La llamaron Paulina. Paulina Susana Rubio Dos amantes. El apellido de la madre insertado ahí en el centro del nombre de la hija como una señal de lo que vendría, como si ya desde el registro civil se estableciera que esta niña iba a llevar a su madre consigo a donde fuera.
El matrimonio de Susana con Enrique Rubio duró apenas hasta 1974. El divorcio llegó cuando Susana descubrió que su esposo tenía una relación extramarital con otra mujer que además estaba embarazada al mismo tiempo que ella. El golpe fue brutal en todos los sentidos. No solo el dolor personal de una traición, sino la complejidad práctica de quedarse sola con dos hijos pequeños en un México de mediados de los años 70, donde el divorcio todavía cargaba un estigma social considerable.
En el mundo del espectáculo mexicano de esa época, ser una actriz divorciada con dos hijos pequeños no era una posición de ventaja. Era una posición que requería doble esfuerzo, triple resiliencia y una negativa absoluta a dejar que el mundo privado contaminara el personaje público. Susana encontró una salida que muchas mujeres de su generación no encontraron.
El trabajo como dignidad propia, no el trabajo como huida del dolor, sino el trabajo como afirmación de que ella existía por sus propios méritos. que no necesitaba el apellido de nadie para justificar su lugar en la pantalla. Y en ese proceso encontró un segundo matrimonio en 1979 con el empresario y productor audiovisual español Carlos Basallo Tomé, con quien viviría hasta que ese matrimonio también terminaría en divorcio en 1988.
Otro ciclo, otra recuperación, otra demostración de que Susana Dos Amantes no se quedaba en el piso, que cuando la vida la tiraba encontraba la manera de volver a ponerse de pie y seguir siendo quien era. Pero Susana no se derrumbó, siguió trabajando. Siguió siendo Susana Dos Amantes, primera actriz, referencia de elegancia en la pantalla mexicana.
Y en el proceso, sin que hubiera ninguna clase sobre esto, sin que hubiera manual de instrucciones, le enseñó a su hija algo que ningún libro puede transmitir con la misma fuerza, que una mujer puede sostenerse a sí misma cuando el mundo la abandona, que la adversidad no tiene por qué ser el punto final, sino el punto de partida de algo diferente, que la fortaleza no es la ausencia de dolor, sino la decisión de seguir a pesar de él.
Esa lección transmitida sin palabras, solo con el ejemplo de verla cada día levantarse e ir a trabajar y ser susana amantes frente al mundo, fue quizá el regalo más importante que la actriz le dio a su hija. Más importante que las conexiones en la industria, más importante que los contactos y las puertas abiertas. más importante que cualquier consejo específico sobre cómo navegar el mundo del espectáculo, la enseñanza de que una mujer puede, que una mujer hace, que una mujer sigue y que esa continuidad, esa insistencia en existir
plenamente, a pesar de todo, es la forma más genuina de fortaleza que existe. Paulina nació con el espectáculo en la sangre, pero también en el ambiente. Desde que tuvo uso de razón, la hija de Susana Dos Amantes acompañaba a su madre a los foros de Televisa, sentada en los pasillos, mientras el mundo del entretenimiento mexicano giraba a su alrededor.
Veía cómo se maquillaban las actrices, como los directores daban instrucciones a voces, cómo los técnicos movían cables gruesos por el suelo, cómo las cámaras enormes seguían a los actores con una lentitud mecánica y majestuosa, cómo todo ese aparato industrial se ponía al servicio de la ficción y convertía a personas comunes en algo que millones de familias querían ver en sus casas cada noche. Y quería todo eso.
quería con esa intensidad particular de los niños que crecen viendo de cerca algo brillante y deciden qué es suyo. Ella misma lo diría años después con una honestidad que pocas estrellas se permiten en las entrevistas. Desde que me di cuenta de que ella salía en la televisión, la admiraba muchísimo. La quería ver, quería ir con ella, quería vestirme como ella, quería estar a su lado a ver cómo se maquillaba.
Siempre fui fan de mi madre. Fan de su madre. No es una frase casual. No es el tipo de cliché que uno dice sobre los padres porque suena bien en una entrevista. Es la declaración de una niña que modeló su ambición a la imagen de la mujer que tenía más cerca. La admiración de Paulina por Susana no era la admiración genérica de una hija por su madre, era la admiración específica de alguien que ve en otra persona exactamente lo que quiere llegar a ser.
Y eso crea una dinámica particular, un tipo de vínculo que va más allá del amor familiar y se convierte en algo más complejo, más poderoso, más difícil de describir con las palabras convencionales del duelo. Y Susana, que entendía mejor que nadie el precio de ese mundo, intentó protegerla mientras la dejaba soñar. Trató de que los horarios fueran razonables, que la escuela no se descuidara, que la pequeñez de la infancia no se evaporara demasiado pronto bajo los reflectores de Televisa.
En ese sentido, fue una madre que caminó por una cuerda floja que muy pocas personas logran equilibrar. La línea entre apoyar a un hijo con un talento evidente y protegerlo de un mundo que puede destruir talentos con la misma facilidad con que los celebra, que crea estrellas y las quema. Pero la historia tiene una ironía notable que dice mucho sobre cómo funciona el destino en la industria del espectáculo.
Susana, precisamente por ser quien era, fue la puerta de entrada de Paulina al mundo que definiría toda su vida. En una ocasión, mientras Susana grababa la telenovela Aprendiendo a amar, un productor le sugirió que llevara a sus hijos a un cuartito para que jugaran mientras ella trabajaba. La solución práctica de alguien que necesitaba que su actriz estuviera concentrada y no tuviera a sus hijos en el set.
Ese cuartito resultó ser el centro de educación artística infantil de Televisa, el SEA, donde coincidió con otros niños hijos de figuras del espectáculo. Niños que se aburrían en los pasillos de Televisa mientras sus padres trabajaban. Niños que se convertirían en los fundadores de Timbiriche.
Así de circular es todo esto. Susana trabajando, Susana siendo quien era, presente en los foros de Televisa, construyendo su propia carrera. Y en ese movimiento lateral, casi sin quererlo, abriendo sin saber la primera puerta de la carrera más grande que el pop latino mexicano vería en décadas. Si Susana Dos Amantes no hubiera estado grabando esa telenovela ese día.
