alto iba a estar esposado en una banqueta de Toronto con su propia madre sin saber qué decirle. La temporada 2015 fue espectacular. El chufito terminó el año con 20 salvamentos, efectividad de 2.58, 75 ponchados en poco más de 60 entradas. A los 20 años era el piter más joven de la liga americana.
Los azulejos lo metieron al roster de postemporada y en la serie de división contra los Rangers de Texas, el Chufito se convirtió en el cerrador más joven en la historia de la Liga Americana en registrar un salvamento en playoffs. Esa primera temporada en Grandes Ligas, el Chufito cobró $630,000, el mínimo salarial de la liga, un sueldo modesto para un jugador de esa categoría.
Pero más dinero del que su padre había ganado en 18 temporadas de liga mexicana sumadas. El muchacho de 21 años compró su primera casa ese invierno, una propiedad en Coachella, Florida, de cuatro recámaras. La compró al contado. También mandó a construir una casa nueva para sus padres en Juan José Ríos. Una casa grande de dos pisos con aire acondicionado en cada cuarto.
La primera casa con aire acondicionado de la cuadra. Los vecinos salían a verla. La gente del pueblo murmuraba. El padre, por primera vez en 18 años, dejó de viajar con la liga mexicana. Se retiró del béisbol activo a los 42 años porque ya no tenía que salir a trabajar. Su hijo le había cambiado la vida.
En 2016, con 21 años fue nombrado cerrador oficial del equipo, 36 salvamentos esa temporada, efectividad de 2.68. En 2017, con 22 años, fue seleccionado al juego de estrellas de las Grandes Ligas, el primer pitcher mexicano en ser All Star en más de una década. Y ese mismo año el gobierno mexicano le entregó el Premio Nacional del Deporte. La máxima distinción que da el país a un deportista se la entregó el presidente Enrique Peña Nieto en una ceremonia en Los Pinos.
La ceremonia fue el 11 de diciembre de 2016 en el patio central de la residencia presidencial. El Chufito asistió con sus padres que viajaron desde Sinaloa para la ocasión. La madre, María del Carmen, llevó puesto un vestido nuevo, el primero que había comprado en una boutique cara en su vida que le había regalado el hijo. El padre llevó un traje azul que le quedaba un poco grande porque había bajado de peso desde el retiro.
El chufito los presentó a Peña Nieto. El presidente saludó a los padres. Se tomaron la foto oficial y al final del acto la madre llorando frente a las cámaras dijo una frase que circuló por todos los medios nacionales. Dijo, “Nunca creí que iba a estar parada en un lugar como este con mi hijo.” Recibiendo algo así.
Esa frase de una mujer que había lavado ajeno durante dos décadas es la imagen más pura del sueño cumplido de los Ozuna. Pero el sueño duró 2 años. Exactos. Existe una fotografía de esa tarde. El chufito en traje negro, corbata azul, pelo engominado, Peña Nieto azulado entregándole la presea. La foto circuló en todos los medios nacionales.
El chamaco de Juan José Ríos, que recogía tomates, ahora recibía la medalla más alta del país de manos del presidente. la foto, esa medalla al mérito deportivo y el nombre de Peña Nieto, que pocos años después también iba a ser investigado por actos del gobierno. Son una combinación incómoda. Vamos a volver a esa foto porque esa foto es el último gran momento de gloria pública del Chufito Osuna.
Después de esa foto, todo empezó a torcerse. Pero lo peor no es eso, porque mientras el chufito recibía medallas y firmaba contratos millonarios, en su casa de Toronto había una mujer joven que llevaba meses pidiéndole ayuda. una mujer mexicana de 22 años, madre de su primer hijo, que todavía no se atrevía a contar lo que pasaba de puertas para adentro y que una madrugada de 2018 finalmente marcó el 911.
La mujer se llamaba Alejandra Román Cota. Era de Sinaloa también, del mismo pueblo, Juan José Ríos. Se conocieron cuando los dos eran adolescentes. Ella tenía 16 años, él 17. Se hicieron novios. El Chufito se fue a Toronto con el contrato firmado. Ella se quedó en Sinaloa. Se hablaban por teléfono. Él le prometía, ella esperaba.
