sabía desde hacía tiempo.
La discusión política en el Partido Soviético había terminado. Lo que vendría después no sería política. Sería otra cosa. Para entender cómo llegó a ese punto, es necesario observar no solo lo que Stalin hacía en los grandes escenarios, sino lo que hacía los espacios que nadie miraba. El filólogo Mijail Baiskov en un libro extraordinario titulado Stalin escritor dedica centenares de páginas a analizar los textos de Stalin con la misma atención que se aplica a un autor literario y lo que encuentra es revelador de una manera que va mucho más
allá de los aspectos estilísticos. Stalin escribía con una sintaxis que acumulaba, que repetía, que volvía una y otra vez sobre las mismas palabras, como si el martillo de un herrero golpeara el mismo clavo desde ángulos ligeramente distintos. Usaba imágenes que venían de capas muy antiguas del lenguaje, animales que cruzaban cercas como cerdos, criaturas fabulosas que vielaban convenciones zoológicas, lágrimas de cocodrilo, bacterias que se disimulaban como personas.
Era una forma de hablar que no aspiraba a la precisión intelectual, sino algo más primitivo y más poderoso, la resonancia en quienes escuchaban sin haber tenido acceso a otra clase de educación. Biscop señala que esa forma de comunicar unía sus raíces en al menos tres tradiciones distintas que convivían en Stalin de una manera que él mismo probablemente no habría podido articular.
La primera era el pensamiento bolchevique con su vocabulario de clase y de lucha. La segunda era la formación seminarista con su lógica de listas, clasificaciones y repeticiones que venían de Aristóteles a través del manual de teología. La tercera era algo más difuso y más antiguo, una manera de razonar propia del cuento popular, donde una pequeña causa desencadena una larga cadena de consecuencias catastróficas.
No había Gabo, se perdió la herradura. Se perdió la herradura. Cojó el caballo. Cayó el caballero. Se perdió la batalla. Stalin aplicaba esa estructura al argumento político con una habilidad instintiva. A partir de una concesión menor, trazaba una cadena hasta la catástrofe total y así convertía cualquier debate en una elección entre el camino correcto y el abismo.
Esa capacidad retórica era más útil de lo que parecía, porque el público al que Stalin se dirigía no era el mismo que el de Trossky o Sinobieev. Ellos hablaban para personas que habían leído a Marx en el original alemán, que conocía la historia del movimiento obrero europeo, que seguía los debates teóricos con la atención de quien tiene formación para hacerlo.
Stalin hablaba para otro tipo de persona, la que había entrado en el partido durante la guerra civil o justo después de ella, la que venía de una fábrica o de una aldea, la que tenía educación primaria o ninguna en absoluto, la que no necesitaba argumentos filosóficos, sino claridad. repetición y la sensación de que alguien estaba del lado de los trabajadores de verdad, no de los intelectuales, que los estudiaban desde lejos.
Ese era el partido real en los años 20 y Stalin lo sabía mejor que nadie porque él también venía de abajo. Al mismo tiempo, mientras construía esa base de apoyo entre los cuadros medios y bajos del partido, ejecutaba la parte visible de su estrategia, la eliminación gradual de sus rivales. El método era siempre el mismo y su eficacia residía precisamente en su repetición.
Primero se identificaba al adversario con una posición política errónea. Luego se le acusaba de violar la resolución sobre la unidad del partido aprobada en el déo Congreso de 1921 que prohibía la formación de facciones. Luego venía el aislamiento, la pérdida de cargos, la presión para que se retractara públicamente y finalmente si la retractación llegaba, venía el perdón provisional, seguido de un nuevo ciclo de acusaciones un tiempo después.
Era un proceso que parecía político, pero que funcionaba como una trampa. Quien entraba en él rara vez encontraba la salida. Trotsky fue el primero en caer de verdad. Su error, analizado en retrospectiva, fue de una magnitud difícil de calibrar. En lugar de luchar abiertamente cuando todavía tenía posibilidades, guardó silencio en los momentos clave.
En elimotercer congreso, cuando el testamento de Lenin fue leído en aquellas reuniones cuidadosamente controladas, Trotsky no habló. Las razones que daban sus contemporáneos variaban. Que despreciaba a Stalin demasiado como para considerarlo un adversario digno, que subestimaba el peligro, que confiaba en que su propia brillantez bastaría.
El historiador Hbneuk señala que ninguna de esas explicaciones es completamente satisfactoria, pero que en cualquier caso el silencio de Trotsky fue menos importante que el hecho de su existencia. Mientras Trotsky existiera como amenaza, todos los demás preferirían a Stalin como contrapeso y eso era suficiente para que Stalin ganara tiempo.
Sinobiev y Kenev comprendieron su horror demasiado tarde en el verano de 1923, cuando se encontraban de vacaciones en Kislovotsk y empezaron a hablar entre ellos sobre la concentración excesiva de poder en el secretariado. propusieron reformar el órgano, incorporar a Sinobiev, reducir la influencia de Stalin.
Llevaron la cuestión a Buharin y discutieron qué hacer. Pero en ese momento Stalin convocó a todos de urgencia a Moscú con un argumento irresistible. La situación revolucionaria en Alemania estaba a punto de estallar y había decisiones urgentes que tomar. Los debates sobre el secretariado quedaron suspendidos. Cuando se retomaron ya era demasiado tarde.
El resultado fue una reorganización que dejó el poder donde estaba o más concentrado todavía. El proceso de eliminación de la oposición llegó a su fase final entre 1927 y 1928. Trotsky fue exiliado primero a Almaatá, luego expulsado del país. Sinoviev y Kenev fueron removidos de todos sus cargos. Se retractaron, fueron perdonados provisionalmente, volvieron a caer.
Buharin, Rikov y los llamados desviacionistas de derecha resistieron algo más, porque Stalin cambió de posición ideológica con una fluidez que dejó a todos desconcertados. Los mismos a quienes había atacado como radicales peligrosos en 1925 fueron denunciados como conservadores traidores en 1928. quienes lo señalaban como contradictorio, recibían la acusación de no entender la dialéctica.
La dialéctica en ese contexto significaba que Stalin siempre tenía razón. Lo que se estaba construyendo en esos años no era solo el poder de un hombre sobre un partido, era algo de naturaleza diferente, algo que Biscop describe con precisión cuando habla de una nueva religión sin Dios. El mausoleo de Lenin era su centro sagrado, sus reliquias físicas.
El partido era la Iglesia. con sus propios rituales de admisión, su propia liturgia de reuniones y resoluciones, sus propios santos mártires caídos en la revolución y en la guerra civil. La autocrítica era la confesión. El comunismo era el paraíso prometido, situado no en el más allá, sino en el futuro terrenal. Y en el centro de todo eso, emergiendo lentamente de entre los demás, empezaba a tomar forma una figura que no era todavía un dios, pero que se preparaba para serlo.
Stalin nunca permitió que se escribiera demasiado sobre su juventud. Mostraba una modestia ostentosa cuando se hablaba de él. Rechazaba los elogios en público. Decía que era solo un servidor del partido, pero al mismo tiempo controlaba con exactitud qué se decía y qué no se decía. La historiadora Olga Edelman observa que esa modestia calculada era una manera de gestionar la información.