Si el productor no hubiera sugerido ese cuartito. Si la cadena de coincidencia se hubiera roto en cualquier punto. Paulina Rubio, tal como el mundo la conoce, no existe. La chica dorada no existe. Los más de 20 millones de discos vendidos no existen. Todo empieza ahí en Susana, en la carrera de Susana, en las decisiones de Susana, en la presencia de Susana en ese lugar.
En ese momento, Paulina tenía 11 años cuando Timbiriche se presentó por primera vez en público en 1982, 11 años, una niña y ya estaba parada frente a cámaras y micrófonos con la naturalidad de alguien que lleva toda la vida haciéndolo, porque en cierto sentido así era. Los pasillos de Televisa eran su patio de juegos desde antes de que supiera leer.
La diferencia entre Paulina y los otros niños de su generación que también soñaban con el espectáculo, era que para Paulina el espectáculo no era un sueño lejano, era la textura de su cotidiano, era lo que sucedía al lado de donde ella comía el almuerzo. Timbiriche fue un fenómeno que hoy es difícil de explicar completamente a quien no lo vivió.
Surgió como respuesta a grupos como Parchí de España y Menudo de Puerto Rico que dominaban el mercado de la música juvenil en América Latina a principios de los años 80. La idea inicial era clara. Un grupo de niños talentosos, hijos de figuras conocidas de la industria, que sirviera como respuesta mexicana a ese fenómeno. Pero lo que nadie anticipó fue que ese grupo iba a ser mucho más que un proyecto comercial temporal.
Fueron 10 años de discos de oro y platino, de giras por todo el continente americano, de portadas de revistas, de canciones que generaciones enteras aprendieron de memoria. Timbiriche Séptimo vendió millones de copias y es considerado uno de los álbumes en español más vendidos en toda la historia de la música latina.
Paulina era una de las integrantes más carismáticas del grupo con esa combinación rara de energía desbordante y algo oscuro debajo, algo difícil de definir, pero imposible de ignorar, que hacía que fuera imposible no seguirla con los ojos cuando estaba en escena. Una presencia magnética que compartía con su madre, pero que expresaba de una forma completamente distinta.
donde Susana tenía una elegancia contenida y aristocrática, Paulina tenía una energía que desbordaba los bordes del escenario y llegaba hasta el fondo del público. Dos maneras diferentes de ocupar el mismo espacio de atención. Y durante todo ese tiempo, durante los 10 años de Timbiriche, Susana estuvo ahí, no de la forma intrusiva y controladora de algunos padres de estrellas jóvenes que terminan convirtiendo el talento de sus hijos en su propio proyecto personal, no como una madre de stage que empuja porque quiere brillo
reflejo, sino de una forma más sutil y más poderosa, siendo una presencia constante en los foros, en los camerinos, en las conversaciones difíciles con los productores sobre las condiciones de trabajo, en los momentos de inseguridad que ninguna cámara captura y peleando cuando había que pelear para que los jóvenes de Timbiriche no trabajaran hasta las 2 de la mañana.
Nosotros nos oponíamos a que trabajara mucho y andábamos peleando que no estuvieran hasta las 2 de la mañana, sino que estuvieran en horarios correctos, porque al otro día tenían que ir a la escuela. Recordaría la actriz años después en una entrevista. Ese detalle parece menor, pero no lo es. Es la diferencia entre una madre que empuja a su hijo hacia el foco porque quiere algo para sí misma y una madre que acompaña a su hijo mientras se preocupa de que ese brillo no lo queme, es la diferencia entre usar a un hijo como
vehículo y protegerlo mientras crece. Y Susana eligió proteger. Paulina dejó Timbiriche en 1991 y tomó una decisión que a muchos en la industria les pareció arriesgada. irse a España a construir su carrera solista desde cero. Tenía 20 años. Dejaba atrás 10 años de éxito grupal para apostar por sí misma.
Firmó con Emy, capitol de México, y en octubre de 1992 lanzó La Chica dorada, su álbum debut como solista. El resultado fue inmediato, contundente, casi indecente de rápido para alguien que estaba empezando una nueva etapa. Mío se convirtió en un himno que sonó en todas las radios de México y América Latina.
Amor de mujer siguió el mismo camino. El álbum fue certificado Diamante. La niña de los pasillos de Televisa, la hija de Susana Dos Amantes, se había convertido en una estrella con nombre propio. Ya no era solo la hija de, era ella misma. Pero algo que la narrativa del estrellato suele pasar por alto en los perfiles de Paulina Rubio es que su ascenso no ocurrió en el vacío.
Detrás de cada decisión importante, de cada momento de crisis, de cada situación complicada que requería manejar la relación con la prensa o con la industria, había una red de apoyo cuyo centro visible era Susana. En múltiples ocasiones fue Susana quien salió a aclarar versiones sobre la vida personal de su hija, quien puso la cara cuando había que ponerla y quien guardó silencio cuando había que guardar silencio.
No era una manager formal, no era un agente con contrato firmado, no era ninguna de esas figuras con tarjeta de presentación y porcentaje negociado que pueblan la industria del entretenimiento. Era algo más complejo y más poderoso que todo eso. era la persona en quien Paulina confiaba más que en nadie para navegar un mundo que puede destruirte si no tienes a alguien que te recuerde quién eres cuando los reflectores se apagan.
Hay que entender qué significa eso en términos concretos. El mundo del entretenimiento latinoamericano no es un mundo fácil para nadie y mucho menos para una mujer joven que intenta construir una carrera solista después de 10 años en un grupo. Hay decisiones que tomar sobre contratos, sobre representantes, sobre proyectos.
Hay presiones de la industria que van en todas las direcciones. Hay periodistas buscando el ángulo que vende portadas. Hay personas que se acercan con sonrisas y cuyos intereses no siempre coinciden con los tuyos. En todo ese panorama, tener a alguien que te conoce de verdad, que no tiene interés económico en tus decisiones, que no te va a decir lo que quieres escuchar, sino lo que necesitas escuchar, es un recurso que no tiene precio. Eso era Susana para Paulina.