Y en 2014, con 19 años cada uno, Alejandra quedó embarazada. Nació un niño. Le pusieron el nombre del papá y del abuelo, Roberto. La historia de Alejandra, que pocos han contado, es la historia de cientos de mujeres mexicanas de pueblo que se enamoran de un muchacho que se va al norte. Ella era hija de un empleado de una bodega de tomate.
Había estudiado hasta la secundaria. ayudaba a su madre en la casa y cuando el chufito empezó a ser famoso cuando salía en los periódicos locales, la familia de ella lo veía como el futuro asegurado. La boda no existió, nunca se casaron legalmente, pero tuvieron al niño. Y eso en la cultura del pueblo es casi lo mismo. Ella esperaba, él prometía.

Y entre promesa y espera pasaron 4 años. Alejandra viajaba a Toronto a visitarlo. A veces se quedaba tres meses, a veces seis, pero siempre regresaba a Sinaloa con el niño. El chufito, según cuentan familiares que pidieron anonimato, cambió con el dinero. Al principio eran discusiones por celos, después por las salidas con los compañeros del equipo, después por las amigas nuevas que él conocía en los viajes.
Alejandra le reclamaba. Él se enojaba. La mujer regresaba a Juan José Ríos llorando y prometiéndose no volver, pero siempre volvía porque el niño necesitaba padre, porque Toronto era una promesa, porque Sinaloa no tenía mucho para ofrecerle a una muchacha de 22 años con un hijo. En abril de 2018, el Chufito alcanzó una cifra histórica.
El 10 de abril, a los 23 años y 62 días, registró su salvamento número 100 de carrera. Se convirtió en el piter más joven en la historia de las Grandes Ligas, en llegar a 100 salvamentos. Un récord que había pertenecido al venezolano Francisco Rodríguez Kai Rod con 24 años y 246 días. El chufito lo había bajado por más de un año completo.
Los azulejos publicaron la noticia. La prensa internacional lo celebró. Alejandra, que esa semana estaba en Toronto con el niño, lo esperó en el vestíbulo del estadio. Le llevó un pastel. Se tomaron una foto los tres, padre, madre e hijo, con el niño sosteniendo una bola con el número 100 estampado. Esa foto que la familia materna de Alejandra ha conservado es la última foto feliz que existe de los tres juntos.
Menos de un mes después, el Chufito la empujaba al pie de la escalera. A principios de 2018, Alejandra y el niño se instalaron en un departamento en Lakes Shore Boulevard en el centro de Toronto. Un edificio con vista al lago Ontario, pisos altos, vidrios grandes, una cocina abierta, dos recámaras y una escalera interna entre la sala y los cuartos de arriba.
Esa escalera es importante. Guarda esto en tu mente. Vamos a volver a esa escalera. Porque cuando el béisbol le dio al chufito un millillón y medio de dólares a los 16 años, le enseñó también a no tener límites. Y cuando una persona crece creyendo que puede todo, llega un momento en que prueba hasta dónde puede. Ese momento llegó la madrugada del 8 de mayo de 2018 a las 3:10 de la mañana en la escalera de ese departamento de Lake Shore Boulevard.
3:10 de la madrugada, 8 de mayo de 2018. Alejandra Román Cota llama al 911 desde la cocina del departamento. Habla en voz baja con el ojo izquierdo cerrado por un golpe adentro del cuarto de arriba. El niño de 3 años sigue dormido. No escuchó nada. Dos patrullas de la policía de Toronto llegaron al edificio en 8 minutos. Tocaron la puerta.
El chufito abrió. Los policías entraron. Vieron a Alejandra sentada en una silla con una bolsa de hielo en la cara. Le pidieron al pelotero que los acompañara. Él obedeció. Lo esposaron en el pasillo del departamento. Lo bajaron al elevador, lo llevaron a la estación policial número 52 y lo registraron a las 3:42 de la madrugada.
Cargo formal, agresión, un solo cargo. Según los detectives de la División de Violencia Doméstica de Toronto, que manejaron el caso desde la primera hora, Alejandra les dijo inicialmente una versión clara, que habían discutido, que él la había golpeado en el rostro y que al intentar ella subir las escaleras para ir con el niño, él la había empujado.
