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PEDRO INFANTE y SILVIA PINAL: El AMOR SECRETO que NUNCA CONTARON

Se aprendía escuchando, se aprendía imitando, se aprendía parándote frente a alguien y dejando salir lo que llevabas adentro. Imagina eso. un muchacho de ocho, de 10, de 12 años, parado en la esquina de una cantina de Mazatlán, escuchando a hombres borrachos pedir canciones de amor mientras su padre tocaba el contrabajo, aprendiendo que la música era el lenguaje que cruzaba todos los muros, que un hombre que cantaba bien podía detener una pelea, podía hacer llorar a alguien que llevaba 30 años sin llorar, podía convertir una noche ordinaria en

algo que valía la pena recordar. Lo que Pedro Infante aprendió en esas cantinas fue algo que ninguna escuela podría haberle enseñado, que el arte no es decoración, que el arte es poder y que ese poder, una vez que lo tienes, te cambia para siempre. Guarda este detalle, porque lo que Pedro Infante aprendió de niño en las cantinas de Mazatlán es exactamente lo que lo hizo irresistible 20 años después.

Y es también lo que lo destruyó, porque el mismo hombre que sabía llenar un cuarto con su voz también era el mismo que nunca aprendió a quedarse quieto, que siempre necesitaba otro cuarto, otro público, otra conquista. Para el año 1937, Pedro tenía 19 años y vivía ya en Huamuchil, Sinaloa.

Tocaba en orquestas locales, cantaba donde lo dejaran cantar y soñaba con algo más grande. Fue en Huamuchil, donde conoció a María Luisa León Rosas. Ella tenía 29 años, 10 años más que él. Era una mujer de posición de una familia con recursos que vio en ese muchacho flaco, sonriente y lleno de energía algo que los demás todavía no veían, el futuro.

Los padres de María Luisa se opusieron. argumentaron que Pedro era demasiado joven, que era pobre, que no tenía oficio estable, que era músico de barrio y que los músicos de barrio no daban para vivir. Y tenían razón en casi todo, excepto en lo más importante. Pedro tenía una voz que podía mover montañas y María Luisa lo sabía.

Fue ella quien convenció a Pedro de mudarse primero a Culiacán, luego a la Ciudad de México. Fue ella quien pagó los primeros meses de renta mientras Pedro buscaba oportunidades. Fue ella quien lo inscribió en la XEB, la emisora de radio donde debutó oficialmente el 27 de mayo de 1938 y fue ella quien estuvo parada en el Registro Civil el 19 de junio de 1939, cuando Pedro Infante Cruz firmó el acta de matrimonio y se convirtió en su esposo.

Pedro tenía 21 años, María Luisa 31. Lo que nadie contó en ese momento, lo que ningún periódico de sociales registró, es que María Luisa León Rosas era estéril, no podía tener hijos. En una época donde el valor de una mujer casada se medía en gran parte por su capacidad de dar herederos, María Luisa cargó ese dolor en silencio.

Y Pedro, que desde los 18 años ya había demostrado que su fertilidad no era el problema, también lo cargó, solo que él lo resolvió de una manera diferente. La resolvió buscando afuera lo que el matrimonio no podía darle. Para el año 1945, Pedro Infante ya era una figura reconocida. Ya había filmado sus primeras películas, ya tenía canciones en la radio y ya era para el México de posguerra que soñaba con héroes nacionales y músicos con sombrero, exactamente la imagen de hombre que el país quería ver en la pantalla. Y fue en

ese 1945 en el teatro Folis Berger de la Ciudad de México, donde Pedro Cruz vio bailar a Guadalupe torrentera. Lupita, una muchacha de 14 años de cabello negro y cintura de avispa que no sabía absolutamente nada de lo que estaba a punto de pasarle. La madre de Lupita hizo lo que pudo. Intentó alejar a su hija de aquel hombre casado y famoso que llegaba al teatro a mirarla bailar.

Pero Pedro Infante sabía exactamente cómo funcionar cuando quería algo. Sabía sonreír de la manera correcta, sabía decir las palabras correctas, sabía construir la confianza de una familia antes de construir otra cosa. Y Lupita Torrentera, que tenía 14 años y no sabía que Pedro era un hombre casado, se fue a vivir con él ese mismo año. Piensa en eso un momento.

un hombre de 28 años, una chica de 14, un matrimonio vigente con María Luisa León y una vida doble que Pedro Infante Cruz mantuvo durante años con la misma naturalidad con que cantaba boleros de amor. De esa relación nacieron tres hijos. Graciela Margarita el 26 de septiembre de 1947. Graciela murió el 1 de febrero de 1949 con apenas un año y 4 meses a causa de poliomielitis.

Pedro Cruz, hijo, el 31 de marzo de 1950 y Guadalupe Infante Torrentera el 3 de octubre de 1951. Tres hijos, tres bebés que crecieron en el secreto de una relación que Pedro no podía hacer pública porque tendía que explicar a María Luisa que había estado viviendo una mentira. Pero lo peor aún no había empezado.

En 1948, Pedro Infante filmó Los Trestecos, una de sus películas más famosas. En ese set conoció a Irma Aguirre Dorantes. Irma tenía 13 años, Pedro tenía 30. El detalle que los biógrafos menciona con cuidado, pero que hay que decir con claridad. El hombre más amado de México conoció a la mujer que se convertiría en su gran amor cuando ella era una niña.

Dos años después, cuando Irma tenía 15 años, empezaron una relación que ella recordó toda su vida como la historia más intensa de su existencia. ¿Sabes qué es lo más cruel de toda esta historia? que Pedro Infante no era un villano de película, era un hombre profundamente generoso, profundamente cariñoso, profundamente querido por todos los que lo rodeaban.

Su madre, refugio Cruz Aranda, era para él el amor más importante de su vida. Cuando tuvo dinero, le compró una casa, la rodeó de comodidades, nunca dejó de llamarla. En un México donde los hombres de esa época radamente hablaban de sus emociones, Pedro Cruz lloraba frente a la cámara con una autenticidad que ningún otro actor de su época igualó.

Esa combinación, el hombre más sensible y el más infiel, el más generoso y el más irresponsable era exactamente la trampa en la que cayó todo el que lo amó. Y en 1953 esa trampa se cerró con el escándalo más grande de su carrera. El 10 de marzo de 1953 en Mérida, Yucatán, Pedro Infante Cruz se casó con Irma Dorantes.

El problema era uno solo, pero era devastador. Nunca se había divorciado de María Luisa León. Los documentos del supuesto divorcio previo obtenido en el municipio de Tetecala, Morelos, en 1951, tenían la firma de María Luisa falsificada. Ella nunca había firmado nada. Ella seguía siendo, ante los ojos de la ley mexicana la señora Pedro Infante.

En julio de 1953, cuando la prensa descubrió la situación, el escándalo devoró al país entero, las portadas de todos los periódicos durante semanas, la palabra vígamo pegada al nombre del hombre que México idolatraba y María Luisa León presentando una demanda ante los tribunales, exigiendo que su matrimonio fuera reconocido como el único válido.

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