No el precio de su carrera, sino el piso firme desde el que esa carrera podía construirse. Los 90 fueron la década de la construcción. Cada álbum nuevo, una capa más sobre el personaje que Paulina estaba definiendo. 24 kilates en 1993, que vendió más de 150,000 copias en solo 3 semanas de lanzamiento.
El tiempo es oro en 1995. Paulina explorando la actuación, protagonizando baila conmigo en televisión, construyendo una imagen que era a la vez accesible e inalcanzable, lo más difícil de lograr en el mundo del pop. una imagen que decía, “Soy de aquí, soy una de ustedes y al mismo tiempo estoy donde ustedes sueñan con estar.
” Y entonces llegó el año 2000 y llegó el álbum que lo cambió todo, simplemente titulado Paulina, lanzado bajo Universal Music Group, ese disco fue el punto de quiebre hacia algo más grande que cualquier cosa que hubiera hecho antes. Las cifras de ventas hablan solas. Más de 4,000ones de copias en todo el mundo.
El primer disco número uno de Paulina en el Chart de Billboard, el disco latino más vendido del año 2001 con colaboraciones de Juan Gabriel y Armando Manzanero. Canciones como Yo no soy esa mujer y yo sigo aquí. Lo haré por ti. Que se convirtieron en parte del lenguaje común de millones de personas en todo el mundo hispanohablante.
Canciones que siguen sonando. Canciones que la gente canta 30 años después. Porque hay algo en ellas que no envejece, que habla de algo universal sobre el amor y la pérdida y la decisión de seguir existiendo cuando el mundo que conocía se transforma. Paulina en 2000 no era solo una cantante famosa, era un fenómeno cultural de primera magnitud.
apareció en The Tonight Show with Jay Leno. Sus canciones sonaban en el mundo entero. En 2002 intentó el mercado anglosajón con Border Girl, su primer álbum íntegramente en inglés que debutó en el puesto número 11 del Bilboard Hot 200 y fue certificado oro en Estados Unidos. Algo que muy pocos artistas latinoamericanos han logrado hacer con esa solidez.
entrar al mercado de habla inglesa, uno de los más difíciles y competitivos del mundo con un álbum que debutaba en el top 10. Paulina lo hizo. En 2004 llegó Paulatina con Tequice Tanto que se mantuvo cinco semanas consecutivas en el primer puesto del Billboard Hot Latin Tracks, el hit más importante de su carrera hasta ese momento.
En 2005, la revista People en español la nombró estrella del año. En 2006 lanzó a Nanda, que llegó al número 25 del US Billboard Hot 200 y al número uno de los Billboard Top Latin Albums. En 2012, Forbes México la ubicó entre las 50 mujeres más poderosas del país en el puesto 27. En 2022, el mundo la veía aún como una de las artistas latinas con más peso de su generación.
40 años de carrera desde aquellos pasillos del CA hasta los escenarios más grandes del continente. Más de 20 millones de discos vendidos en todo el mundo. Y en ese arco enorme de tiempo y trabajo y decisiones y reinvenciones, siempre hubo un hilo que conectaba todo, un hilo invisible pero resistente que era la presencia de Susana, no como sombra, sino como fundamento.
El primer síntoma de lo que vendría llegó a principios de 2022. Susana empezó a sentirse mal. El cáncer de páncreas es así, traicionero, silencioso hasta que ya no lo es. Se camufla detrás de síntomas genéricos, cansancio que parece normal, molestias que podrían ser mil cosas distintas, una pérdida de apetito que se atribuye al estrés de la vida cotidiana, un malestar difuso que los médicos tardan en identificar porque el páncreas es un órgano que no da señales claras en las etapas iniciales de la enfermedad.

Y cuando finalmente se deja ver, cuando los estudios muestran lo que muestran y los médicos juntan palabras que nadie quiere escuchar, generalmente ya está en una etapa avanzada. Ese es el patrón con el cáncer pancreático y es brutal. El diagnóstico se hizo oficial en abril de 2022, cáncer de páncreas.
Susana tenía 74 años. fue internada en el Mount Sinai Medical Center de Miami, uno de los centros médicos más avanzados de Estados Unidos, donde inició tratamiento. La familia lo confirmó con un comunicado que pedía discreción y respeto por el proceso. Y Paulina, desde el primer momento, no se separó de ese proceso.
No desapareció del ojo público porque tenía compromisos firmados, entre ellos la gira perrísimas con Alejandra Guzmán, pero tampoco desapareció de al lado de su madre. publicó un mensaje en sus redes sociales que decía todo lo que no podía decirse en voz alta sin quebrarse completamente. Mamita, mujer fuerte, así me lo demuestras desde que nací.
Nada jamás te detiene. Juntas saldremos adelante. Mi fe en tu pronta recuperación es inquebrantable. Estás en muy buenas manos, Susana. No necesito decírtelo porque ya lo sabes. Te amo y seguiremos sonriendo y caminando juntas de la mano. La fe como escudo, la certeza expresada con tanta fuerza que resulta evidente que viene de un lugar donde también hay mucho miedo.
La promesa de un futuro juntas como forma de no ceder al peso de lo que los médicos ya saben y que los familiares van entendiendo en etapas, porque la mente humana solo puede absorber tanta verdad de una vez. El Perrísimas Tour comenzó en abril de 2022 en Orlando, Florida, y tenía 22 fechas en Estados Unidos. una colaboración histórica entre dos de las voces más importantes del pop latino de las últimas décadas.
Dos mujeres que habían tenido durante años más diferencias que puntos en común y que decidieron poner eso a un lado y demostrar algo juntas en un escenario. La gira terminó el 22 de mayo en Los Ángeles con un abrazo que las fotografías de esa noche registraron y después de ese último concierto, Paulina volvió con su madre.
El 30 de junio, el evento de Maric Claire, el reconocimiento por 30 años de trayectoria artística en una sala llena de personas que vinieron a celebrarla y esa voz quebrada pidiendo oraciones. Ese momento tan diferente a todo lo que se supone que debe ser un evento de premiación, dos días después, el 2 de julio de 2022 a las 11 de la mañana, hora de Miami, Susana Dos Amantes murió.
