Cantaba las canciones de la radio, las rancheras de las fiestas del pueblo, los boleros que su madre tarareaba un día en la escuela. El maestro organizó un festival, preguntó quién sabía cantar y uno de los chamacos gritó, “Chica sabe”, así le decían, “¡Chica!” La subieron a cantar frente a todos y algo cambió, no en ella, en cómo la miraban los demás.
De pronto, la niña descalza, la hija del hombre casado, tenía algo que los otros no tenían. Una voz, una voz que nadie le había enseñado a usar, una voz que había nacido sola entre caballos y soledad. No sabía que esa voz, décadas después cargaría el dolor de millones de mujeres.
Ni sabía el precio que iba a pagar por usarla. A los 15 años, Paquita terminó la primaria y consiguió trabajo en el registro civil de Alto Lucero. Ahí conoció al tesorero de la presidencia municipal, Miguel Gerardo Martínez, 44 años. Hombre importante, con dinero, con posición, con respeto en el pueblo. Paquita tenía 16, 28 años de diferencia.
Él era todo lo que ella nunca había tenido. Seguridad, estabilidad, alguien que la miraba como si valiera algo. Me enamoré a lo bruto dijo décadas después. No sabía que los hombres mienten, no sabía que las promesas se rompen. No sabía que el patrón de su madre estaba a punto de repetirse en ella.
Se casaron y entonces llegó la esposa, la legítima, fue al pueblo a reclamar lo que era suyo. A la cara, frente a todos, Paquita ya estaba embarazada. Ahí empezó el infierno para mí, contó. Tenía 16 años, embarazada, sola, en un pueblo donde todos sabían que se había metido con un hombre casado como su madre, el patrón, repitiéndose la historia, repitiéndose el dolor, heredándose.
Le preguntaron, “¿Por qué no se fue. La vida te va llevando. Tuve que aguantar.” No tenía familiares en otro lado. Me embaracé otra vez. Fue muy rápido. Tuve que aguantar esa frase que tantas mujeres han dicho, que tantas han pensado sin decir, que tantas han tragado mientras el mundo les preguntaba por qué no se iban.
Aguantó 7 años, 7 años sabiendo que él era de otra. 7 años viendo a la esposa legítima ir y venir a reclamar. 7 años de maltrato que nunca detalló completamente, pero que dejó entrever. Yo he vivido cosas, he visto cosas. He aguantado cosas, 7 años acumulando dolor, dolor sobre dolor sobre dolor. El dolor que después, según ella, sus hijos absorberían. Tuvo dos hijos con él.
Iván Miguel en 1968, Javier en 1969 y un día decidió que ya no más. Dejó a sus hijos con su madre. Tenían tres y dos años y se fue a Ciudad de México a buscar lo único que sabía hacer, además de sobrevivir. Cantar, imagínate lo que se siente. Dejar a tus hijos, abrazarlos por última vez, sin saber si los vas a volver a ver, subirte a un camión, ver el pueblo desaparecer por la ventana sin dinero, sin contactos, sin nada más que una voz y un sueño, pero sabiendo que si te quedas te vas a morir por dentro, era egoísmo,
era supervivencia, era abandono. Las mujeres de esa época hacían ese tipo de sacrificios todo el tiempo en silencio, sin aplausos, cargando la culpa como una piedra en el pecho. Paquita cargó con esa culpa también. La culpa de haber dejado a sus hijos, la culpa de haber elegido su sueño sobre ellos, la culpa de no haber sido suficiente para quedarse.
Otra culpa más que se fue acumulando, otra piedra más en la mochila, otro dolor más que según ella, sus hijos absorberían años después, en 1970 llegó a Ciudad de México con su hermana viola. No tenían nada. Vivieron en una casa en Tepito. Las corrieron a los pocos días, formaron un dueto.
Las golondrinas cantaban donde fuera por lo que fuera, en cantinas de mala muerte, en bares donde los hombres las miraban como mercancía y en un lugar llamado la fogata norteña. Paquita conoció al segundo hombre de su vida, Alfonso Martínez. Entró una noche. Paquita pensó que era otro aprovechado, pero volvió y siguió volviendo. Y ella, que había jurado no volver a caer, cayó otra vez.
¿Por qué? Porque después de 7 años con Miguel Gerardo, necesitaba creer que el amor podía ser diferente porque tenía veintitantos años, dos hijos que había dejado atrás y estaba sola en una ciudad que no conocía porque Alfonso era amable. O al menos eso parecía. Fue amor a primera vista. Se casaron. Alfonso mandó traer a los hijos de Paquita desde Veracruz, Iván, Miguel y Javier.
Los niños que había dejado atrás, por fin estaban con ella otra vez. Por fin estaban todos juntos. Por fin eran familia. Por fin el sacrificio de haberlos dejado tenía sentido. Por primera vez, Paquita creyó que lo peor había quedado atrás. Lo que no sabía era que estaba repitiendo el patrón de su madre.
Lo que no sabía era que Alfonso ya tenía otra vida. Lo que no sabía era que los siguientes 30 años iban a ser otra mentira, pero eso todavía no lo descubría, todavía podía soñar. Pero su hermana viola recibió una oferta, una gira por Perú, Chile y Bolivia. Una oportunidad enorme. El tipo de oportunidad que no se presenta dos veces, pero la oferta no era para las golondrinas, era solo para Viola.
