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Rania de Jordania: la mujer más poderosa del mundo árabe y el rostro moderno de la realeza

Un hombre cuya vocación parecía ser más la de comandante que la de monarca. Y ese dato cambiaría por completo el carácter de lo que empezaba a crecer entre los dos. Porque cuando dos personas se enamoran sin saber que el futuro les tiene preparada una corona, el amor que nace es diferente. No está condicionado por el protocolo ni por la conveniencia política.

No hay cálculo dinástico detrás de cada mirada. Solo hay dos personas que se gustan y que deciden explorar eso. Ran y Abdalá comenzaron a verse. La relación fue intensa desde el principio. Dos meses después de aquella cena, el palacio anunciaba oficialmente su compromiso. El mundo apenas prestó atención porque la boda de un príncipe que no era heredero no era noticia de primera página.

Se casaron el 10 de junio de 1993 en Amán. Ella tenía 22 años, él 31. El vestido de novia que Ran eligió fue confeccionado por Bruce Olfield, el mismo diseñador que vestía la princesa Diana y que luego vestiría a Camila de Cornoes en su coronación. Un detalle aparentemente estético que en realidad decía mucho sobre el tipo de reina que esta mujer estaba destinada a ser.

Aunque todavía no lo supiera, los primeros años del matrimonio transcurrieron en una relativa normalidad para los estándares de la realeza. Abdalá cumplía sus funciones militares. Rania asumía el papel de esposa de un príncipe de rango secundario, participando en actos oficiales, pero sin el peso de una responsabilidad institucional de primer orden.

En junio de 1994 nació Hussein, su primer hijo, bautizado con el nombre del abuelo paterno. En septiembre de 1996 llegó Imán, la primera hija. La familia crecía en los márgenes visibles de la corte Jordana, sin protagonismo excesivo, sin la presión que acompaña a quienes están destinados al centro del poder.

Pero el centro del poder en Jordania estaba a punto de moverse. El rey Jusin enfermaba. El cáncer linfático que había comenzado a corrober cuerpo avanzaba con una crueldad silenciosa que los médicos ya no podían contener. Jordani observaba con angustia el deterioro de su monarca más longevo, el hombre que había dado al reino árabe una estabilidad inusual en una región convulsa.

Y dentro del palacio los cálculos sobre la sucesión se intensificaban con cada semana que pasaba. Lo que ocurrió después fue un giro que nadie dentro ni fuera del palacio había previsto con certeza. En enero de 1999, tan solo 13 días antes de su muerte, el rey Jusín tomó una decisión que sacudió los pilares de la casa real Hashemí.

Firmó una carta en la que revocaba el título de príncipe heredero a su hermano Hassán y lo transfería a su hijo Abdalá. Las razones nunca quedaron del todo claras para el público. Hubo quienes hablaron de diferencias irreconciliables entre los dos hermanos en los últimos meses de la vida del rey. Otros apuntaban a una preferencia personal, a una visión sobre el futuro de Jordania que solo Abdalá podía representar.

Sea cual fuera la razón verdadera, el resultado fue inmediato e irreversible. El 7 de febrero de 1999, el rey Jusín moría en Amán y aquella misma semana Abdalá era proclamado rey de Jordania. Irrania Aasín, la joven de origen palestino que había huido de Cubai con su familia, que había estudiado en el Cairo y trabajado en Apple, se convertía en reina.

El trono no se heredó, se recibió como un impacto. Hay una diferencia entre las personas que pasan toda su vida preparándose para reinar y las que reciben esa responsabilidad de improviso. Las primeras aprenden el arte del poder como se aprende un idioma desde la cuna. Las segundas tienen que absorberlo todo al mismo tiempo en que lo están ejecutando.

Rania pertenecía a esta segunda categoría y eso paradójicamente resultó ser su mayor fortaleza. Mientras los círculos más conservadores de la corte jordana evaluaban con reserva a esta nueva reina, joven y origen no jordano, sin linaje real, Raña comenzó a construir su propio lenguaje del poder. No lo hizo a través de decretos ni de gestos grandilocuentes.

lo hizo a través de la presencia, de aparecer, de hablar, de visitar escuelas en los barrios más pobres de Amán, cuando nadie esperaba que una reina lo hiciera. De sentarse en el suelo junto a niños en aldeas rurales y escucharlos. Jordania era y sigue siendo un país con enormes desafíos sociales. La tasa de analfabetismo entre mujeres en zonas rurales era elevada.

El trabajo infantil era una realidad cotidiana que se normalizaba en silencio. El matrimonio precoz femenino seguía siendo una práctica extendida en comunidades tradicionales. Irrania decidió que si iba a usar la corona para algo sería para cambiar exactamente eso, no a través de discursos vacíos, sino con presencia física y compromisos sostenidos.

En el año 2000, un año después de su ascenso al trono, Raño fundó el fondo Hachemií para el Desarrollo Humano, conocido como Johut, por sus siglas en inglés. una organización dedicada a mejorar la calidad de vida de las comunidades más vulnerables de Jordania a través de programas de educación, salud, generación de ingresos y empoderamiento femenino.

No fue una iniciativa simbólica. Fue el primer acto de una agenda social que llevaría décadas ejecutando con una constancia notable. La educación se convirtió en la causa central de Rania, no como tema de conversación, sino como campo de batalla. En los primeros años del siglo XXI, Jordania destinaba un porcentaje importante de su presupuesto a educación, pero los resultados en el terreno no reflejaban ese gasto.

Las escuelas rurales carecían de materiales básicos. Los maestros estaban mal pagados y peor capacitados. Las niñas abandonaban los estudios antes de terminar la secundaria en tasas que ningún dato oficial quería reconocer abiertamente. Rania comenzó a visitar esas escuelas, no con cámaras de televisión nacional, sino con equipos pequeños y una agenda clara.

Impulsó reformas en el currículo educativo jordano. Promovió la capacitación docente como prioridad institucional. colaboró con organismos internacionales como UNESCO y UNICEF para canalizar fondos hacia los distritos con mayor rezago educativo y en cada aparición pública, en cada discurso internacional, repetía el mismo argumento con diferentes palabras.

Que ningún país puede construir un futuro sólido si la mitad de su población, las mujeres, no tiene acceso pleno a la educación. Ese mensaje resonó, pero también generó resistencia. En los sectores más conservadores de la sociedad jordana, una reina que hablaba de igualdad de género y cuestionaba prácticas culturales arraigadas, era vista con una mezcla de incomodidad y desconfianza.

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