Tenía 74 años. murió rodeada de su familia en la ciudad donde había estado recibiendo tratamiento. Murió, según las palabras de su propia hija, como se tenía que ir, como una estrella fugaz. Paulina lo comunicó a través de Instagram con palabras que cualquier persona que haya perdido a alguien que amaba de verdad puede reconocer en algún lugar de sí misma.
Con el corazón en la mano y profundo dolor, les quiero comunicar que mi madre, la bella Susana Amantes, hoy inicia un nuevo ciclo en total paz y rodeada de su familia. Mi ejemplo de vida, un ser de luz, una mujer fuerte, hoy se incorpora a la vida eterna. Mi ejemplo de vida, un ser de luz, una mujer fuerte, no son solo adjetivos bonitos elegidos para un comunicado de prensa.
Son la arquitectura de cómo Paulina construyó su idea de sí misma durante 50 años. Si tu madre es tu ejemplo de vida, ¿qué pasa cuando ese ejemplo ya no está para mirarlo? Si la persona que defines como la fuerza central de tu universo se va, ¿cómo reordenas el universo? ¿Desde dónde empiezas a construir una versión de ti misma que no depende de ese punto de referencia? Esa es la pregunta que Paulina Rubio lleva cargando desde el 2 de julio de 2022.
Y no es una pregunta que se resuelve en semanas ni en meses. A veces no se resuelve nunca del todo. A veces uno simplemente aprende a vivir con el espacio que dejó, a identificar el contorno de la ausencia y habitarlo de alguna manera que haga posible seguir respirando, seguir trabajando, seguir siendo madre de sus propios hijos mientras aprende a ser huérfana.
En los meses que siguieron, Paulina hizo lo que hacen muchas personas que no saben cómo procesar un duelo tan grande. Siguió trabajando. Es una respuesta comprensible y conocida. Él trabajó como estructura cuando todo lo demás parece haber perdido sus paredes. El trabajo como razón para levantarse en la mañana cuando el peso de la pérdida haría más fácil no levantarse.
En octubre de 2022, apenas 3 meses después de la muerte de Susana, lanzó el sencillo Me gusta. también aceptó ser jurado en el programa Mira quien baila All Stars de Univisión. Siguió apareciendo. Siguió siendo Paulina Rubio en público. Pero en las entrevistas de ese periodo empezaron a aparecer grietas pequeñas, momentos donde la voz cambiaba de temperatura, donde las palabras llegaban más despacio de lo habitual, donde se notaba que había algo justo debajo de la superficie que no estaba completamente bajo control y que afloraba en los
momentos menos esperados. El duelo es una cosa extraña, no es una emoción única, sino una colección de emociones que se presentan sin orden, sin lógica, sin respeto por los calendarios ni por las obligaciones profesionales. Puedes estar perfectamente bien un martes y desmoronarte el miércoles por algo tan aparentemente trivial como una canción en la radio o el olor de una comida particular o una frase que alguien dice sin saber lo que te está haciendo por dentro.
El duelo no avisa, no pide permiso, no entiende de compromisos, ni de agendas, ni de contratos firmados con promotores de conciertos. Para alguien que ha vivido toda su vida en público, el duelo tiene una dimensión adicional que la mayoría de las personas no tiene que enfrentar, porque el duelo íntimo y el duelo performativo son cosas distintas.
El duelo íntimo es el que ocurre en el silencio de la madrugada, cuando todos duermen y tú estás despierta pensando en la persona que ya no va a contestar el teléfono, pensando en conversaciones que quedaron sin tener, en cosas que querías decirle y no dijiste porque asumiste que habría tiempo, porque siempre hay tiempo, hasta que de repente no lo hay.
Ese duelo es privado, nadie lo ve, nadie puede verlo. El duelo performativo es el que tienes que gestionar frente a las cámaras, en las entrevistas, en los eventos donde te preguntan cómo estás. Y uno tiene que encontrar un balance entre la honestidad que se siente genuina y la contención que requiere el espacio público.
En los premios donde te dan trofeos y pides oraciones porque tu madre está muriendo. En las entrevistas donde tienes que hablar de tu nuevo sencillo mientras llevas cargando el peso de algo que ningún sencillo puede procesar ni ninguna canción puede resolver. Paulina ha tenido que hacer ambas cosas al mismo tiempo durante más de 2 años.
Y en las entrevistas que dio a lo largo de 2023, cuando empezó a hablar más abiertamente de lo que había vivido, hay una honestidad que se agradece porque no intenta empaquetar el dolor en un formato digerible para el consumo mediático. No lo envuelve en positividad forzada, no lo convierte en un mensaje de superación personal que resulta tranquilizador para el público, pero deja afuera la verdad del asunto.
Ha sido agudo”, dijo en una entrevista con el programa Despierta América. Han sido momentos diferentes en donde hemos estado creciendo, en donde hemos estado reencontrándonos, uniéndonos mucho en casa, pensando mucho en ella, honrándola, agradeciendo la bendición que fue tenerla, quererla, tenerla entre nosotros. Son procesos. Son procesos.
Esa frase tiene más peso del que parece. No dice, “Ya lo superé”, no dice estoy bien. No dice ninguna de esas cosas que uno dice cuando quiere cerrar la conversación sobre el dolor. Dice que es un proceso que sigue, que está en el medio de algo que todavía no tiene final visible. Y esa honestidad, esa negativa a fingir que el tiempo lo cura todo rápido y bien, es quizá una de las cosas más valientes que Paulina Rubio ha dicho en toda su carrera pública.
Y luego dijo algo que lleva mucho más dentro de lo que parece a primera vista. Creo que la medicina del alma es la música y para mí ha sido muy bueno el tener a mi público, el contar con mi familia, con mis hijos, pero sobre todo con el recuerdo de mi mamá que lo llevo dentro, que lo llevo dentro.
