Apareció en una escena de desnudo de 30 segundos que paralizó al país en una época en que eso no se hacía. tenía su estrella en el paseo de las luminarias, no le pedía permiso a nadie y México la adoraba. Por eso, era libre, era dueña de sí misma, era intocable, pero eso estaba a punto de cambiar para siempre.
Esta era Sasha Montenegro en 1983. pelo negro sobre los hombros, ojos oscuros, parada en un set de filmación rodeada de humo y luces calientes, dueña de sí misma. Esa mujer estaba a punto de cruzarse con el hombre que se lo quitaría todo. Y ese hombre ya tenía una esposa, una amante y un país destrozado. José López Portillo llegó a la presidencia en 1976.
apostó la economía al petróleo, prometió administrar la abundancia y cuando los precios se desplomaron, lo perdió todo. Juró defender el peso como un perro. El peso se devaluó de 22 a más de 100 por dólar. lloró en televisión nacional en su último informe de gobierno y mientras el país se hundía, construía cuatro mansiones en un terreno de 12 haáreas con dinero público.
El pueblo lo bautizó como la colina del perro. Cada mansión estaba destinada a uno de sus tres hijos con Carmen, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina. Esos tres nombres son los mismos que años después intentarían destruir a Sasha. Era el hombre más odiado de México y era el hombre del que Sasha se enamoró. Estaba casado con Carmen Romano desde 1951.
Pero el matrimonio era una farsa. Carmen era pianista, extravagante, viajaba con su piano de cola a las giras internacionales, se movía con 11 coches de escolta. Pero lo que importa para esta historia no es Carmen, es la familia que creó. Sus hijos crecieron en Los Pinos, se casaron en bodas fastuosas. José Ramón fue subsecretario a los 26 años.
López Portillo lo llamó El orgullo de mi nepotismo. Esa familia estaba acostumbrada a que todo les perteneciera, a que nadie les dijera que no. Cuando llegó Sasha, lo que sintieron no fue dolor, fue indignación. ¿Cómo se atrevía una fichera a sentarse en su mesa? Y en la familia había alguien más peligroso que Carmen, su hermana Margarita López Portillo, que durante el sexenio había dirigido radio, televisión y cinematografía.
Ese nombre, Margarita, es el que va a organizar la guerra contra Sasha. 1984, Sevilla, España. Semana Santa. Las calles están llenas de procesiones, cirios encendidos, cofradías en silencio. Un hombre de 62 años camina entre la multitud. Tiene la espalda todavía recta, pero los hombros caídos de alguien acostumbrado al poder que ya no tiene.
Es el expresidente más odiado de México. La gente le ladra en la calle cuando lo reconoce. Y en esa calle de Sevilla, entre los pasos procesionales, escucha una voz. Sasha voltea. Es ella. Pelo negro sobre los hombros, los ojos que habían hipnotizado a millones. Tiene 38 años. Está de gira con nunca en domingo.
¿Qué hace usted aquí?, preguntó él. No, ¿qué hace usted aquí, señor? respondió ella. La invitó a comer unas tapas. Empezaron a platicar y algo hizo clic. No era un hombre guapo, diría Sasha años después, pero era un señorón con mucha prestancia, con una gran personalidad, con una gran cultura, un conquistador nato. No fue amor a primera vista, pero lo que viene ahora es la decisión que le costó todo a Sasha.
Coincidieron de nuevo en Roma, la ciudad eterna, cuando Sasha terminó su gira teatral. Ella tenía 38 años, él 62, 24 años de diferencia. Y ahí, entre los puentes sobre el TER y las tratorías de Trastevere comenzaron un romance que duraría 20 años. La vedet del cine de ficheras y el expresidente al que le ladraban en la calle.
La realidad es que no lo pensé”, confesó Sasha años después. Me sentía muy bien con él. No lo pensó. Esa frase contiene toda la tragedia que vino después. Si lo hubiera pensado, habría medido lo que significaba unirse al hombre más despreciado de México. Habría calculado el precio, su carrera, su nombre, su tranquilidad y habría tomado el siguiente avión de vuelta a su vida de estrella. Pero no lo pensó.
Y lo que Sasha no sabía es que al elegir a ese hombre estaba eligiendo también a su familia y esa familia no la iba a perdonar jamás. En enero de 1985, Sasha dio a luz a Nabila. Tenía 39 años. López Portillo seguía casado con Carmen. El escándalo estalló en cada portada. La prensa la destrozó. La fichera embarazada del expresidente titulaban.
Pero lo que nadie entendió entonces y lo que pocos entienden ahora es que Sasha sabía exactamente lo que estaba haciendo. Tan no era una joven ingenua deslumbrada por el poder. Tenía 39 años. Había construido una carrera desde cero. Había cruzado un océano sola a los 23. Había sobrevivido al machismo del cine mexicano sin bajar la mirada.
Sabía quién era López Portillo. Sabía lo que le habían hecho a México. Sabía que la gente le ladraba en la calle y eligió quedarse, no por dinero, no por poder. El poder ya se lo habían quitado. El dinero estaba atrapado en mansiones que eran más escándalo que lujo. Sasha se quedó porque, según ella misma, ese hombre la hacía sentir bien.
Me sentía muy bien con él. Esa frase tan simple esconde la decisión más costosa de su vida. En 1987 llegó Alexander, dos hijos nacidos fuera del matrimonio, dos hijos que compartirían apellido con los tres del primer matrimonio, pero nunca compartirían su mundo. Y con cada hijo el punto de no retorno, se alejaba más. Ya no podía irse.
Ya no era solo ella y él. Eran cuatro personas atadas al destino de un hombre al que México no perdonaba. Y aquí es donde Sasha Montenegro tomó la decisión que le costó todo. Dejó el cine. Dejó el cine. 69 películas. Salas llenas durante más de una década. Su estrella en el paseo de las luminarias.