Dejando entrar solo lo que él autorizaba. Mantenía sobre su propia historia el mismo tipo de control que ejercía sobre todo lo demás. El muchacho de Gori, que había pedido que lo llamaran Koba, el nombre de un bandido justo de las montañas, se había convertido en algo que ninguna novela de Casbegi habría podido imaginar. No era ya un héroe que vengaba a los suyos.
era el que decidía quién merecía ser vengado y quién merecía desaparecer. Y en ese momento, en la segunda mitad de los años 20, aún no había mostrado más que una fracción de lo que era capaz de hacer. En enero de 1930, en una aldea de la región del Cuban, un grupo de activistas enviados desde la ciudad llegó al amanecer para encautarse del grano almacenado por los campesinos.
No era la primera vez que venían, pero esa mañana los hombres del pueblo habían decido que sería la última. Bloquearon los caminos de entrada con carros volcados, echaron a repicar la campana de la iglesia y cuando llegaron los activistas lo recibieron con orcas y palos. Nadie murió, pero nadie entró al granero tampoco.
Noticias parecidas llegaban ese mismo meses distintos. Aldeas que se resistían, funcionarios que huían. campanadas que convocaban a los vecinos en la oscuridad. En los primeros dos meses de 1930, según los registros del propio aparato soviético, más de 3,illones y medio de personas participaron en alguna forma de resistencia abierta a la colectivización forzada.
El país estaba al borde de una segunda guerra civil. Y entonces, el 2 de marzo, el periódico Pravda publicó un artículo firmado por Stalin titulado El vértigo del éxito. El artículo culpaba de todos los excesos a los responsables locales. Los campesinos habían sido forzados a entrar en los coloses por funcionarios que habían interpretado mal las directivas del partido.
Decía el camarada Stalin no había querido eso. El camarada Stalin no lo sabía. El camarada Stalin lamentaba profundamente lo ocurrido. En las semanas siguientes, millones de campesinos abandonaron los colyoses y recuperaron sus animales y sus aperos. Hubo aldeas donde los funcionarios del partido fueron expulsados entre insultos. Hubo lugares donde se reabrieron iglesias cerradas.
La tensión bajó con una rapidez que sorprendió a los propios observadores del régimen. Y entonces, poco a poco, a lo largo de los meses siguientes, la colectivización empezó de nuevo. Los planes no se habían cancelado, los plazos no se habían eliminado, solo se había pulsado una válvula de escape para que la caldera no reventara.
Y una vez que la presión disminuyó lo suficiente, la caldera volvió a encenderse. Para entender lo que ocurrió entre 1928 y 1933, es necesario retroceder a la lógica que lo impulsaba. Tras la muerte de Lenin y la consolidación del poder en sus manos, Stalin se encontraba con un país que seguía siendo predominantemente campesino, que producía su alimento en parcelas privadas o en pequeñas comunidades y cuya economía dependía de una agricultura que él no controlaba.
El campesinado era el único sector de la población soviética que conservaba algo parecido a la independencia económica. Y esa independencia era, desde el punto de vista de Stalin, una amenaza. Un campesino que podía decidir qué cultivar y a quién vender era un campesino que podía resistir. Un campesino en un colos trabajando tierra del estado y recibiendo una ración del estado.
Era un campesino que dependía completamente de quien estuviera arriba. Además estaba la cuestión industrial. Stalin quería transformar la Unión Soviética en una potencia capaz de enfrentarse militarmente a cualquier adversario y eso requería acero, carbón, maquinaria pesada en cantidades que el país no podía producir con su estructura económica existente.
Los recursos para financiar esa industrialización masiva tenían que venir de algún lugar y el lugar que Stalin eligió fue el campo. El grano que los campesinos producían se requisaba a precios muy por debajo del mercado. Se vendían el exterior a precios de mercado y la diferencia financiaba las fábricas.
Era un mecanismo sencillo y brutal y funcionaba mientras hubiera grano que requisar. La primera piatiletka. La primera piatiletka en español equivale a plan quinquenal. Se lanzó en 1928 con unos objetivos que los propios responsables económicos consideraban inalcanzables. Existían dos versiones del plan, una optimista y una moderada.
Se adoptó la optimista. Luego, a mitad del periodo se elevaron las metas todavía más. Al final se declaró que el plan había sido cumplido y superado en 4 años y 3 meses, aunque las cifras reales mostraban que ni siquiera se había alcanzado la versión moderada. Pero las cifras reales no se publicaban. Lo que se publicaba era las victorias, los récords, los trabajadores que superaban su cuota, las fábricas que batían sus marcas.
El historiador Oleg Schlebnuk señala que Stalin tenía una fe genuina, aunque basada en un desconocimiento profundo de la economía, en que la voluntad política podía imponerse a los límites materiales. Donde otros veían obstáculos técnicos, él veía resistencia enemiga. Enero de 1928, Stalin hizo algo que no había hecho prácticamente nunca.
Salió de Moscú para visitar Siberia. Se suponía que debía ir Orsoniquitze, pero estaba enfermo y Stalin lo sustituyó. Durante varias semanas recorrió comités locales del partido, presionó a los funcionarios, observó cómo respondía la maquinaria administrativa cuando alguien desde arriba empujaba con fuerza. Fue, como ha descrito Gilbnuk, un campo de pruebas.
propuso aplicar a los campesinos que se negaban a vender su grano al Estado los artículos del Código Penal relativos a la especulación, porque si no vendías tu propio grano al precio que el Estado fijaba, eras un especulador. La lógica era deliberadamente absurda, pero funcionó. Y cuando regresó a Moscú sabía que podía ir más lejos.
La resistencia campesina de los años 29 y 30 fue la mayor que el régimen soviético había enfrentado desde la guerra civil. En Ucrania y en el Cáucaso Norte fue especialmente intensa. Campesinos que se negaban a entregar sus herramientas, mujeres que se ponían delante de los tractores del estado, hombres que quemaban sus propias cosechas antes de dejarlas confiscar.
Hay registros de aldeas enteras que intentaron coordinar su resistencia enviando mensajeros a los pueblos vecinos para actuar juntas. No funcionó. Las unidades del Ejército Rojo y de la policía política dispersaron los focos de resistencia uno por uno y los líderes locales que aparecían fueron arrestados con una rapidez que dejaba claro que el aparato tenía instrucciones precisas.
Lo que siguió fue el hambre de 1932 y 33. Las requisas de grano continuaron incluso cuando quedaba claro que las aldeas no tenían suficiente para alimentar a sus propios habitantes. Las leyes de aquel periodo llegaron a castigar con la pena de muerte el robo de productos agrícolas colectivizados y hubo casos en que niños fueron fusilados por haber cogido espigas en campos ya cosechados.
El historiador Jelevuke es categórico en su evaluación. El hambre no fue una consecuencia imprevista de una política mal diseñada. Fue el resultado directo y previsible de decisiones que Stalin tomó con pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Las informaciones que llegaban desde las regiones afectadas describían con detalle la situación.