No que superé, no que ya dejé ir, que lo llevo dentro. como se lleva dentro a las personas que se convierten en parte de ti a lo largo del tiempo, que se incorporan a tu forma de ver el mundo, hasta que ya no puedes distinguir dónde terminas tú y dónde empieza la influencia de esa persona, como se lleva dentro la ausencia de las personas cuya presencia fue tan constante, tan formativa, tan central, que su falta no crea exactamente un vacío, sino una presencia nueva, la presencia de la ausencia, que es paradójicamente
una de las formas más intensas de presencia que existen. Hay algo que merece decirse aquí sobre la industria musical y lo que le exige a sus figuras cuando atraviesan pérdidas personales. La industria no espera, los contratos no se pausan, las giras no se cancelan por duelo, salvo en circunstancias verdaderamente extremas.
Y hay una lógica económica detrás de eso que es comprensible, aunque resulte fría. Los promotores han vendido entradas, las televisoras han firmado contratos, los equipos de producción dependen de que los shows se realicen. La máquina del entretenimiento tiene inercia propia y esa inercia no se detiene porque una cantante esté llorando a su madre en privado.
Lo que eso significa en términos humanos es que artistas como Paulina tienen que desarrollar una capacidad particular que la mayoría de las personas nunca necesitan, la capacidad de compartimentar, de colocar el dolor en un lugar dentro de sí misma donde no interfiera con la actuación pública. De subir a un escenario frente a 20,000 personas y ser la chica dorada mientras por dentro lleva un peso que ninguna de esas 20,000 personas puede ver.
Esa capacidad tiene un costo, no es gratis, se paga de alguna manera tarde o temprano. Y quizá parte de lo que se le en las entrevistas de Paulina desde 2022 es exactamente ese costo haciéndose visible. No el colapso que algunos quisieron ver, no la decadencia que los titulares buscaban, sino el cansancio genuino de una persona que ha estado pagando ese precio durante 2 años y que en algún momento necesitó empezar a decir la verdad en voz alta, aunque sea a medias, aunque sea con palabras cuidadas, que no revelen todo, pero que revelen algo. Son
procesos. Esas dos palabras contienen todo lo anterior. Para entender el alcance real de lo que se perdió el 2 de julio de 2022, hay que hablar de algo que pocas veces se nombra con claridad en las coberturas de la muerte de Susana Dos Amantes. No el impacto en Paulina como artista, sino el impacto en Paulina como persona, porque hay una distinción que importa.
La carrera de Paulina Rubio puede analizarse en términos de discos vendidos y premios ganados y posiciones en el billboard. Pero la persona de Paulina Rubio, la mujer que hay detrás del personaje que lleva ese nombre, es algo distinto. Y esa persona estuvo formada en un grado enorme por la presencia constante de su madre, por los valores que Susana encarnó, no que predicó, sino que vivió, por la imagen de una mujer que después de un divorcio doloroso no se quedó en el piso, sino que siguió construyendo por el modelo de elegancia sin
arrogancia, de trabajo sin quejas, de presencia sin necesidad de aprobación continua. Hay una cosa que Susana le dijo a la prensa en 2021, un año antes de su diagnóstico, sobre Paulina como madre de sus propios hijos. Veo cómo la aman, veo cómo juega con ellos, cómo está todo el tiempo entregada a ellos.
Ella los lleva a la escuela, ella los recoge, ella los lleva al pediatra, los lleva al dentista, nada con ellos. Era el retrato de una madre orgullosa, pero también era algo más. Era el testimonio de que el ciclo se estaba repitiendo, que lo que Susana le había dado a Paulina, esa presencia constante y atenta, Paulina se lo estaba dando a sus propios hijos, que el legado no era solo los discos, era la forma de estar.
Y cuando Susana murió, parte de lo que se fue con ella fue el único testigo de ese ciclo completo, la única persona que había visto a Paulina desde el principio, desde antes de que hubiera nada que ver y que ahora podía ver en la madre adulta. el reflejo de lo que le había enseñado a hacer.
Nadie más puede ver ese círculo completo. Nadie más tiene esa perspectiva. Y perder esa perspectiva es perder algo que no hay manera de recuperar. En otra entrevista, esta vez con Vicky Martín Berrocal en su podcast A solas, Paulina dijo algo que estremece si uno se detiene a pensarlo. Susana, mi madre, era el sol de esta galaxia.
Y al pasar a la quinta dimensión, primero mis hijos tienen que saber que esa era mi madre, que no va a haber nada más importante, pero a partir de eso, la vida tiene que continuar. Es importante enseñarles a tus niños que al día siguiente te levantas y la vida sigue, el sol de esta galaxia. Piensa un momento en lo que significa esa imagen en serio, no como metáfora poética, sino como descripción física.
El sol no es solo luz, el sol es gravedad. Es la fuerza que mantiene a los planetas en sus órbitas. Es el punto alrededor del cual todo lo demás gira con una lógica que sin esa fuerza central no existiría. Sin el Sol, los planetas no tienen trayectoria. Se dispersan, flotan sin dirección. El sistema solar deja de ser un sistema para convertirse en un conjunto de objetos sin relación coherente entre sí.
Paulina al llamar a su madre el sol de su galaxia está diciendo algo que va mucho más allá de la quería mucho. Está describiendo con una precisión que quizá ella misma no dimensiona completamente el sistema organizador de su vida, el punto de referencia desde el cual todo lo demás tenía sentido y encontraba su lugar.
Y está diciendo también en la misma frase lo que significa perder ese punto de referencia y lo que hay que hacer con esa pérdida, no desmoronarse, sino encontrar la forma de convertirse en el sol de la propia galaxia, de ser para sus hijos lo que Susana fue para ella. Eso es lo que está haciendo un día a la vez. Hay algo importante que decir sobre el momento específico de vida en que llegó esta pérdida.
Paulina tenía 50 años cuando Susana murió. Es una edad que en la vida de cualquier persona marca una especie de inventario inevitable. Los 50 son el momento en que uno empieza a mirar hacia adelante con más conciencia del tiempo que queda y hacia atrás con más claridad sobre el tiempo que pasó. Es el momento en que la mortalidad de los padres se vuelve concreta, real, no abstracta ni lejana, sino parte de la cotidianidad.
Es el momento en que muchas personas empiezan a tener conversaciones con sus padres sobre el envejecimiento, sobre los cuidados, sobre el legado que se va a dejar y el que se va a recibir. Para Paulina, ese proceso de toma de conciencia llegó de golpe y con el ritmo brutal del cáncer de páncreas que no da mucho espacio para prepararse emocionalmente.