Un fenómeno de taquilla, un icono cultural. lo dejó todo por él. A partir de 1982 prácticamente no volvió a filmar, solo hizo cuatro películas más en 1990 y después silencio definitivo. La pantalla grande perdió a su estrella más magnética y a cambio, ¿qué recibió? La prensa la llamaba la fichera del presidente. Los columnistas la retrataban como una cazafortunas aferrada a un viejo con poder residual en las fiestas de la alta sociedad o las esposas de políticos la miraban de reojo y cuchicheaban a sus espaldas.
“En México ser presidente era ser un rey”, explicó Sasha. Pero un rey por 6 años, porque después lo decapitan. A mí me tocó cuando ya estaba decapitado y me tocaron los ladridos. Los ladridos. La gente ladrándole al hombre que amaba. Sasha al lado, Nabila en un brazo, Alexander en el otro, sin anillo de matrimonio, sin título de primera dama, sin nada que la protegiera del juicio de un país entero.
Sasha crió a sus dos hijos durante 10 años en una especie de limbo social. No era la esposa legítima porque López Portillo seguía casado con Carmen. No era la amante, porque vivían juntos y habían formado una familia con dos hijos reconocidos. Era algo para lo que no existía un nombre respetable en la sociedad mexicana de los 80 y 90 y esa zona gris la hacía vulnerable a todos los ataques.
No tenía protección legal, no tenía respaldo social, no tenía a nadie más que a él y él era el hombre al que todo México odiaba. Para Nabila y Alexander, crecer en esa situación fue un calvario silencioso. Eran hijos de un expresidente, pero hijos no reconocidos por la sociedad. Llevaban un apellido que en México era sinónimo de vergüenza y corrupción.
En las escuelas los niños repiten lo que escuchan en casa y lo que se escuchaba en las casas mexicanas sobre López Portillo no era nada bueno. Nabila y Alexander crecieron sabiendo que su padre había destruido la economía de un país y que su madre era la fichera. Ningún niño debería cargar con eso, pero ellos lo cargaron y Sasha los crió sola, ni sin el apoyo de una familia política que la rechazaba, y sin el apoyo de una sociedad que la juzgaba.
El romance de Sasha con López Portillo se mantuvo en secreto incluso después del nacimiento de Navila. El expresidente tenía miedo del escándalo. Tuvieron una separación provocada por la presión, pero regresaron y poco después nació Alexander. La relación era un péndulo constante entre el amor y el miedo a las consecuencias.
Y cuando finalmente salió a la luz pública, la reacción fue exactamente la que Sasha temía. La prensa la atacó sin piedad, pero ella no se fue, no tomó a sus hijos y volvió al cine. Se quedó por él o quizá por algo que ni ella misma podía explicar. La verdad, no quería ni casarme ni tener hijos, confesó Sasha en una entrevista.
Esa frase revela más de lo que parece. Con la mujer que no quería ataduras terminó siendo la más atada de todas. Atada a un hombre que no podía casarse con ella. Atada a dos hijos que cargaban un apellido maldito. Atada a una mansión que no era suya. Atada a una imagen pública que no controlaba. La mujer más libre del cine mexicano se convirtió en la más prisionera de todas.
Renunciar a una carrera que te adora, a un público que te aplaude, a una independencia que te define para irte a vivir con el hombre más despreciado de tu país. Aguantar que te llamen fichera y cazafortunas todos los días mientras crías a dos hijos que no entienden por qué la gente odia a su padre. Eso fue la vida de Sasha Montenegro durante una década y no había visto nada todavía porque lo que le hicieron después ya no fue contra ella, fue contra sus hijos.
Y porque dentro de la familia López Portillo había alguien que se aseguró de que Sasha nunca tuviera paz. Margarita López Portillo, la hermana, la misma que había dirigido radio, televisión y cinematografía durante el sexenio, la guardiana del clan. Fue una relación muy difícil porque siempre estuvo esta familia en contra”, dijo Sasha en el programa Vidas al límite.
Margarita ha sido una mujer que siempre estuvo en contra de todas las mujeres que se acercaran a su hermano. Margarita no se limitaba a las palabras. Según lo que Sasha contó en múltiples entrevistas, fue Margarita quien organizó la ofensiva mediática. contra ella. Fue Margarita quien llamaba a los periodistas para darles información sobre Sasha.
Fue Margarita quien convenció a los hijos de Carmen de que Sasha era una amenaza para la herencia y que había que actuar antes de que López Portillo muriera y ella se quedara con todo. Fue Margarita quien alimentó los rumores de maltrato, sembrando la idea en los medios y esperando a que prendiera como fuego. Margarita levantaba el teléfono y un titular cambiaba.
Llamaba a un director de periódico y una nota desaparecía. Durante 6 años controló la relación entre el gobierno federal y cada noticiero del país, a cada director de periódico, a cada productor de televisión, a cada conductor de noticieros. Los conocía a todos, sabía cómo plantar una historia, sabía qué periodistas aceptaban filtraciones y usó esa agenda entera acumulada en 6 años de poder contra una sola persona, Sasha Montenegro, o usó contra la mujer de su hermano las mismas armas que había usado contra los enemigos políticos del
gobierno entre 1976 y 1982. Cuando López Portillo intentó defenderla, Margarita ejecutó la jugada maestra. declaró públicamente que su hermano estaba manipulado, que no estaba en sus cabales, que Sasha lo tenía controlado. Le arrebató la credibilidad al hombre que alguna vez fue el más poderoso de México.
Le arrebató la única arma que le quedaba a un viejo enfermo, su palabra. Si López Portillo decía que amaba a Sasha, Margarita decía que estaba senil. Si escribía una carta, Margarita decía que se la había dictado Sasha. Cada acto de defensa era neutralizado por la hermana que supuestamente lo quería proteger. Recuerda esa carta que López Portillo publicó con la mano temblorosa.