Alejandra cayó, se dio con la varanda, se raspó la espalda, aterrizó al pie de la escalera. El niño no se despertó porque dormía con la puerta cerrada del cuarto principal y con un ventilador blanco encendido, según confirmó después la policía, ese detalle, la puerta cerrada y el ventilador es la única razón por la que el niño de 3 años no fue testigo visual de lo que le hicieron a su madre esa madrugada.
El Chufito, en su primera declaración ante la justicia canadiense dio otra versión. Dijo que Alejandra se había resbalado de las escaleras sola, que él no la había empujado, que solo había discutido con ella. Horas después, sin embargo, cambió la versión. reconoció que había estado tomando, que estaba bajo los efectos del alcohol, que no recordaba con claridad lo que había pasado.
Los detectives escribieron todo en el expediente. Esa misma mañana la información salió publicada. La noticia corrió en medios mexicanos y canadienses en menos de 2 horas. Las Grandes Ligas pusieron al Chufito en licencia administrativa. Ese mismo día lo suspendieron sin sueldo. Le pagaron una fianza. Lo dejaron en libertad provisional con una orden de restricción.

No podía acercarse a menos de 100 m del edificio de Lake Shore Boulevard. No podía consumir alcohol. No podía tener armas. tenía que presentarse en la corte de Old City Hall 18 de junio. Cuando la noticia llegó a Juan José Ríos, a la casa grande con aire acondicionado que el Chufito había mandado construir para sus padres, María del Carmen recibió la llamada a las 6 de la mañana, hora de Sinaloa.
Era una prima que vivía en Phoenix y que había visto la noticia en el periódico local. La madre colgó el teléfono, se sentó en la cocina y no lloró inmediatamente. Se quedó quieta mirando la mesa durante 20 minutos. Cuando el padre, Roberto Osuna viuda, bajó a desayunar, la madre le dijo tres palabras.
Dijo, “Tu hijo otra vez. El padre que llevaba dos años retirado del béisbol, que apenas salía de la casa, que había engordado por la inactividad, se sentó frente a ella sin contestar. Tampoco lloró, solo asintió con la cabeza. Esa escena contada años después por una tía que estaba en la casa ese día es la imagen más dura del lado silencioso de la familia Osuna.
Una madre que recibe la noticia sin llorar. un padre que asiente sin decir palabra y los dos por primera vez en muchos años sin saber qué hacer con el hijo que construyeron. Pero hay algo más, porque 4 meses después, en septiembre de 2018, el caso fue cerrado sin juicio. La fiscalía retiró los cargos y la razón oficial dicha en voz alta por la abogada del Estado fue que la víctima se había rehusado a regresar a Canadá a declarar lo que nadie dijo en esa sala.
Y lo que vamos a contar ahora es por qué. Porque detrás de esa decisión hubo algo, una conversación, un acuerdo y una cifra que pocos han mencionado en voz alta. Durante los cuatro meses siguientes al arresto, entre mayo y septiembre de 2018, el Chufito vivió una vida que pocos conocen. Se mudó de Lake Shore Boulevard.
Se fue a un departamento más chico en otra zona de Toronto que le consiguió uno de los agentes de los azulejos. pagó asistencia psicológica obligatoria. Asistió a terapia con un psicoterapeuta privado en Toronto, pagado por él mismo. Asistió también a terapia con los programas internos de las Grandes Ligas y esperó la fecha de la audiencia.
Pero mientras él esperaba, otros se movían. Alejandra Román Cota había regresado a México pocos días después del incidente. Primero a Juan José Ríos, después a la Ciudad de México. Vivía con el niño en un departamento que el Chufito había comprado hacía tiempo para la familia de ella.
Durante esos 4 meses, Alejandra no habló públicamente, no dio entrevistas, no subió fotos a redes, se mantuvo en silencio. La familia materna de ella la protegió. La familia paterna, los propios Ozuna, también mandaron a dos primos a visitarla en la capital para, según dijeron, ver cómo estaba. Imagina por un momento que eres esa mujer, 22 años, un hijo de tres, un hombre que te golpeó y una familia entera, la de él, la del muchacho que hizo lo que hizo, yendo a tu casa a ver cómo estás.
