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SALVADOR SÁNCHEZ: LA ASQUEROSA VERDAD sobre la NOCHE DEL ACCIDENTE SALIÓ A LA LUZ

Para Salvador fue apenas una más en el camino hacia algo todavía mayor. La revista Ring Magazine, la Biblia del boxeo internacional, lo nombró boxeador del año en 1981 compartiendo el honor con Sugar Ray Leonard. Tenía 22 años. Don King, el polémico promotor estadounidense, lo había invitado a Nueva York para firmar contratos millonarios. Bobarum lo buscaba.

Las cadenas de televisión norteamericanas se peleaban por transmitir sus combates. En México, los empresarios del entretenimiento le abrían puertas que jamás se habían abierto para un boxeador de su edad. En Televisa, los reporteros lo seguían a todas partes. En las calles de la Ciudad de México lo paraban para pedirle autógrafos, para tocarle el hombro, para sacarse una fotografía.

Era el rey indiscutible del peso pluma. Y sin embargo, debajo de toda esa fama, debajo de los aplausos y de los reflectores, había un muchacho que apenas estaba aprendiendo a manejar lo que el dinero y la celebridad podían hacerle a un hombre de 23 años. Fue por esos meses cuando Salvador conoció a la mujer que, según se contó después, terminaría siendo determinante en la madrugada del 12 de agosto.

Su nombre artístico era Maribel Fernández. En el mundo del espectáculo mexicano la conocían como La Pelangocha, una actriz bedet y showgir que en aquellos años hacía teatro de revista en la ciudad de México y que, gracias a sus apariciones constantes en televisión y en los centros nocturnos más concurridos de la capital, se había convertido en una de las figuras femeninas más populares del medio.

Maribel y Salvador empezaron a verse en secreto. Él estaba casado. Su matrimonio, sin embargo, atravesaba semanas difíciles. Las versiones que circularon después aseguraban que el campeón había iniciado un proceso de separación legal con su esposa y que mientras eso se resolvía ya mantenía una relación discreta, pero intensa con la actriz.

Aquel 8 de agosto, 4 días antes del accidente, Salvador llegó al rancho que su apoderado y amigo cercano, Juan José Torres Landa, tenía en San José y Turbí de Guanajuato. El rancho era un sitio amplio con cuadras para caballos, una alberca, un gimnasio improvisado y varias cabañas. Allí se concentraba el equipo completo del campeón, cuyo Hernández, su entrenador histórico, su preparador físico, su nutriólogo, su esquinero, su sparring, todos vivían bajo el mismo techo durante las semanas previas a una pelea. Salvador tenía

instrucciones muy claras de cuyo nada de salidas nocturnas, nada de fiestas, nada de mujeres, nada de alcohol. Quedaban menos de cinco semanas para subirse al ring del Madison Square Garden y enfrentarse por segunda vez al boricua Juan Laaporte. La concentración era sagrada y aquí es donde la historia empieza a torcerse porque hay un detalle que la mayoría de las versiones oficiales nunca mencionó y ese detalle es una llamada telefónica.

Según relataron años después algunos cercanos al ambiente boxístico de aquella época, la noche del 11 de agosto, ya pasadas las 11 de la noche, sonó el teléfono fijo del rancho. Quien atendió fue uno de los empleados del lugar. Del otro lado de la línea, una voz pidió hablar con el campeón. La voz se identificó.

Era otro pújil mexicano, otro monarca mundial, otro nombre legendario del boxeo nacional. Era Guadalupe Pintor, Lupe Pintor, campeón mundial, peso gallo del Consejo Mundial de Boxeo y amigo personal de Salvador desde hacía varios años. Lupe necesitaba hablar urgentemente con él. El empleado fue a buscarlo.

Salvador estaba a punto de acostarse. Tomó el teléfono, escuchó. Lo que Lupe Pintor le dijo a Salvador esa noche jamás fue confirmado oficialmente, pero las versiones que circularon en los años posteriores entre periodistas, entrenadores y gente del medio coinciden en lo esencial. Le habló de una fiesta, una reunión privada en Querétaro, algo organizado por gente del ambiente y le mencionó un nombre, el nombre de Maribel.

La pelangocha estaba ahí y Lupe supuestamente le dijo a Salvador que sería mejor que se diera una vuelta para ver con sus propios ojos lo que estaba pasando. Quédate conmigo porque en unos minutos vas a entender por qué ese mensaje, esa noche hizo que un hombre que llevaba semanas durmiendo a las 9:30, levantándose a las 5 de la mañana y obedeciendo cada instrucción de su esquinero, decidiera tomar las llaves del Porsche y salir del rancho sin decirle a nadie.

Salvador colgó el teléfono, subió a su habitación, estuvo unos minutos en silencio. Aquella noche compartía cuarto con uno de sus sparrings. Un muchacho llamado Jesús, que después contaría en una entrevista breve y nunca difundida ampliamente, que vio a Salvador sentado en la orilla de la cama mirando el suelo. Le preguntó si todo estaba bien.

Salvador respondió que sí, que se iba a dormir. Apagaron la luz. Pasaron unos 20 minutos y entonces, en silencio, Salvador se levantó, tomó sus llaves, su chamarra y bajó la escalera con cuidado. Encendió el motor del Porsche 928 blanco y salió del rancho. Eran cerca de las 11:50 de la noche del 11 de agosto de 1982.

El trayecto desde San José y Turbide hasta el lugar donde supuestamente se celebraba la fiesta tomaba cerca de una hora. Salvador conocía la carretera. La había recorrido decenas de veces. Le gustaba la velocidad. Le gustaba sentir el rugido del motor del Porsche cuando aceleraba en los tramos rectos. Los muchachos del rancho lo habían visto presumir el coche en más de una ocasión, llevándolo hasta los 200 km porh en pleno camino abierto, cuyo Hernández en privado le había rogado varias veces que se controlara. Le había dicho que un

campeón mundial no podía darse el lujo de jugar con la vida así. Salvador sonreía. Le contestaba que él era un piloto nato, que sabía lo que hacía aquella noche. Además, había llovido. Las carreteras del vajío estaban húmedas. La temperatura había bajado y la carretera federal 57. En aquella época tenía tramos sin iluminación, baches profundos y un flujo constante de camiones de carga pesada que circulaban de madrugada porque era el horario en que menos vigilancia había.

Cualquier conductor experimentado sabía que conducir por ahí de noche a más de 100 km porh era una apuesta peligrosa. Salvador esa madrugada iba a casi doble esa velocidad. llegó al lugar pasadas las 12:30. Lo que ocurrió ahí adentro tampoco se sabe con certeza. Algunos contaron que entró, buscó con la mirada, encontró a Maribel y le pidió que se fueran.

Otros aseguraron que hubo una discusión breve, controlada, sin gritos, porque Salvador jamás levantaba la voz ni siquiera en los momentos de mayor tensión. Otros más tarde dijeron que el campeón ni siquiera entró a la fiesta, que se quedó un rato afuera, vio lo que tenía que ver y se devolvió al coche sin bajarse.

La única certeza es que alrededor de la 1:30 de la mañana del 12 de agosto, Salvador Sánchez ya estaba al volante del Porsche, de regreso hacia el rancho en una carretera oscura, mojada, con la cabeza llena de cosas que probablemente no debía estar pensando. mientras conducía a esa velocidad. Quienes estuvieron en aquella reunión esa noche jamás dieron una declaración pública completa.

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