Y Viola se fue sola, sin pelear para que incluyeran a Paquita, sin rechazar la oferta por solidaridad, sin mirar atrás. El dueto murió esa noche y algo entre las hermanas se rompió, algo que tardaría 20 años en repararse. Paquita sintió la traición en los huesos. Habían llegado juntas a Ciudad de México. Cuando no tenían nada, habían dormido en el piso juntas.
Habían pasado hambre juntas. Y cuando llegó la oportunidad, Piola se fue sola. Otro dolor más, otra traición más, otra piedra más en la mochila que Paquita cargaba. Se quedó sin carrera con dos hijos, un nuevo esposo y el sueño roto. ¿Qué haces cuando todo se derrumba? ¿Qué haces cuando el sueño por el que dejaste todo se rompe? ¿Qué haces cuando te quedas sin carrera, sin dinero, sin opciones? Lo que Paquita siempre hacía, sobrevivir.
Se tragó el dolor, se tragó la traición de su hermana. Se tragó las ganas de rendirse y buscó otra manera. Abrieron un negocio de comida con Alfonso. Encontraron un terreno en la calle Zarco, colonia Guerrero. Y ahí, entre lonas y mesas improvisadas, Paquita cocinaba, preparaba mole, carnitas, barbacoa, lo que fuera que la gente quisiera comer.
Y cuando terminaba de servir, cuando ya no había platos que lavar ni mesas que limpiar, cantaba. El lugar empezó a llenarse. Primero fueron los vecinos, los que pasaban por ahí y escuchaban una voz que los detenía en seco. Después fueron los amigos de los vecinos, los que habían escuchado que había una mujer que cantaba como nadie.
Y después todo el mundo, la gente llegaba por la comida, se quedaba por la voz y todo parecía. Finalmente, en caminarse, Paquita estaba embarazada otra vez, gemelos, después de todo el dolor, después de todo el sacrificio, después de la infancia como hija de la otra, después de Miguel Gerardo, después de dejar a sus hijos, después de que viola la abandonara, después de todo eso, la vida por fin le estaba dando algo bueno. Tenía un negocio que crecía.
un esposo que parecía amarla, sus hijos de vuelta con ella y dos bebés en camino por primera vez en su vida. Paquita se permitió ser feliz. Por primera vez bajó la guardia. Por primera vez creyó que merecía algo bueno. Planeaba nombres. Imaginaba sus caritas. Soñaba con cómo iban a ser 30 años tenía y sentía que la vida por fin le estaba pagando todo lo que le debía.
Faltaban 3 meses para diciembre de 1977 y Paquita no tenía idea de lo que venía. No sabía que esos tres meses eran todo lo que le quedaba de paz. No sabía que estaba a punto de vivir los 18 días más oscuros de su vida. No sabía que cargaría con lo que pasó en ese diciembre hasta el día de su muerte. No sabía que 50 años después iba a estar en una entrevista llorando, diciendo que ella los había matado.
Aquí es donde todo se rompe y necesito que te prepares porque lo que voy a contarte es lo que Paquita tardó 40 años en poder decir sin quebrarse, lo que guardó en silencio mientras cantaba para millones, lo que cargó cada diciembre mientras el mundo celebraba Navidad. Su madre, Aurora, llegó de Veracruz muy enferma. diabetes, complicaciones, el cuerpo rindiéndose después de una vida de luchar, la misma mujer que había sobrevivido a la revolución, a la viudez, a criar hijos sola, a ver a su hija, repetir sus errores.
Ahora se estaba muriendo. La internaron en la clínica La Prensa, en la colonia Guerrero. Paquita iba y venía entre el hospital y su casa entre cuidar a su madre moribunda y cuidar su embarazo de alto riesgo. 30 años tenía dos hijos, un embarazo de gemelos de 8 meses y su madre muriendo a unas cuadras. Los médicos le decían que descansara, que el estrés era malo para los bebés, que tenía que cuidarse.
Pero, ¿cómo descansas cuando tu madre se está muriendo? ¿Cómo te cuidas cuando la mujer que te dio la vida está perdiendo la suya? ¿Cómo le dices a tu cuerpo que se calme cuando tu corazón se está rompiendo? Paquita no pudo. No pudo descansar, no pudo calmarse, no pudo dejar de sentir y ese estrés, esa angustia, ese dolor que no podía procesar, según ella, sus hijos lo sintieron.
El 11 de diciembre de 1977, Aurora Barradas cerró los ojos. Paquita perdió a la mujer que la había sostenido toda su vida. La que la cuidó cuando ella no podía cuidar a sus propios hijos, la que había aguantado todo sin quejarse, la que le había enseñado sin querer que las mujeres de su familia aguantan.
Se fue y Paquita, con 8 meses de embarazo, con los bebés moviéndose dentro de ella, tuvo que enterrarla, tuvo que ser fuerte para sus hijos, tuvo que organizar el funeral, tuvo que recibir a la gente, tuvo que tragarse el dolor porque no había tiempo para llorar, pero no tuvo tiempo de llorarla, no tuvo tiempo de procesarla, no tuvo tiempo de nada porque faltaban 15 días para Navidad y lo peor todavía no había llegado.
