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SINALOA Hizo Temblar Las VEGAS: El Brutal Castigo al GRINGO que Subestimó a MÉXICO

había puesto al borde del desmayo a Meldrick Taylor en una de las peleas más dramáticas de la historia moderna del boxeo. Había vuelto loco a Héctor el macho Camacho. Había vencido, destrozado, pulverizado a rivales que a otros hombres les habrían parecido imposibles. Pero Chávez no era otros hombres.

Chávez era de Culiacán, Chávez era de Sinaloa, Chávez era y es y será siempre el hijo predilecto del pueblo mexicano. Y por eso cuando se supo que iba a pelear en Las Vegas contra un tal Scott Walker en aquel febrero frío y seco, millones de mexicanos pusieron la fecha en el calendario. Millones de mexicanos ajustaron las antenas del televisor.

Millones de mexicanos se juntaron en cantinas, en salas, en patios, en fondas, en plazas, con la misma emoción con la que se reúne una familia para celebrar un cumpleaños, porque eso era lo que significaba una pelea de Chávez. Era una celebración nacional, era una comunión, era un momento en el que México dejaba de ser muchos Méxicos dispersos y se convertía por unas horas, por unos minutos, por unos rounds en un solo México vibrante y unido golpeando a través de los puños de su campeón.

El contexto de esta pelea, sin embargo, no era simple. Esto no era una defensa de título más. Esto no era una victoria fácil por contrato. Esto era mucho más complicado de lo que parecía, porque en los pasillos del boxeo, en las oficinas de los promotores, en las páginas de los diarios deportivos, ya se hablaba desde hacía meses del nombre que terminaría por marcar el destino de Chávez en aquel año.

Un nombre joven, un nombre fresco, un nombre que para millones de mexicoamericanos representaba el futuro, un nombre que para muchos mexicanos de México representaba la traición, el acomodo, la pérdida de las raíces. Ese nombre Óscar de la Ol, el joven de los ángeles, recién medallista de oro olímpico, estrella rutilante de top rank, favorito de los patrocinadores, galán de portadas, venía buscando al viejo león, venía persiguiendo la coronación definitiva, venía con hambre, con juventud, con velocidad, con un equipo de entrenadores norteamericanos

que lo habían preparado específicamente para desmantelar el estilo de Chávez y la pelea estaba apalabrada para el verano de aquel año. Iba a ser el evento del siglo, iba a ser la confrontación generacional más importante del boxeo latino. Iba a ser el momento en el que la Guardia Vieja y la Guardia Nueva se mirarían a los ojos bajo los reflectores.

Pero para llegar a aquella pelea histórica contra de la olla, Chávez necesitaba primero una pelea intermedia, una pelea que sirviera de afinación, una pelea que le permitiera soltar el brazo, calibrar los reflejos, ajustar el cronómetro interno, verificar que las piernas todavía respondían, que los instintos todavía estaban afilados.

Y ahí, en ese contexto de preparación rumbo al choque generacional, entró en escena el nombre de Scott Walker, un nombre que para la mayoría del público mexicano no significaba absolutamente nada la primera vez que lo oyeron. Un nombre que parecía elegido al azar de una lista de oponentes. Un nombre que no tenía el brillo de una gran estrella.

Pero un nombre que cuando se empezó a investigar, cuando se empezó a leer, cuando se empezó a comprender, generó más de una inquietud entre los aficionados más informados. ¿Quién era Scott Walker? ¿Quién era ese estadounidense flaco, alto, de cabellera tupida, que aceptó el contrato para enfrentar al mexicano más temido de su generación? Para responder esto, hay que viajar hasta Mesa, Arizona, una ciudad caliente del suroeste norteamericano, donde Walker había crecido con dos pasiones paralelas. La primera, la

música. Walker tocaba la guitarra. Walker formaba parte de una banda de rock con estética de los años 50, a la que él mismo había bautizado con un nombre peculiar, The Pink Cat Band, el gato rosa. Walker usaba el cabello levantado estilo James Dean, camisas estampadas, gafas oscuras y se presentaba en bares y escenarios del suroeste norteamericano interpretando Roca Billy y temas de su propia inspiración.

Era un artista, era un músico, era un hombre con personalidad excéntrica que vestía pantaloncillos rosa chillón cuando subía al ring. Porque así lo hacía distinguirse del resto, porque así se convertía en espectáculo, porque así honraba el mote que le habían puesto desde muy joven. Pero Walker no era solamente un músico extravagante.

Walker era también, y esto lo descubrieron tarde muchos aficionados mexicanos, un peleador con colmillo, un peleador con pegada, un peleador con valor temerario, un peleador que había acumulado veintitantas victorias profesionales, la mitad de ellas por la vía del knockout. Y sobre todo, sobre todo, un peleador que apenas un año antes de enfrentar a Chávez había protagonizado la noche más grande de su vida, la noche que lo había puesto brevemente en los titulares del boxeo internacional.

La noche en la que él, Scott Walker, el músico excéntrico de Mesa, Arizona, había vencido por decisión unánime al mismísimo Alexis Argüello. Déjenme repetir ese nombre porque merece ser repetido. Alexis Argüello, el flaco explosivo, el nicaragüense inmortal, tres veces campeón del mundo, miembro por méritos propios del salón de la fama del boxeo, uno de los peleadores más técnicos, más elegantes, más respetados que hayan existido jamás en Centroamérica.

Aquel argüello, ya veterano, ya con las piernas pesadas, ya lejos de sus años dorados, había decidido subir al ring una última vez en enero de 1995. Y el hombre elegido para enfrentarlo, el hombre que se paró frente a la leyenda, el hombre que le arruinó el retiro al ídolo fue precisamente Scott Walker. Walker lo venció.

Walker ganó la pelea limpiamente. Walker se llevó el cinturón continental de los superligeros del Consejo Mundial y desde esa noche, en los círculos más técnicos del boxeo, el nombre del gato Rosa empezó a sonar con otra seriedad. Por eso, cuando se anunció que Chávez pelearía contra Walker en febrero de 1996, hubo quienes se tomaron la noticia con una ceja levantada.

Hubo quienes pensaron que quizá, solo quizá, el contrincante no era tan fácil como parecía a primera vista. Hubo quienes recordaron que en el boxeo los peligros más grandes suelen venir disfrazados de oponentes modestos y que un hombre capaz de vencer a Argüello era, por definición un hombre capaz de complicarle la noche a cualquiera.

La semana previa al combate tuvo todos los ingredientes del gran espectáculo deportivo. Las Vegas, la ciudad que nunca duerme, la capital mundial del boxeo, se vistió de fiesta para recibir al César mexicano. En cada restaurante, en cada casino, en cada hotel a lo largo del strepían banderas tricolores, camisas con el rostro estampado de Chávez, grupos de mexicanos que habían viajado desde Tijuana, desde Mexicali, desde Los Ángeles, desde Houston, desde Chicago, desde todos los rincones donde late un corazón mexicano para acompañar a su ídolo en otra noche

de gloria. Era una procesión, era una peregrinación laica, era el pueblo entero llegando a Las Vegas con la convicción absoluta de que esa noche verían a su campeón despachar a otro rival en un trámite brillante. Walker, por su parte, llegó a la ciudad con una actitud distinta, no con miedo, no con inseguridad.

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