Fue su respuesta directa a Margarita a su forma de decirle al mundo, “No estoy loco, no estoy manipulado, estoy enamorado.” Pero la carta viene después. Antes hay que entender qué pasó dentro de las paredes de la colina del perro. En 1991, después de 40 años, López Portillo se divorció de Carmen. En 1995 se casó con Sasha por lo civil.
Él tenía 75, ella 49 y se mudaron a la colina del perro. Sasha entró en esa casa sabiendo lo que significaba. Cada mansión del complejo había sido diseñada para un hijo de Carmen, una para José Ramón, una para Carmen Beatriz, una para Paulina, una para el propio López Portillo. Sasha se mudó a un lugar que no fue construido para ella.
Un lugar donde cada pared, cada chimenea, cada ventana colonial había sido pensada para otra familia. Era una intrusa en una fortaleza que no la quería y todo México lo sabía. Que la mansión que el pueblo pagó con sus impuestos se convirtió en el hogar de la vedet que el pueblo amaba en las pantallas, pero despreciaba en la vida real.
La ironía acortaba. Sasha vivía en la prueba física de la corrupción de su esposo. Cada vez que un periodista mencionaba la colina del perro, era Sasha la que cargaba con la vergüenza. Sasha describió la colina después. Era una verdadera porquería, un cascarón enorme. Decía la gente que tenía baños de lápislazuli y llaves de oro.
Eso no es cierto. Las cortinas estaban podridas. Yo construí la casa porque tenía una sola recámara y una gran biblioteca. Una sola recámara en una mansión de miles de metros cuadrados, un solo cuarto para dormir. López Portillo había construido una biblioteca de tres pisos con 30,000 libros, gimnasio y alberca, pero solo una habitación.
Osasha invirtió su propio dinero. Remodeló. construyó espacios habitables. Mientras la prensa la llamaba cazafortunas, ella gastaba sus ahorros en arreglar una casa que ni siquiera eligió. Pero la felicidad en la colina duró exactamente lo que tardó en apagarse la última vela de la boda. Ese mismo año, 1995, López Portillo sufrió un infarto cerebral que lo dejó muy debilitado.
El hombre fuerte, el de la voz de Barítono, que había hecho llorar a un país, empezó a caminar arrastrando los pies, a olvidar nombres, a confundir fechas, a necesitar ayuda para las tareas más básicas. Y Sasha se convirtió en su enfermera sin título, sin sueldo, sin reconocimiento. La vedet más deseada de México ahora pasaba sus días limpiando, cuidando, alimentando a un anciano que se apagaba en una mansión que ella misma tuvo que reconstruir.
sola con él, así ayuda de nadie y con un detalle que revela el nivel de hostilidad al que llegó el entorno de López Portillo. Según lo que Sasha contó en entrevista con T notas, la gente que rodeaba al expresidente intentaba quedarse con todo, hasta con la comida. Los familiares y conocidos de López Portillo entraban a la colina del perro e intentaban llevarse hasta los alimentos de la cocina, donde Sasha preparaba la comida del hombre al que todos decían querer, pero nadie cuidaba.
Eso no es una disputa por herencia, eso es un cerco, una asfixia calculada para que Sasha se rindiera y se fuera, pero no se fue. Él no era un hombre malo, dijo Sasha. tenía una parte débil y estuvo rodeado de gente que no lo favoreció en lo más mínimo y gente que tampoco lo quiso. Donde hay intereses, los seres humanos quedan a un lado.
Esa frase donde hay intereses, los seres humanos quedan a un lado. no estaba hablando de política, estaba hablando de la cocina de su casa, de las personas que entraban a robarle la despensa mientras ella cuidaba a un enfermo. Y mientras ella lo cuidaba, mientras le daba de comer y lo sentaba en la silla de ruedas y le leía los periódicos que ya no podía sostener, la familia del primer matrimonio se preparaba para el golpe final.
El 9 de mayo de 2000, Carmen Romano murió a los 74 años. Había sido primera dama, había fundado el DIF, había tocado pianos en suits de hoteles de todo el mundo. Murió en su casa de la Ciudad de México. Para los hijos de Carmen fue la pérdida de una madre. Para Sasha fue algo más complejo. La muerte de Carmen eliminaba la última barrera entre ella y la legitimidad.
Un mes después, López Portillo y Sasha se casaron por la iglesia en la residencia de Cuajimalpa. Nabila de y Alexander de 13 estuvieron presentes. Sasha dijo que fue uno de los momentos más emotivos de su vida, pero la sociedad mexicana no lo vio así. Un mes después de que muere la primera esposa, ya se está casando por la iglesia, decían los comentaristas.
¿Qué clase de mujer hace eso? Nadie preguntó qué clase de hombre. Tiene dos familias durante 15 años. Nadie cuestionó a López Portillo por haber mantenido la farsa durante décadas. La culpa, como siempre, fue de Sasha, la fichera que no respetó ni el luto. ¿Recuerdas la carta con la que empezamos este video? la que un expresidente escribió con la mano temblorosa.
Todavía no hemos llegado a ella, pero lo que viene ahora es lo que la provocó. Lo que viene ahora es la razón por la que un viejo de 82 años se sentó frente a una hoja en blanco y eligió a Sasha por encima de sus propios hijos. Y entonces vino la acusación que le partió la vida en dos. Los hijos de Carmen Romano, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina, fueron a los medios con una denuncia que sacudió a todo México.
Dijeron que Sasha golpeaba a su padre, que lo tenía aislado del mundo, que no dejaba que nadie de la familia lo visitara, que abusaba de un anciano enfermo para quedarse con la colina del perro y con todas las propiedades. La maquinaria mediática se activó con una violencia que Sasha no había visto ni en sus peores años de prensa amarillista.