El 26 de diciembre de 1977, un día después de Navidad, Paquita dio a luz gemelos. Dos niños debería haber sido el momento más feliz de su vida. Debería haber borrado el dolor de las últimas semanas. Debería haber sido el regalo de Navidad que la vida le mandaba después de quitarle a su madre. Pero algo estaba mal. Uno nació amarillo.
Los médicos hablaron de bilis, de complicaciones hepáticas, de algo que no estaba bien. Y Paquita, en su cama del hospital, destruida por el duelo de su madre, que había muerto apenas 15 días antes, agotada por el parto, miró a sus bebés y supo. Supo que algo terrible estaba pasando. Supo que no iban a sobrevivir. supo en algún lugar dentro de ella que su dolor los había alcanzado todas las amarguras que yo pasé.
contó 40 años después en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante llorando sin poder contenerse, con la voz quebrada por un dolor que no había sanado en medio siglo. Los niños se tragaron todo eso. Los niños se tragaron todo eso. su dolor por la muerte de su madre, su duelo sin procesar, su angustia por el parto, las lágrimas que no pudo llorar porque tenía que ser fuerte, el estrés que los médicos le habían advertido.
Todo eso, según Paquita, pasó a sus hijos como si el dolor se heredara, como si la amargura se transmitiera, como si las madres pudieran envenenar a sus hijos con su propia tristeza. Uno nació muy amarillito. La Billy algo de eso y los dos se murieron. Uno el otro día, uno el otro día. Imagínate, un bebé muere. Tu hijo, el que cargaste 9 meses, el que sentiste moverse dentro de ti, el que imaginaste crecer, muere.
Y al día siguiente, mientras todavía estás procesando esa pérdida, mientras todavía no puedes creer lo que pasó, el otro también se va. No tuviste tiempo de llorar al primero, no tuviste tiempo de despedirte, no tuviste tiempo de nada y ya estás perdiendo al segundo. El 29 de diciembre de 1977, 3 días después de nacer, murieron los dos 18 días del 11 de diciembre.
Al 29 de diciembre, su madre y sus dos hijos recién nacidos, todo en diciembre, todo en Navidad, mientras el mundo celebraba, Paquita enterraba. Mientras las familias se reunían, la suya se destruía. Mientras otros brindaban por el año nuevo, ella no sabía cómo iba a sobrevivir. Dios me los dio y Dios me los quitó. Así fue su voluntad.
Fue horrible. Pero aquí estamos. Aquí estamos. Dos palabras que resumen toda una vida de aguantar, de levantarse, cuando todo te dice que te quedes en el piso, de seguir respirando, cuando ya no quieres respirar, de poner un pie delante del otro, aunque no sepas para qué. Pero Paquita no solo cargó con el dolor de perderlos, cargó con algo peor. La culpa.
Mis hijos se tragaron todas mis amarguras. Ella cree que su dolor los envenenó, que su angustia los enfermó, que si ella hubiera estado más tranquila, más en paz, más fuerte, que ella los mató no con sus manos, con su tristeza, con su duelo, con su incapacidad de ser la madre perfecta que supuestamente debía ser, esa culpa la cargó durante 50 años.
Cada diciembre la revivía cada Navidad. Mientras el mundo celebraba, ella recordaba cada vez que veía a una madre con gemelos, algo se le rompía por dentro. Cada vez que alguien le preguntaba cuántos hijos tenía, dudaba qué responder. Cuento a los que murieron. Los menciono, los ignoro como si nunca hubieran existido y nunca, en toda su vida pudo soltar esa culpa.

40 años después de ese diciembre. En esa entrevista con Gustavo Adolfo, infante, todavía lloraba, todavía se quebraba, todavía decía, “Se tragaron todas mis amarguras, como si fuera ayer. El dolor de perder un hijo no se supera. El dolor de perder dos en tres días, 15 días después de perder a tu madre en Navidad, creyendo que fue tu culpa.
Eso no tiene nombre en ningún idioma. Eso no se supera, eso no se procesa completamente, eso se carga. Se carga todos los días, se carga mientras cocinas, se carga mientras trabajas, se carga mientras sonríes para que nadie sepa lo que llevas por dentro hasta el último día. Quizá tú también conoces ese tipo de dolor. El que no te deja respirar, el que te hace preguntarte cómo vas a seguir, el que parece que va a matarte no te mata.
Y eso casi es peor. Quizá tú también has cargado con una culpa que no era tuya. Quizá tú también te has culpado por algo que no pudiste controlar. Quizá tú también has perdido a alguien y has sentido que debiste hacer más. Quizá tú también has pasado noches preguntándote y si hubiera hecho algo diferente, si es así, entonces entiendes lo que Paquita vivió.