3 meses desde el diagnóstico hasta la muerte. 3 meses que Paulina vivió con una gira en curso con compromisos profesionales que no se pueden cancelar sin consecuencias. con la necesidad pública de aparecer mientras el mundo privado se derrumbaba a su alrededor de una forma que no tiene nombre preciso en ningún idioma.
Lo que significa estar al lado de alguien que se está muriendo, sabiendo que se está muriendo sin poder detenerlo. Es una experiencia que transforma no siempre para peor. A veces esa proximidad a la muerte, a la muerte de alguien que amás funciona como un revelador. Te muestra qué es esencial y qué no lo es. Te muestra qué relaciones son reales y cuáles son transaccionales.
Te muestra qué parte de tu identidad pública construiste para el mundo y qué parte es genuinamente tuya. Te muestra cómo quieres vivir el tiempo que te queda. Y hay algo que la psicología del duelo llama anticipatory griff. El duelo anticipado, que es lo que ocurre cuando uno sabe que la pérdida viene antes de que llegue.
Es un duelo doble. El duelo por la persona que se está yendo y el duelo por el mundo que va a existir cuando ya no esté. Paulina lo vivió durante esos tr meses entre el diagnóstico de abril y la muerte de julio. Vivió el duelo anticipado al mismo tiempo que mantenía la esperanza, que pedía oraciones, que publicaba mensajes diciendo que juntas saldrían adelante.
Esa tensión entre el saber y el no querer saber, entre el reconocer y el resistir, entre la fe y el miedo, es quizá el espacio emocional más agotador en que puede encontrarse un ser humano. Y Paulina vivió todo eso en público, con compromisos de trabajo, con entrevistas, con agradecimientos en alfombras, con un micrófono en la mano en un evento de celebración dos días antes del final, quebrándose ante extraños y pidiéndoles que rezaran.
A lo largo de 2023, Paulina siguió. En abril lanzó No es mi culpa. En agosto anunció el camino Golden Hits Tour, una gira para celebrar sus 30 años de carrera solista. Siguió siendo Paulina Rubio, siguió subiendo a los escenarios, siguió publicando en redes, siguió apareciendo en entrevistas y en programas y en alfombras.
Y en las conversaciones de ese año hay algo que se repite de una forma que no puede ser accidental, la manera en que describe a sus hijos como fuente de fortaleza y como razón para seguir. Paulina tiene dos hijos, Andrea Nicolás y Eros, nacidos en 2010 y 2016, respectivamente. Y en prácticamente cada entrevista donde habla del duelo por su madre, los hijos aparecen como el ancla, como la razón para levantarse al día siguiente, cuando la razón no es obvia, como el motivo para convertir el dolor en algo que enseñe en lugar de algo que destruya. Como mamás
agarramos fuerzas de nuestros niños, de nuestros aliados. Siempre va a haber un nuevo mañana. Yo lo único que quiero es dedicarles mi amor, mi vida. Soy una persona super imperfecta con muchos errores, pero los problemas nos hacen ser mejor, nos hacen volvernos más fuertes. Super imperfecta, con muchos errores.
Esa clase de autoevaluación no es frecuente en las estrellas del pop cuando están en modo entrevista de promoción. Es el tipo de cosa que dice alguien que ha tenido que sentarse consigo misma en silencio y hacer un recuento honesto, que ha mirado su vida sin los filtros que el éxito y la fama suelen poner sobre todo, y ha visto lo que hay debajo. Una persona, no un personaje.
Una persona con grietas y aciertos y cosas que haría diferente y cosas que repetiría sin dudarlo. La pérdida de Susana paradójicamente parece haber abierto en Paulina una honestidad sobre sí misma que antes era más difícil de ver en público. Como si la ausencia de la persona que la conocía de verdad, desde antes de que hubiera ningún personaje que interpretar, la hubiera obligado a conocerse ella misma de una manera nueva, a tener conversaciones internas que antes podían posponerse porque siempre podía llamar a Susana
hacer su propio espejo, cuando el espejo más importante de su vida ya no está. Hay algo que dicen los psicólogos especializados en duelo sobre la pérdida de los padres en la adultez que resulta muy pertinente aquí. Cuando un padre o una madre muere, especialmente cuando la relación fue cercana y positiva, ocurre una transformación en la identidad del hijo que no ocurre con ninguna otra pérdida.
Porque los padres son los únicos testigos de nuestra historia completa. Son las únicas personas que nos conocieron antes de que fuéramos quiénes somos. Y cuando se van, la persona pierde no solo al ser amado, sino también a ese testigo, a esa memoria compartida, a esa historia que solo existía en el espacio entre los dos.
Para Paulina eso significa que con Susana se fue también la persona que recordaba la versión de 11 años parada por primera vez en un escenario con Timbiriche, la que recordaba los veranos en Galicia, en la Coruña, donde Susana la enviaba a conectar con los orígenes españoles de la familia, la que recordaba las conversaciones de las que el público nunca supo nada.
La que recordaba la Paulina de antes de los discos de platino y las giras internacionales y las portadas de las revistas. Esa memoria ya no existe en ningún lugar más que en el interior de Paulina misma y eso es una soledad particular que no tiene equivalente. Hay algo más que vale la pena decir sobre la naturaleza específica del vínculo entre Paulina y su madre, porque es lo que hace que esta pérdida tenga una dimensión adicional que va más allá del duelo ordinario, si es que el duelo alguna vez puede

llamarse ordinario. Paulina llegó al mundo del espectáculo porque Susana estaba en el mundo del espectáculo. Sus primeras memorias están formadas en los foros de Televisa donde Susana trabajaba. Su primera aparición en pantalla fue en una película del segundo esposo de Susana. Sus conexiones iniciales en la industria fueron las conexiones de Susana y a lo largo de toda su carrera, la relación con su madre fue uno de los pocos vínculos que se mantuvo estable en medio de la enorme inestabilidad que caracteriza la vida de
las estrellas del pop latino. Los cambios de discográfica, las relaciones que terminan, los escándalos mediáticos, los periodos de silencio, las reinvenciones, todo eso pasó. Susana estuvo en todo eso. Eso es irreemplazable, no de forma poética, sino de manera genuinamente práctica. Cuando pierdes a la persona que te conoce de esa manera, que conoce todas las versiones de ti, la versión de 11 años en el primer concierto con Timbiriche y la versión de 20 que firmó su primer contrato solista y la versión de los 40 que navegó divorcios y
escándalos con los reflectores encima, pierdes también un espejo particular, un espejo que te devuelve una imagen de ti misma que ningún otro espejo en el mundo puede devolverte, porque esa imagen incluye la historia completa, No solo la versión pública, la versión completa.