Las portadas de los periódicos se llenaron del escándalo durante semanas. Los noticieros abrían con el tema. Los programas de chismes dedicaban segmentos enteros a analizar cada detalle. Las cámaras de televisión se apostaron frente a la colina del perro como si fuera una escena del crimen. Los reporteros gritaban preguntas desde la calle.
Los vecinos de Cuajimalpa daban entrevistas diciendo lo que les parecía. En 2003, más de 15 programas de televisión cubrieron el caso en una sola semana. Todo México tomó partido y la mayoría se puso en contra de Sasha, porque era más fácil creer que la fichera era mala que aceptar que los hijos de la primera dama pudieran mentir para quedarse con una herencia.
Los programas de opinión más vistos del país dedicaron mesas de debate al caso, cinco, seis, siete panelistas por programa, conductores que nunca habían pronunciado el nombre de Sasha Montenegro, ahora opinaban sobre si era o no una golpeadora o abogados de televisión analizaban el juicio como si fuera un partido de fútbol.
Y en cada programa la narrativa era la misma, la fichera contra la familia legítima. Nadie la llamaba por su nombre. Nadie mencionaba su carrera, su Ariel, sus décadas de trabajo. Era la fichera. Y la fichera estaba acusada de pegarle a un viejito. Lo que eso significó para Sasha no cabe en un titular. Llevaba 9 años cuidando a un hombre que ya no podía valerse por sí mismo.
Había renunciado a su carrera, a su fama, a su independencia, a su juventud. Había construido con su propio dinero la casa donde lo cuidaba. le había preparado la comida mientras la parentela intentaba robar la despensa. Estaba sola en 12 hectáreas con un enfermo que se apagaba. Y de repente los hijos del primer matrimonio, los mismos que no se habían acercado a la colina para cuidar a su padre, la acusan en televisión nacional de ser una golpeadora de ancianos.
La mujer que lo dejó todo por amor, convertida en monstruo por la familia de su esposo. Las mismas personas que no habían movido un dedo para cuidar a su padre durante 9 años, ahora aparecían en cámaras con lágrimas, diciendo que Sasha no lo cuidaba bien. Y Nabila y Alexander eran adolescentes.
Navila tenía 17, Alexander 15, cuando empezaron las acusaciones más fuertes. Veían a su madre en los periódicos llamada golpeadora. Escuchaban en la televisión que su padre estaba siendo maltratado por la mujer que todas las noches les preparaba la cena. Iban a la escuela sabiendo que sus compañeros habían visto las portadas. Esos dos niños a que ya cargaban con el peso de ser hijos ilegítimos de un expresidente odiado, ahora cargaban también con la acusación de que su madre era una criminal.
Sasha respondió que era un complot, que los hijos de Carmen querían la herencia completa, que habían inventado las acusaciones para separarla de López Portillo y dejar a Nabila y Alexander sin nada. donde hay intereses, repitió, los seres humanos quedan a un lado. Y aclaró algo que la prensa nunca quiso reportar.
Lo hicieron porque querían recuperar la colina del perro que José me había donado en vida. La colina no era herencia, era una donación. López Portillo se la había dado en vida con escrituras de forma legal. La familia no peleaba los derechos de un enfermo, peleaba una propiedad que ya no era de ellos.
La familia inició un juicio de divorcio contra Sasha, que cada día una nota nueva en los periódicos, cada semana una declaración de algún abogado. La guerra se libraba en tribunales y en televisión al mismo tiempo y no se detenía. En 1997, una periodista llamada Isabel Arvide llegó al extremo de cuestionar públicamente la paternidad de Navila y Alexander.
Puso en duda que fueran hijos de López Portillo. Le dijo a México que esos dos niños podían no ser de su padre. López Portillo demandó y ganó casi 5 millones de pesos por daño moral. Pero el daño a Sasha, a Nabila y a Alexander ya estaba hecho. Nabila era adolescente cuando leyó en el periódico que una periodista decía que ella no era hija de su padre.
Alexander lo leyó también. Eso es lo que le hicieron a la familia de Sasha. Y en medio de esa tormenta, López Portillo hizo algo insólito. Publicó la carta. A los 82 años, enfermo con la mano temblorosa, la misma que alguna vez golpeó un podio presidencial frente a millones de personas. Escribió una carta abierta y la publicó en los periódicos nacionales.
Un expresidente defendiendo a su esposa contra sus propios hijos en público con nombre y firma. Este escándalo sucedió tal vez porque no me moría tiempo”, escribió. “Ya tengo muchos años. Soy un viejo, un viejo enamorado. El amor siguió rigiendo mi vida y seguir viviendo. La vida es muy complicada.” Pero la carta no fue lo único.
López Portillo aceptó sentarse frente a las cámaras de Ciro Gómez Leiva y Denise Maerker en el programa Séptimo Día. Y ahí en televisión nacional, el expresidente, que alguna vez fue el hombre más poderoso de México, dijo algo que dejó helados a los presentadores. O calificó lo que le estaban haciendo a Sasha como un escándalo de proporciones nacionales.
Proporciones nacionales. Un expresidente, admitiendo que la guerra contra su propia esposa había alcanzado una dimensión que ya no podía controlar. Tal vez no me moría tiempo”, repitió frente a las cámaras. No se retractó, no pidió disculpas a sus hijos, no ofreció un punto medio. Eligió a Sasha con la voz quebrada y la mirada de un hombre que sabe que le queda poco tiempo, eligió a Sasha.
Esa carta fue la última victoria de Sasha y la última derrota de Margarita. El hombre al que Margarita llamó manipulado, tomó una pluma y escribió las palabras más lúcidas y más certeras que pronunció en toda su vida. No fueron sobre economía, ni sobre petróleo, ni sobre política. Fueron sobre amor y sobre la mujer que se quedó a su lado cuando todos los demás se fueron.
