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SORAYA JIMÉNEZ : LA ASQUEROSA TRAICIÓN QUE ACABO CON SU VIDA

Su madre tampoco entendió. Pero el hombre del Centro Olímpico dijo que era para que su hija pudiera entrenar en una disciplina nueva. Una disciplina llamada Alterofilia. La firmaron. Esa firma de 1992 fue la primera de muchas. La alterofilia iba a darle a Zoraya una medalla de oro olímpica 8 años después y también iba a ser la puerta por la que iba a entrar el hombre que iba a destruirla.

Pero la alterofilia en 1992 tenía un problema en México, un problema que Soraya no entendió hasta 6 meses después. La alterofilia femenil no era reconocida por la Federación Mexicana de Alterofilia. No había presupuesto, no había entrenadores especializados para mujeres, no había competencias oficiales.

La federación le dijo a Soraya que podía entrenar, pero que no podía competir. Le dijeron que la alterofilia era cosa de hombres. Le dijeron que las mujeres no tenían el cuerpo para esa disciplina. Le dijeron que se buscara otra cosa. Soraya tenía 16 años y aprendió esa tarde algo que iba a aprender de nuevo durante el resto de su vida.

Aprendió que en México una mujer tenía que pelear el doble que un hombre por las mismas oportunidades. Pero en lugar de buscarse otra cosa, Soraya hizo algo que iba a definirla. se metió a una computadora del Centro Olímpico, una computadora que apenas tenía conexión a internet en 1993 y empezó a buscar entrenadores de alterofilia femenil en otros países.

Estuvo tres días buscando, encontró ocho nombres, les escribió correos electrónicos a los ocho, le contestaron tres y de los tres, uno aceptó venir a México por una cantidad que Soraya iba a tener que conseguir. Recuerda este correo electrónico. 1993. Una muchacha de 16 años en una computadora del Centro Olímpico buscando entrenadores en el extranjero.

Ese correo es el primer caramelo de esta historia y vamos a volver a él más adelante. El entrenador que aceptó era búlgaro. Tenía 47 años. Era exolímpico. Había entrenado a tres campeonas mundiales. Pidió $4,000 al mes para vivir en México. Soraya, que tenía 16 años y vivía con sus padres en Naalpan, no tenía esos $4,000.

La Federación Mexicana de Alterofilia tampoco se los iba a dar. Y en ese momento, en la oficina del Centro Olímpico, mientras Soraya leía el correo del búlgaro, un hombre que estaba revisando papeles en la mesa de al lado se acercó. Un hombre que tenía 38 años, bien vestido, camisa blanca planchada, reloj caro, acento norteño, zapatos italianos lustrados.

Le dijo a Zoraya que él podía conseguirle los 000. Le dijo a Soraya que él era empresario, que él patrocinaba atletas, que él creía en el deporte mexicano, que él iba a hacer su mecena si Soraya lo dejaba, sin pedir nada a cambio, solo verla competir y verla ganar. Soraya tenía 16 años, no sabía leer contratos, no sabía hacer preguntas. Le dijo que sí.

El hombre se presentó, le dijo que se llamaba Sergio Mendoza. Esa fue la primera vez que Soraya vio a Sergio Mendoza y no iba a saberlo en ese momento, pero acababa de conocer al hombre que iba a robarle la vida en cámara lenta durante los siguientes 20 años. Lo que Sergio Mendoza hizo en las siguientes 48 horas fue lo que solo un hombre que llevaba años esperando esa oportunidad sabe hacer.

llamó a un banco, transfirió $8,000 a una cuenta nueva que abrió a nombre de una sociedad mercantil registrada en Puerto Vallarta. Le pagó al búlgaro el primer mes por adelantado. Le compró un boleto de avión desde Sofía, le rentó un departamento en Coyoacán y le compró a Soraya su primera membresía del gimnasio privado del Centro Olímpico.

Soraya, en 48 horas pasó de no tener nada a tener un entrenador búlgaro de nivel mundial, un departamento donde entrenar fuera de horario y una persona que le contestaba todas sus llamadas a cualquier hora del día. Lo que Soraya no entendió esa semana, lo que no iban a entender hasta 20 años después, es que Sergio Mendoza no estaba invirtiendo en una atleta.

Sergio Mendoza estaba comprando una vida. Sergio Mendoza no era empresario. Sergio Mendoza tenía 38 años y vivía de algo que no era patrocinar atletas. A esto vamos a llegar. Pero todavía no. El entrenador búlgaro llegó a la ciudad de México en marzo de 1994. Soraya tenía 16 años y 8 meses. El búlgaro la vio entrenar tr días.

Al cuarto día le dijo a través de un traductor que Sergio Mendoza le pagó lo siguiente. Frase textual que José Luis, el hermano, iba a contar al periodista deportivo Roberto Tapia en 2015. le dijo, “Mucha, si haces lo que te diga, en 6 años estás en los Juegos Olímpicos, en 8 años eres campeona del mundo.

Solo tienes que prometerme una cosa, no volver a tocar a un hombre, no volver a salir con muchachos, no volver a perder un minuto en cosas de niña. Tu cuerpo es mío hasta que ganes el oro.” Soraya le prometió. Tenía 16 años. No entendía lo que estaba prometiendo, pero firmó otro papel y empezó a entrenar 6 horas al día, seis días a la semana, durante 6 años.

Y en esos 6 años, Sergio Mendoza estuvo presente en cada paso. Pagó las cirugías de mantenimiento de la rodilla, pagó las vitaminas, pagó los doctores, pagó los suplementos, pagó los viajes a competencias internacionales. Pagó las pastillas para dormir cuando Soraya no podía dormir por el dolor. pagó los antidepresivos cuando Soraya entró en depresión después de la primera competencia internacional en 1996.

Cada una de esas pastillas Soraya la tomó pensando que era para su carrera. Cada una de esas pastillas estaba creando una dependencia que Sergio Mendoza ya tenía calculada. Vamos a entender por qué. Septiembre de 1998. Soraya tiene 21 años. Récord nacional de alterofilia femenil en cuatro categorías de peso.

Medallista de oro en los Juegos Centroamericanos. Le faltan 2 años para Sydney 2000. Su entrenador, Búlgaro le dice que está lista para el oro olímpico. Sergio Mendoza le dice que ya está todo pagado, que solo tiene que entrenar. Pero esa semana de septiembre pasa algo. Soraya gana una pelea con su entrenador búlgaro.

Le grita, le dice que ya no puede más, que el peso le está rompiendo la espalda, que necesita descansar, que la rodilla operada le está doliendo otra vez. El búlgaro le dice que descansar es perder, que perder es no ir a los juegos, que no ir a los juegos es traicionar a la persona que la trajo. Soraya esa noche se fue a su casa de Naucalpán. Lloró frente a su madre.

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