¿Tú crees que iba solo a ver cómo estabas o iba algo más? Los dos primos del Chufito que visitaron a Alejandra en la ciudad de México, según contó un periodista deportivo, Regio Montano, mucho tiempo después, llevaron un mensaje, un acuerdo, una oferta de dinero. La cifra, según las fuentes, nunca se hizo pública con precisión, pero sí se mencionó que la cantidad era suficiente para que Alejandra tuviera la vida resuelta durante muchos años.
Suficiente para comprar una casa en Sinaloa. Suficiente para criar al niño sin depender económicamente de nadie. Suficiente para sacar a su propia familia del pueblo. La condición del dinero no era que Alejandra retirara la denuncia. Eso no se podía. En el sistema canadiense, una vez que la fiscalía toma el caso, la víctima no puede retirar los cargos, solo puede negarse a cooperar.
La condición entonces era otra, que Alejandra no regresara a Toronto, que no se presentara a testificar, que cuando la abogada del Estado le pidiera que viajara a Canadá a sostener su declaración frente al juez, ella contestara que no iba. Sin el testimonio de la víctima, el caso se caía y el chufito quedaba libre.
Alejandra, según las mismas fuentes, dudó varias semanas. La presión sobre ella no venía solo del dinero, venía de todos lados, de sus propios padres, que le decían que pensara en el niño, que pensara en el futuro, que no arruinara al papá, de la familia Osuna, que mandaba mensajes y regalos, de amigas de la infancia que le decían que perdonar era de buenas mujeres, y de su propia cabeza, de una muchacha de 22 años criada en un pueblo donde las mujeres aguantan, donde Las mujeres perdonan, donde las mujeres se callan por el bien de la familia.
Al final, Alejandra afirmó, no un papel con abogados, un acuerdo verbal según las fuentes, pero con garantías suficientes para que el dinero llegara y para que el chufito quedara libre. Y aquí es donde el sistema judicial canadiense, pensado para proteger a las víctimas, se vuelve una trampa para ellas mismas, porque permitir que una víctima se ausente protege la autonomía de esa víctima.
Pero también, cuando hay dinero detrás, le da al agresor una salida limpia. Y el chufito Osuna tenía dinero, mucho, y abogados caros. El 25 de septiembre de 2018, en la corte de Old City Hall de Toronto, la jueza Melvin Green escuchó a la abogada del estado, Ctherine Mulali, decir en voz alta las palabras exactas que iban a cerrar el caso.
La corona no tiene una expectativa razonable de condena sin el testimonio de la víctima. La complainante ha dejado claro que no va a regresar a Toronto a testificar contra Roberto Osuna. Al firmar el acuerdo, la corona va a retirar el cargo. Esas fueron las palabras. A cambio del retiro del cargo, el Chufito firmó un acuerdo de conservación de la paz conocido en Canadá como un Section 8 10 recognizs, un documento que lo obligaba a mantenerse alejado de Alejandra durante un año, a continuar con terapia psicológica y a pagar una fianza
simbólica de 500 canadienses, nada más, ni cárcel, ni sentencia, ni declaración de culpabilidad. El abogado del chufito, Dominic Basil, salió esa tarde del tribunal con una sonrisa. Dijo frente a las cámaras que su cliente estaba complacido con el resultado, que el acuerdo no era una admisión de culpabilidad, que siempre había mantenido su inocencia.
El chufito a su lado solo asintió con la cabeza. Pero antes de esa audiencia, algo más había ocurrido, algo que las Grandes Ligas anunciaron el 31 de julio de 2018, cuando el caso penal todavía estaba abierto. Ese día, el comisionado Rob Manfred suspendió oficialmente al Chufito Osuna por 75 juegos sin pago de sueldo por violación de la política de violencia doméstica de las Grandes Ligas.
La suspensión fue la segunda más larga emitida bajo esa política desde que existía. Más larga que muchas suspensiones por dopaje, más larga que varias suspensiones por agresión. Una señal clara de que aunque el caso penal iba a caerse con dinero, las grandes ligas sí creían que había ocurrido algo grave.