Sasha leyó esa carta en los periódicos. Después de años de insultos, de acusaciones, de juicios, de portadas donde la llamaban golpeadora, la mujer que renunció a toda su carrera por ese hombre leyó que él la defendía frente al mundo con las únicas armas que le quedaban. Unas palabras temblorosas sobre el amor.
No sabemos si lloró al leerla. Nunca lo dijo. Pero después de esa carta, nadie volvió a cuestionar una cosa, que López Portillo, con todas sus fallas, con toda su corrupción, con todo el daño que le hizo a México, amaba a Sasha Montenegro y que ella fue la única persona que no lo abandonó cuando dejó de ser útil.
La carta compró a Sasha 10 meses de paz. Después vinieron las siete palabras. El 17 de febrero de 2004, o López Portillo ingresó al Hospital Ángeles del Pedregal. Había empezado con una bronquitis que no cedía. El lunes al mediodía lo internaron. Su médico diagnosticó neumonía. Las complicaciones se acumularon rápido, renales, respiratorias, diabetes descontrolada.
El cuerpo de 83 años no aguantó. A las 20:15 de la noche su corazón se detuvo. Shock cardiogénico. El corazón deja de bombear sangre suficiente y el cuerpo se apaga. Y aquí viene el detalle más cruel de toda esta historia. López Portillo no murió junto a Sasha. murió lejos de ella.
La familia del primer matrimonio, la misma que había orquestado las acusaciones, la misma que había iniciado el juicio de divorcio, logró lo que llevaba años intentando. Separar a Sasha de López Portillo antes del final. El hombre que escribió una carta pública defendiéndola. Muel que dijo en televisión nacional que era un viejo enamorado, murió sin tener a su lado a la mujer que lo cuidó durante 9 años.
La mujer que le construyó una casa con su propio dinero, la que lo alimentó, la que lo sentó en la silla de ruedas, la que defendió la despensa de los aprovechados. Esa mujer no estaba. Cuando él cerró los ojos, la familia lo consiguió. Al final, Margarita y los hijos de Carmen ganaron la última batalla. Le robaron a Sasha la despedida.
El divorcio nunca se concretó. Sasha era su viuda legítima, pero viuda legítima de un hombre que murió sin ella al lado. Y ahora viene la parte que la familia prefiere enterrar. En el funeral, las dos familias coexistieron sin cruzarse una palabra. Los hijos de Carmen por un lado, Sasha con Nabila y Alexander por otro.
Dos mundos que compartían un muerto, pero no un solo sentimiento en común. Las cámaras captaron a Sasha en el velatorio. El pelo recogido, el rostro serio, los ojos secos pero hundidos, vestida de negro de la cabeza a los pies. La vedet, que alguna vez paralizó a México con un desnudo de 30 segundos, ahora era una viuda de 58 años, rodeada de abogados y enemigos.
No hubo abrazos entre las dos familias, no hubo palabras de consuelo, solo silencio, cámaras y la certeza de que la guerra estaba a punto de empeorar. Lamento informarles que a las 8:15 de la noche mi padre se fue en paz con su conciencia”, dijo Carmen Beatriz ante la prensa. No mencionó a Sasha, no la nombró como si no existiera, como si los últimos 9 años de cuidados, de enfermería, de amor en una mansión con cortinas podridas no hubieran ocurrido.
La paz duró lo que tardó en abrirse el testamento. Lo que siguió fue una guerra legal que se extendió durante años y que llenó páginas de periódicos. Tres hijos de Carmen contra dos hijos de Sasha. Cinco hermanos que compartían apellido, pero nada más. José Ramón, el orgullo del nepotismo, que había sido subsecretario a los 26 años y que para entonces ya arrastraba su propia cadena de polémicas.
Carmen Beatriz, la cara pública del primer bando ante los medios, la que hablaba con los periodistas y la que nunca mencionaba a Sasha por su nombre. Paulina, la menor, la que había intentado una carrera musical que no prosperó. Del otro lado, Nabila. una joven de 19 años que acababa de perder a su padre y que se había criado sabiendo que la mitad de la familia la consideraba una intrusa.
Y Alexander de 17 e que de un día para otro tuvo que dejar de ser adolescente. La colina del perro se partió en dos. 12 haáreas divididas como un país después de una guerra civil. Una mitad para los hijos de Carmen, otra para Nabila y Alexander. Las mansiones fueron pensadas para José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina.
Ahora tenían que compartirse con los dos hijos que vinieron después, los que no estaban en el plan original. Eso es lo que la primera familia nunca aceptó. Que la colina del perro, su herencia, se repartiera con los hijos de la fichera. Las negociaciones duraron años. Cada metro cuadrado se peleó.
Cada objeto se contabilizó. Los abogados cobraron fortunas que los hijos no tenían. Sasha ganó los juicios principales. No encontraron pruebas de maltrato. Los magistrados fallaron a su favor en tres instancias, da incluyendo un juicio a nivel federal. Lo hicieron porque querían recuperar la colina del perro que José me había donado en vida, explicó Sasha en el programa en compañía de Después de perder dos instancias, yo gané un último juicio a nivel federal.
Tres veces peleó, tres veces ganó, pero ella no celebró. se sentó frente a las cámaras de Gustavo Adolfo Infante, con los ojos cansados, las manos quietas sobre el regazo, y dijo, “Yo nunca supe cuáles eran sus bienes. A la fecha tampoco sé. No nos dejó nada de dinero. Lo que sí nos dejó fue una cantidad de problemas y juicios terribles.
Y los juicios no terminaron con la muerte de López Portillo. Continuaron contra Navila, contra Alexander. La primera familia siguió peleando en tribunales contra los hijos de Sasha durante años después de que el padre de todos ya estaba bajo tierra. Nabila tenía 19 años cuando empezó la guerra legal.