Perder ese espejo es una pérdida que no tiene comparación con ninguna otra. Y hay algo más en esa pérdida que tiene que ver con el futuro, no solo con el pasado. Susana era también el espejo en el que Paulina veía lo que podía llegar a ser, no como ideal inalcanzable, sino como ejemplo concreto y cercano de cómo una mujer puede navegar la vida con dignidad, con fortaleza, con gracia, con humildad ante las dificultades y sin renunciar nunca a sí misma.
Perder ese ejemplo en el momento en que uno llega a los 50, en que empieza a pensar en el envejecimiento y en la segunda mitad de la vida, es perder una brújula en el momento en que más se necesita. No hay otra Susana, no hay otra persona que encarne ese ejemplo de esa manera específica para Paulina. Y aprender a navegar sin esa brújula, a construir la propia a partir de lo que Susana enseñó, es el trabajo de los años que vienen.
Un trabajo que no tiene fecha de entrega y no tiene examen final. Un trabajo que se hace cada día en los momentos pequeños, en las decisiones cotidianas, en la forma en que Paulina decide ser madre de sus propios hijos. Hay una última cosa sobre Susana Dos Amantes, que merece nombrarse porque usualmente queda fuera del relato público de su muerte.
En sus últimas semanas de vida, mientras estaba internada en el hospital de Miami enfrentando lo que estaba enfrentando, Susana se preocupaba por su hija. Quienes la conocieron de cerca y han hablado de esos días describieron a una mujer que incluso desde la cama de hospital seguía siendo madre antes de ser cualquier otra cosa.
Seguía siendo el punto de referencia en torno al cual su familia orbitaba, incluso en el momento en que más habría podido permitirse estar en el centro de su propio sufrimiento. Hay un dato que Paulina dijo en una de las entrevistas que más me quedó, que cuando un conductor de televisión que conocía a Susana la había entrevistado tiempo antes, Susana le había dicho en algún momento de la conversación que esperara porque tenía que llamarle a su hija para que fuera a recoger a su nieto.
Susana Dos Amantes, primera actriz, figura de la pantalla mexicana, en medio de una entrevista de televisión preocupándose de los horarios de los nietos de Paulina. Eso es quién era. Eso es lo que se fue. Eso es el carácter. La persona que fue Susana Dos Amantes más allá de los créditos de sus películas y las fichas de sus telenovelas.
Una mujer que hasta el final puso a otros antes que a sí misma, que hasta el final fue la madre antes de ser la actriz o la figura pública o cualquier otra cosa que el mundo quisiera ver en ella. Hay algo que merece decirse también sobre el legado específico que Susana dejó en términos de lo que Paulina ha transmitido a su vez a sus propios hijos.
En mayo de 2021, un año antes del diagnóstico, Susana habló en una entrevista sobre cómo veía a Paulina como madre. Veo cómo la aman, veo cómo juega con ellos, cómo está todo el tiempo entregada a ellos. Ella los lleva a la escuela, ella los recoge, ella los lleva al pediatra, los lleva al dentista. Nada con ellos.
Era el retrato de una abuela orgullosa, pero también era algo más. Era el testimonio de que el ciclo que Susana había iniciado con Paulina, ese de la presencia constante y el amor activo, se estaba repitiendo en la siguiente generación. Los valores no siempre se heredan de forma consciente, no siempre se transmiten en conversaciones explícitas o en lecciones deliberadas.
A veces se transmiten simplemente en el ejemplo cotidiano, en la forma en que uno hace las cosas, en los gestos pequeños que los hijos observan durante años sin saber que están aprendiendo algo. Susana le enseñó a Paulina a ser madre de esa manera. Y Paulina, que lo aprendió de la misma forma, sin que nadie se lo explicara, lo está reproduciendo con sus propios hijos.
El ciclo completo, la cadena que no se rompe, aunque la primera que la inició ya no esté. Y Paulina la vio. La vio durante 50 años. Aprendió y ahora lo está practicando con sus propios hijos. Ser el sol de esa galaxia más pequeña que la necesita mientras aprende a vivir sin el sol que organizó el suyo durante toda su vida.
Paulina Rubio tiene ahora 54 años. Lleva más de cuatro décadas parada frente a cámaras y micrófonos. Ha vendido más de 20 millones de discos en todo el mundo. Ha ganado premios billboard, Grammy Latinos, reconocimientos de toda la industria de la música en español. Ha sido portada de revistas en cuatro continentes. Ha actuado con los artistas más importantes de su generación.
Ha hecho cosas en el mercado anglosajón que muy pocos artistas latinoamericanos logran. Ha vivido vidas completas dentro de una sola vida y perdió a su madre. Y eso, sin importar cuántos discos hayas vendido, ni cuántos escenarios hayas llenado, ni cuántos premios hayan puesto tu nombre en una plaqueta dorada, es sencillamente una de las pérdidas más grandes que existen, porque las madres no son sustituibles.
No por el éxito, no por el dinero, no por el reconocimiento, no por ninguna cantidad de aplausos de millones de personas que no te conocen de verdad. La diferencia entre la pérdida de Susana Dos amantes y la pérdida que vive cualquier persona común cuando pierde a su madre es básicamente ninguna. El dolor es el mismo, la confusión es la misma, la necesidad de seguir viviendo en medio de ese dolor es la misma.
Lo único diferente es que Paulina tiene que procesar todo eso bajo el ojo público con expectativas de que siga siendo la chica dorada mientras aprende a ser una hija huérfana con entrevistas que quieren hablar de su próximo sencillo cuando ella todavía está aprendiendo a vivir en un mundo donde ya no puede llamar a su madre para contarle cómo le fue en el estudio.