Entonces entiendes por qué. 40 años después. Todavía lloraba cuando hablaba de ese diciembre. Entonces, ¿entiendes por qué nunca pudo soltar esa culpa? Pero Paquita se levantó porque Iván Miguel tenía 9 años, Javier tenía ocho y la necesitaban porque el mundo no se detiene, aunque el tuyo se haya acabado, porque eso era lo que sabía hacer.
aguantar, seguir, sobrevivir. Dos años después, en 1979, viajó a Veracruz y encontró a su sobrina Marza Elena, gravemente enferma, 5co meses llena de granitos, mal atendida. Le pedía a mi hermano la niña. No querían, pero tanto decirles. Aceptaron dármela. Los Rock y Merit Norque aceptaron dármela.
Se la llevó, la curó, la crió como suya. Se murieron dos. Pero Dios me mandó a esa niña. Años después, Paquita decía algo que la hacía sonreír. Es increíble que la niña se parece a mi marido. Marza Elena, sin ninguna relación sanguínea con Alfonso, se parecía a él como si el universo quisiera darle algo de vuelta, como si después de quitarle tanto, la vida le mandara una señal.
Marzha Elena se convertiría en la persona más cercana a Paquita. Y algo en paquita volvió a encenderse. No el mismo fuego de antes, uno diferente. Un fuego que conocía el dolor, que había tocado fondo, que sabía lo que era perder todo y seguir de pie. Ese mismo año, en el terreno de la calle Zarco levantó las lonas y construyó paredes.
Nació Casa Paquita, un restaurante donde servía mole, carnitas, barbacoa y donde cantaba. Pero ya no cantaba igual. Algo había cambiado en su voz. El dolor de diciembre del 77 estaba ahí. En cada nota, en cada palabra, en cada silencio entre canciones. Ya no era la voz de una mujer que soñaba con ser cantante.
Era la voz de una madre que había enterrado a sus hijos. Era la voz de una mujer que cargaba con una culpa que nadie veía. Era la voz de alguien que había tocado fondo y había decidido seguir de pie. Y eso no se puede fingir. La gente lo sentía aunque no supiera qué era. Sentían que esa mujer había vivido algo, que había perdido algo, que sabía de qué hablaba cuando cantaba sobre el dolor.
La gente empezó a hablar, el lugar se llenó. Tienes que ir a casa, Paquita. Tienes que escuchar a esa mujer de boca en boca, de recomendación en recomendación. En 1984 juntó sus ahorros y grabó su primer disco. Lo pagó de su bolsillo sin disquera, sin contrato, sin nadie que creyera en ella, excepto ella misma. En 1986, Guillermo Ochoa la presentó en Televisa y México la descubrió.
Casa Paquita explotó. Carlos Monsibis, el intelectual más importante del país, se sentaba a comer ahí. y escribía sobre ella. Luis Miguel iba de joven a escucharla. Joaquín Sabina cuando visitaba México, el lugar tenía capacidad para 500 personas y se llenaba cada noche para Me ha costado muchas lágrimas, mucho mi negocio.
Empecé de la nada, cocinaba, servía, administraba, pagaba las cuentas, lidiaba con proveedores y subía al escenario a cantar. Y entre canción y canción empezó a hacer algo que nadie más se atrevía. Les hablaba a los hombres, no con dulzura, no con ruego, no con la voz sumisa que se esperaba de las cantantes de rancheras, con furia, la furia de una niña, cuyo padre era de otra, la furia de una adolescente engañada por un hombre de 44, la furia de una madre que creía haber matado a sus hijos con su propio dolor, la furia de una mujer que
había aguantado demasiado durante demasiado tiempo. Todo eso salía cuando cantaba. No era un personaje, no era actuación, no era marketing, era ella, era todo lo que había tragado desde que nació, saliendo por fin. Y las mujeres que llenaban casa Paquita, las que habían aguantado lo mismo que ella, las que habían callado lo que ella callaba, las que habían sacrificado lo que ella sacrificó, se volvieron locas, gritaban, aplaudían, lloraban, pedían más, porque alguien por fin estaba diciendo en voz alta lo que
ellas habían tragado en silencio toda su vida, porque alguien por fin les daba permiso de estar furiosas, Porque alguien por fin les decía, “Lo que sientes es válido, tu rabia es justa, no tienes que seguir callada. Cada noche casa Paquita se convertía en un confesionario colectivo. Mujeres que nunca le habían contado a nadie lo que sus maridos les hacían.
Gritaban con paquita. Mujeres que habían aguantado 30 años de humillaciones cantaban como si rezaran. Mujeres que sus propios hijos no entendían encontraban ahí algo que las hacía sentir menos solas un domingo por la noche. Paquita estaba cantando Cheque en blanco. Alfonso. Su esposo había desaparecido desde el viernes otra vez como tantas veces y en medio de la canción lo vio entrar por la puerta como si nada, como si no hubiera estado perdido tres días.
como si ella no hubiera estado preocupada, furiosa, humillada y apaquita. Le salió del alma. Me estás oyendo, inútil. No lo pensó, no lo planeó, no lo ensayó. Le salió de las tripas de los 7 años con Miguel Gerardo, de la culpa de diciembre del 77, de todas las veces que había tenido que aguantar con la boca cerrada, de toda una vida de tragarse las palabras que quería gritar.