Cuando terminó tenía casi 30, una década de su vida adulta joven, consumida por abogados, tribunales y audiencias. Alexander perdió toda su adolescencia y los primeros años de su vida adulta en el mismo pantano. Mientras otros jóvenes de su edad estudiaban, viajaban, se enamoraban, los hijos de Sasha iban a juzgados a pelear por una casa que ya no quería nadie.
Me retiré de la carrera de actriz, dijo Sasha en TV Notas. Pues intenté vivir tranquila con mi esposo y durante ese tiempo lo cuidé. El pueblo de México ya ni se acordaba de él y mira como dejó a mis hijos. El pueblo de México ya ni se acordaba de él. Esa frase es un cuchillo. López Portillo fue tan odiado que al final ni siquiera lo odiaban.
Lo olvidaron y los únicos que siguieron peleando por su nombre fueron los hijos que se disputaban los restos de su herencia. Sasha intentó vivir en paz, pero la paz nunca llegó. Todavía le quedaban charcos sucios por saltar. “Quiero vivir en paz”, le dijo a T notas con una voz que sonaba más a súplica que a declaración.
Todavía me falta saltar unos charcos sucios, que son las demandas que le pusieron a Nabila y Alex. Las demandas que le pusieron a Nabila y Alex, no a ella, a sus hijos. La guerra ya no era contra Sasha, era contra los niños que Sasha crió sola durante 10 años. Los que crecieron con un apellido maldito, los que vieron a su madre acusada en televisión, los que leyeron en los periódicos que alguien dudaba de quién era su padre.
Y ahora, además de todo eso, tenían demandas judiciales con su nombre. Y la familia López Portillo Romano no se detuvo ni con la muerte del padre ni con la victoria de Sasha. En tres instancias siguieron. contra los hijos, contra los más vulnerables, contra los que no habían elegido nada de lo que les tocó vivir.
Un año después de la muerte de López Portillo, TV Notas fue a buscar a Sasha a su casa. Le preguntaron qué sentía al cumplirse un año de viudez. Y entonces llegaron las siete palabras, que Dios lo perdone por tanto daño, contadas una por una. Siete palabras en las que cabe todo lo que le hicieron durante 30 años.
Siete palabras que ningún periódico puso en su portada. La mujer que lo cuidó durante 9 años, que lo defendió contra su propia familia, que renunció a toda una carrera cinematográfica por él, que nunca dijo públicamente que se arrepentía, esa mujer no lo perdonó. o le dejó esa tarea a Dios y añadió algo más. Si tuviera que contestar toda la verdad, no alcanzarían las páginas.
Hay una historia dentro de esta historia que Sasha se llevó a la tumba. Algo que nunca contó. Lo que sabemos ya duele. Lo que no sabemos, según sus propias palabras, es peor y nunca lo sabremos. No alcanzarían las páginas. Sasha dio entrevistas durante 40 años. habló con Ciro Gómez Leiva, con Denis Maerker, con Gustavo Adolfo Infante, con Tew notas, con En compañía de con vidas al límite.
40 años frente a micrófonos y cámaras, miles de preguntas contestadas, cientos de confesiones parciales y según ella misma todo eso no era ni la mitad. Lo que Sasha dijo en público es lo que el público podía soportar. Lo que no dijo, lo que se llevó a la casa de Cuernavaca y después a la tumba era peor. Peor que las acusaciones de golpeadora, peor que la periodista que dudó de la paternidad de sus hijos, peor que haberlo cuidado 9 años sin sueldo y que la echaran de su lecho de muerte.
Algo peor que todo eso existe en esta historia. y murió con Sasha el 14 de febrero de 2024 en una habitación de Cuernavaca. Nadie lo va a saber, ni Navila, ni Alexander, ni el próximo periodista que quiera escribir un libro sobre el cine de ficheras. Sasha decidió que esa parte de la historia no era para México, era solo para ella y se la llevó.
le asignaron una pensión de viuda, 1,688,000es al año. Cuando la cifra se hizo pública en julio de 2022, México se indignó. Las redes sociales se llenaron de ataques contra ella. 18 años después de la muerte de López Portillo, Sasha seguía pagando el precio de haberlo amado. Le quitaron la pensión. La mujer que renunció a su carrera entera, a su fama, a su vida para cuidar a un anciano enfermo durante 9 años, se quedó sin la única compensación económica que el Estado le había dado.
30 años de sacrificio, cero reconocimiento. Los restos de López Portillo descansan en el cementerio militar de la Ciudad de México, no en un mausoleo, no en un monumento, en un cementerio militar como un funcionario más. El hombre que vivió como emperador fue enterrado como burócrata.
La colina del perro ya no existe. Lo que fue de los hijos de Carmen es hoy un fraccionamiento de lujo llamado La Toscana. 50 casas de 6 millones de dólares cada una. Lo que fue de los hijos de Sasha se convirtió en una torre de departamentos de 34 pisos. Antes de demolerla, en 2007, Asasha había empezado a rentar parte de la propiedad como set de telenovelas.
Al con los guapos de Televisa y Estado de Gracia de Canal 11 se filmaron ahí. La mansión donde Sasha cuidó a un enfermo durante 9 años se llenó de actores de televisión. Fingían dramas ajenos en las mismas habitaciones donde ella vivió el suyo. Las mismas habitaciones donde Sasha vivió su tragedia real, sirvieron de escenografía para tragedias ficticias.
En 2018 demolieron lo último que quedaba de la colina del perro. La biblioteca, los 30,000 libros, las chimeneas, los muros. Todo lo que López Portillo construyó con dinero público fue vendido, demolido y borrado del mapa. De aquellas 12 hectáreas que un día fueron el símbolo de la corrupción presidencial, hoy no queda ni una sola piedra original.
