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“SI ABRES ESE BAÚL, PIERDES TODO” — LA ADVERTENCIA DE Lucha A PACO QUE CAMBIÓ SU VIDA

se acercó rápidamente a los empleados y les preguntó con un tono más seco de lo que pretendía quien había dado la orden de traerlo. Los dos hombres, uniformados con pantalones negros y camisas blancas con el logotipo del hotel bordado en el pecho, se miraron entre sí confundidos y explicaron que el señor Jiménez, uno de los productores del evento, les había indicado que lo trajeran desde una camioneta estacionada afuera.

Paco despidió a los empleados con una propina generosa pero apresurada, buscando terminar la conversación lo más rápido posible. Durante los siguientes 20 minutos, el baúl permaneció ahí sin que nadie le prestara demasiada atención. Estaba semioculto detrás de uno de los sofás en una esquina donde la luz era más tenue. La fiesta continuaba.

Las risas se mezclaban con música de fondo que alguien había puesto en un toca portátil. Se contaban anécdotas de grabaciones que habían salido mal, de artistas temperamentales, de romances secretos que ya no importaba ocultar porque los protagonistas habían muerto o se habían divorciado hacía décadas. Lucha Villa estaba sentada en una de las butacas individuales conversando con Angélica María sobre una gira que ambas estaban planeando por el sur de Estados Unidos.

Bebía un tequila añejo don Julio con hielo y limón, despacio saboreando cada sorbo. Vestía un traje sastre color vino con hombreras pronunciadas, la moda de finales de los 70, y llevaba el cabello recogido en un chongo elegante que dejaba al descubierto unos aretes de oro blanco con pequeños diamantes incrustados. Su maquillaje era impecable, delineador negro preciso, sombra marrón en los párpados, labios en tono ciruela oscuro.

Fue Angélica María quien al levantarse para servirse otra copa, señaló el baúl y preguntó casualmente de qué se trataba. Su voz tenía esa curiosidad inocente de quien simplemente quiere hacer conversación. Lucha dirigió la mirada hacia donde Angélica señalaba y en ese preciso instante todo cambió. El rostro de Lucha Villa se transformó.

La sonrisa que había mantenido durante toda la noche se desvaneció como si alguien hubiera apagado un interruptor. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, enfocándose en el baúl con una intensidad que hizo que Angélica dejara de hablar a mitad de una frase. Durante aproximadamente 15 segundos, que parecieron durar mucho más, Lucha permaneció completamente inmóvil, observando el objeto como si pudiera ver a través de la madera.

Entonces se puso de pie lentamente, sin apartar la vista del baúl. dejó su vaso sobre la mesa auxiliar con un movimiento deliberado, casi ceremonial. Caminó hacia el baúl con pasos medidos y quienes estaban cerca notaron que su expresión había adquirido una seriedad que contrastaba completamente con el ambiente festivo de la sala.

Cuando llegó frente al baúl, se arrodilló, algo poco común en una mujer vestida con un traje formal y tacones de 8 cm, y extendió su mano derecha para tocar la superficie de madera. Sus dedos apenas rozaron el cedro oscuro. Permaneció así durante varios segundos, como escuchando algo que nadie más podía oír.

Luego retiró la mano bruscamente, como si la madera estuviera ardiendo, aunque claramente no lo estaba. Se incorporó con dificultad, las rodillas le crujieron levemente y buscó con la mirada a Paco Malgesto, que estaba al otro lado de la sala, conversando con el director de programación de XW. Lucha cruzó la sala con determinación.

No corrió ni gritó, pero había urgencia en su caminar. Cuando llegó junto a Paco, lo tomó del brazo con una firmeza que sorprendió al locutor. Sin decir palabra, lo condujo hacia un rincón más apartado, cerca de la ventana donde él había estado antes. El director de programación, confundido por la interrupción abrupta, se alejó discretamente al captar que algo serio estaba ocurriendo.

Paco miró a Lucha con una mezcla de sorpresa y preocupación. En todos los años que llevaban conociéndose, nunca la había visto con esa expresión. Era como si su rostro hubiera envejecido 10 años en 10 segundos. Había arrugas de tensión alrededor de su boca. Sus ojos, normalmente brillantes y expresivos, parecían nublados por algo parecido al miedo.

Lucha habló en voz muy baja, apenas un susurro que Paco tuvo que esforzarse para escuchar por encima de la música y las conversaciones circundantes. Sus palabras fueron exactamente estas y Paco las recordaría con precisión. milimétrica durante el resto de su vida. Ese baúl que trajeron, no deberías abrirlo nunca. Si lo abres, pierdes todo.

Paco la miró sin comprender, esperando que continuara, que explicara a qué se refería con pierdes todo. Todo qué, su reputación, su familia, su carrera, su paz mental. Pero lucha no agregó nada más. Simplemente sostuvo su mirada durante aproximadamente 8 segundos que se sintieron eternos. apretó su brazo una vez más con fuerza, tanto que Paco sintió sus dedos presionando a través de la tela del traje y luego se alejó sin esperar respuesta.

Durante el resto de la velada, Lucha Villa evitó acercarse nuevamente a Paco. Cuando él intentó buscarla más tarde para preguntarle qué había querido decir exactamente, ella ya se había marchado del hotel sin despedirse de nadie. Su ausencia fue notada por varios invitados que comentaron entre susurros que era extraño que se hubiera ido tan temprano, considerando que Lucha siempre se quedaba hasta el final de las fiestas porque disfrutaba genuinamente de la compañía de sus colegas.

Paco Malgesto no durmió esa noche. Llegó a su casa en la colonia del Valle pasadas las 2 de la mañana. Su esposa, Carmen Aguirre de mal gesto, ya estaba dormida. Él se quedó despierto en la sala, sentado en su sillón de lectura favorito, un reclinable de piel café con descansabrazos gastados por el uso, dándole vueltas a las palabras de lucha.

Si lo abres, pierdes todo. ¿Qué podía haber dentro de ese baúl que el mismo había llenado? Porque ese era el detalle que hacía todo aún más desconcertante. El baúl contenía únicamente objetos que él había guardado personalmente a lo largo de los años, fotografías de sesiones en radio, contratos viejos de programas que ya ni existían.

Cartas de admiradores de los años 40 y 50, grabaciones en acetato de programas especiales, recortes de periódicos amarillentos, objetos personales que algunos artistas le habían regalado en diferentes momentos. Una corbata que Pedro Infante le había dado después de una emisión particularmente emotiva en 1956. Un pañuelo de seda bordado que Dolores del Río le había obsequiado en 1948.

Una pluma fuente que Jorge Negrete había usado para firmar su último contrato antes de morir. Nada escandaloso, nada peligroso, solo memerebilie es sentimental, ¿o no? Mientras la Ciudad de México comenzaba a despertar y los primeros rayos de sol se colaban por las cortinas de encaje blanco de su sala, Paco Malgesto se dio cuenta de algo que lo hizo sentir un escalofrío a pesar de que la mañana era cálida, no estaba completamente seguro de recordar todo lo que había guardado en ese baúl.

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