La gente se rió, aplaudió, enloqueció, pidió más y así nació la frase que la definiría para siempre. Desde esa noche empezó a incluirla en cada canción, entre versos, como comentario, como grito, y cada vez que la decía, el público enloquecía porque no era actuación, era verdad. Y la verdad se siente diferente, pero mientras su carrera crecía, mientras casa Paquita se llenaba cada noche, mientras su fama se expandía por todo México, algo se pudría en su matrimonio.
Alfonso desaparecía cada vez más. Las ausencias eran más largas, las excusas menos creíbles, los silencios más pesados y los números de casa Paquita no cuadraban. Paquita trabajaba 18 horas al día. El restaurante estaba lleno todas las noches, 500 personas pagando. El dinero debería sobrar, pero no sobraba, algo no encajaba, algo estaba mal, algo se estaba escapando.
Y Paquita, que había aprendido a desconfiar de los hombres desde los 16 años, empezó a sospechar. Un día, durante una gira en Japón, tomó una decisión. Le pidió a unas amigas en España que contrataran un detective privado, que siguieran a Alfonso, que averiguaran qué hacía cuando ella no estaba, que le trajeran la verdad, aunque la verdad la destruyera.
Cuando regresó de Japón, el reporte la estaba esperando. Alfonso Martínez tenía otra familia, una mujer, una hija. La hija tenía 12 años. 12. ¿Entiendes lo que eso significa? Alfonso la había estado engañando desde el principio, desde antes de que se casaran o casi inmediatamente después. 15 años de mentiras, 15 años de traición. La mitad de su matrimonio completo era una farsa.
Mientras ella lloraba la muerte de sus gemelos, él ya tenía a la otra. Mientras ella construía casa paquita con sus manos, él ya tenía otra casa. Mientras ella cantaba sobre el dolor de ser traicionada, él la estaba traicionando. Mientras ella cargaba con la culpa de haber matado a sus hijos, él le añadía más dolor encima y ni siquiera tuvo la decencia de sentir culpa.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor vino después. Un día lo vio con sus propios ojos Alfonso sacando comida de la cocina de casa Paquita, bolsas llenas, platos preparados, la comida. que ella había cocinado, no para él, para llevarla a la otra, la comida que ella había preparado con sus manos, con el mismo esfuerzo que lo había mantenido durante años, con el sudor de las noches, trabajando hasta las 3 de la mañana para dársela a otra mujer, a la familia que él había construido, mientras ella construía la suya, mientras ella gritaba, “¿Me estás
oyendo, inútil?” En el escenario él estaba pensando en la otra. Un tre, me el tre, un tre, el me cantaba sobre la traición, él la traicionaba. Mientras ella convertía su dolor en música, él le añadía más dolor. Ahí explotó todo. Pero aquí viene algo que cuesta entender. No lo dejó, no se divorció, no lo corrió de su casa.
siguieron viviendo juntos hasta que él murió. ¿Por qué? La pregunta es fácil. La respuesta, casi imposible. Quizá porque ya no le quedaban fuerzas para otra guerra. Después de todo lo que había vivido, después de todo lo que había perdido, empezar de cero otra vez parecía imposible. Quizá porque después de perder a su madre, a sus gemelos, a su hermana, a su carrera con las golondrinas, no podía perder una cosa más.
Ya había perdido demasiado, ya había aguantado demasiado, ya no le quedaba nada que sacrificar, quizá porque las mujeres de esa generación aprendieron a aguantar lo que las siguientes no entienden, porque el divorcio era un escándalo, porque estar sola, porque qué van a decir, pesaba más que qué necesito yo quizá porque ya cargaba con tanta culpa la culpa de haber matado a sus hijos, la culpa de haberlos dejado de niños.
La culpa de ser hija de la otra que una traición más ya casi no importaba. O quizá simplemente porque estaba cansada, cansada de luchar, cansada de perder, cansada de empezar de nuevo. El amor es bonito, pero es un sufrimiento. Paquita se quedó con Alfonso hasta que él murió a finales de los 90. Y después de él nunca volvió a tener pareja, cerró esa puerta para siempre, 30 años con un hombre que la engañó la mitad del tiempo y después, casi 30 años sola.
Quizá era más fácil así, quizá ya no confiaba en nadie, quizá ya había dado todo lo que tenía para dar. Se dedicó a sus hijos a llenar palenques y auditorios por todo el país, por Estados Unidos, por Centroamérica, a grabar más de 40 discos, a recibir nominaciones a los Gramy, a convertir la culpa, el dolor, la rabia.
En la voz que millones de mujeres necesitaban escuchar. Aquí viene algo que muy poca gente sabe y que va a cambiar cómo escuchas esa canción para siempre. Rata de dos patas, la canción más famosa de Paquita, la que todas las mujeres de México han cantado al menos una vez. No fue escrita para Alfonso, ni para Miguel Gerardo, ni para ningún hombre que ella conociera.
Fue escrita para Carlos Salinas de Gortari, el presidente de México de 1980 y 8 a 1994. El compositor Manuel Eduardo Toscano de Catemaco, Veracruz. lo confesó años después en una entrevista. Un día fui a ver a Paquita al Auditorio Nacional y veía que cuando cantaba contra los hombres la gente berreaba. Se prendían más con los insultos.
