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Pedro Infante Fue al Funeral de Jorge Negrete pero Lo Que Hizo Tres Días Después Nadie Lo Vio

Y Pedro [música] no pudo quedarse quieto junto a la tumba ni un minuto. La gente no lo permitía. El mundo no lo permitía. Alguien siempre necesitaba algo de él. Alguien siempre lo jalaba hacia otro lado. Y la tumba de Jorge quedaba atrás entre la multitud. Y Pedro se alejaba de ella sin haber podido hacer lo que había ido a hacer.

Esa tarde Pedro regresó a su casa. No habló con nadie esa noche. Los que lo conocían bien sabían que había momentos en que Pedro necesitaba el silencio de la misma manera en que otros necesitan el aire. Con urgencia, con algo parecido al pánico, si no lo encontraban. Esta era una de esas noches. Dejó el sombrero en la entrada. se sentó en algún lugar de la casa que no era la sala ni el comedor, sino ese sitio intermedio donde uno se queda cuando no sabe qué hacer con el propio cuerpo.

Pensó en Jorge, no en Jorge muerto, sino en Jorge [música] vivo. En la primera vez que se habían visto años atrás, cuando Pedro era todavía el muchacho de Huamuchil que llegaba a Ciudad de México con una voz y unas ganas y muy pocas [música] certezas. Jorge Negrete era entonces la figura más grande del cine mexicano, el charro cantor que llenaba teatros y cuya fotografía aparecía en las portadas de las revistas como si siempre hubiera estado ahí y siempre fuera a estar.

Pedro lo admiraba con esa admiración que tienen los hombres que han crecido escuchando a alguien y que cuando lo conocen en persona no saben bien cómo comportarse porque la distancia entre el mito y el hombre de carne y hueso los descoloca. Jorge no le había facilitado las cosas al principio.

Era un hombre de carácter difícil, de esos que ponen a prueba a los demás antes de concederle su confianza. Y Pedro tuvo que ganarse su respeto de la única manera en que Pedro sabía ganarse las cosas, trabajando y siendo quien era sin pretender otra cosa. Con el tiempo llegó el respeto mutuo y luego algo más difícil de nombrar que el respeto.

No eran amigos de los que se llaman todos los días ni de los que se cuentan sus problemas. eran algo diferente. Dos hombres que se reconocían en el otro, algo que no encontraban en ningún otro lugar, algo que tenía que ver con lo que significa cargar el peso de ser el ídolo de un país entero y seguir siendo uno mismo debajo de ese peso.

En 1952 los pusieron juntos en una película, Dos tipos de cuidado. La industria lo presentó como un duelo, como si dos hombres con esa cantidad de talento y esa cantidad de nombre propio no pudieran compartir un escenario sin que uno intentara destruir al otro. Los periodistas buscaban la pelea, los productores insinuaban la tensión [música] y Pedro y Jorge les dieron exactamente lo contrario, porque sobre el set de grabación y luego sobre el escenario del teatro lírico, donde se presentaron juntos ante un público que no cabía en el local, ni en la calle ni

en las tres calles siguientes, [música] descubrieron algo que ninguno de los dos había esperado encontrar, que cantar junto al otro era distinto que [música] cantar solo, que había una frecuencia entre las dos voces que no existía cuando cantaban. por separado, algo que se creaba solo en [música] el espacio entre los dos y que desaparecía en el momento en que uno de ellos se alejaba del micrófono.

[música] El público lo sintió desde la primera noche. Las crónicas de los periódicos de entonces decían que mientras Jorge crecía en simpatía y en cercanía con la gente, Pedro crecía en voz y en seriedad artística, como si el contacto con el otro los estuviera transformando a los dos en tiempo real, como si cada uno le estuviera dando al otro algo que le faltaba sin saber que le faltaba.

