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ROBERTO OSUNA : EL OSCURO SECRETO QUE ESCONDIÓ DURANTE 8 AÑOS

 La gente en las tribunas aplaudió al chamaco de Sinaloa, pero los que realmente estaban mirando eran otros. Estaban en un palco del segundo piso, hablaban inglés, tomaban notas en una laptop. Y esa noche, cuando el chufito salió del estadio, su vida ya estaba a punto de cambiar para siempre. Porque lo que esos scouts canadienses iban a firmar con los padres del chufito pocas semanas después fue una cifra que ningún muchacho de Juan José Ríos había visto nunca.

Dó para un chamaco de 16 años que hasta hacía 5 años cobraba 80 pesos al día por cortar tomate. Y esa cifra, ese contrato firmado demasiado pronto, fue el principio silencioso de todo lo que vino después. Porque cuando un chamaco pobre pasa de ganar $ al día a firmar un contrato de 1,illón y medio en menos de 6 años, algo se rompe por dentro, ¿no? El talento, el talento se queda.

 Lo que se rompe es la medida. La capacidad de entender lo que vale una cosa, lo que vale un no, lo que vale una frontera, eso es lo que se rompe. Y en la cabeza del chufito esa pieza nunca se volvió a armar del todo. El 3 de agosto de 2011, los azulejos de Toronto firmaron oficialmente al chamaco un millón y medio de dólares de bono, un contrato de ligas menores con proyección a grandes ligas. Los padres firmaron.

 El chufito firmó. Nadie en esa sala ni en el pueblo entero, tenía un abogado propio de ese muchacho de 16 años. Los azulejos mandaron sus papeles. Los Ozuna dijeron que sí y el Chufito se despidió de Juan José Ríos en una tarde calurosa con una maleta chica, un bate envuelto en tela y su madre llorando en la puerta.

 Lo mandaron a Bluefield, una ciudad chica del estado de Virginia, Estados Unidos. Ahí jugaban los azulejos de ligas rookis. El chufito llegó sin hablar una palabra de inglés, sin conocer a nadie, sin el tío Antonio cerca para orientarlo. Lo metieron en un hotel de carretera con otros latinos de República Dominicana y Venezuela y le dijeron que al día siguiente se reportara al estadio a las 7:30 de la mañana.

Esa noche el chamaco de 16 años no durmió. Llamó a su madre por teléfono. La mamá le dijo que comiera bien, que no se metiera en problemas y que recordara siempre de dónde venía. Los dos años siguientes fueron duros. Lo movieron de equipo cuatro veces. De Bluefield a Vancouver, de Vancouver a Lancing, de Lancing a Dunedin.

 Cada traslado otro cuarto de hotel. Otra ciudad que no conocía, otra pared pintada con un cuadro blanco para tirarle strikes. El muchacho crecía solo y lo peor estaba por venir porque el 9 de mayo de 2013, con 18 años recién cumplidos, el Chufito sintió algo en el codo derecho que le cambió la cara. Fue en un partido de clase A en Lancing.

Tiró una curva y al soltar la pelota, algo tronó adentro. como si le hubieran roto una liga por dentro del brazo. Se agarró el codo, miró al suelo y entendió a los 18 años que el béisbol te puede quitar todo lo que te dio en un solo lanzamiento. El diagnóstico llegó esa misma tarde. Desgarré completo del ligamento colateral cubital, la lesión más temida de un pitcher.

 Necesitaba la cirugía Tommy John, una operación que sacaba un tendón del brazo o de la pierna y lo cosía al codo para reemplazar el ligamento. Un año completo de recuperación, sin lanzar, sin jugar, solo rehabilitación diaria. El Chufito se fue a la Florida, se operó y empezó el capítulo más oscuro de su adolescencia deportiva. Durante 13 meses, el muchacho de Juan José Ríos vivió en un departamento rentado en Dunedín, Florida, solo con un fisioterapeuta que lo visitaba tres veces por semana, con ejercicios repetitivos que hacía frente al espejo,

subiendo pescitas de medio kilo, de kilo, de 2 kg. El brazo no respondía. A veces le dolía tanto que se ponía a llorar en la noche solo, boca abajo en la cama, y pensaba en regresarse, en volver a Juan José Ríos, en aceptar que el tío Antonio se había equivocado aquella tarde, que quizás sí era unos una más, pero no de los grandes.

 Una tarde de febrero de 2014 en Dunedín, el Chufito estaba solo en el gimnasio levantando pescitas con música de banda sonando en una bocina pequeña cuando escuchó una voz conocida atrás de él. Era su tío Antonio. Había volado desde California sin avisar. Había llegado al aeropuerto en taxi, había tocado la puerta del departamento y la limpiadora le había dicho que el chufito estaba en el gimnasio.

Antonio no había viajado a verlo jugar cuando el muchacho era sano, pero vino cuando el muchacho estaba lesionado. Eso marcó al chufito. Esa tarde el tío le dijo tres frases. Estás solo. Yo también estuve. Levántate. Y nada más. Se quedó tres días en Florida. Después regresó a California.

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 no volvió a visitarlo durante toda la rehabilitación, pero esas tres frases, el chufito las recordó cada mañana que le tocaba levantarse a las 5 a hacer ejercicios de codo. Imagina por un momento que eres ese chamaco, 18 años, solo en un departamento de Florida, con el brazo destrozado, con toda una familia en Sinaloa esperando que mandes dinero y con la duda metida en el pecho de si alguna vez vas a volver a lanzar.

Ahí es donde se forma un carácter o se rompe el chufito no se rompió. Volvió al montículo el 8 de julio de 2014. Lanzó una entrada sin permitir carrera. Los azulejos lo subieron a Dunedin, después a New Hampshire y en el campamento de entrenamiento de 2015 con 20 años hizo algo que ningún directivo esperaba.

 Se ganó un puesto en la plantilla de Grandes Ligas sin haber pasado por Triple A. La antesala saltó directamente de clase A avanzada al mejor béisbol del mundo. Un salto que casi nadie da. El 8 de abril de 2015, el Chufito Osuna debutó en Grandes Ligas. Estadio de los Yankees. Nueva York entró al montículo en la sexta entrada con las bases llenas.

 El primer bateador que enfrentó fue Alex Rodríguez, uno de los beisbolistas más grandes de la historia del deporte. El Chufito lo dominó con tres picheos ponchado. Al siguiente, Stephen Drew le pegó un elevado corto al jardín. Salió del montículo con la gorra abajo y los 16,000 fans de los Yankees aplaudiendo al muchacho mexicano.

 A los 20 años y 60 días se convirtió en el piter más joven en debutar en la historia de los azulejos. Esa noche, después del partido, llamó a su madre por teléfono. María del Carmen contestó en Juan José Ríos. Eran las 11 de la noche en Sinaloa. La mujer ni siquiera había podido ver el partido porque la señal del satélite se había caído esa tarde.

 El Chufito le contó todo. Los 2 minutos contra Alex Rodríguez. El aplauso. El silencio del estadio. Cuando él entró, la mamá lloraba. Al final, el muchacho le dijo a su madre una frase que resume todo. Le dijo, “Mamá, ya no vamos a recoger tomate nunca más.” Pero lo que el Chufito todavía no entendía esa noche, con 20 años, con la adrenalina en las venas, con el primer partido en Grandes Ligas recién terminado, es que el dinero y la fama pueden destruir a un muchacho mucho más rápido que la pobreza y que en menos de 3 años el chamaco que había llegado tan

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