Toscano pensó, “¿Qué pasaría si escribiera una canción que fuera puro insulto? Pero necesitaba sentir rabia de verdad.” y la encontró en el presidente. Tuvimos en México un presidente al que en aquel tiempo no se atrevía nadie a faltarle al respeto. Pero uno como compositor decía, “Bueno, voy a hacer esta canción.
” describió al presidente, sin nombrarlo directamente, un señor peloncito con las orejas grandotas, Carlos Salinas de Gortari, el presidente que llegó al poder en una elección que muchos consideraron fraudulenta. El presidente, cuyo hermano terminó en la cárcel, el presidente que tuvo que huir del país. A él le escribieron rata de dos patas y él nunca lo supo.
Toscano escribió la canción en menos de una hora. Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, aesio mal hecho. Cuando Toscano le llevó la canción a Paquita, ella la rechazó. Está muy fuerte, pero no podía sacársela de la cabeza la siguiente vez que se vieron. Fue ella quien le pidió que no se la diera a nadie más.
Sí, te la voy a grabar. La canción salió en el año 2000 y explotó. Se convirtió en himno, en grito de guerra. No había fiesta donde no sonara, no había karaoque donde no se pidiera, no había divorcio donde no se cantara. Millones de mujeres la cantaron pensando en alguien que las lastimó. Ninguna sabía que era para un presidente.
Pero eso es lo que tiene el dolor verdadero. Se transforma. Paquita le puso a esa canción lo que las palabras de Toscano no traían su padre, que era de otra. Miguel Gerardo, que era de otra, Alfonso que era de otra y la culpa de diciembre del 77. Todo eso estaba en su voz cuando cantaba. Por eso funcionaba. Por eso millones se identificaban.
Por eso una mujer en Guadalajara, otra en Los Ángeles, otra en Chicago, porque el dolor real no se puede fingir, porque cuando alguien ha vivido lo que canta se nota. Y el de Paquita era tan real que llegaba directo al pecho. En 2006, Paquita aterrizó en el aeropuerto de Ciudad de México. Venía de una gira en Las Vegas. Cansada, pero satisfecha, seis agentes la esperaban con una orden de aprensión, defraudación fiscal, un millón y medio de pesos al SAT, impuestos que supuestamente no había pagado. Paquita no entendía. Ella tenía
contadores, pagaba lo que le decían. Confiaba en la gente que manejaba sus números, pero eso no importó. La llevaron al centro femenil de Santa Marta a Catitla, la reina del pueblo. En la cárcel, las fotos le dieron la vuelta al país. Paquita entrando. Paquita con uniforme de reclusa, Paquita en una celda.
Pasó dos días ahí, pagó la fianza. Casi 135,000 todo lo que tenía ahorrado. Cuando salió, no se escondió, no pidió perdón, no lloró. Frente a las cámaras dijo que había sido un error de sus contadores y siguió adelante como siempre lo había hecho. Pero hubo algo que no pudo superar, algo que le dolió hasta el último día. Casa Paquita cerró.
Después de la cárcel, las autoridades empezaron a pedirle más permisos, más requisitos, más dinero. Le pedían 5 millones de pesos para poder operar, contó su manager. 5 millones. El restaurante que había construido con sus manos. Donde había cantado miles de noches. ¿Dónde había nacido? ¿Me estás oyendo, inútil? Cerró sus puertas.
nunca pudo reabrirlo. Los últimos 15 años de su vida, casa Paquita estuvo cerrada. El lugar donde había transformado su dolor en voz, el lugar donde había encontrado su público, el lugar donde había sido más ella que en ningún otro sitio, vacío. A veces pasaba por ahí. Miraba el lugar desde afuera.
Recordaba las noches en que 500 personas la aplaudían. Ahí nací yo de verdad, decía. Ahí empezó todo y ahí terminó mucho antes que ella. Otra pérdida más, otra herida más, otra cosa que la vida le quitó. Y luego estaba Viola, su hermana, la que se había ido de gira sin ella en 1970, la que la había dejado sola en Ciudad de México, la que había roto el dueto y el sueño.
20 años sin hablarse, 20 años de rencor acumulado, Viola la había acusado públicamente de golpearla. Siempre me ha tenido envidia”, declaró en televisión. Cuando cantábamos juntas, la gente decía que yo era la mejor. Paquita la culpaba por no haber estado cuando su madre murió, por no haber ayudado, por haberse ido cuando más la necesitaba.

20 años de acusaciones públicas, 20 años de declaraciones en contra, 20 años de hermanas que se odiaban a la distancia, 20 años de cumpleaños sin llamadas. 20 años de Navidades separadas, 20 años preguntándose si la otra pensaba en ti. Hasta 2018 viola fue a un concierto de Paquita. Nadie sabe exactamente por qué. Solo sabemos que fue.
Se encontraron backstage dos hermanas que no se habían visto en 20 años, frente a frente, sin cámaras, sin público. Y después de 20 años el muro se cayó. Dicen que lloraron. que se abrazaron, que no pudieron hablar por varios minutos. Ya no importaba quién había empezado, quién tenía razón, quién había dicho que solo importaba que eran hermanas que habían llegado juntas a Ciudad de México cuando no tenían nada que compartían la misma sangre, la misma historia, el mismo dolor y que se quedaba poco tiempo, a los 70 y tantos años.
