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Rubén ‘PÚAS’ Olivares Cumplió 80 AÑOS y NO CREERÁS CÓMO VIVE

Las invitaciones llegaban de todos lados. cenas, eventos, fiestas, reuniones con gente importante. De pronto, Rubén Olivares era alguien, no solo en el barrio, no solo en la Ciudad de México, sino en el mundo. Y esa noche, mientras celebraba con su equipo en California, ninguno de los presentes podía imaginar que aquel joven campeón terminaría décadas después sentado en un puesto de la lagunilla pidiendo un millón de dólares por el mismo cinturón que acababa de ganar.

Pero para llegar a ese punto todavía faltaba mucho. Faltaban más peleas, más victorias, más nocouts y también faltaban las fiestas, las noches largas, las botellas que nunca se vaciaban y las decisiones que una por una irían construyendo la caída. Pronto vas a entender como un hombre que lo tenía absolutamente todo fue perdiéndolo pieza por pieza sin darse cuenta hasta que ya no quedó nada.

Después de conquistar el título mundial de peso Gallo, Olivares entró en una de las rivalidades más memorables del boxeo mexicano. Su rival se llamaba Jesús Chucho Castillo, un peleador duro, resistente, que no le tenía miedo a nadie. La primera pelea entre ambos fue una guerra de 15 asaltos que Olivares ganó por decisión. La segunda fue diferente.

Castillo logró cortarlo en el primer asalto y el combate fue detenido en el dearto. Era la primera derrota de Rubén en 62 peleas. El nin cinturón cambió de manos, pero lejos de hundirse el PUAS regresó para la tercera pelea. Fue derribado durante el combate, se levantó y ganó por decisión en 15 asaltos para recuperar su corona.

Esa capacidad de regresar, de levantarse cuando todo parecía perdido, era lo que hacía especial a Olivares en el cuadrilátero. La tragedia fue que fuera del ring esa misma capacidad no existía, porque mientras el PUAS acumulaba victorias y knockouts, algo más estaba creciendo en su vida, algo que al principio parecía inofensivo, parte natural de la celebración, de la juventud, del éxito.

Las fiestas después de cada pelea se fueron haciendo más largas. Las noches en las cantinas de La Bondojito y de Tepito se extendían hasta el amanecer. Los amigos que antes lo animaban desde las gradas, ahora lo acompañaban a beber y nadie, absolutamente nadie en su entorno, tenía el valor o la intención de decirle que se detuviera.

¿Y por qué habrían de hacerlo? ¿Era el campeón del mundo, era joven, millonario, invencible? ¿Quién le iba a decir que parara? Hay que entender algo fundamental sobre el México de aquella época para dimensionar lo que significaba ser el púa Solivares. En los años 60 y 70 el boxeo no era simplemente un deporte, era la manera en que millones de mexicanos canalizaban su orgullo, su identidad, su necesidad de sentir que alguien de abajo podía llegar a lo más alto.

Los boxeadores eran ídolos populares en el sentido más profundo de la palabra. Eran el espejo en el que se miraba la gente de los barrios, la gente trabajadora, la gente que soñaba con algo mejor. Y cuando un muchacho de la bondojito, del mismísimo corazón de Tepito, se paraba frente al mundo y lo hacía temblar con sus puños, eso era mucho más que una victoria deportiva.

Era un acto de afirmación para toda una comunidad y Olivares lo sabía. lo sentía cada vez que regresaba a su barrio después de una pelea. Las calles se llenaban de gente que quería tocarlo, abrazarlo, invitarlo a su casa, compartir una bebida con él. Y Rubén, generoso por naturaleza, nunca decía que no.

Nunca cerraba la puerta, nunca rechazaba una invitación, era un hombre del pueblo y se comportaba como tal. Pero esa misma generosidad, esa misma cercanía con la gente fue también una de las trampas que lo fueron consumiendo. Porque cuando eres el campeón del mundo y todo el barrio quiere celebrar contigo, la celebración no termina nunca.

Y cuando la celebración no termina nunca, el cuerpo y la mente pagan un precio que al principio no se nota, pero que con el tiempo se vuelve imposible de ignorar. Había una dinámica particular en torno al púas que se repetía una y otra vez. Antes de cada pelea, sus entrenadores hacían todo lo posible por mantenerlo concentrado, disciplinado, alejado de las tentaciones.

Lo llevaban a campos de entrenamiento. Le Michin imponían rutinas estrictas, le controlaban la dieta y durante esas semanas de preparación, Olivares se transformaba. volvía a ser la máquina que había noqueado a 49 rivales consecutivos. Su cuerpo respondía, su mente se enfocaba, sus puños recuperaban esa precisión letal que lo hacía tan peligroso.

Pero en cuanto terminaba la pelea, en cuanto sonaba la última campana y el árbitro levantaba su brazo en señal de victoria, la disciplina se evaporaba como si todo el esfuerzo de semana se concentrara en una sola noche y después no quedara nada. Y la fiesta comenzaba otra vez. Este ciclo se repitió durante años.

Disciplina antes de la pelea, exceso después de la pelea, disciplina otra vez, exceso otra vez. Y con cada repetición, el periodo de exceso se hacía un poco más largo y el periodo de disciplina un poco más corto. Era como una balanza que se iba inclinando lentamente, tan lentamente que ni él ni quienes lo rodeaban podían percibir el desequilibrio hasta que la balanza se volcó por completo.

En 1972, Olivares perdió su título de peso gallo ante Rafael Herrera por knockout en el octavo asalto. Fue una derrota dura, inesperada para muchos, pero en lugar de tomarse un descanso, de replantear su carrera, el Púas decidió subir de categoría. Se movió al peso pluma, donde su pegada seguía siendo devastadora y en 1974 conquistó el campeonato mundial de peso pluma.

de la Asociación Mundial de Boxeo. Un año después añadió el cinturón del Consejo Mundial de Boxeo en la misma división, cuatro títulos mundiales en dos categorías distintas. Un logro que muy pocos boxeadores mexicanos habían alcanzado en aquel entonces, pero detrás de esos cinturones brillantes, la realidad era otra.

Los que conocían al púas de cerca no estaba bien. Las sesiones de entrenamiento se volvían irregulares. Había días en que llegaba al gimnasio con los ojos hinchados, con el cuerpo pesado, con el aliento delatándolo y sin embargo subía al ring y ganaba. Eso era lo más peligroso de todo, porque cada victoria obtenida sin la preparación adecuada le reforzaba la idea de que podía seguir así, que su talento era suficiente para compensar cualquier exceso.

Es una trampa en la que caen muchos deportistas con talento natural. Creen que pueden abusar de su cuerpo porque este siempre le responde hasta que un día deja de hacerlo. Existe una anécdota que circuló durante años en el ambiente boxístico mexicano y que ilustra perfectamente la dualidad en la que vivía Olivares. Se decía que en más de una ocasión su equipo tenía que ir a sacarlo de alguna cantina la noche antes de una pelea.

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