Pedro siempre le habló a Jorge de usted en esos meses, en el set, [música] en el escenario, en los momentos entre escenas cuando los dos estaban sentados esperando y podían haber hablado de cualquier cosa. Usted no como distancia, sino como reconocimiento, como la manera que tenía Pedro de decirle sin decírselo que sabía perfectamente lo que Jorge representaba y que nunca iba a pretender que no lo sabía, que el respeto que sentía por él era de los que no necesitan explicarse porque se entienden solos. Jorge nunca le pidió que lo

tuteara, quizás porque en ese usted había algo que los dos necesitaban para que la relación fuera lo que era. La gira del teatro lírico duró semanas. Noche tras noche, el mismo teatro lleno hasta los techos, [música] el mismo público que no terminaba de creer que los dos estuvieran ahí juntos, la misma música que sonaba diferente cuando la cantaban [música] frente al otro.

Pedro guardó esas noches en ese lugar de la memoria donde uno guarda las cosas que sabe [música] mientras están pasando que no van a repetirse. Un año después de esa película y esas noches, Jorge estaba muriendo [música] en un hospital de Los Ángeles. Pedro fue a verlo cuando supo que el final se acercaba. Tomó el avión, que era la manera en que Pedro viajaba siempre, porque el avión era para él casi tan natural como caminar.

y fue al hospital donde Jorge llevaba días en [música] una habitación con la luz blanca y el olor a desinfectante que tienen todas las habitaciones de hospital del mundo. Llevó algo, un regalo pequeño, algo que pudiera hacer reír a Jorge, porque eso era lo que Jorge necesitaba en ese momento más que cualquier otra cosa. Y eso era lo que Pedro sabía dar cuando las palabras no alcanzaban.

Estuvieron un rato juntos en esa habitación. Jorge estaba débil, pero reconocía a la gente y respondía cuando le hablaban y tenía todavía en los ojos algo del brillo que lo había hecho ser lo que era. Pedro se quedó el tiempo que pudo. Habló con él de cosas que no eran la enfermedad ni la muerte, porque hablar de eso hubiera sido rendirse.

Pero Pedro tuvo que volver a México. Había compromisos. Había un país entero que lo esperaba. Había obligaciones que no podían postergarse porque en aquellos años la industria no esperaba ni siquiera cuando alguien se estaba muriendo. Se despidió de Jorge en esa habitación blanca pensando que quizás habría otra oportunidad, que Jorge era fuerte, que los hombres como Jorge no se rinden fácilmente, que habría tiempo para volver. Jorge murió el 5 de diciembre.

Pedro no estaba ahí. Eso era lo que pesaba, no el funeral con sus 300,000 personas y su caos y su grandeza. Lo que pesaba era aquella habitación blanca en Los Ángeles y la despedida que había tenido que ser rápida y que no había sido suficiente y que ahora ya no tenía remedio. Lo que pesaba era el usted que Pedro nunca había tenido oportunidad de convertir en otra cosa, en algo más directo, en algo que Jorge pudiera haber escuchado en su propio nombre y no en el del mito que Pedro respetaba desde [música] la

distancia. Los tres días que siguieron al funeral, Pedro los pasó en casa. Sus amigos lo llamaron. Sus compañeros preguntaron por él. Pedro no contestó el teléfono. No porque estuviera roto de una manera visible, sino porque había cosas que no se podían procesar con otras personas al lado, cosas que necesitaban silencio y tiempo, y la oscuridad particular de los momentos en que uno se enfrenta solo a lo que no tiene solución.

Afuera, el mundo seguía adelante con sus periódicos y sus radios y sus conversaciones en los mercados. Pedro estaba dentro solo dejando que los días pasaran. La noche del tercer día, Pedro no pudo dormir. Había estado tumbado durante horas mirando el techo de su cuarto, escuchando el silencio de la madrugada, que en Ciudad de México nunca es un silencio completo, sino un silencio roto por ruidos lejanos, por perros, por el sonido de algún carro en la calle que a esa hora ya no tiene a dónde ir con tanta prisa.

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