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SALVADOR CARMONA: LA VERDAD SALIO A LA LUZ SOBRE EL ESCANDALO DEL DOPAJE DE MEXICO

¿Qué fue de Salvador Carmona después? ¿Qué dijo cuando el tiempo le dio distancia? Guárdalas porque cada una de esas preguntas tiene una respuesta parcial y juntas forman el cuadro completo de algo que México nunca terminó de ver con claridad. Él solo quería jugar al fútbol. Tiene 5 años, una calle de tierra, una pelota desinflada y eso es suficiente para que el mundo desaparezca.

Eso era Carmona antes de que el fútbol tuviera nombre ni promesa. Antes de los contratos, antes de [música] los estadios, antes de las camisetas con escudo, solo el juego, solo ese estado en que el tiempo deja de existir, porque lo único que importa es la pelota y a dónde va. Ese niño nunca desapareció del todo y eso es importante para entender todo lo que viene después.

El niño que se quedaba jugando hasta que ya no había luz. Salvador Carmona Morales nació el 22 de marzo de 1965 en San Luis Potosí, en una familia sin ninguna conexión con el fútbol de élite, sin contratos, sin academias, sin agentes. Había una pelota, había una calle y había un niño que encontraba en ese juego algo que ninguna otra cosa le daba.

San Luis Potosí no era un semillero del fútbol mexicano. Los grandes jugadores venían del Distrito Federal, de Jalisco, de Nuevo León. Los potosinos tenían que trabajar el doble para que alguien los mirara. No había atajos, no había contactos [música] que abrieran puertas antes de que el chico demostrara algo en el campo.

Tenías que ser tan bueno que resultara imposible ignorarte. Esa era la única ruta disponible y Carmona la tomó sin quejarse porque la alternativa era dejar de jugar y eso nunca fue una opción real para él. Hay algo en la infancia de ciertos futbolistas que no se explica bien con palabras. No es ambición. La ambición viene después, cuando ya conoces el tamaño del mundo que hay detrás del juego.

Esto es anterior a la ambición. Es una necesidad, como si el fútbol fuera el idioma en que ese niño podía hablar con mayor precisión que en cualquier otro. Sobe el idioma en que las cosas tenían sentido. Salvador Carmona era así. Ese origen lo moldeó y ese mismo molde lo protegió durante años y al final lo dejó solo.

La misma mentalidad que lo hizo llegar tan lejos fue la que no supo cómo navegar el momento en que el mundo se le vino encima. Sigue escuchando, porque esa paradoja es el corazón de toda esta historia. era lateral derecho desde que tuvo uso de razón. No el que metía los goles, no el que salía en las fotos, el que hacía el trabajo que el público no aplaude, pero que el entrenador necesita.

El que corría 80 met para cerrar un espacio que nadie más había visto. El que volvía corriendo después de apoyar el ataque para estar en posición antes de que el balón llegara a su zona. Esa disciplina táctica no se improvisa. Te se construye en cientos de horas de entrenamiento, en cientos de correcciones que el lateral recibe y que el [música] delantero rara vez necesita procesar de la misma manera.

Los jugadores como Carmona son los que más tarda el fútbol en valorar y los primeros que olvida cuando algo sale mal, no porque hayan fallado, sino porque nunca construyeron el tipo de perfil que el mundo recuerda cuando las cosas se complican. El lateral es el soldado de infantería del fútbol.

hace el trabajo que nadie ve, carga el peso que nadie menciona y cuando el sistema lo abandona, lo abandona en silencio. Como llegó a finales de los años 80 llegó al fútbol profesional y la manera en que llegó lo dice todo. No por la puerta grande, no con fanfarria, no con el ruido que acompaña a los que llegan [música] con expectativa por la única puerta que conocía.

El trabajo, la misma puerta que había usado toda la vida, la única que nunca le falló. No fue una llegada explosiva, fue la llegada del futbolista que llega, trabaja, se instala y te convence de que no puede no estar. No con declaraciones, no con entrevistas, no con momentos de magia que circulan en los periódicos, con presencia, con consistencia, con la certeza, partido tras partido, de que cuando el lateral derecho necesita cerrarse, ya está cerrado.

Cuando el extremo rival cree que tiene espacio, ya no lo tiene. Eso no se explica fácilmente en una crónica deportiva, pero cualquier entrenador que lo tuvo en su equipo lo entendía perfectamente. Solo tiene años de constancia que se acumulan en silencio. Y en el fútbol [música] esa clase de constancia es un bien escaso, mucho más escaso que el talento individual que llena estadios.

El talento llama la atención, la constancia gana títulos. Carmona era de los que ganan títulos. Y para entender lo que le pasó en Francia, primero tienes que entender en qué mundo de fútbol vivía Carmona, porque ese mundo era muy distinto al de hoy. Y esa diferencia lo explica todo, no lo justifica todo, pero lo explica.

El México que formó a Carmona no era el México de hoy. un mundo donde la información fluía de arriba hacia abajo y nunca en sentido contrario, donde el cuerpo técnico decidía y los jugadores ejecutaban, donde la jerarquía no era solo respetada, era intocable. Y esa jerarquía llegaba hasta el más mínimo detalle de la preparación física del equipo.

Lo que el médico del equipo decía que había que tomar, se tomaba. No porque los jugadores fueran ingenuos, sino porque así funcionaba la estructura y cuestionarla tenía un costo. El costo no era siempre explícito, no era necesariamente una amenaza directa, era algo más sutil y por eso más efectivo. Era la percepción de que el jugador que hacía demasiadas preguntas era el jugador difícil.

Y los jugadores difíciles tienen carreras más cortas, no por decreto, simplemente porque cuando hay que elegir entre dos futbolistas de nivel similar, el que no da problemas siempre tiene una ventaja pequeña pero real. El jugador que preguntaba demasiado era el jugador complicado, el que tal vez no renovaba. Eso no es especulación, era la norma.

No en un solo equipo, en la mayoría, no en una sola época. Durante décadas Y Carmona la conocía perfectamente. Había crecido dentro de esa cultura, la había interiorizado no como algo injusto, sino como la forma en que el fútbol funciona. Así era, así había sido siempre. Y nadie cuestionaba el sistema porque el sistema era el único que existía.

Los suplementos de esa época tampoco eran lo que son hoy. La industria estaba regulada, los controles de calidad eran menos rigurosos. La composición exacta de los productos no siempre estaba disponible con claridad, ni siquiera para los equipos médicos que los administraban. Un jugador tomaba lo que le daban y confiaba en que la persona que se lo daba sabía lo que hacía.

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