Y ese mismo 31 de julio, pocas horas después del anuncio de la suspensión, ocurrió algo que cambió todo. Los Azulejos de Toronto, el equipo que lo había firmado con 16 años, que lo había debutado, que lo había hecho All Star, que lo había convertido en su cerrador oficial, anunciaron que traspasaban al Chufito. Lo mandaron a los astros de Houston, campeón defensor de la Serie Mundial, a cambio de tres lanzadores, incluido su propio cerrador Ken Giles.
Un traspaso polémico porque el chufito todavía estaba suspendido, todavía tenía el caso penal abierto y los astros, sabiendo todo eso, lo aceptaron porque el muchacho de Juan José Ríos era, en números fríos, uno de los mejores cerradores jóvenes del mundo. por encima de la suspensión, por encima del arresto, por encima de Alejandra Románcota, por encima del hijo de 3 años.
Y aquí es donde el béisbol se descubre como lo que es, no un deporte, un negocio donde el talento de un brazo vale más que la cara rota de una mujer. Los astros firmaron el traspaso y en Houston, según relataron excompañeros suyos, lo recibieron con un abrazo colectivo en el vestuario, como si nada hubiera pasado, como si él volviera de una lesión.
Pero lo que volvía no era una lesión, era un hombre que acababa de ser suspendido por pegarle a la madre de su hijo. El Chufito debutó con los Astros el 5 de agosto de 2018, apenas cumplió los 75 juegos de suspensión. Lanzó una entrada sin permitir carrera, ganó el salvamento. La afición de Houston aplaudió.
Los comentaristas no mencionaron a Alejandra, no mencionaron al niño, no mencionaron la escalera, solo hablaron de la velocidad de la recta del mexicano, de la curva, del cambio de ritmo, como si el campo fuera una máquina de borrar y el chufito borró o intentó borrar. En la temporada de 2019, con 24 años tuvo el año más brillante de su carrera.
38 salvamentos. Líder de salvamentos de la Liga Americana. Primer mexicano en la historia en ganar ese título. Efectividad de 2.63. Fue uno de los pilares del equipo de Houston que llegó a la serie mundial contra los Nacionales de Washington. Perdieron la serie en siete partidos, pero el chufito en los playoffs fue intocable.
lanzó nueve entradas y un tercio sin permitir una sola carrera limpia. Récord. Durante esa temporada de gloria en Houston, el Chufito cobró 6,illones y medio de dólares de sueldo base. Más bonos por rendimiento, más premios individuales, más participación en la bolsa de playoffs. La suma total de ingresos de ese año superó los 10 millones.
El muchacho que había cobrado 80 pesos al día a los 11 años, ahora cobraba en una sola temporada, lo equivalente a más de 120,000 veces su primer sueldo. Compró casa, esta vez en Houston, en la zona de Rivero Oaks, una de las más exclusivas de la ciudad. cinco recámaras, alberca propia, cancha de basketbol techada, garaje para cuatro coches, todo pagado al contado con 24 años.
Y sin embargo, esa misma temporada Alejandra y el niño vivían en la Ciudad de México, en un departamento que el chufito les había comprado. El niño, ya con 4 años, no iba al estadio a ver al papá. No había viajado a Estados Unidos desde la madrugada de Toronto. Alejandra evitaba cualquier contacto prolongado con él.
Se veían dos veces al año, en Navidad y en el cumpleaños del niño, y siempre con un intermediario presente, un primo del Chufito, una tía, alguien que sirviera de testigo silencioso para que no se repitiera lo de la escalera. Pero el 2020 fue el año en que todo empezó a apagarse. La pandemia, la temporada corta y el brazo. El codo derecho, el que ya le había fallado en 2013, empezó a darle problemas otra vez.