Ya no hay tiempo para rencores. Empezaron a verse, a llamarse, a cantar juntas otra vez. Hermana, te amo. Los últimos años de Paquita fueron difíciles. En 2021, neumonía. El COVID había dejado secuelas, luego una trombosis pulmonar que casi la mata. Silla de ruedas desde entonces. oxígeno suplementario. Sus pulmones estaban destruidos por décadas de cantar en palen llenos de humo.
Ella nunca fumó un cigarro en su vida, pero respiró el humo de los demás durante 50 años y ella pagó el precio. El 1 de abril de 2023, un día antes de cumplir 76. dio su último concierto. En Texco Cocco desde la silla de ruedas. En Texco Cocco la subieron al escenario, la sentaron frente al micrófono y cantó con el oxígeno a un lado, con el dolor en cada movimiento, con el cuerpo que ya no respondía, pero la voz seguía ahí, maltratada por los años, cansada.
Pero ahí sus aplausos me los llevó hasta la tumba. La gente lloró. Ella también no sabía que era la última vez. Estaba deprimida. Le costaba aceptar que su cuerpo ya no funcionaba. Se deprime mucho, contó su manager. Especialmente porque le cuesta mucho caminar. Tenía un concierto en el Auditorio Nacional para marzo de 2025.
Lo canceló en enero. Oye, inútil. Es que no puedo regresar porque no dejó la silla de ruedas. le dijo a su manager dos días antes de morir. Él le mandó vídeos de artistas que cantaban sentados para animarla. Para animarla dijo que iba a volver, que cuando se sintiera mejor regresaba. Pero ya no hubo tiempo. El domingo 16 de febrero de 2025, Paquita comió con viola en su casa de Shalapa.
habían pasado el día juntas, recuperando el tiempo perdido. Cuando terminaron, se pusieron a jugar en el celular dos hermanas de más de 70 años que habían pasado 20 años sin hablarse, jugando juntas como cuando eran niñas, como si el tiempo no hubiera pasado. Fue un momento tan hermoso que nunca lo voy a olvidar porque fue la última vez que vi a mi hermana, la subieron a dormir y ya no despertó.
El lunes 17 de febrero a las 8 de la mañana intentaron despertarla, tocaron la puerta, llamaron su nombre, entraron al cuarto, estaba pálida, no respondía, no se movía. infarto fulminante. Murió mientras dormía a los 77 años sin dolor, sin agonía, sin despedidas dramáticas, como si la vida, después de todo lo que le había quitado, le hubiera dado ese último regalo, irse en paz, irse después de haber jugado con su hermana, irse sin tener que aguantar más.
Ella era una mujer que no le gustaba hablar nunca de la muerte. contó su manager. Decía, “No me pongan flores que siento que me voy a morir.” La cremaron como ella quería. El homenaje fue en Casa Paquita, el restaurante cerrado. El lugar donde todo empezó. Abrieron las puertas por primera vez en 15 años, no para servir comida, para despedirla.
La urna con sus cenizas estuvo en el escenario. El mismo escenario donde había cantado miles de veces. El mismo escenario donde había gritado. El mismo escenario donde había convertido su dolor en la voz de millones. Miles de personas hicieron fila para entrar. Esperaron horas bajo el sol.
Mujeres que habían crecido escuchándola, hijas que la descubrieron por sus madres. Nietas que conocían sus canciones, aunque no conocieran su historia. abuelas que habían cantado con ella en los palenques, todas ahí, todas llorando, todas despidiendo a la voz que las había hecho sentir menos solas. Francisca Viveros Barradas vivió 77 años.
77 años que empezaron descalza en un campo de Veracruz y terminaron con el mundo entero llorándola. Nació hija de un hombre casado con otra. Creció en la pobreza. Descalza, sabiendo que era la hija de la otra. Se casó a los 16 con un hombre de 44 que también era casado. Aguantó 7 años de maltrato. Dejó a sus hijos para ir a buscar un sueño.
Se volvió a casar con un hombre que tuvo otra durante 15 años. Le robó la comida de su propio restaurante para la amante. Perdió a su madre y a sus gemelos en 18 días y cargó con la culpa de haberlos matado durante 50 años. Pasó 20 años sin hablar con su hermana, fue a la cárcel, perdió casa Paquita, terminó en silla de ruedas y murió en paz jugando con viola.
Después de haber recuperado el tiempo perdido, los niños se tragaron todas mis amarguras. Esa frase la persiguió hasta el final, la frase que resume 50 años de culpa cada diciembre. Cuando el mundo celebraba, ella recordaba cada Navidad, cuando las familias se reunían, ella revivía ese mes.
Cada vez que cantaba, algo de esa culpa salía en su voz. Pero de esa culpa, de ese dolor, de esa amargura que, según ella, mató a sus hijos, construyó algo que ningún hombre pudo quitarle, algo que ni la traición, ni la pérdida, ni el tiempo pudieron destruir. Una voz, una voz que millones de mujeres han usado para gritar lo que no podían decir solas.
