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Ricardo ‘FINITO’ Lopez Cumplió 60 AÑOS y NO CREERÁS CÓMO VIVE

Esa era su filosofía. Y era una filosofía que había demostrado funcionar una y otra vez. En los barrios populares de México, el sábado por la noche tenía un ritual inalterable. La función de box se transmitía por televisión abierta y congregaba a familias enteras frente al televisor. El padre, los hijos, los tíos, los vecinos que se asomaban desde la ventana.

Era un evento colectivo que iba más allá del deporte. En esos sábados de box creció Ricardo López viendo a los campeones que lo inspiraban, memorizando sus movimientos, entendiendo, sin que nadie se lo explicara, que el boxeo no era solo fuerza, sino inteligencia aplicada con una precisión que la mayoría de la gente no alcanzaba a ver desde las butacas ni desde el sillón de la sala.

Y en ese México que vivía el boxeo así, el finito fue creciendo como figura, sin hacer demasiado ruido, sin los excesos ni las polémicas que venden portadas, con la sola contundencia de sus resultados. Ganar era lo que se esperaba de él y lo hacía siempre. Para los ojos más exigentes, los que analizaban el movimiento de pies, la guardia, los ángulos, Ricardo López, era algo genuinamente fuera del ordinario.

El problema es que esos ojos eran pocos. El gran público seguía mirando hacia Chávez y el Finito seguía ganando en silencio. Nadie imaginaba que un mexicano fuera a llegar a Tokio y salir de ahí como campeón del mundo. Eso simplemente no ocurría. Ocurrió de todas formas. El 25 de octubre de 1990, Ricardo López enfrentó a Jideyukioashi, el campeón defensor japonés en pleno Tokio.

El público era japonés, el árbitro era japonés, el ambiente era de certeza total. Su campeón ganaría como siempre, pero el finito llegó con una preparación tan meticulosa y una ejecución tan precisa que en el quinto asalto Ohashi cayó y no pudo levantarse. La transmisión llegó a México con horas de diferencia en aquellos tiempos sin internet ni redes sociales, pero cuando llegó el impacto fue enorme.

México tenía un nuevo campeón mundial y su nombre era el finito. Pronto vas a entender por qué ese apodo regresó a los titulares décadas después en circunstancias que nadie en México esperaba volver a ver. Ricardo López defendió su título mundial de peso mínimo 21 veces de forma consecutiva. 21 veces.

Para ponerlo en perspectiva, hay campeones mundiales que hacen cuatro o cinco defensas y ya son considerados figuras importantes del deporte. López hizo 21, la gran mayoría fuera de México, en Japón, Corea del Sur, Tailandia, enfrentando siempre a los rivales más peligrosos de su categoría, en sus propias canchas con sus propios árbitros y sus propios públicos, que iban ahí a verlo perder y los ganaba a todos, no siempre de manera fácil.

pero sí de manera inequívoca. Su estilo era algo que los entendidos describían con palabras que rara vez se usan en el boxeo. Elegancia, precisión, belleza. No era el tipo de peleador que recibía golpes para poder dar el suyo. Era el que encontraba los ángulos perfectos antes de que su rival los pensara, que anticipaba cada movimiento, que combinaba la mejor defensa con el ataque más certero. Verlo pelear.

Según la revista de Ring, era una lección de lo que el boxeo puede ser en su forma más pura. Y aquí hay algo importante que entender, porque mucha gente piensa que la grandeza en el boxeo solo se mide con el poder del golpe o con la agresividad sobre el cuadrilátero. Ricardo López destrozó esa idea de raíz.

Él no buscaba el intercambio, buscaba la solución. Cada pelea para él era un problema técnico que resolver. No una guerra de voluntades donde el más resistente gana. Y esa forma de entender el boxeo que muchos en el ambiente del deporte mexicano tardaron en comprender y valorar es precisamente lo que lo convierte en el peleador más completo que México ha dado en las categorías de peso pequeño.

Detrás de cada una de esas 21 defensas había algo que el público raramente imaginaba, una preparación que comenzaba meses antes y no dejaba nada al azar. Cada rival era estudiado en detalle. sus hábitos, sus tendencias, sus puntos de debilidad. La estrategia se construía a partir de esa información y se practicaba hasta que el cuerpo la ejecutaba de manera automática, porque en el ring no hay tiempo para pensar, solo para actuar.

Y el finito actuaba siempre como si ya hubiera visto la pelea antes de que comenzara. Esa disciplina se extendía a su vida fuera del gimnasio. En la categoría de peso mínimo, el límite de peso es extremadamente bajo, lo que significa que los boxeadores deben mantener una condición física excepcional durante todo el año, sin margen para los excesos, que otros atletas en categorías más pesadas pueden permitirse entre peleas.

López era conocido por mantenerse siempre cerca del límite de competencia, incluso fuera de temporada. No porque no pudiera comer, sino porque su relación con la disciplina física era parte de una identidad que no se apagaba cuando salía del gimnasio. Era El finito, las 24 horas del día, 7 días a la semana. En 1995, la revista de Ring lo colocó como el tercer mejor boxeador del mundo, libra por libra, solo por detrás de Pernel Witaquer y Roy Jones Jr.

Dos nombres que cualquier aficionado al boxeo reconoce como gigantes del deporte. Y el finito estaba ahí representando a México desde una categoría que casi nadie seguía con atención. Para muchos, en el ambiente del boxeo, verlo en esa conversación era una sorpresa. Para quienes lo habían visto pelear con regularidad, era lo menos sorprendente del mundo.

La rivalidad más importante de su carrera llegó a través de dos peleas contra el nicaragüense Rosendo Álvarez. El primer encuentro en 1995 terminó en empate. El único resultado imperfecto de toda la carrera profesional de López esa noche fue la única vez que sintió que el resultado se le escapaba de las manos.

Para un hombre tan meticuloso, tan enfocado en la perfección, ese empate lo acompañó durante mucho tiempo y aquí vale la pena detenerse porque ese empate es quizás el capítulo más humano de toda la carrera del finito, porque revela algo que los récords perfectos tienden a ocultar, que detrás del campeón invicto había un ser humano que también podía fallar, que también podía tener una noche mala, que también podía salir de un ring sin la victoria que buscaba.

La diferencia es lo que hizo con eso. No lo negó, no buscó excusas, no habló de que el árbitro le había robado. Años después del retiro, el finito reconoció abiertamente que esa noche no estuvo concentrado al 100%, que la mente más que el cuerpo no estuvo donde debía estar y esa admisión que en cualquier otro campeón podría sonar a excusa.

En boca de López sonaba a exactamente lo contrario, la honestidad de alguien que no necesita proteger su ego porque sabe perfectamente lo que hizo y lo que no. Rosendo Álvarez era un rival serio, técnico, peligroso. No era el tipo de peleador que se dejaba intimidar por el nombre ni por el récord del rival.

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