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Pedro Infante y La India María tuvieron un VÍNCULO SECRETO que TELEVISA quiso Borrar para SIEMPRE

Su madre empacó lo que pudo y se llevó a los cuatro hijos a la ciudad de México con la idea de que en la capital habría trabajo. Lo que encontró fue otra versión de la misma pobreza, solo que con más ruido y más gente indiferente alrededor. Tal vez tú también conoces esa mudanza. Tal vez tú también recuerdas el momento en que tu familia dejó un lugar conocido para irse a otro donde nadie los esperaba, donde todo era más caro y las calles más largas y la soledad más densa.

María Elena consiguió trabajo como bailarina en el teatro Tíboli. La paga era mala, los horarios eran peores. Los camerinos compartidos solían a desodorante barato y a sudor de función doble, pero ella tenía algo que no aparece en ningún currículum ni se mide en ninguna audición, una capacidad para observar a la gente que rayaba en lo obsesivo.

Se sentaba en los camiones de la ruta Tacuba y miraba a las mujeres que subían con bolsas de mandado, a las señoras que venían de los mercados de la merced arrastrando costales de chile seco, a las mujeres indígenas que vendían artesanías en las banquetas del centro y que los transeútes esquivaban como si fueran postes.

Les miraba las manos, les miraba la forma de caminar, les copiaba los gestos sin que ellas lo supieran. Esa obsesión, esa manía de coleccionar detalles humanos como quien colecciona estampitas, fue lo que después le serviría para construir el personaje más rentable de la comedia mexicana. Su propia madre le cosía los vestidos del personaje, le bordaba las blusas con los colores que María Elena le describía después de horas de observación callejera.

Del Tíboli pasó al teatro Blanquita, que en esos años era el último gran bastión del teatro de revista en México. Un lugar donde convivían cómicos de primera línea con vedetes, donde los números cambiaban cada semana y donde la audiencia pagaba para ver comedia algo de piel. Y esa mezcla de cinismo y ternura que solo existe en la carpa mexicana.

Ahí María Elena hacía de todo. Bailaba, aparecía de fondo en los sketches, servía café. cargaba escenografía. No era condescendencia lo que la gente sentía por ella. Era invisibilidad. La veían sin verla. Eso no es lo mismo que ser ignorada. Es algo más difícil que la indiferencia. Es estar presente en un lugar donde nadie registra que existes.

Pero primero necesitas saber una cosa sobre ese teatro blanquita que va a cambiar la forma en que entiendes esta historia. Ese mismo escenario, esos mismos camerinos con espejos manchados y focos fundidos, esos mismos pasillos que olían a maquillaje barato y a cigarro, eran los mismos por los que Pedro Infante había caminado años antes, no como estrella, no como el ídolo que después se convirtió.

Pedro Infante, antes de ser Pedro Infante, tocó con la orquesta de Joaquín Pardavé en lugares exactamente así. Llegó a la ciudad de México desde Sinaloa con hambre real, hambre de las dos, la del estómago y la otra. Cobró tres pesos por programa en la Exve. Fue extra en una película donde nadie lo vio, sentado en un rincón oscuro al fondo del cuadro.

Durmió en cuartos prestados. Comió dos veces al día cuando le iba bien. Antes de eso, en Guamuchil, ya tocaba con una banda que se llamaba La rabia, recorriendo cabarets y rancherías a los 16 años. cargando instrumentos por caminos de terracería. El talento estaba ahí desde siempre, pero el sistema no lo reconoció hasta que decidió que le era útil.

La distancia entre el Pedro Infante que México adoraba y el Pedro Infante que caminó por esos teatros sin que nadie le pidiera un autógrafo no era temporal. Era una transformación completa fabricada por una industria que necesitaba un rostro para vender boletos. Y María Elena Velasco, sin saberlo, estaba repitiendo exactamente el mismo camino, solo que 20 años después y con una desventaja que Infante nunca tuvo, ser mujer en una industria que les abría la puerta a los hombres por el talento y a las mujeres por otras

razones. La popularidad de María Elena en el Blanquita llamó la atención de un productor llamado Miguel Moraita. Le dio un papel pequeño en una película que casi nadie recuerda, Los derechos de los hijos. Después vino otro papel, otra participación menor, otra cinta donde su nombre aparecía tan abajo en los créditos que había que buscarlo con lupa. Pero algo estaba cambiando.

María Elena había empezado a construir un personaje cómico que al principio se llamaba Elena María, una mujer rural que imitaba los gestos de las mujeres indígenas que ella observaba en las calles de la ciudad. Y ahí está el detalle que conecta todo lo que viene. El director que la vio hacer ese personaje por primera vez y le dijo que ahí había algo, que esa mujer que ella estaba inventando tenía potencial para cargar una película entera.

Se llamaba Fernando Cortés. Guarda ese nombre. Fernando Cortés. Ese detalle va a volver. Fernando Cortés era conocido en la industria como el papi Cortés. Había dirigido a Tintán, a Manuel el Loco Valdés, a Viruta, a Capulina, a Resortés. Era el hombre que sabía cómo hacer comedia en el cine mexicano, pero hay algo que casi nunca se menciona cuando se habla de él.

Fernando Cortés pertenecía a la misma generación y al mismo circuito que los directores que hicieron grande a Pedro Infante. No trabajó directamente con Infante, pero conocía su lenguaje, su estructura, su manera de conectar con el público. Y lo que hizo con María Elena Velasco fue algo que solo alguien de esa escuela podía hacer.

le enseñó que la comedia popular no se trata de hacer reír, se trata de hacer que la gente se vea en el espejo y después se ría de lo que ve. Pedro Infante lo sabía. Por eso nosotros los pobres funcionaba, no porque fuera triste, sino porque cada persona en el público sentía que esa era su vecindad, que esos eran sus vecinos, que Pepe el Toro era su primo o su tío o el señor de la esquina.

Fernando Cortés le pasó esa misma lección a María Elena y ella la convirtió en la India María, la película El bastardo. Primera vez que María Elena Velasco aparece en créditos como la India María. Tonta, tonta, pero no tanto. Primera película como protagonista dirigida por Fernando Cortés. Lo que vino después fue una avalancha.

Película tras película, cada una más exitosa que la anterior, cada una llenando salas en un país donde el cine estaba en crisis y donde nadie creía que una mujer vestida de indígena pudiera vender más boletos que las estrellas de telenovela. Fernando Cortés dirigió ocho películas de la India María. Ocho, 10 años de trabajo juntos, una relación profesional que se parecía más a la de padre e hija que a la de director y actriz.

Y entonces, en 1979, Fernando Cortés murió. Detente un momento ahí, porque lo que pasó después de esa muerte es donde aparece el fantasma de Pedro Infante. Aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. Cuando Fernando Cortés murió, María Elena Velasco se quedó sin director. Tenía el personaje más popular de la comedia mexicana y no tenía quien la dirigiera.

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