Murieron entre 5 y 7 millones de personas dependiendo de las estimaciones y el golpe más brutal lo recibió Ucrania. En medio de todo esto, Stalin mantenía una rutina que sus colaboradores más cercanos describían como casi monástica en su regularidad. Llegaba tarde al Kremlin, trabajaba hasta las 4 o las 5 de la madrugada, leía informes, anotaba los márgenes de los documentos con instrucciones breves y definitivas, recibía sus subordinados en su despacho.
Miraba las cifras de producción con la misma atención con que miraba los informes de la policía política y en los márgenes de los libros que leía dejaba trazadas las mismas marcas breves, una línea, una exclamación, a veces una sola palabra. pocas veces más. Era un hombre que pensaba en privado y gobernaba en silencio, y cuanto más poder acumulaba, más profundo se volvía a ese silencio.
La primavera de 1930 le enseñó algo que ya sospechaba, que la presión podía aliviarse temporalmente sin abandonar los objetivos. El artículo sobre el vértigo del éxito fue una maniobra, no un cambio de rumbo. Los campesinos que salieron de los coloses en marzo volvieron a entrar en ellos en el otoño. Los funcionarios locales, que habían sido señalados como responsables de los excesos, fueron en su mayoría rehabilitados discretamente porque eran necesarios para la siguiente fase.
y la siguiente fase era exactamente igual que la anterior, solo que más organizada, más sistemática y con menos margen para quienes intentaran resistirse. Al final de la primera aplan quinquenal, la Unión Soviética tenía más fábricas que antes. Tenía también millones de muertos de hambre, un campo devastado, una población rural convertida en mano de obra cautiva del Estado y un sistema de control que se había vuelto más denso y más omnipresente que nunca.
Todo eso había sido construido con la misma técnica con que Stalin había construido su poder político, empujando hasta el límite, retrocediéndolo justo para que el sistema no colapsara y luego empujando de nuevo. Era una forma de gobernar que no conocía el descanso porque no podía permitírselo. Un tirano que para es un tirano que pierde terreno y Stalin no tenía ninguna intención de perder terreno nunca.
En febrero de 1934, durante el 17o congreso del partido, un grupo de armeros de la ciudad de Tula subió al estrado para hacer entrega a Stalin de un regalo, un rifle de caza con incrustaciones de plata. Stalin lo tomó, lo sopesó con las manos, apuntó con él hacia el techo y luego muy despacio, fue bajando el cañón hasta que quedó apuntando al auditorio.
Los delegados aplaudieron. Nadie salió corriendo. El gesto duró apenas unos segundos y nadie lo registró en las actas oficiales como algo que mereciera comentario. Pero cuando ese mismo congreso se reunió en su siguiente edición en 1939, la composición de los delegados había cambiado de manera radical. La mayor parte de los que habían estado presentes en el de 1934 habían sido arrestados o fusilados en el intervalo.
El 1o congreso había sido llamado el Congreso de los Vencedores. En retrospectiva, resultó ser el Congreso de los condenados. El primero de diciembre de ese mismo año, Sergei Kirov, primer secretario del comité del partido el Leningrado, caminaba por un pasillo del Smolni cuando un hombre llamado Leonid Nikolaev lo esperaba doblando una esquina con un revólver.
Nikolaev disparó una vez. Kirov cayó. El asesino intentó suicidarse y falló. Los guardias lo redujeron. En cuestión de horas, Stalin había tomado el tren hacia Leningrado y antes de que terminara el día había firmado una disposición que establecía que los casos de terrorismo se investigarían en un plazo de 10 días sin posibilidad de apelación y que las sentencias de muerte se ejecutarían de inmediato.
Leonid Nikolaev era casi la antítesis de Kirov. Kirov era un hombre corpulento, seguro de sí mismo, popular en los círculos del partido. Nicolaev era pequeño, inestable, había cambiado de trabajo varias veces y en el momento del asesinato estaba desempleado. La versión más documentada de sus motivaciones apunta que su mujer mantenía una relación con Kirov, aunque los detalles de esa relación nunca quedaron completamente aclarados.
Lo que sí es seguro es que semanas antes del asesinato había sido detenido cerca de Kirov con un arma encima y luego liberado después de mostrar su carnet del partido. Que un hombre armado que rondaba una figura pública de ese nivel fuera simplemente liberado es una de las anomalías que han alimentado durante décadas la teoría de que el asesinato fue orquestado desde arriba.
Durante años, esa teoría fue la interpretación dominante entre los historiadores críticos del estalinismo. Nikita Krusov la insinúa en su discurso secreto al vigésimo congreso del partido en 1956. Parecía perfectamente coherente con lo que se sabía de Stalin, un rival potencial eliminado, un pretexto perfecto para desencadenar una purga masiva, todo resuelto en un solo acto.
Pero cuando los archivos soviéticos se abrieron parcialmente los años 90, los investigadores que accedieron a ellos encontraron algo inesperado. No había pruebas directas de que Stalin hubiera ordenado el asesinato. J. Lebniuk, que ha trabajado con esa documentación con una meticulosidad que pocos pueden igualar, concluye que ningún tribunal podría haber condenado a Stalin por la muerte de Kirov sobre la base de lo que existe.
La evidencia apunta a Nikolaev como autor solitario, motivado por razones personales, pero esa conclusión no resuelve el problema central, porque el problema central no es quién mató a Kirov, el problema central es lo que Stalin hizo después. Y lo que hizo después fue usar el asesinato con una precisión que sugiere, cuando menos, que tenía el guion preparado antes de que ocurriera el disparo.
Y las horas que siguieron a la muerte de Kirov, antes de que ninguna investigación hubiera empezado, ya estaba diciendo a sus colaboradores que había que buscar entre los sinobievistas. Sinobiev llevaba años derrotado, retirado, sin ningún papel político real. La conexión era arbitraria, pero la arbitrariedad era parte de la lógica. Lo que importaba no era encontrar al culpable, sino encontrar el pretexto.
Nikolaev fue juzgado y fusilado en diciembre del mismo año, pero la cadena que arrancó de ese disparo no se detuvo con él. En las semanas siguientes empezaron los arrestos de antiguos seguidores de Sinobiev y Kenev, personas que en algún momento de la década anterior habían expresado simpatía por la oposición o habían firmado documentos contrarios a la línea del partido.
Muchos de ellos llevaban años fuera de cualquier actividad política, viviendo con la discreta opacidad de quien sabe que su pasado es peligroso. Eso no los protegió. Los expedientes del partido tenían memoria larga y había hombres en el aparato de seguridad que sabían leer esa memoria. Nikolay Yesov fue uno de los encargados de supervisar el desarrollo de la investigación desde Moscú.
Era un funcionario del Comité Central que había ascendido con rapidez a lo largo de los años anteriores, sin que nadie supiera muy bien cómo explicarlo. En los años 20, quienes lo conocían lo describían como accesible, afable, dispuesto a ayudar. Nades Mandelstam, cuyo marido sería víctima del terror años después, recordó haberlo visto en un sanatorio en 1930 y habérsele parecido un hombre agradable.