Lanzó solo en cuatro partidos toda la temporada. Efectividad espantosa. Los astros al final del año tomaron la decisión. Lo liberaron. Agente libre, sin equipo, sin contrato, sin salvamentos. sin Allstar con 25 años y un codo lesionado por segunda vez. Ningún equipo de Grandes Ligas lo firmó después, ni los Dodgers, ni los Yankees, ni los padres, a pesar de que el propio Chufito dijo meses después que San Diego le había hecho una oferta y él la había rechazado por razones de impuestos, la realidad era otra. Las grandes ligas en
privado lo habían marcado, el arresto, la suspensión, el traspaso, la serie mundial, todo eso había acumulado una sombra alrededor del nombre del chufito. Y aunque el talento del brazo todavía estaba ahí, ningún dueño de equipo quería a un jugador con esa ficha personal en el vestuario de su club. Entonces, ¿a dónde se va un piter mexicano de 27 años con brazo roto dos veces con un historial de violencia doméstica al que Grandes Ligas ya le cerró las puertas? Se va a Japón al país más lejano del mundo, al que menos le
importa lo que pasó en Toronto. Porque en Japón el béisbol se mide solo por los strikes que ponchas, no por las mujeres que lastimas. En enero de 2023, el Chufito Osuna firmó con los halcones de Soft Bank, uno de los equipos más grandes de la liga japonesa de béisbol. Contrato por 2 años. Cifra reportada en medio millón de dólares por temporada, la décima parte de lo que ganaba en Houston en el pico de su carrera.
Pero aún así, para un ex grandes ligas en el olvido, era una bolsa más que digna. Se mudó a Fukuca, ciudad portuaria al suroeste de Japón, a 11,000 km de Juan José Ríos y a una distancia emocional imposible de medir. La vida en Japón para un pelotero latinoamericano es dura. Los entrenamientos empiezan a las 6 de la mañana.
Los partidos duran 4 horas. Los viajes entre ciudades se hacen en tren bala, en asientos estrechos, con el equipaje en la cabeza. La comida es distinta, el clima es distinto, los horarios son distintos y la soledad para un hombre con un pasado pesado se siente el doble. El chufito, según contó un compañero dominicano del equipo, en una entrevista al portal de béisbol japonés Full Count pasaba la mayor parte de sus días libres adentro del departamento sin salir, viendo partidos de grandes ligas en la computadora, comiendo comida que pedía a domicilio, hablando por
video con su madre. En Japón, el chufito fue tratado como cualquier otro pelotero extranjero, sin homenajes, sin medallas, sin presidentes entregándole preseas. Vivía en un departamento que le rentó el club. Entrenaba en horarios japoneses de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Aprendió a pedir comida en los restaurantes señalando fotos en las cartas.
No aprendió nunca el idioma. No hizo amistades cercanas con japoneses, solo hablaba con otros jugadores latinos del mismo equipo, un dominicano, un venezolano, dos cubanos y una llamada diaria a México en donde el hijo, que ya había crecido, todavía dependía del papá. En 2024 la temporada fue irregular, lesiones menores, bajas prestaciones.
Los halcones de Softbank lo usaron poco. Terminó con ocho salvamentos en toda la temporada, muy por debajo de lo que se esperaba. El contrato se renovó por una temporada más, pero con reducción de sueldo. $300,000. la mitad del anterior. El Chufito aceptó porque a esa altura, con 29 años cumplidos, ya sabía que la ventana para regresar a Grandes Ligas estaba casi cerrada y que quedarse en Japón era literalmente la última cancha profesional que tenía.
El hijo Roberto Junior tiene hoy 11 años. Vive con la madre, con Alejandra, en un lugar que ninguna de las dos partes ha hecho público. Ha crecido alejado del papá, aunque se ven en vacaciones. El chufito le manda dinero cada mes. Le habla por videollamada. Pero el niño que dormía esa madrugada del 8 de mayo de 2018 con 3 años con la puerta cerrada y el ventilador blanco encendido, nunca supo exactamente lo que le pasó a su madre mientras él dormía.
Al menos eso es lo que Alejandra le ha dicho a gente cercana y que no le va a decir nunca, porque contarle eso a un hijo en su opinión sería romperlo dos veces. Pero hay algo que el chufito no sabe, algo que Alejandra guardó durante años, algo que tiene que ver con la primera llamada al 911 de esa madrugada y que si alguna vez sale a la luz puede cambiar todo lo que crees saber de esta historia.
Porque Alejandra Románcota no llamó al 911 la noche del 8 de mayo desde el teléfono del departamento. Llamó desde la casa de una vecina que vive dos pisos más arriba y que la escuchó gritar. Esa vecina canadiense tiene nombre, tiene dirección y durante años ella también ha guardado silencio hasta que un periodista la localizó en 2023 y ella contó lo que oyó.
