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Sasha Montenegro: Confesó por qué la familia del presidente quería Destruirla

Apareció en una escena de desnudo de 30 segundos que paralizó al país en una época en que eso no se hacía. tenía su estrella en el paseo de las luminarias, no le pedía permiso a nadie y México la adoraba. Por eso, era libre, era dueña de sí misma, era intocable, pero eso estaba a punto de cambiar para siempre.

Esta era Sasha Montenegro en 1983. pelo negro sobre los hombros, ojos oscuros, parada en un set de filmación rodeada de humo y luces calientes, dueña de sí misma. Esa mujer estaba a punto de cruzarse con el hombre que se lo quitaría todo. Y ese hombre ya tenía una esposa, una amante y un país destrozado. José López Portillo llegó a la presidencia en 1976.

apostó la economía al petróleo, prometió administrar la abundancia y cuando los precios se desplomaron, lo perdió todo. Juró defender el peso como un perro. El peso se devaluó de 22 a más de 100 por dólar. lloró en televisión nacional en su último informe de gobierno y mientras el país se hundía, construía cuatro mansiones en un terreno de 12 haáreas con dinero público.

El pueblo lo bautizó como la colina del perro. Cada mansión estaba destinada a uno de sus tres hijos con Carmen, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina. Esos tres nombres son los mismos que años después intentarían destruir a Sasha. Era el hombre más odiado de México y era el hombre del que Sasha se enamoró. Estaba casado con Carmen Romano desde 1951.

Pero el matrimonio era una farsa. Carmen era pianista, extravagante, viajaba con su piano de cola a las giras internacionales, se movía con 11 coches de escolta. Pero lo que importa para esta historia no es Carmen, es la familia que creó. Sus hijos crecieron en Los Pinos, se casaron en bodas fastuosas. José Ramón fue subsecretario a los 26 años.

López Portillo lo llamó El orgullo de mi nepotismo. Esa familia estaba acostumbrada a que todo les perteneciera, a que nadie les dijera que no. Cuando llegó Sasha, lo que sintieron no fue dolor, fue indignación. ¿Cómo se atrevía una fichera a sentarse en su mesa? Y en la familia había alguien más peligroso que Carmen, su hermana Margarita López Portillo, que durante el sexenio había dirigido radio, televisión y cinematografía.

Ese nombre, Margarita, es el que va a organizar la guerra contra Sasha. 1984, Sevilla, España. Semana Santa. Las calles están llenas de procesiones, cirios encendidos, cofradías en silencio. Un hombre de 62 años camina entre la multitud. Tiene la espalda todavía recta, pero los hombros caídos de alguien acostumbrado al poder que ya no tiene.

Es el expresidente más odiado de México. La gente le ladra en la calle cuando lo reconoce. Y en esa calle de Sevilla, entre los pasos procesionales, escucha una voz. Sasha voltea. Es ella. Pelo negro sobre los hombros, los ojos que habían hipnotizado a millones. Tiene 38 años. Está de gira con nunca en domingo.

¿Qué hace usted aquí?, preguntó él. No, ¿qué hace usted aquí, señor? respondió ella. La invitó a comer unas tapas. Empezaron a platicar y algo hizo clic. No era un hombre guapo, diría Sasha años después, pero era un señorón con mucha prestancia, con una gran personalidad, con una gran cultura, un conquistador nato. No fue amor a primera vista, pero lo que viene ahora es la decisión que le costó todo a Sasha.

Coincidieron de nuevo en Roma, la ciudad eterna, cuando Sasha terminó su gira teatral. Ella tenía 38 años, él 62, 24 años de diferencia. Y ahí, entre los puentes sobre el TER y las tratorías de Trastevere comenzaron un romance que duraría 20 años. La vedet del cine de ficheras y el expresidente al que le ladraban en la calle.

La realidad es que no lo pensé”, confesó Sasha años después. Me sentía muy bien con él. No lo pensó. Esa frase contiene toda la tragedia que vino después. Si lo hubiera pensado, habría medido lo que significaba unirse al hombre más despreciado de México. Habría calculado el precio, su carrera, su nombre, su tranquilidad y habría tomado el siguiente avión de vuelta a su vida de estrella. Pero no lo pensó.

Y lo que Sasha no sabía es que al elegir a ese hombre estaba eligiendo también a su familia y esa familia no la iba a perdonar jamás. En enero de 1985, Sasha dio a luz a Nabila. Tenía 39 años. López Portillo seguía casado con Carmen. El escándalo estalló en cada portada. La prensa la destrozó. La fichera embarazada del expresidente titulaban.

Pero lo que nadie entendió entonces y lo que pocos entienden ahora es que Sasha sabía exactamente lo que estaba haciendo. Tan no era una joven ingenua deslumbrada por el poder. Tenía 39 años. Había construido una carrera desde cero. Había cruzado un océano sola a los 23. Había sobrevivido al machismo del cine mexicano sin bajar la mirada.

Sabía quién era López Portillo. Sabía lo que le habían hecho a México. Sabía que la gente le ladraba en la calle y eligió quedarse, no por dinero, no por poder. El poder ya se lo habían quitado. El dinero estaba atrapado en mansiones que eran más escándalo que lujo. Sasha se quedó porque, según ella misma, ese hombre la hacía sentir bien.

Me sentía muy bien con él. Esa frase tan simple esconde la decisión más costosa de su vida. En 1987 llegó Alexander, dos hijos nacidos fuera del matrimonio, dos hijos que compartirían apellido con los tres del primer matrimonio, pero nunca compartirían su mundo. Y con cada hijo el punto de no retorno, se alejaba más. Ya no podía irse.

Ya no era solo ella y él. Eran cuatro personas atadas al destino de un hombre al que México no perdonaba. Y aquí es donde Sasha Montenegro tomó la decisión que le costó todo. Dejó el cine. Dejó el cine. 69 películas. Salas llenas durante más de una década. Su estrella en el paseo de las luminarias.

Un fenómeno de taquilla, un icono cultural. lo dejó todo por él. A partir de 1982 prácticamente no volvió a filmar, solo hizo cuatro películas más en 1990 y después silencio definitivo. La pantalla grande perdió a su estrella más magnética y a cambio, ¿qué recibió? La prensa la llamaba la fichera del presidente. Los columnistas la retrataban como una cazafortunas aferrada a un viejo con poder residual en las fiestas de la alta sociedad o las esposas de políticos la miraban de reojo y cuchicheaban a sus espaldas.

“En México ser presidente era ser un rey”, explicó Sasha. Pero un rey por 6 años, porque después lo decapitan. A mí me tocó cuando ya estaba decapitado y me tocaron los ladridos. Los ladridos. La gente ladrándole al hombre que amaba. Sasha al lado, Nabila en un brazo, Alexander en el otro, sin anillo de matrimonio, sin título de primera dama, sin nada que la protegiera del juicio de un país entero.

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