Pero hay un retrato publicado en el exilio de autor desconocido, que lo describe de una manera muy diferente. Pequeño, de piernas torcidas, con rasgos asimétricos, con una rabia de clase acumulada contra todo el que hubiera tenido más que él. No es una fuente neutral, pero el retrato coincide más con el yesov que el mundo conocería después que con las memorias amables de sus contemporáneos.
Lo que Yesov hizo en los meses que siguieron al asesinato de Kirov fue construir la narrativa que Stalin necesitaba. Los interrogatorios se encaminaban hacia la conclusión que ya estaba establecida. Había existido un bloque terrorista, trotquista sinovievista que había asesinado a Kirov y planeaba nuevos atentados.
Que esa conclusión fuera falsa era, en ese contexto irrelevante. Lo relevante era que los detenidos la confirmaran y para eso estaban los interrogatorios. Los métodos que se usaban en esos interrogatorios en 1934 y 35 todavía no eran los de 1937, pero ya habían dejado atrás cualquier pretensión de legalidad.
El año 1935 fue de lo que Holbuke llama semiterror. Había arrestos, había deportaciones, el engranaje se movía, pero también había gestos que parecían apuntar en otra dirección. Stalin pronunció la frase de que el hijo no responde por el padre, lo que permitió a algunos hijos de perseguidos acceder a estudios y empleos que antes les estaban vedados.
Se permitieron pequeños huertos privados en los coljoes, lo que alivió levemente el hambre en el campo. El aparato de seguridad, el OGPU, había sido formalmente disuelto y sus funciones absorbidas por el nuevo comisariado del interior. Mucha gente respiró con cierto alivio. Fue también una maniobra. La mecánica que Stalin aplicaba era siempre la misma, aunque cada vez en una escala mayor.
Apretar, soltar lo suficiente, desviar la responsabilidad hacia abajo y luego volver a apretar. La soltada de 1935 tenía el mismo propósito que la del artículo sobre el vértigo del éxito de 1930, dar al sistema tiempo para estabilizarse antes de la siguiente vuelta de tuerca. Y la siguiente vuelta de tuerca ya estaba siendo preparada con todo el cuidado que Stalin imponía en las cosas que consideraba importantes.
Los procesos de agosto de 1936 con Cinobiev y CNEF en el banquillo no cayeron del cielo. Fueron el resultado de meses de trabajo paciente, de interrogatorios encadenados, de confesiones que señalaban a nuevos nombres que a su vez señalaban a otros. La maquinaria estaba en marcha. Solo faltaba que el mundo la viera funcionar.
El 16 de agosto de 1936, en una sala del edificio de la Unión de Sindicatos de Moscú, comenzó el juicio que la historia conocería como el primer proceso de Moscú. Era un proceso público con periodistas acreditados de decenas de países, con taquírafos que registraban cada palabra, con un escenario que aspiraba a parecer un tribunal de derecho ordinario.
En el banquillo estaban Sinoviev, Cenev y otros 14 acusados, todos ellos veteranos del partido bolchevique, varios con décadas de actividad revolucionaria a sus espaldas. Todos ellos se declararon culpables. Todos ellos describieron en detalle sus crímenes. Reuniones secretas con emisarios de Trosky, planes para asesinar a Stalin y a otros dirigentes, acuerdos con potencias extranjeras.
Todos ellos fueron condenados a muerte. Las sentencias se ejecutaron esa misma noche. El escritor alemán Leon Fisbanger asistió al segundo proceso celebrado en enero de 1937 y escribió un libro sobre lo que vio. Foisbanger era un novelista de primera fila, el autor de algunas de las mejores ficciones históricas del siglo XX.

Un hombre que había analizado con penetración los mecanismos del fascismo alemán desde muy cerca. Y sin embargo, lo que escribió sobre Moscú en 1937 es uno de los documentos más perturbadores de la época. Describió a los acusados con una atención casi literaria. Piatakov, que explicaba sus crímenes con la precisión seca de un profesor universitario, Radeek, que miraba al auditorio con una media sonrisa irónica mientras detallaba su traición y concluyó que sus dudas iniciales sobre la veracidad de los procesos se habían disuelto como sal en
el agua al presenciarlos en persona. La pregunta que Feschwanger formulaba, pero no respondía era la misma que se hacían todos los observadores de buena fe. ¿Por qué confesaban? No era una pregunta trivial. Algunos de los acusados en esos procesos no habían sido sometidos a torturas físicas directas, o al menos no de la manera más brutal.
Y sin embargo, ahí estaban, destruyéndose a sí mismos públicamente con una exhaustividad que ningún guionista habría podido inventar. El escritor Arthur Kestler, menos brillante que Fage Wanger, pero mucho más lúcido en este punto, intentó una respuesta en su novela El cero y el infinito, publicada en 1940. Su protagonista, un viejo bolchevique llamado Rubajov, confiesa no porque lo hayan roto físicamente, sino porque ha llegado a un punto en que la lógica de su propio sistema no le deja otra salida.
Ha construido toda su vida sobre la idea de que el partido siempre tiene razón. Si el partido dice que es culpable, la única forma de seguir siendo coherente con lo que ha creído siempre es aceptarlo. Es una trampa perfecta. Los que han creado el sistema quedan atrapados por él antes que nadie. Pero la trampa no era solo ideológica, era también práctica.
Muchos de los acusados sabían que sus familias estaban siendo vigiladas, que sus hijos dependían del trato que ellos recibieran, que una negativa a cooperar podía tener consecuencias que se extendían mucho más allá de ellos mismos y estaban en manos de un aparato que tenía décadas de experiencia en quebrar voluntades, que sabía exactamente cuánto tiempo y qué tipo de presión necesitaba aplicar para obtener el resultado que buscaba.
La rarísima excepción fue Nikolay Krestinski, que en el primer día del tercer proceso, en marzo de 1938, se retractó de sus confesiones ante el tribunal y declaró que todo lo que había firmado era falso. Al día siguiente volvió a ratificar sus confesiones anteriores. ¿Qué ocurrió en esas horas intermedias? Es algo que nadie sabe con certeza.
El aparato que gestionaba esos procesos era el comisariado del interior, el NKVD, encabezado desde finales de 1936 por Yesov. El periodo que va desde ese año hasta 1938 lleva su nombre en ruso, la Yesov Shina. Pero atribuirle a Yesesov la autoría del terror de esos años sería tan inexacto como atribuirle a un instrumento la música que toca.
Los archivos que se abrieron en los años 90 muestran con una claridad que no admite interpretaciones alternativas, que Stalin participaba personalmente en la dirección del terror. Firmaba listas de condenados a muerte, a veces de varios centenares de nombres en una sola sesión. Anotaba en los márgenes de los expedientes instrucciones específicas sobre cómo debía procederse con tal o cual detenido.
Se reunía con Jesucia que en determinados periodos llegaba a ser diaria. La lógica del terror se expandió con una velocidad que el propio sistema no había previsto. Cada proceso generaba nuevos nombres. Los acusados bajo presión señalaban a personas con las que habían tenido contacto y esas personas señalaban a otras y la red se hacía más densa en lugar de cerrarse.
