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SASHA MONTENEGRO: La “Amante” pasó del Lujo a la SOLEDAD… El DESPRECIO de la Familia Presidencial

La ruta familiar los lleva a Argentina, Mendoza, lejos de Europa, lejos de los fantasmas, lejos de la guerra, pero no lejos del trauma que viaja con las personas, independientemente de la distancia geográfica que pongan entre ellos y el lugar donde ocurrió lo que los marcó, Sasha crece con educación, con idiomas, con una inteligencia que no se nota en la pantalla.

Cuando el mundo decide mirarte solo como cuerpo, ella habla, entiende, observa. Por un tiempo incluso se acerca al periodismo como si quisiera tener el control de la historia contándola ella misma antes de que otros la cuenten por ella. Pero la vida no siempre respeta los planes de una mujer. El año de 1969, tiene 23 años.

llega a México con una idea simple, una escala, un paso breve antes de seguir rumbo a Nueva York para estudiar inglés una semana. Eso era todo. Una semana que terminó convirtiéndose en una vida entera porque México en esos años era una fábrica de imágenes, una máquina que producía ídolos con la misma facilidad con que los destruía.

Y cuando una joven europea alta, magnética, de belleza distinta a la de las actrices de siempre aparece en ese circuito, la industria no pregunta que sueña, pregunta que vende. Ahí nace la paradoja que la perseguirá como sombra durante décadas. El cine de ficheras, ese cine popular de los años 70 y 80, le abre la puerta de la fama, le pone reflectores, le da dinero y al mismo tiempo le quita algo esencial.

El respeto la reduce, la convierte en un personaje que no es ella. En la pantalla Sasaha es deseo, es provocación, es el mito fácil que la industria necesita para vender boletos. Pero detrás, en lo privado, hay otra mujer, una que lo vive como una humillación, una que lo describe como algo violento, una que confiesa que no quería seguir haciéndolo, que se sentía incómoda, atrapada, obligada a sostener una imagen que el mundo consumía sin preguntarle si ella estaba de acuerdo con ser consumida de esa manera. Esa contradicción crea un

vacío y el vacío es peligroso porque cuando tienes fama sin dignidad, empiezas a buscar una llave que abra otra puerta. Empiezas a buscar algo que le dé a tu existencia el tipo de legitimidad que los aplausos del cine de ficheras no pueden dar. En esos años, Sasa aprende algo que muchas mujeres aprenden tarde.

El aplauso no te protege, la belleza no te protege. El dinero te compra tiempo, pero no te compra un lugar en la mesa donde se sientan los intocables. Y ella quiere ese lugar, no solo en el cine, en la sociedad, que la mira por encima del hombro con el desprecio específico de quienes se creen superiores a lo que ven en la pantalla, aunque vayan a verlo todos los viernes.

Entonces entiende que hay hombres que funcionan como símbolos. Hombres que aún viejos, aún heridos, aún fuera del escenario visible del poder, representan un tipo de seguridad que ninguna película puede darte, un tipo de protección que ningún productor puede ofrecerte, un acceso a la mesa que has estado buscando desde que eras una niña en Mendoza tratando de entender por qué el suelo siempre se mueve bajo los pies de su familia.

Ahí entra la figura de José López Portillo, expresidente, abogado, escritor, hombre de cultura y también hombre marcado por una caída histórica que el país no le iba a perdonar fácilmente. Presidió México de 1976 a 1982 y terminó con un país golpeado por la crisis, con el peso desplomándose con un discurso final que supo a derrota.

un rey sin trono, un hombre poderoso que había perdido el escenario que le daba sentido y que necesitaba encontrar otro. En su casa, el matrimonio con Carmen Romano era una convivencia por protocolo, por imagen, por el peso del apellido y de los años compartidos. Y cuando el poder político se va, queda algo que muchos hombres temen más que la pobreza, la irrelevancia, la sensación de que ya no eres el centro de nada.

López Portillo necesitaba sentirse vivo otra vez. Necesitaba una confirmación de que seguía siendo el centro de algo, aunque ese algo ya no fuera el gobierno de un país. Sasha, en cambio, necesitaba lo contrario. Necesitaba que alguien la viera más allá del estigma de las películas.

Necesitaba que alguien la tratara como si perteneciera a un mundo diferente del que la industria le había asignado. Y cuando dos necesidades así se encuentran con la intensidad con que estas dos personas se encontraron, no nace un romance limpio. Nace un pacto, un intercambio de carencias que se presenta como amor porque tiene la misma temperatura del amor, aunque no tenga la misma naturaleza.

Y entonces llegó Sevilla, Semana Santa de 1984. Las procesiones avanzan lentas por las calles de una ciudad donde el tiempo parece tener peso, los pasos, las velas, el incienso, el murmullo de la gente que se acumula en las aceras para ver pasar la historia religiosa de un país que convirtió esa historia en teatro anual. Sasha Montenegro está ahí como una turista más viendo todo eso cuando escucha un grito entre la multitud.

No es un fan, no es un productor, no es un hombre cualquiera. Es José López Portillo, expresidente de México, el hombre más poderoso de su país, durante 6 años que ahora la llama por su nombre en medio de una ciudad española como si fuera lo más normal del mundo. Él se acerca con esa seguridad que no se pierde aunque te quiten el cargo porque fue construida durante demasiado tiempo para que desaparezca solo porque cambió el título.

le pregunta qué hace ahí y ella con esa mezcla de orgullo y defensa que siempre la caracterizó le responde con la misma pregunta. ¿Qué hace usted aquí? Parece una broma elegante. Pero esa frase es la primera piedra de todo lo que viene después. Después vienen las tapas, la conversación, el espacio íntimo que se abre cuando dos personas se reconocen en lo que les falta con la precisión de los reconocimientos que ocurren sin que nadie los busque deliberadamente.

Él hablaba como alguien que había vivido dentro del Estado, como abogado, como escritor, como hombre que había leído demasiado y que sabía usar las palabras para dominar una habitación. Ella llevaba años rodeada de productores que solo sabían negociar escenas y cuerpos. Por primera vez, un hombre la miraba con un tipo de atención que no estaba hecha de hambre, sino de cultura.

Y eso la desarmó porque a Sasha no le faltaba belleza, le faltaba legitimidad. Pero el problema es que la legitimidad que ella buscaba venía envuelta en una traición doble. López Portillo seguía casado. Carmen Romano existía no como esposa enamorada. sino como figura oficial, como fachada política, como apellido blindado por décadas. Tres hijos existían.

Una familia que había vivido el poder desde adentro y que no iba a ceder su lugar sin resistencia. [música] Y en México, incluso cuando el poder se va, el apellido se queda con toda la fuerza que tienen los apellidos que cargan historia institucional. Sin embargo, él no se detuvo y Sasha, que venía de una vida marcada por la inseguridad de la niña del exilio, entendió algo con una rapidez que la situación no le daba tiempo de procesar completamente.

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