La vecina se llama Patricia Wellan, una mujer canadiense jubilada de 72 años en ese momento. Vivía sola en el piso cuatro del mismo edificio de Lake Shore Boulevard. El departamento del Chufito estaba en el piso seis. Entre los dos pisos había un vacío. Patricia, según contó después al periodista canadiense Dan Robson en una entrevista extensa que fue publicada en 2023 por el medio de Athletic.
Se despertó esa madrugada por unos gritos, no los gritos del niño. El niño dormía, los gritos de una mujer en español. Una mujer pidiendo ayuda. Patricia salió al pasillo con su bata y bajó dos pisos por las escaleras de emergencia. Tocó la puerta. Nadie abrió. Los gritos adentro se oían más bajo. Patricia dudó un momento, pensó en regresarse, pero siguió escuchando y decidió otra cosa.
Dejó una nota en la puerta del departamento, una nota en inglés que decía traducida al español. Si necesitas ayuda, soy tu vecina del piso 4, departamento 410. Toca mi puerta. Y firmó con su nombre, Patricia. regresó a su departamento, se acostó y a los 19 minutos escuchó unos pasos suaves que bajaban por las escaleras de emergencia.
Alejandra Román Cota llegó a su puerta con una bolsa de hielo en el ojo, con un niño que no estaba, con una sudadera gris que se había puesto a último momento. Patricia le abrió, la metió en la cocina, le preguntó qué había pasado y Alejandra, con el inglés poco que sabía, le dijo una sola frase: “He hits me, me pega.” Patricia tomó su teléfono, marcó el 911 ella misma y se quedó con Alejandra en la cocina abrazándola hasta que llegaron los policías.
Esa llamada hecha por una vecina jubilada canadiense es la única razón por la que el caso existe. Porque si Alejandra hubiera regresado al departamento sin marcar al 911, no habría habido arresto, no habría habido noticia, no habría habido suspensión, todo habría seguido igual. Y el Chufito Osuna seguiría siendo hoy el cerrador titular de un equipo de Grandes Ligas.
Patricia Wilan murió de causas naturales el 19 de abril de 2024. Tenía 78 años. No dejó hijos, no dejó familia cercana. Lo único que dejó fue la entrevista con The Athletic, que sigue publicada, disponible en inglés, donde cuenta con todo detalle lo que pasó esa madrugada. Su última frase en esa entrevista antes de colgar con el periodista fue esta.
Si no hubiera bajado a escuchar, nadie habría sabido nunca y esa pobre muchacha iba a seguir aguantando en silencio. Nadie me dio las gracias, pero yo dormí bien por años, sabiendo que llamé. Y ahora regresemos a los caramelos que sembramos al principio. El bate de madera que el padre le regaló al chufito a los 7 años.
Ese bate que el muchacho guardó durante toda su infancia en una caja debajo de la cama. En 2022, mientras el Chufito vivía en Japón, ese bate fue regalado silenciosamente por un primo a un museo deportivo de Sinaloa. En el museo está hoy expuesto en una vitrina con una placa que dice simplemente bate de la infancia del pelotero Roberto Osuna Quintero.
Regalo de su padre Juan José Ríos, Sinaloa, año 2002. La placa no menciona nada más. ni los campeonatos, ni las medallas, ni Toronto, como si la historia del Chufito hubiera terminado ahí, como si el niño de 7 años todavía fuera lo único bueno que hubo que recordar. Y el Premio Nacional del Deporte, la medalla que le entregó Peña Nieto en 2016.
Esa presea sigue existiendo, sigue siendo legalmente una distinción oficial del Estado mexicano. Nunca ha sido revocada. A pesar del arresto, a pesar de la suspensión, a pesar de Alejandra, a pesar de la vecina canadiense, el chufito Osuna sigue siendo hasta hoy un premio nacional del deporte. Y eso en un país donde los símbolos no se desmontan.
Dice algo sobre cómo protegemos a los hombres que lastiman a las mujeres, sobre cómo las medallas pesan más que las denuncias, sobre cómo el estado que entregó esa medalla jamás ha pedido que se regrese. La foto de esa entrega, El Chufito con Peña Nieto, sigue circulando en internet, sigue en los archivos oficiales, sigue apareciendo cuando alguien busca el nombre del pelotero en Google.
como si las imágenes oficiales estuvieran por encima de los expedientes judiciales. Como si medalla pudiera borrar una escalera, como si en México todavía al hombre no se le pusiera límite. Y el departamento de Lake Shore Boulevard, el lugar donde todo empezó, hoy es propiedad de otros dueños. El chufito lo vendió a principios de 2019, cuando ya se había mudado a Houston.