La sombra más oscura cayó sobre Alexander, en 2014, 10 años después de la muerte de su padre, fue detenido en Guaimas, Sonora, a medianoche por conducir ebrio. Lo metieron en una celda 8 horas, fianza 3,000 pes. No fue la primera vez. Meses antes ya lo habían multado por lo mismo. En esa ocasión, Sasha tuvo que interceder personalmente, la reina del cine de ficheras, a los 68 años sacando a su hijo de una celda en un pueblo de Sonora.
Así terminó la dinastía López Portillo del lado de Sasha, no en tribunales de la Ciudad de México peleando herencias millonarias, sino en un juzgado menor de Guaimas pagando una fianza de 3000 pesos. Sasha había dicho años antes sus hijos, que lo único que quería era que tuvieran una vida tranquila, sin cámaras, sin jueces, sin apellido maldito, una vida que ella nunca tuvo.

Pero el apellido López Portillo no deja de ser lo que es. Alexander lo aprendió en una celda de Guaimas. Nabila lo aprendió cuando leyó en un periódico que alguien dudaba de quién era su padre. Los dos pasaron la adolescencia pidiéndole a la vida que los olvidara y la vida no los olvidó. Ese apellido arrastra una economía rota, arrastra una década de juicios, arrastra a una madre convertida en monstruo de tabloide, arrastra a un padre al que le ladraban en la calle.
Los hijos de Sasha no eligieron nada de eso. Lo heredaron y les tocó cargarlo. Por eso, cuando Alexander salió de esa celda a las 8 horas con una fianza de 3000 pesos, Sasha no lo regañó. Lo recogió en silencio porque ella sabía exactamente lo que pesa ese apellido. Llevaba 30 años cargándolo también. y los hijos de Carmen.
José Ramón López Portillo Romano, el orgullo del nepotismo, el que fue subsecretario a los 26 años, desapareció del ojo público después de la pelea por la herencia. Carmen Beatriz, la que habló ante la prensa el día de la muerte de su padre, sin mencionar a Sasha por su nombre, se retiró a una vida privada de la que nunca volvió a salir.
Paulina, la menor, la que soñó con ser cantante y grabó un disco con la filarmónica por órdenes de su madre, tampoco volvió a dar señales. y Margarita López Portillo, la hermana, la guardiana del clan. La mujer que usó sus contactos en los medios para destruir a Sasha, murió sin que la prensa le dedicara ni la décima parte de los titulares que le dedicó a la vedet que tanto combatió.
La ironía final. La mujer que Margarita intentó borrar de la historia terminó siendo más recordada que ella. Sasha se retiró a Cuernavaca. de la ciudad de la eterna primavera, lejos del ruido de la capital, lejos de las cámaras, lejos de los tribunales, lejos de la colina del perro que ya no existía. vivía en silencio. Viajaba a poco.
Decía que tenía negocitos que le daban para vivir modestamente. Cuando Teuen Notas la visitó, encontraron a una mujer que ya no quería hablar del pasado. Escarvar en el pasado no es bueno dijo Sasha. Si tengo algo que recordar de él, solo trato de emular lo bueno, que fue un hombre culto, que lo amé, que fue atractivo, que la pasamos bien juntos como pareja y bueno, él también me amó.
Hizo una pausa. El problema fue que envejeció, se enfermó y esto le provocó mucho daño psicológico tanto a él como a nosotros. Pero eso hay que dejarlo en el pasado, pues todos tenemos que disfrutar la vida y el presente. Ya no era la Sasha de las marquesinas, ni la de las portadas de escándalo. Era una mujer mayor que paseaba por las calles de Cuernavaca sin que casi nadie la reconociera.
De vez en cuando alguien la miraba dos veces como tratando de ubicar dónde había visto esa cara, pero la mayoría pasaba de largo. El tiempo había hecho su trabajo. La mujer, que había paralizado a México con más de 60 películas, ahora era invisible en una calle de Morelos y probablemente eso era exactamente lo que quería.
Después de 30 años bajo los reflectores del escándalo, la oscuridad debió sentirse como un alivio. Le preguntaron con quién se reunía, quiénes eran sus amistades y la respuesta fue otra daga. Me he quedado con el círculo de amistades que he tenido toda mi vida. Lo que vino después no sirvió para nada y estaba consciente de ello.
Parentela cercana, lejana, amigos de mi marido y toda esa gente que estuvo alrededor constituyó una verdadera sarta de aprovechados. Una sarta de aprovechados. Eso fue lo que quedó de la corte del expresidente. Ni un solo amigo real, ni un solo familiar que no tuviera un interés detrás. solo Sasha y ni siquiera la dejaron estar a su lado cuando murió.
Nabila López Portillo Montenegro encontró refugio en el arte. Se dedicó a las artes plásticas con verdadera vocación, exhibiendo sus obras en galerías nacionales. Heredó la sensibilidad de su madre, pero canalizó toda la fuerza hacia los pinceles en lugar de las cámaras. Alexander, más práctico, administraba los negocios familiares con un perfil tan bajo que era invisible para la prensa.
Los dos hijos de Sasha hicieron exactamente lo contrario que sus padres. Desaparecieron si se negaron a ser personajes públicos, se negaron a dar entrevistas. Se negaron a alimentar la máquina del escándalo que había devorado a su familia durante décadas. El silencio fue su forma de sobrevivir. La última aparición de Sasha en televisión fue en el programa Hoy de Televisa en 2018. Tenía 72 años.
Estaba adelgada, con el pelo más claro, la voz más suave que en sus épocas de estrella. Habló poco, sonríó menos, se la veía cansada, no del cuerpo, del alma. Después de esa aparición, silencio total. 6 años de silencio. En esos 6 años pasaron muchas cosas en México. Pasó una pandemia, pasaron dos elecciones presidenciales, pasó el desmantelamiento de la casa que le quedaba en la ciudad de México.