En febrero y marzo de 1937, el pleno del Comité Central, al que asistieron Buharin y Rikov antes de ser arrestados fue un escenario de una fealdad que los propios participantes describieron con palabras que rozan el espanto. gritos, interrupciones, acusaciones cruzadas, hombres que se derrumbaban y otros que los pisoteaban. Yesesov habló. Stalin habló.
Yesov habló de nuevo y cuando terminó la sesión, Buharin y Rikov fueron detenidos en el propio edificio. El 30 de julio de 1937 se firmó la orden 0047 del NKVD titulada sobre la operación de represión de excula, delincuentes y otros elementos antisovéticos. Esa orden marcó el momento en que el terror dejó de ser una purga dirigida contra el aparato del partido y se convirtió en una operación de masa contra la población general.
Los exc, es decir, los campesinos que habían sido deportados durante la colectivización y habían sobrevivido, eran uno de los objetivos. Los creyentes, los reincidentes, los que habían cumplido condena y salido de los campos, los que habían formado parte de partidos hoy ilegales hace décadas, todos ellos quedaban incluidos.
Y para gestionar ese volumen, el sistema adoptó una solución que la historia recuerda con una precisión aterradora. Se fijaron cuotas. Cada región, cada república, cada oblast recibió un número de arrestos y un número de fusilamentos que debía alcanzar. Y como en cualquier sistema de planificación soviético, las cuotas se cumplían y luego se pedía autorización para ampliarlas y la autorización llegaba.
Solenitzin, en archipiélago Bulag, señala algo que es fundamental para entender esos años. El 37 no fue el terroro, fue uno de los terrores. Antes había estado la ola de 29:30 que arrastró a millones de campesinos a la tundra sin que quedara registro porque los campesinos no escribían memorias. Después vendría la ola del 44 y 46 con los prisioneros de guerra y los habitantes de territorios ocupados.
El 37 se recuerda con más nitidez porque sus víctimas eran personas con educación, con contactos, con la capacidad de dejar constancia escrita de lo que les ocurrió. Yesov, mientras tanto, se hundía. Bebía sin control. Llegaba al trabajo en un estado que sus subordinados describían como incompatible con cualquier función.
sabía lo que le esperaba porque había visto el mismo proceso aplicarse a su predecesor, Yagoda, que estaba siendo juzgado en ese mismo periodo. En el verano de 1938 apareció en el comisariado del interior un nuevo subdirector, la Brent Tiberia. Yesov reconoció el movimiento porque era el mismo que él había ejecutado 3 años antes contra Yagoda.
En noviembre de 1938 se publicaron directivas que señalaban abusos en los procedimientos de arresto, excesos en los métodos de interrogación, errores cometidos por funcionarios locales demasiado celosos. La rueda giraba de nuevo hacia la válvula de escape. Yesov fue detenido en abril de 1939. fue fusilado al año siguiente.
En su despacho, envueltas en papelitos con los nombres escritos a mano, se encontraron las balas con las que habían sido ejecutados, Sinobieev y Kenev. Las había guardado como souvenirs. Esa clase de hombre era el que Stalin había elegido para dirigir el aparato del terror. Y esa clase de hombre era también inevitablemente el siguiente en la lista.
En noviembre de 1940, Viacheslap Molotov llegó a Berlín para reunirse con Adolf Hitler. Era la primera visita de un alto funcionario soviético a la capital del Reich desde la firma del pacto de no agresión 15 meses antes. Y el propósito oficial era explorar la posibilidad de una colaboración más estrecha entre los dos regímenes.
La reunión se desarrolló en el despacho de Hitler con una formalidad que ninguno de los dos hombres sentía. Molotov presentó una lista de exigencias soviéticas. Retirada de las tropas alemanas de Finlandia, reconocimiento de la esfera de influencia soviética en Bulgaria, bases navales soviéticas en el Bósforo y los dardanelos, margen de expansión hacia el sur a través de Irán y Turquía.
Hitler escuchó, no prometió nada. Cuando los bombarderos británicos obligaron a suspender una sesión nocturna y ambas delegaciones bajaron a los búnkeres, Molotov aprovechó el intervalo para seguir presionando. Rivent Trop, el ministro de asuntos exteriores alemán, le tendió un documento que proponía que la Unión Soviética se uniera al pacto tripartito junto a Alemania, Italia y Japón.
Molotov lo tomó y dijo que lo transmitiría a Moscú. Hitler no esperó la respuesta. Semanas después firmó la directiva que ponía en marcha la planificación de la operación barbarroja. Para entender el pacto Molotov Riventrop es necesario entender el mundo en que se firmó en agosto de 1939, porque ese mundo era uno en que casi nadie actuaba con inocencia.
El historiador Ole Schlebniuk lo formula con una precisión que merece reproducirse. Los firmantes del acuerdo de Munich, Francia e Inglaterra, habían entregado Checoslovaquia a Hitler para desviar el golpe de sí mismos. Stalin no se detuvo en ese umbral, participó directamente en el reparto. Esa diferencia es real y es importante.
El pacto de no agresión firmado el 23 de agosto de 1939 habría sido en sí mismo un episodio desagradable, pero no excepcional en la diplomacia de entre guerras. Lo que lo convierte en algo cualitativamente distinto son los protocolos secretos que lo acompañaban. Esos protocolos dividían Europa oriental en esferas de influencia.
Alemania reconocía el interés soviético en la parte oriental de Polonia, en Finlandia, Estonia, Letonia y Besarabia. La Unión Soviética reconocía el interés alemán en la parte occidental de Polonia. La fórmula diplomática era neutra, respetar los intereses de la otra parte. La traducción real era, “Tú te quedas con lo tuyo y yo me quedo con lo mío y nadie pregunta cómo.
” 9 días después de la firma, Alemania invadía Polonia por el oeste. El 17 de septiembre, el ejército rojo entraba por el este. Molotov saludó públicamente la desaparición de Polonia del mapa de Europa, a la que llamó engendro deforme del tratado de Versalles. El 22 de septiembre en la ciudad de Brest se celebró un desfile conjunto de tropas alemanas y soviéticas.
Fue la imagen más perfecta de lo que el pacto significaba en la práctica. La pregunta que los historiadores han debatido durante décadas es cuándo exactamente Stalin decidió orientarse hacia Alemania. Las conversaciones exploratorias habían comenzado mucho antes del verano de 1939, aunque sus alcances precisos siguen siendo objeto de debate.
Lo que sí es claro es que en mayo de ese año Stalin sustituyó a Maxim Lidvinov en la jefatura del comisariado de asuntos exteriores y puso en su lugar a Molotov. Lidvinov era el artífice de la política de seguridad colectiva, el hombre que había representado a la Unión Soviética en la Liga de Naciones con un inglés impecable aprendido durante sus años en Londres.
Era también judío, lo que en ese contexto concreto enviaba un mensaje inequívoco a Berlín. Molotof era, en cambio, la fidelidad encarnada, un hombre que nunca había tenido una opinión que no hubiera recibido antes de Stalin. El nombramiento fue interpretado correctamente en el Ministerio de Asuntos Exteriores Alemán como una señal de que Moscú estaba abierto a hablar.