La escalera interna sigue ahí. Los pisos de madera, el ventanal con vista al lago Ontario. Los nuevos dueños, una pareja joven canadiense, no saben lo que pasó en esa casa. No saben que una madrugada de 2018 una mujer mexicana bajó esas escaleras huyendo de su pareja. No saben que en el cuarto de arriba había un niño de 3 años dormido.
No saben que en el piso cuatro hubo una vecina jubilada que se atrevió a marcar el 911. Viven ahí como viven los inquilinos nuevos en cualquier ciudad, sin conocer la historia del lugar donde duermen. Hay una cosa que nadie dice pero que está debajo de todo esto, que cuando un niño crece con un padre que viaja, con una madre que no tiene tiempo, con un tío que casi no llama y que aprende desde los 11 años que el trabajo se hace sin quejarse, termina siendo un hombre que no sabe pedir ayuda y que cuando llega
el dinero, cuando llegan los aplausos, cuando llega el millón y medio de dólares a los 16 años, ese hombre no tiene adentro los frenos que otros tuvieron, no porque no los quisiera, porque nadie se los enseñó. El Chufito, en los videos de entrevistas que le han hecho durante la última década, casi nunca menciona a su padre.
No habla de peleas, no habla de cariño. Cuando le preguntan por él, responde con frases cortas que su papá le enseñó a lanzar, que su papá era duro, que su papá trabajaba. Y es en ese silencio, en lo que no se dice, donde está toda la raíz. Porque un padre ausente no deja de existir cuando el hijo se hace famoso. Sigue ahí adentro del hijo, enseñándole sin palabras cómo tratar a las mujeres, cómo discutir, cómo empujar, cómo no pedir perdón.
El chufito aprendió todo eso de su padre, que lanzó 18 años en la Liga Mexicana y que casi no estuvo en casa. y lo aplicó en Toronto el 8 de mayo de 2018 con la madre de su propio hijo. Esa es la herencia verdadera del chufito Osuna. No los salvamentos, no las medallas, no los 10 millones de dólares por temporada.
Es haber sido un chamaco al que el béisbol le dio todo antes de que nadie le enseñara a cuidar lo que tenía. Y Alejandra, esa muchacha de 22 años con un niño que creyó que Toronto era la salida de Sinaloa. Terminó pagando ella el precio de un hombre al que nunca le pusieron freno. Hoy Alejandra tiene 30 años. Cría sola al hijo con ayuda económica del papá.
vive en un lugar que ella protege, no habla con periodistas, no habla en redes, sigue adelante silenciosamente, como tantas mujeres mexicanas que cargan solas con lo que los hombres rompieron. Y el chufito, a sus 31 años cumplidos, sigue en Japón. Lanza todavía. Cobra un sueldo digno. Vive solo en un departamento rentado.
Manda dinero a su madre. manda dinero al hijo, ve a su padre cuando va de visita a México una vez al año y según cuentan los pocos familiares que siguen hablando con él, nunca ha regresado a Toronto, ni para ver el edificio, ni para buscar a Patricia Willan cuando todavía vivía, ni para pedirle perdón a Alejandra frente a frente.
Vive con la máscara puesta, con el silencio puesto, con la vergüenza puesta, que es al final la única cárcel que le tocó. Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un hermano, en un amigo, en un compadre, en un hijo que tú criaste y que hoy trata mal a su pareja sin que nadie le diga nada, llámalo esta noche. Dile lo que nadie se atrevió a decirle al chufito Osuna.
Que un hombre se mide no por los salvamentos que da, sino por las manos que nunca levanta. Suscríbete al canal si quieres que sigamos contando las historias que nadie más se atreve a contar. Y comparte este video con alguien que necesite recordar que ninguna medalla, ningún contrato, ningún apellido importante está por encima de una mujer con un hijo de 3 años en el cuarto de al lado.