Una voz que les dio permiso de estar furiosas. Una voz que les dijo, “No estás sola. Yo también lo viví. ¿Me estás oyendo? Inútil. No era solo para Alfonso, no era solo para Miguel Gerardo, no era solo para Salinas, era para todos los hombres que lastimaron a una mujer que no tenía cómo defenderse. Era para el dolor que Paquita llevaba por dentro, era para la culpa que nunca pudo soltar.
Era para todas las mujeres que habían aguantado en silencio. Paquita no odiaba a los hombres. Se lo preguntaron cientos de veces. No, para nada. Yo canto las canciones porque me nace cantarlas, las siento, las hago mías. ¿Cuánta mujer hay dolida? Esa frase lo resume todo. Mujeres que han aguantado lo inaguantable.
Mujeres que han callado lo que merecía ser gritado. Mujeres que han cargado con culpas que no eran suyas. Mujeres que han sacrificado sus sueños por hombres que no lo merecían. Mujeres que han perdido hijos. Mujeres que han perdido madres. Mujeres que han perdido, hermanas, mujeres que han perdido la fe. Paquita fue la voz de todas ellas.
No porque fuera perfecta, nunca pretendió serlo, sino porque vivió cada palabra que cantó. Porque sabía lo que es perder un hijo. Porque sabía lo que es cargar con una culpa que te ahoga. porque sabía lo que es descubrir que el hombre que amas tiene otra vida porque sabía lo que es aguantar cuando no hay otra opción, porque sabía lo que es levantarte al día siguiente cuando todo lo que quieres es quedarte en el piso y no volver a moverte.
Quizá tú también has cargado con algo que no era tu culpa. Quizá tú también te has culpado por algo que no pudiste controlar. Quizá tú también has aguantado algo que no deberías haber aguantado. Quizá tú también has perdido algo que no pudiste recuperar. Quizá tú también conoces a alguien que cargó con una culpa toda su vida. O quizá eres tú.
Oh, si es así. Entonces, ¿entiendes por qué Paquita importaba? ¿Por qué su voz importaba? ¿Por qué millones la lloraron cuando murió? ¿Por qué? aunque nunca la hayas conocido personalmente, porque Paquita no era solo una cantante, era un espejo, un espejo donde millones de mujeres se vieron reflejadas, un espejo que les mostró que no estaban solas, que había alguien más que había vivido lo mismo, que había alguien más que entendía.
El show finalmente no pudo continuar. Paquita cantó por última vez en abril de 2023. Después, solo silencio y espera, espera de que su cuerpo mejorara. Espera de que pudiera volver al escenario donde había sido feliz. Pero el cuerpo no mejoró y el escenario quedó vacío. Y la voz que había cantado durante 50 años se apagó mientras dormía.
Pero la voz queda en cada mujer que canta sus canciones después de unas copas. En cada madre que pone su música mientras cocina. En cada hija que descubre que su abuela tenía razón. En cada canción que suena en una fiesta y hace que todos se callen para gritar juntos en cada mujer que necesita sacar la rabia que lleva dentro. ¿Me estás oyendo, inútil? Paquita la del barrio.
La niña descalza de Veracruz. La madre que creyó que mató a sus hijos con su dolor. La mujer que transformó la culpa en himno. La esposa que aguantó 30 años de mentiras. La hermana que perdió 20 años de su vida por el orgullo. La artista que llenó estadios desde una silla de ruedas. La voz que nunca se cayó no fue perfecta.
Nunca pretendió serlo. Cargó con culpas que quizá no eran suyas. Se quedó con quien debía irse. Aguantó lo que no debía aguantar. Pero de cada dolor, de cada culpa, de cada pérdida, de cada traición, construyó algo que nadie le puede quitar. Una voz que cambió, una voz que sigue sonando, una voz que va a seguir ahí mientras haya una sola mujer que necesite gritar lo que no puede decir sola, mientras haya una madre que cargue con una culpa, mientras haya una esposa que descubra un engaño, mientras haya una mujer que haya perdido
lo que más amaba, mientras haya dolor, habrá Paquita, porque ella fue la voz de ese dolor y esa voz no se apaga, nunca se va a apagar, porque hay millones de mujeres que la necesitan. Millones de mujeres que todavía cargan con algo que no deberían cargar. Millones de mujeres que todavía necesitan gritar lo que no pueden decir solas para ellas.
Paquita sigue cantando en cada canción, en cada grito, en cada inútil que sale del alma. Descansa, Paquita. Ya no tienes que cargar con esa culpa. Ya no tienes que aguantar más. Ya no tienes que ser fuerte. Por fin puedes descansar. Por fin puedes soltar. Por fin, si esta historia te movió algo por dentro, suscríbete, dale like, compártela con alguien que necesite escucharla, con tu madre, con tu abuela, con tu hermana, con tu amiga, con cualquier mujer que haya cargado con algo que no debía cargar. Y déjame un
comentario contándome qué parte te pegó más fuerte. Fue el diciembre del 77. Fue la culpa que cargó toda su vida. Fue los 20 años sin hablar con su hermana. Fue el último día jugando en el celular. Quiero saber. La próxima semana voy a contarte sobre otra mujer que también cargó con algo que no era su culpa.
Una historia que muy pocos conocen, una verdad que apenas está saliendo a la luz. Nos vemos ahí.