La Unión Soviética pasó los meses siguientes a la firma del pacto consolidando las posiciones que los protocolos secretos le otorgaban. El proceso tenía su propia coreografía diseñada por Stalin con un cuidado que revelaba tanto su habilidad táctica como su desprecio por las formas. Las repúblicas bálticas no fueron invadidas directamente, fueron sometidas a negociaciones en las que Molotoz presionaba y amenazaba, mientras Stalin, cuando se dignaba a aparecer en las conversaciones, hablaba con calma histórica y aparente razonabilidad.
Los diplomáticos bálticos que participaron en esas negociaciones describieron a Stalin paseando por su despacho, examinando mapas, leyendo documentos, controlando una irritación que de vez en cuando se filtraba en su voz. En el verano de 1940, con tropas soviéticas ya en su territorio, los tres países bálticos celebraron elecciones cuyos resultados eran predecibles y sus nuevos parlamentos solicitaron formalmente la incorporación a la Unión Soviética.
Finlandia no siguió ese guion. La Unión Soviética reclamaba un intercambio territorial. Los finlandes cederían una franja de terreno cerca del Leningrado, demasiado próxima a la ciudad para el gusto de Stalin, y recibirían a cambio tierra en Carelia. Los finlandeses rechazaron el acuerdo. En noviembre de 1939 comenzó la guerra de invierno.
Stalin esperaba una campaña breve. El ejército rojo, todavía aturdido por las purgas que habían eliminado a gran parte de su cuerpo de oficiales, se encontró con una resistencia que lo detuvo durante semanas en condiciones de frío extremo. Las bajas soviéticas fueron enormes. La imagen de una potencia militar que no podía vencer a un país pequeño recorrió las cancillerías de Europa y llegó, entre otras, a la conclusión de Adolf Hitler de que el ejército rojo era más frágil de lo que parecía en los mapas.
La paz con Finlandia llegó en marzo de 1940 con los territorios que Stalin había exigido al principio, pero el precio fue que Finlandia, que no tenía ninguna simpatía particular por el nazismo, quedó empujada hacia la órbita alemana por la lógica de los hechos. Cuando Alemania atacó la Unión Soviética en junio de 1941, las tropas finlandesas participaron en el bloqueo del Eningrado por el norte.
El asedio que mataría de hambre a centenares de miles de personas en la ciudad fue posible en parte porque Stalin había convertido a un vecino neutral en un adversario. En los meses previos al ataque alemán, las señales se multiplicaron. El espía Richard Sorge transmitía desde Tokio información que incluía fechas y detalles de la concentración de tropas en la frontera occidental soviética.
Churchill envió a su embajador en Moscú con datos de la inteligencia británica. Aunque el embajador se quejaba de que rara vez era recibido en el Kremlin, llegaban informes de docenas de fuentes distintas. Stalin los leía, anotaba sus márgenes y escribía en algunos de ellos observaciones que clasificaban la información como provocación británica destinada a envenenar las relaciones entre Moscú y Berlín.
El 20 de abril de 1941, 4 semanas antes del ataque, Stalin todavía ordenaba que se siguieran enviando trenes de materias primas Alemania en cumplimiento de los acuerdos comerciales del pacto. La catástrofe de junio de 1941 no puede entenderse sin el pacto, porque el pacto no fue solo un tratado diplomático, fue una apuesta sobre la naturaleza del mundo, una apuesta que Stalin hizo con plena conciencia de los riesgos y que perdió de una manera que él mismo no había considerado posible.
Había creído que Gitler respetaría el acuerdo porque él en su lugar lo habría respetado. Había creído que el tiempo comprado con el pacto le bastaría para preparar al país para la guerra inevitable. Había creído, sobre todo, que nadie en el mundo se atrevería a atacarlo. Esa última creencia era la más peligrosa de las tres, porque venía de un lugar que no era político ni estratégico.
Venía de lo que él mismo era, el hombre ante el que todos temblaban. El hombre a quien nadie contradecía. El hombre que durante 20 años había visto cómo todo lo que quería terminaba ocurriendo. Que existiera alguien en el mundo capaz de ignorar eso era una posibilidad que no encajaba en ninguna categoría que él hubiera construido para entender la realidad.
El 29 de junio de 1941, en algún momento de la tarde, Georgizukov salió corriendo de una reunión del Estado Mayor y se refugió en un pasillo adyacente. Los que lo vieron dijeron que estaba llorando. Zukov llorando es una imagen que cuesta construir. Era un hombre que había ordenado fusilamiento sin pestañar, que había enviado divisiones enteras a posiciones que sabía insostenibles, que respondía a las objeciones de sus subordinados con una frialdad que sus propias memorias no intentan suavizar. Pero ese día, a 8
días del inicio de la invasión alemana, con el frente desmoronándose a lo largo de miles de kilómetros, Sov lloró en un pasillo de Moscú. Mijail Timochenko, el comisario defensa, salió a buscarlo para calmarlo y Stalin, que había desencadenado la escena con una acusación que nadie en la sala se atrevió a rebatir, quedó solo en el despacho con sus mapas y sus teléfonos en silencio.
Al día siguiente, Stalin no apareció tampoco el día siguiente. La dacha de Cuncebo estaba en silencio y nadie en el Kremlin sabía qué debía hacerse. Anatas Mikoyán recordó años después la sensación de aquellos días como algo difícil de describir. Los dirigentes del partido más poderoso del mundo, los hombres que habían sobrevivido décadas de purgas y conspiraciones, se encontraban paralizados porque el único hombre que daba órdenes no estaba disponible y nadie tenía autorización para actuar sin él.
Finalmente, el 30 de junio, un grupo que incluía a Molotov, Mikoyan, Boroshilov y otros se presentó en la Dacha sin haber sido invitado, algo que en circunstancias normales habría sido impensable. Stalin los vio entrar y según el relato que Mikyan escribió en sus memorias, los miró y preguntó, “¿Por qué han venido?” Esa versión, sin embargo, fue modificada ligeramente en la edición publicada por el hijo de Mikoyan, Sergo, que añadió la descripción de un Stalin encogido en su sillón como si esperara lo peor.
Si fue así o no, nadie puede ya confirmarlo. Lo que sí puede confirmarse es que el 3 de julio Stalin habló por radio a la nación por primera vez desde el inicio de la invasión. El hombre que durante 20 años había sido presentado como una entidad sobrehumana, la encarnación viva de la certeza histórica. abrió su discurso con las palabras, “Camaradas, ciudadanos, hermanos y hermanas, era una forma de dirigirse al pueblo que no había usado nunca, que evocaba los sermones de una iglesia que había intentado destruir y que sonaba a
lo que era, un hombre que no sabía qué decir y buscaba en el lenguaje un tono que le concediera la autoridad que los hechos le estaban quitando.” Se escuchó el sonido de un vaso sobre la mesa. Su voz temblaba en algunos momentos. Los que lo escucharon recordaron ese temblor durante años. El desastre del verano de 1941 tenía muchas causas y los historiadores han debatido su peso relativo durante décadas.
