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Soraya Esfandiari: El Rey la Amaba… y la Rechazaron porque No Podía Parir

Y nacieron sobre todo los ojos. Los ojos de Soraya son verdes, verde claro, casi transparente, con betas doradas alrededor de la pupila, imposibles en un rostro persa, imposibles en los retratos de cualquier mujer iraní de la época. Esos ojos van a ser su rasgo más fotografiado, el motivo por el que el mundo entero la mira durante una década, el motivo por el que un emperador la elige sin haberla visto en persona solo en una fotografía.

Y también el motivo por el que enterán durante años las viejas damas de la corte murmuran que tiene los ojos de una extranjera, que no es del todo una de los nuestros, que en su sangre hay algo que no encaja, pero eso vendrá después. Por ahora, Soraya tiene 3 años, 5 años, 8 años y crece entre tres mundos que no terminan de tocarse.

Pasa temporadas largas en Isfá, en la casa familiar, donde las criadas le hablan en persa y le cuentan los cuentos de Shereesade antes de dormir. Pasa otras temporadas en Berlín, donde su madre la lleva a visitar a la familia Carl y allí habla alemán, come Strudel. y aprende a caminar sobre la nieve. Y cuando es un poco mayor, la mandan a un internado en Suiza, en Lausan, donde estudia con hijas de aristócratas europeas que apenas saben señalar Irán en un mapa.

Y luego a Londres, donde aprende inglés perfecto y descubre la literatura victoriana. Para cuando cumple 16 años, Soraya habla cuatro idiomas con fluidez total persa, alemán, francés, inglés. Y tiene esa extraña melancolía de las personas que pertenecen a varios sitios y a ninguno del todo. En Berlín la miran como a una persa.

En Isfá, las primas le dicen que tiene gestos europeos. En Lausan es la chica oriental con ojos verdes que nadie sabe muy bien cómo clasificar. Va a ser siempre extraña allí donde vaya. Incluso lo veremos en su propio palacio. Mientras tanto, a unos pocos kilómetros de la casa familiar de Isfaján, en Teerán, está pasando algo. Un hombre joven de 30 años acaba de divorciarse.

Se llama Mohamad Reza Paslavi. Es el sha de Irán, el emperador, el hombre más poderoso del país. subió al trono en 1941 con 22 años después de que los británicos y los soviéticos forzaran a su padre a abdicar durante la Segunda Guerra Mundial. Es un shauro, todavía no del todo consolidado en el poder.

Y acaba de divorciarse de su primera esposa, la princesa Faucia Fuat de Egipto, hermana del rey Farou. El motivo del divorcio oficialmente es la incompatibilidad cultural, pero todo el mundo entre Ererán sabe la verdad. El motivo real es que Fausia solo le dio una hija a la princesa Shanas y la dinastía Pajlaví necesita un heredero varón.

Lo necesita por ley, lo necesita por costumbre, lo necesita por presión del clero, del gobierno y de los consejeros que rodean al shapa, aquí guarda este detalle, porque es el detalle que lo explica todo. Aquí está sembrada ya la condena de la mujer que todavía no conoce y que está estudiando alemán en la usan.

Mohamad reza ya ha repudiado a una mujer por no darle un heredero varón. Eso significa que el sistema, la corte, el clero, los consejeros ya tienen un precedente, ya saben que se puede hacer. Ya saben que el shaderá si se le presiona durante el tiempo suficiente. Cualquier mujer que entre a continuación al palacio entra con una espada invisible.

colgada sobre la cabeza y nadie se la enseña, nadie se la nombra, pero está ahí desde el primer día. A finales de 1949, la corte iraní se pone en marcha. Hay que encontrarle al Sha una segunda esposa y rápido. Se encarga la búsqueda a Foro hermana del Sha, una mujer práctica, fría, que entiende que su trabajo es traer al palacio a una mujer joven, sana, de buena familia y con caderas que prometan hijos.

Empiezan a circular fotografías de candidatas por los despachos de Teerán, hijas de aristócratas, hijas de generales, hijas de familias amigas de la corte. Y la corte tiene su lista de favoritas, tiene sus apuestas, tiene a las candidatas que conviene a este consejero, a aquel ministro, a aquel mulá. Cada candidata es también una alianza política.

Y aquí es donde aparece la primera revelación de esta historia, la primera de las siete cosas que la versión oficial prefiere no contar. Soraya es fan diari, no estaba en la lista de favoritas de la corte, no estaba ni siquiera en los primeros puestos. Era una candidata más propuesta por una amiga de la familia que la había visto en una recepción en Londres y que de pasada le mostró una fotografía a Foro Forof la incluyó en el dossier por compromiso, pero en los círculos de poder de Teerán la apuesta iba por

otras. Soraya era hija de los bactiar y una tribu que durante siglos había sido demasiado independiente, demasiado orgullosa, demasiado poco doblegable a la corona. Casarse con una bactiari era políticamente una complicación. Era darle peso a una tribu que ya tenía demasiado peso y además su madre era extranjera, alemana.

Eso en una corte conservadora contaba en contra. Una emperatriz de sangre mezclada, una emperatriz con ojos verdes, una emperatriz que hablaba alemán en sueños. Los consejeros del Sha la descartaron casi inmediatamente, pero el Shao la fotografía. Y aquí entra la segunda revelación, porque lo que pasó en aquel despacho del Palacio imperial es algo que cambia el sentido de toda esta historia.

El Sha estaba revisando el dossier una tarde de invierno en presencia de su hermana Forov y de dos de sus consejeros más cercanos. Iban pasando fotografías, discutiendo nombres, sopesando alianzas y de pronto el se detuvo en una fotografía. La cogió, la miró durante un minuto largo en completo silencio y dijo, “Según el testimonio que años después dejó escrito uno de aquellos consejeros.

Es ella. No la conocía, no la había visto nunca en persona, no había hablado con ella, no le habían hecho un informe sobre su carácter, no sabía si tenía sentido del humor o si bailaba bien o si soportaba el protocolo. Solo había visto una fotografía. Y en aquella fotografía, una chica de 18 años posaba con un vestido sencillo, mirando a la cámara con esos ojos verdes imposibles, sin sonreír del todo, con una expresión que no era de coqueteo ni de timidez, sino de algo más raro, una especie de seriedad antigua, como si

supiera cosas que no le correspondía saber a su edad. Los consejeros protestaron, hablaron de los bactiari, hablaron de la madre alemana, hablaron de las otras candidatas más convenientes, más manejables, más alineadas con los intereses de la corona. El Sha los escuchó y volvió a decir, “Es ella.” Y eso fue todo.

Hay algo profundamente romántico en esa escena. Ya lo sé. Hay algo que parece sacado de un cuento, pero detente un momento conmigo a pensar lo que de verdad está pasando ahí. Una chica de 18 años en Lausan, estudiando sin saberlo, está siendo elegida como esposa por un emperador que no la conoce, basándose en una fotografía.

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