Pasó el escándalo de la pensión de viuda en 2022 y con su nombre otra vez en todos los noticieros sin que ella pronunciara una sola palabra en defensa propia. Sasha no respondió. No dio entrevistas, no mandó comunicados, ya había dicho todo lo que iba a decir en 40 años de carrera. El resto era silencio.
Sus vecinos en Cuernavaca contaron después que la veían poco, que salía al jardín a veces, que se había vuelto delgada, que había dejado de teñirse el pelo, que cuando alguien le preguntaba cómo estaba, contestaba siempre lo mismo. Aquí, tranquila. dos palabras, como si después de las siete palabras de 2005 a Sasha ya no le quedaran más, hasta que el 14 de febrero de 2024 todo terminó.
Un cáncer de pulmón agresivo que le habían diagnosticado poco tiempo antes, demasiado tarde para hacer algo, le provocó un derrame cerebral en su casa de Cuernavaca. Anna Vila y Alexander estaban con ella. No murió en un hospital, murió en su casa en silencio, como había vivido sus últimos 6 años. Alexandra Achimovic Popovic, la niña nacida en un hospital de Bari entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, la hija de aristócratas yugoslavos, que lo perdieron todo en un campo de concentración nazi.
La joven argentina que cruzó un océano con una maleta y un nombre impronunciable. La vedet, que reinó en el cine mexicano durante más de una década sin pedirle permiso a nadie. La mujer que lo dejó todo por un hombre al que la gente le ladraba en la calle y que pasó 30 años pagando el precio de esa decisión.
Murió a los 78 años, el día de los enamorados. 20 años y tres días después de la muerte de López Portillo, febrero se llevó a los dos como si el mes que los separó fuera el mismo que los reuniera. Fue Nabila quien confirmó la noticia a los medios. La Asociación Nacional de Intérpretes publicó un comunicado donde la reconocía como actriz y vedet que perteneció a la época del cine de ficheras mexicano.
Se le recuerda por las películas Bellas de noche, Pedro Navaja y Playa Prohibida. Ni una palabra sobre los 30 años que pasó cuidando a un expresidente, ni una palabra sobre los juicios que enfrentó. ni una palabra sobre la carta que su esposo escribió para defenderla, solo cine de ficheras, como si eso fuera todo.
Y México, el país que la adoró en los 70 y la juzgó en los 90, la despidió con notas periodísticas que volvieron a contar la misma historia de siempre: la fichera y el presidente, los mismos titulares, las mismas fotos, el mismo ángulo de siempre, como si 69 películas pudieran reducirse a una sola etiqueta, como si un premio Ariel, dos hijos criados en el ojo del huracán y 30 años de resistencia no contaran para nada.
Pero no pueden. Y este video es la prueba. Sasha Montenegro lo dejó todo por un hombre. Su carrera, su fama, su independencia, su nombre, su juventud, su dinero, su paz. A cambio, recibió 10 años de estigma, una cuñada que plantó la historia de que era golpeadora, tres hijastros que la acusaron en televisión sin haber cuidado a su padre un solo día.
Una periodista que dudó de la paternidad de sus hijos, un juicio de divorcio que no pidió, una herencia que no vio, una pensión que le quitaron, demandas contra sus hijos durante una década. y una muerte en silencio el día de los enamorados. La única persona que la defendió fue un viejo de 82 años con la mano temblorosa, un viejo al que ni siquiera la dejaron morir a su lado.
Pero hay algo que Sasha dijo en una de sus últimas entrevistas que tal vez sea lo más importante de toda esta historia. Cuando Gustavo Adolfo Infante le preguntó por López Portillo, ella no habló de mansiones, ni de herencias, ni de juicios, ni de Margarita, ni de los hijos de Carmen. No habló de nada de lo que acabas de escuchar durante una hora.
Dijo que fue un hombre culto, que lo amé, que fue atractivo, que la pasamos bien juntos como pareja y bueno, él también me amó. Eso fue todo. Después de 30 años de destrucción, de ataques, de tribunales, de haber perdido su carrera y su nombre y su dinero, y hasta la despedida de su marido, Sasha Montenegro siempre eligió y siempre pagó el precio en silencio.
Y luego añadió una frase que lo cierra todo. El problema fue que envejeció, se enfermó y esto le provocó mucho daño psicológico tanto a él como a nosotros. El problema no fue el amor. El problema fue lo que pasó cuando el amor ya no alcanzó para protegerlos. Pero esta historia no es solo Sasha, es sobre lo que México le hace a las mujeres que se acercan al poder, la amante como figura borrada por el aparato del poder presidencial.
Eso fue Sasha, eso fue Carmen, eso fue Rosaluz. Y eso sigue pasando. Sasha se quedó con la verdad. La familia se quedó con el cuerpo, con la casa, con el apellido, con la versión oficial. Ella se quedó con lo único que no le pudieron quitar, haber sido la última persona que él amó. Y esa es la parte que más duele de estas historias, e que la mujer que estuvo ahí hasta el último aliento casi nunca es la que cuenta cómo fue ese último aliento.
Hay otro hombre que entendió eso perfectamente. Se llama Humberto Zurita. Durante años lloró en televisión a Christian Batch, su esposa, la mujer que todo México creyó que había muerto de una forma. Humberto contó una historia. La familia repitió esa historia. Los medios la imprimieron sin preguntar, pero había gente dentro de esa casa que vio otra cosa.
Cuando empezaron a hablar, lo que apareció no fue la muerte que Humberto contó, fue otra. una que él llevaba años guardando. El viudo perfecto tenía una grieta y por esa grieta se cae todo. Pero esa es otra historia y te la cuento en el video que tienes justo aquí arriba. Dale click. M.