El investigador Mark Solonin ha argumentado con una documentación extensa y un tono que ha generado controversias considerables, que el colapso inicial no se debió principalmente a la superioridad técnica alemana ni a la sorpresa del ataque, sino a algo más difícil de medir, que una parte significativa del Ejército Rojo simplemente no quiso combatir.
Los soldados que enfrentaron la invasión eran en su mayoría campesinos que habían vivido la colectivización. Hijos de familias marcadas por el hambre de los años 30. Hombres que no veían con claridad por qué debían morir defendiendo un estado que los había tratado como materias primas. Sus comandantes inmediatos, en muchos casos ascendidos de golpe, porque los que estaban sobre ellos habían sido fusilados en las purgas, no tenían experiencia para gestionar el caos.
Y cuando el mando superior desapareció de la cadena de comunicaciones, cuando los funcionarios del partido huyeron de las ciudades a las que habían sido enviados para organizar la resistencia, la estructura entera se disolvió con una velocidad que el propio estado mayor alemán no había previsto en sus planes más optimistas.
Stalin, cuando salió de su parálisis, respondió con los únicos instrumentos que conocía. En julio de 1941 restableció el Instituto de los Comisarios Políticos, abolido años antes, representantes del partido que debían supervisar y contrafirmar las decisiones de los comandantes militares. Dividir la cadena de mando en el momento en que más se necesitaba unidad de decisión era, desde el punto de vista estrictamente militar, un error considerable.
Pero para Stalin no era un error, era una necesidad. No podía concebir ninguna situación en que no hubiera alguien vigilando a alguien más. El 16 de agosto se publicó la orden 270 que declaraba traidores a todos los militares capturados por el enemigo. Las familias de los oficiales hechos prisioneros perdían sus pensiones y quedaban clasificadas como familiares de enemigos del pueblo.
La orden no detuvo las capturas porque no podía detenerlas. Los hombres que caían prisioneros no lo hacían por elección, sino porque el frente se había disuelto a su alrededor. Lo que sí hizo fue añadir otra capa de sufrimiento sobre personas que ya estaban padeciendo lo insoportable y crear las condiciones para que los prisioneros de guerra soviéticos que sobrevivieran los campos alemanes fueran enviados directamente a los campos soviéticos al regresar.
El verano de 1942 fue otra catástrofe y esta también llevaba la firma de Stalin. Después de la batalla de Moscú, que el ejército rojo había logrado sostener en gran medida, gracias a la dureza del invierno y al agotamiento alemán, Stalin quería pasar inmediatamente a la ofensiva. Sus generales, incluyendo a Suukov, le explicaron que las tropas necesitaban tiempo para reorganizarse, que los materiales eran insuficientes, que un ataque prematuro produciría pérdidas inasumibles.
Stalin ordenó atacar de todos modos, la ofensiva fracasó. Luego ordenó un ataque en Crimea que terminó en desastre. Luego ordenó la operación sobre Jarkov, que acabó con la pérdida de 300,000 hombres. El 28 de julio de 1942 firmó la orden 227. conocida como Ni un paso atrás, que amenazaba con la corte marcial a cualquier comandante cuyas tropas retrocedieran sin autorización expresa.
Ese mismo mes, las tropas alemanas llegaban al Volga. El cambio llegó de forma gradual y fue impulsado por factores que Stalin no había previsto. La industria soviética, evacuada al este a un coste humano enorme, empezó a producir en cantidades que cambiaron la ecuación material. Los comandantes que habían sobrevivido a los primeros años aprendieron a hacer una guerra que sus superiores alemanes habían creído inalcanzable para el ejército rojo.
Y Stalin lentamente empezó a escuchar a personas como Basilevski y Sukov, no porque hubiera cambiado su naturaleza, sino porque los resultados de no escucharlos eran demasiado visibles para ignorarlos. La batalla de Stalingrado, planificada por el Estado Mayor con una libertad de acción que el inicio de la guerra habría sido impensable, fue el punto de inflexión.
Pero el Grossman que describió a Stalin esperando el parte de Basilevski en el Kremlin con el lápiz en la mano, incapaz de hacer la primera marca en el mapa por un instinto supersticioso, captó algo que los partes de Victoria no transmitían. Que el hombre que esperaba esa llamada era el mismo que en junio de 1941. Había pasado dos días encerrado en su Dacha mientras el país ardía.
Había aprendido a parecer un comandante, no había aprendido a ser uno. La diferencia la pagaron en vidas humanas millones de personas que no tuvieron voz ni voto en el asunto. En la madrugada del 21 de diciembre de 1949, Moscú celebraba el Septoagésimo cumpleaños de Stalin. Los regalos llegados de todo el mundo eran tantos que hubo que habilitar un museo especial para exponerlos.
En la ciudad circulaba un rumor que decía que en algún momento de ese día, durante 10 minutos, los grifos del agua corriente de la capital manarían bodka en lugar de agua. Nadie sabía en qué 10 minutos exactos ocurriría, así que mucha gente estuvo pendiente del grifo a lo largo de toda la jornada. El rumor era, por supuesto, falso, pero el tipo de fantasía que expresaba era completamente real.
El sar bueno que abre sus barriles para el pueblo. El padre que distribuye su generosidad sin pedir nada a cambio. Que esa imagen conviviera en la misma mente popular con el conocimiento, al menos parcial, de los campos y de las purgas, es uno de los enigmas que la historia del estalinismo tardío no ha terminado de resolver.

La Unión Soviética salió de la guerra en un estado de devastación que resulta difícil de calibrar desde la distancia. Habían muerto entre 20 y 27 millones de ciudadanos soviéticos. Según las estimaciones, ciudades enteras habían sido destruidas. La agricultura, ya dañada por la colectivización, sufrió otro golpe del que tardaría décadas en recuperarse.
Y sin embargo, la narrativa oficial que se construyó a partir de 1945 no era la de un país en ruinas, sino la de un pueblo victorioso que había salvado al mundo del fascismo bajo la dirección genial de su líder. El historiador Efgeni Dobrenko ha señalado que en los años que siguieron a la guerra, la cultura soviética experimentó una sustitución progresiva.
La guerra, con sus muertos y sus derrotas y su hambre, fue reemplazada por la victoria, limpia e incuestionable. Se hablaba cada vez menos del sufrimiento y cada vez más del triunfo. El primer síntoma visible de esta transformación fue la destrucción del Museo de la Defensa del Leningrado, que había comenzado a formarse durante el propio asedio con objetos donados por los supervivientes.
Era una colección extraordinaria: diarios de niños muertos, fotografías, raciones de pan del tamaño de una pastilla de jabón, cartas que nunca llegaron a su destino, armas recogidas en los campos de batalla. Georgi Malenkov, uno de los hombres del círculo inmediato de Stalin, visitó el museo y montó en cólera.
Acusó a sus responsables de crear una narrativa separada, de exaltar el sufrimiento delingrado por encima del papel del camarada Stalin, de fomentar una especie de identidad regional que olía a peligro político. El museo fue clausurado, sus fondos fueron destruidos en gran parte. Las cartas y los diarios ardieron.
