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Se TIRÓ Del Noveno Piso, Sobrevivió Y Lo OBLIGARON A Cantar: La Vida De HÉCTOR LAVOE

Buscó trabajo como cualquier inmigrante. Tocó en clubes pequeños. se fue ganando la reputación de alguien que cuando cantaba pasaba algo en el salón que no pasaba cuando cantaban los demás. La manera en que frasea, la manera en que improvisa, el timbre que tiene esa voz. Los músicos que lo escuchaban por primera vez no podían explicar exactamente qué era lo que hacía diferente, pero podían sentirlo.

Y fue así como llegó a Willy Colón. Willy Colón tenía 17 años también cuando se encontró con Héctor Pérez. era del Bronx, de una familia puertorriqueña y tocaba el trombón con una agresividad específica que era también el temperamento de los barrios donde había crecido. La banda que armó Colón necesitaba una voz, una voz que pudiera con la energía que él quería poner en la música, una voz que no sonara salón elegante, sino a calle, a barrio, a la vida real de la gente latina en Nueva York. Y Johnny Pacheco, el dominicano

que cofundaba el sello Fania Records, los presentó. Pacheco había escuchado a Héctor y sabía lo que tenía. Y cuando Colón escuchó a Héctor, entendió que había encontrado lo que buscaba. En el circuito Salcero de Nueva York, la banda de Colón con Héctor al frente fue bautizada con un nombre que lo decía todo. The bad boys. Los chicos malos.

No los chicos malos del crimen, sino los chicos malos de la música. Los que rompían las reglas, los que sonaban más brutos, los que ponían en los temas esa angulosa dureza de la calle que los músicos más refinados evitaban. El primer álbum juntos salió en 1967, se llamó El Malo. Fue el primero de una serie que se convertiría en la columna vertebral de la salsa brava neoyorquina de los años 60 y 70.

La gran fuga, Cosa Nuestra, lo mato, onde el juicio y los dos volúmenes de asalto navideño que produjeron canciones que se siguen tocando en las fiestas navideñas de Puerto Rico y de todos los lugares donde hay puertorriqueños. Juana Peña, Barrunto, calle Luna, calle Sol, la murga de Panamá. La pareja Colón Loo fue algo que la música latina no había tenido antes con exactamente esa forma.

Colón ponía el sonido, el trombón sucio, los arreglos que rompían con la elegancia académica de la música caribeña anterior, la actitud de quien no pide permiso para ocupar el espacio que ocupa. La boe ponía la voz, ese instrumento extraordinario que podía ir del grito al susurro sin perder nunca la afinación ni la emoción, que improvisaba sobre cualquier base rítmica con la soltura de alguien que tiene la música en los huesos y no solo en la cabeza, a que le daba a cualquier letra una segunda vida que el compositor no

siempre había imaginado cuando la escribió. El público que lo seguía en los clubes del barrio y del Bronx y de Brooklyn era el mismo público que los escuchaba en la radio y que compraba sus discos. La comunidad latina de Nueva York que se reconocía en esa música porque hablaba de su mundo, de las calles oscuras, de las mujeres abandonadas, de los hombres que bebían para olvidar, de los sueños que América prometía y no siempre cumplía.

La salsa era el realismo social de la comunidad latina en una forma que se podía bailar. Y Héctor Laboe era el narrador de ese realismo con una voz que hacía que la tragedia sonara a fiesta. El punto más alto de esa primera etapa fue 1974, cuando la fania All Stars fue convocada para actuar en Saire en África, ne como parte del evento musical que acompañó la pelea de boxeo entre Muhammad Ali y George Forman, la famosa Rumble in the jungle que el promotor Don King había organizado.

La noche en que Ali recuperó su título ante el invencible Forman, la fania All Stars tocó junto a James Brown y BB King ante decenas de miles de personas africanas que nunca antes habían escuchado salsa. La vo estaba ahí. La potencia latina se hizo presente esa noche de una manera que todavía se recuerda en los documentales sobre ese evento.

En 1973, Willy Colón tomó una decisión que cambió el rumbo de ambos. Se retiró como ejecutante para dedicarse a la producción y a su familia. La banda quedó para La Boe y La Boe, que hasta entonces había sido la voz de la banda de Colón, se convirtió en el responsable de todo. La separación produjo en Héctor algo que el alcohol y las drogas iban a amplificar con el tiempo, la sensación de abandono.

Colón era su padrino artístico, su hermano de escena, el hombre con quien había construido lo que era. Y Colón se fue. Siguió colaborando, siguió produciendo discos de la vo, siguió siendo parte de la historia, pero no estaba en el escenario todas las noches. Y en el escenario todas las noches, Héctor Labó estaba solo.

En 1975 lanzó su primer álbum como solista, La Voz. El nombre elegido para ese disco era la descripción más simple y más precisa de lo que Héctor Laboe era la voz. No el productor, no el compositor, no el arreglista, la voz, el instrumento que hacía que todo lo demás existiera. Ah, fue en esa época también que Willy Colón le sugirió a Rubén Vlades que había alguien mejor que él mismo para cantar una canción que Vlades había compuesto.

La canción se llamaba El cantante. Lades la había escrito para sí mismo, pero Colón escuchó la letra y pensó en Héctor. Vinieron a divertirse y pagaron en la puerta. No hay tiempo para tristezas. Vamos, cantante, comienza. Era la descripción de alguien que lleva el dolor adentro y tiene que ponerlo entre paréntesis para salir al escenario y dar lo que el público pagó para recibir.

Era exactamente lo que Héctor Laboe hacía cada noche. Vlades cedió la canción y el cantante se convirtió en la autobiografía que Héctor Labó nunca escribió, pero que cantó durante 20 años. Yo soy el cantante muy popular donde quiera, pero cuando el show se acaba, yo soy otro humano cualquiera. La vida personal de Héctor Laboy en esos años de consagración artística era el reverso oscuro del brillo del escenario.

Se había casado con Nilda Román, a quien todos llamaban Puchi, la madre de su segundo hijo, Héctor Pérez Junior, nacido en 1969. Puchi era la mujer que lo conocía mejor que nadie. que lo amaba con la dificultad específica de amar a alguien que se autodestruye, que intentó durante años ser el ancla que lo mantuviera cerca de la realidad.

Pero la heroína llegó primero y la heroína no negocia con los anclajes. Nadie sabe exactamente cuándo Héctor Laboe empezó a consumir heroína. Los que lo conocieron en esa época hablan de que el consumo de drogas en el circuito musical de Nueva York en los años 60 y 70 era tan omnipresente que la pregunta no era si la gente tomaba sino cuánto.

Michael Jazz había tenido a Charlie Parker y a Miles Davis y a Ch Baker. La salsa tuvo a Héctor Labó, lo que la heroína hace en el cuerpo de alguien que la usa durante años y a las dosis que la bola la usaba. Es una destrucción sistemática que avanza más despacio que un accidente, pero llega más lejos que cualquier golpe. Destruye el sistema nervioso, destruye el sistema inmunológico, destruye los vínculos con las personas que rodean al usuario porque la droga se convierte en la única relación que importa y destruye la carrera de un artista que necesita la

voz y la mente para hacer lo que hace, porque la heroína toma la mente primero. Uchi se separó de él en los periodos de mayor consumo. Volvió, se fue de nuevo, volvió otra vez e el ciclo que conocen las parejas de los adictos, la esperanza de que esta vez va a ser diferente, seguida por la decepción de que no fue diferente, seguida por otro intento de esperanza.

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