Y hay algo profundamente humano en esa tensión, que si uno la mira con honestidad resulta más conmovedora que cualquier narrativa de colapso que pudiera fabricarse. Porque no es el colapso lo que define este periodo de la vida de Paulina Rubio. Es la continuación, es levantarse cada día. Es seguir cantando.
Es lanzar una gira para celebrar 30 años de carrera al mismo tiempo que aprende a cargar el primer año sin su madre. es publicar en redes la foto de una niña en brazos de Susana sin necesitar escribir ninguna explicación porque la imagen ya dice todo lo que hay que decir. Es enseñarles a sus propios hijos como Susana le enseñó a ella, que al día siguiente te levantas y la vida sigue.
Hay una pregunta que no aparece en ninguna entrevista porque nadie se la ha hecho directamente a Paulina y que quizás sea la más importante de todas. ¿Qué tipo de artista va a hacer Paulina Rubio en los años que vienen? No en términos de géneros musicales ni de estrategias de mercado, sino en términos de quién va a ser como persona frente a su trabajo.
Porque una pérdida de este tamaño, atravesada con honestidad y no evitada, cambia la relación que uno tiene con lo que hace. Cambia las preguntas que uno se hace antes de tomar decisiones, cambia el peso que uno le asigna a las cosas. Hay artistas que después de una pérdida grande producen el trabajo más honesto de su carrera.
que el dolor les quita el miedo al ridículo, la necesidad de complacer a la industria, la ansiedad por las posiciones en los charts y los deja con algo más puro y más directo. No siempre es así, no hay ninguna garantía, pero hay precedentes suficientes para saber que el duelo cuando se trabaja y no se evade una fuente de claridad que de otra manera sería difícil de alcanzar.
Paulina tiene a sus 54 años algo que no tenía a los 20 ni a los 30. La perspectiva que da haber perdido a alguien que no se puede reemplazar, la conciencia de que el tiempo es finito y de que las cosas que uno hace con ese tiempo tienen un peso real. La libertad quizá de hacer exactamente lo que quiere hacer sin preguntarse primero si va a gustarle a todo el mundo.
Eso puede ser devastador o puede ser liberador. Probablemente sea las dos cosas a la vez, dependiendo del día. Lo que está claro es que la Paulina Rubio, que viene después del 2 de julio de 2022, no es la misma que la que venía antes. No porque haya colapsado, ni porque haya desaparecido, ni porque haya perdido el talento o la voz o el sentido de quién es, sino porque ha vivido algo que la ha transformado en el sentido más literal del término.
La ha llevado a través del fuego y ha salido del otro lado siendo la misma persona, pero sabiendo cosas que antes no sabía, cargando cosas que antes no cargaba. y siendo quizá más libre precisamente porque ya no puede perder lo más importante que tenía. Hay una frase que Paulina dijo en una entrevista reciente que resume todo esto mejor de lo que podría resumirlo yo, que cada vez que canta siente que su madre está con ella en el escenario, que la lleva dentro cuando sale a cantar, que la presencia de Susana no desapareció el 2 de julio de 2022, sino
que cambió de forma, que ya no es una llamada de teléfono, ni una visita, ni una conversación, es otra cosa, más difícil de describir, pero no menos real. Y si eso es verdad, y creo que lo es en el sentido en que todas las cosas importantes sobre el amor y la pérdida son verdad, entonces Susana Dos Amantes sigue subiendo a los escenarios, sigue en las canciones, sigue en la voz que dice, “Yo sigo aquí.
” Frente a miles de personas que no saben que esa frase es ahora también para ella. La madre que ya no está. El sol de la galaxia que sigue brillando de alguna manera desde adentro. En algún cementerio de Miami, sin titular de espectáculos, está Susana Dos Amantes, la niña de Guadalajara que se convirtió en primera actriz, que se casó y se divorció y volvió a levantarse y siguió siendo ella misma, que llevó a sus hijos a un cuartito en Televisa un día cualquiera y sin saberlo abrió la puerta del camino más grande de
sus vidas, que en sus últimas semanas se preocupó por los nietos de Paulina. y por Paulina más que por sí misma, que se fue como una estrella fugaz. Y en los escenarios de todo el mundo, en las entrevistas donde todavía dice son procesos, en las publicaciones de Instagram donde una foto de la infancia lo dice todo sin necesitar palabras, en la voz que sigue cantando, “Yo no soy esa mujer y y yo sigo aquí.
” Está Paulina cargando a su madre, cargando su ausencia, aprendiendo un día a la vez a hacer el sol de su propia galaxia ahora que el sol de la suya se apagó. Eso que hace Paulina Rubio cada vez que sube a un escenario desde el 2 de julio de 2022, ese acto de pararse frente al público y cantar cuando hay tanto que pesa, merece nombrarse por lo que es.
No es solamente trabajo, no es solamente profesionalismo, es en algún nivel un acto de fe. La fe de que la música puede contener lo que las palabras no alcanzan. La fe de que conectar con el público es una manera de no estar completamente sola con el peso de la pérdida. La fe de que Susana, que fue la primera persona que creyó que su hija tenía algo especial para darle al mundo, tenía razón y que la manera de honrarla es seguir dándolo.
42 años parada frente a cámaras y micrófonos, más de 20 millones de discos, premios en cuatro continentes, canciones que generaciones enteras llevan tatuadas en la memoria. Y todo eso desde el principio, construido sobre el fundamento silencioso de una madre que creyó primero, que protegió cuando había que proteger, que peleó cuando había que pelear, que estuvo presente de las maneras que importan y que al final se fue como las estrellas fugaces, rápido, brillante, dejando una estela que no desaparece. Eso es lo que ningún titular
de entretenimiento puede contar en seis palabras. Eso es lo que pasa cuando la historia tiene más profundidad que la que cabe en un resumen. Eso es lo que Paulina Rubio lleva dentro desde el 2 de julio de 2022. Si esta historia te tocó, si crees que el duelo de las mujeres que han vivido bajo el foco merece ser contado con esta clase de profundidad y sin la necesidad de fabricar escándalo donde hay algo mucho más poderoso que el escándalo.
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La verdad siempre es más interesante que la ficción, todo aquí. M.