Lo que quedó fue el relato oficial. La victoria había sido posible porque Stalin había dirigido las operaciones con su inteligencia incomparable. Los años que siguieron a la guerra fueron años de un estalinismo que el historiador dobrenko considera más acabado y más coherente que el de los años 30.
El terror de 1937 había sido caótico, desbordante, una máquina que a veces se desmandaba. El terror de los últimos años de Stalin era más selectivo, más quirúrgico, más consciente de sus propios objetivos. El llamado caso de Leningrado, iniciado en 1949, apuntó contra figuras del partido que habían adquirido visibilidad durante la guerra al gestionar la ciudad sitiada con cierta autonomía.
Alexei Kusnetzov y Nikolay Bosnesenski, entre otros, fueron acusados de querer crear un partido comunista ruso separado dentro de la estructura soviética y de conspirar para apoderarse del poder. Las acusaciones eran tan inverosímiles como todas las anteriores. Los fusilamientos fueron igualmente reales.
La campaña contra el cosmopolitismo, que se desarrolló a finales de los 40, tenía una lógica que conectaba con el discurso de la posguerra. Si el pueblo ruso era el pueblo vía de todas las naciones soviéticas, si la cultura rusa era la más avanzada del mundo y la que había inspirado todos los grandes descubrimientos de la humanidad, entonces cualquier referencia positiva a influencias extranjeras era una forma de traición.
Se organizaron sesiones públicas en institutos y redacciones para denunciar a quienes habían alabado la ciencia occidental o reconocido deudas con la cultura europea. Los seudónimos de escritores y periodistas judíos eran desvelados en las actas de esas sesiones con un énfasis que no pretendía disimular su significado.
La campaña tenía nombre oficial: lucha contra la postración anteoccidente. Lo que era en la práctica resultaba más difícil de nombrar con limpieza. Solomón Mijoels, director del Teatro Estatal Judío de Moscú y una de las figuras más respetadas de la cultura soviética, fue enviado a Minsk en enero de 1948 con el pretexto de evaluar unos espectáculos para el comité de premios Stalin.
Allí fue asesinado por agentes del NKVD que escenificaron el crimen como un atropello. Su funeral se celebró en el edificio del teatro y la esposa de Molotov, Paolina Semchusina, que era judía, acudió a presentar sus respetos. El abuelo de la propia historiadora Tamara Eidman, estuvo presente. Cuando se acercó a Semchusina y expresó su dolor por la tragedia, ella le respondió con unas palabras que él nunca olvidó.
Si supierais todo, no dijo nada más. Poco después fue arrestada. El caso de los médicos iniciado en 1952 fue el último gran movimiento de Stalin antes de su muerte. Un grupo de médicos del hospital del Kremlin, en su mayoría judíos, fue acusado de haber asesinado altos dirigentes soviéticos mediante diagnósticos deliberadamente erróneos y de haber planeado atentar contra la vida de Stalin.
El periódico Pravda publicó editoriales diarios sobre los asesinos con bata blanca. En ciudades de toda la Unión Soviética, pacientes que normalmente habrían acudido sin pensarlo a su médico de cabecera empezaron a rechazar la atención de profesionales judíos. El ambiente se calentaba con una velocidad y una deliberación que recordaban a la mecánica de 1937.
En esos mismos meses, Stalin se mostraba en público cada vez menos. Los que lo veían en las reuniones del círculo interior describían a un hombre que había envejecido de manera visible, que tenía lapsos de memoria, que en ocasiones parecía no seguir el hilo de las conversaciones. Tenía 73 años, una mano izquierda que nunca había funcionado bien, la cara marcada por las viruelas de la infancia y el deterioro acumulado de décadas de vida nocturna, de comidas tardías, de voz los banquetes que organizaba para sus subordinados y en los que los
vigilaba mientras bebía. El culto que lo rodeaba lo describía como un hombre en la plenitud de sus fuerzas, sereno, omnisciente. La realidad era la de un anciano que dormía en una dacha vigilada por guardias que tenían tanto miedo de molestarlo como de no actuar si algo le ocurría. En la noche del primero de marzo de 1953, algo ocurrió en esa dacha.
Los guardias notaron que no se encendía ninguna luz en la zona donde Stalin dormía, lo cual era inusual. Pasaron horas sin que nadie se atreviera a entrar. Finalmente, cuando el miedo a no actuar superó al miedo a actuar, encontraron a Estal intendido en el suelo, inconsciente, mojado. Se habían transcurrido probablemente varias horas desde que sufrió ictus.
Los médicos fueron llamados, pero los mejores especialistas del país estaban en ese momento arrestados, acusados de ser asesinos con bata blanca. Los que llegaron a la dacha trabajaron bajo una presión que ningún médico debería soportar. 4 días después, el 5 de marzo de 1953, Stalin murió. Su hija Svetlana, que estaba presente, describió la agonía como algo aterrador.
En el último momento abrió los ojos, miró a quienes lo rodeaban con una expresión que ella no supo definir si era de cólera o de terror. Levantó la mano izquierda como si amenazara o señalara algo y luego todo terminó. La reacción del país fue compleja de maneras que los archivos del partido no capturan del todo.
Hubo llanto genuino entre personas que habían crecido en un mundo en que ese nombre era sinónimo de certeza y de orden, aunque fuera el orden del miedo. Hubo también en muchos lugares un alivio que nadie se atrevía a expresar en voz alta y que tomaba formas indirectas. una botella abierta en silencio, una conversación en voz baja entre personas que se miraban y entendían sin decirlo.
El matemático y disidente Yuri Gastev, que estaba exiliado en un sanatorio de Estonia, cuando escuchó por la radio que la salud de Stalin se deterioraba gravemente, corrió a despertar al dueño de la tienda local antes de que abriera para comprar alcohol. Lo que celebraba escribiría años después era la llegada de lo que el médico del sanatorio llamó con precisión clínica la respiración de Chain Stokes, el patrón de respiración que precede a la muerte clínica.
Que un hombre que había sobrevivido los campos encontrara en ese diagnóstico médico una razón para brindar, es quizás la imagen más honesta de lo que Stalin había conseguido construir y de lo que su muerte significaba para quienes habían vivido dentro de esa construcción. El enigma que su vida deja sin resolver no es el del origen del mal que los historiadores seguirán debatiendo.
Es el del consentimiento. Un hombre solo, por brutal que sea, no transforma un país de 180 millones de personas en una máquina de miedo sin que algo dentro de ese país lo permita, lo alimente y en ciertos momentos lo desee. Stalin entendió eso antes que nadie. lo usó con una habilidad que sus contemporáneos no supieron ver hasta que fue demasiado tarde y lo llevó hasta un extremo que ninguna teoría política había contemplado.
Lo que quedó después fue una herencia que no terminó con él, porque las instituciones que construyó sobrevivieron a su muerte y las mentalidades que formó tardaron generaciones en disolverse y en algunos lugares no se han disuelto todavía. Soy Adrián Montero y esto ha sido Historias de ídolos.
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