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PABLO LARIOS: Confesó Antes De Morir Quién Mató A Su Familia

Se ganó el corazón del muchacho. Y a partir de los 12 años, todo lo que Pablo Larios hizo en su vida lo hizo pensando un poco en ella. Vamos a volver a esa hermana, te lo prometo. Lo que vino después fue una bola de nieve. Pablo debutó como profesional el 4 de enero de 1981, entrando de cambio en un partido de los cañeros de Zacatepec contra el Necaxa.

Tenía 20 años. Era flaco, alto, callado y con una agilidad que asombraba a los entrenadores. En la temporada 81 82 impuso un récord que todavía resuena en el fútbol mexicano. 653 minutos sin recibir gol, siete partidos seguidos con la portería en cero. Un récord para los cañeros que duró años sin ser superado.

Y entonces llegó el momento que cambió todo. 1983. Bora Milutinovic, técnico de la selección Camino al Mundial, lo convocó. Pablo Larios fue el primer y único futbolista en la historia de México, convocado a la selección mayor mientras jugaba en segunda división. Un dato que pocos recuerdan con la precisión que merece, pero que lo dice todo sobre el tamaño del talento de este muchacho de Zacatepec.

Esa noche en el hotel de concentración, después de que Bora le dijo en su español roto, “Tú vas a ser el portero. Yo ya decidí.” Pablo Larios lloró por primera vez en su vida adulta debajo de la sábana para que nadie lo escuchara. Lloró pensando en su madre, lloró pensando en la hermana, lloró pensando en el padre español que vendía cemento y supo que la familia entera, sin saberlo todavía, iba a tener un hijo en un mundial.

1986, Estadio Azteca, Pablo Larios bajo los tres palos y atrás más de 100,000 personas gritando su nombre. Fue el portero al que menos goles le metieron en todo ese mundial. Le tiró Platini desde 18 m. Le tiró Sócrates desde la frontal. Le tiró Brigel desde fuera del área. A todos los tapó.

México llegó a cuartos de final, el famoso quinto partido. Y aunque cayó ante Alemania en penales, salió con la frente en alto. Pablo Larios salió del mundial siendo un mito. Aquí es donde el dinero empezó a llegar de verdad. Pablo Larios firmó con Cruz Azul. Le multiplicaron el sueldo por cinco, le entregaron un coche al contado y empezó algo que iba a ser la marca de toda su vida fuera de la cancha.

Pablo Larios se enamoró de los autos. Llegó a tener 60 autos deportivos en su mejor época. Él mismo lo contó años después. 60 Mustangs, Camaros, Corvets. Tenía un terreno en Zacatepec donde los guardaba todos juntos como un cementerio brillante de motores y de esos 60 no manejaba ni 10. Los demás estaban ahí quietos, cubiertos con lonas, como si los hubiera comprado solo para verlos, como si tener tantos autos fuera la prueba que él mismo necesitaba de que ya no era el niño que cargaba sacos de cemento. Recuerdas estos autos van a

volver y cuando regresen van a doler. En 1987, Pablo conoció a una mujer en una fiesta de fin de año en Puebla. Daniela Rodríguez Carrasco, 22 años, estudiante de la universidad, hija de una familia respetable de la ciudad, una mujer que se enamoró del hombre, no del personaje. Se casaron al año siguiente y tuvieron tres hijos en 6 años.

El primero, Pablo Larios Garza, después Carlos, después la pequeña y aquí aparece el primer caramelo de esta historia porque en 1990, después del nacimiento del primer hijo, Pablo Larios hizo algo que iba a marcar 29 años de su vida. mandó a hacer una pequeña caja de madera, una caja chica del tamaño de una baraja hecha por un carpintero de cuerna vaca y adentro de esa caja empezó a guardar una cosa por cada uno de sus hijos.

Una vez al año, el día del cumpleaños del niño, una foto, un papel, una medalla del kinder, una nota escrita, cosas pequeñas, sin valor económico, pero con un valor de padre que ningún billete podía comprar. Esa caja iba a viajar con Pablo Larios a todos lados durante casi tres décadas. la iba a esconder, la iba a sacar a escondidas cuando estaba solo.

Y la noche en que murió en el hospital de Puebla, en enero de 2019, esa caja iba a estar arriba del buró abierta con todas las fotos repartidas sobre las sábanas. Vamos a volver a esa caja. Te aseguro que vas a recordar este momento. 1990, Cruz Azul. Pablo Larios había jugado dos finales con la máquina.

y las había perdido las dos. Algo se le rompió esa temporada. Se enojaba con los compañeros, se peleaba con el técnico y entonces apareció el Puebla. El Puebla le ofreció ser titular indiscutible, ser capitán y ser la cara del club. Pablo aceptó y con el Puebla ganó lo que no había ganado en Cruz Azul. La liga del torneo 8990, la Copa de México.

Dos títulos, dos campeonatos en la misma ciudad donde 30 años después iba a morir. Y los autos subieron a 70. Los autos eran su único refugio, su única medicina, su única manera de demostrarse a sí mismo que valía algo afuera del arco. Pero algo más pasó en 1990. