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PEDRO INFANTE hizo lo que NINGÚN actor se atrevió — Contradecir a La DOÑA

Los ídolos no se involucran en peleas de cantina. María entró a la sala. Pedro estaba sentado en un rincón. la cabeza entre las manos. Tenía sangre en la camisa. Cuando la vio, se puso de pie. María, ¿no tenías que venir? Cállate, dijo observó al herido, miró a los médicos y entonces hizo lo que mejor sabía hacer, tomar el control.

En 40 minutos, María movilizó todos sus contactos. Llamó a un abogado, llamó al jefe de policía, un hombre que le debía favores, llamó al director del hospital. Gestionó que el incidente fuera registrado como accidente doméstico. Pagó los gastos médicos del herido, compró su silencio y se aseguró de que ningún periodista se enterara. Cuando terminó, eran las 10:15.

La gala había comenzado hacía más de dos horas. Pedro la miró con los ojos enrojecidos. No sé cómo agradecerte. No me agradezcas. Me debías una. Ahora estamos a mano. Y salió del hospital. Regresamos al palacio de bellas artes. María de pie frente a Pedro. Los 300 invitados expectantes. ¿Quieres que les cuente? Repitió María.

Pedro tragó saliva, no podía hablar. Y entonces María hizo algo inesperado. Sonríó, una sonrisa verdadera. No te preocupes, mi querido Pedro, y tu secreto está a salvo. Se dio vuelta hacia la sala. Llegué tarde porque estaba resolviendo un asunto personal, algo que debía hacer y no le debo explicaciones a nadie.

regresó a su mesa, se sentó, encendió otro cigarrillo. La sala estalló en murmullos. Algunos reían nerviosos, otros estaban desconcertados, pero Pedro seguía de pie mirándola. Sus ojos expresaban lo que su boca no podía decir. Gracias. La gala continuó, pero algo había cambiado. Durante el resto de la velada, Pedro no dejó de mirar a María y ella cada tanto le devolvía la mirada, no con arrogancia, sino con algo distinto, complicidad.

Al finalizar la noche, cuando todos se retiraban, Pedro se acercó a su mesa. ¿Puedo hablar contigo un momento? María asintió. Salieron al balcón. La ciudad resplandecía abajo, el aire frío los envolvía. Lo que dijiste ahí adentro. Y comenzó Pedro, fue cruel. Lo sé, dijo María. Entonces, ¿por qué lo hiciste? Porque necesitabas aprender una lección.

Pedro frunció el seño. ¿Qué lección? que el precio de ser querido por todos es elevado, te obliga a ocultar quién eres realmente y eso te destruye por dentro. Pedro guardó silencio. María continuó, “Eres el ídolo de México, el hombre perfecto, el que siempre sonríe, el que nunca falla. ¿Y qué ocurre cuando fallas? ¿Qué pasa cuando eres simplemente humano? Me destruyen”, susurró Pedro.

Exacto. Por eso vives escondido. Por eso tu esposa me llamó a mí y no a tus amigos, porque sabes que ellos no pueden soportar tu verdad. María lo miró fijamente. Yo soy odiada, Pedro. Me llaman arrogante, fría, imposible. Y sabes qué, me tiene sin cuidado, porque yo no escondo quién soy. No le debo nada a nadie.

Y esa libertad vale más que todo el amor del mundo. Pedro sintió algo quebrarse en su interior. No te duele que te odien todos los días, admitió María, pero prefiero ser odiada por quien soy que amada por quien finjo ser. Silencio. Pedro se apoyó en la varanda del balcón. Por primera vez en años sintió que podía respirar.

¿Sabes? dijo María contemplando las luces de la ciudad. La gente cree que nos odiamos, que somos opuestos. Vos, el hombre del pueblo. Yo, la mujer inalcanzable. Hizo una pausa. Pero la verdad es que somos exactamente iguales. Pedro la miró. ¿Cómo? Ambos somos prisioneros. Vos de tu imagen, yo de mi armadura.

No puedes mostrarte débil. Yo no puedo mostrarme vulnerable. y los dos estamos solos. Las palabras flotaron en el aire helado. Pedro sintió un nudo en la garganta. Ah, ¿cuándo me rescataste esa noche en el set de Emilio? Dijo María. Pensé que eras un héroe, pero ahora entiendo que no lo hiciste por heroísmo.

Lo hiciste porque sabes lo que es sentirse atrapado. Pedro asintió lentamente. Mi padre era alcohólico. Golpeaba a mi madre. Yo era pequeño, no podía hacer nada, solo escuchar los gritos detrás de la puerta. Su voz se quebró. Cuando te escuché gritar esa noche, no pensé, solo actué, porque no iba a ser ese niño otra vez, el que se queda detrás de la puerta sin hacer nada.

María lo miró de una manera que nadie más había presenciado, sin la máscara, sin la coraza. “Por eso te protegí esta noche”, dijo ella, “porque vos me protegiste cuando nadie más lo hizo, y porque entiendo lo que es vivir con el temor de que el mundo descubra quién eres realmente.” Pedro se dio vuelta para mirarla.

“¿También tienes miedo?” Todo el tiempo, confesó María, pero aprendí a transformar el miedo en poder. Si vas a estar sola, mejor estarlo en la cima que en el fondo. Adentro la gala estaba terminando. Los invitados empezaban a marcharse, pero Pedro y María seguían en ese balcón. Dos iconos que el mundo creía conocer revelándose por primera vez.

“¿Sabes qué es lo más triste?”, dijo Pedro, que hoy cuando hice ese comentario lo hice porque ellos lo esperaban. Ellos, los demás, los que murmuraban sobre tu llegada tarde, los que me miraban como diciendo, “Dile algo.” Y yo lo hice para quedar bien, para ser el Pedro que ellos necesitan. Bajó la cabeza. Y te lastimé.

María puso una mano en su hombro. No me lastimaste. Me diste la oportunidad de mostrarte quién soy en realidad. Sonrió y de recordarte quién eres. Un asistente apareció en la puerta del balcón. Señor infante, su automóvil lo está esperando. Pedro asintió. Miró a María una última vez. Gracias por todo. No me agradezcas, dijo María. Solo prométeme algo.

¿Qué? Que la próxima vez que alguien espere que seas el Pedro perfecto, recuerdes esta noche y sepas que está bien ser humano. Pedro sonrió. Una sonrisa genuina, no la del ídolo, sino la del hombre. Lo prometo. Y se fue. María se quedó sola en el balcón, encendió otro cigarrillo, contempló la ciudad y por primera vez en mucho tiempo no se sintió sola. Pero la historia no termina ahí.

Lo que ocurrió esa noche en el Palacio de Bellas Artes se convirtió en leyenda. Al día siguiente todos los periódicos hablaban del incidente. María Félix humilla a Pedro Infante, decían los titulares. Am. La doña demuestra su arrogancia una vez más. Los columnistas de espectáculos escribieron páginas enteras analizando el desplante.

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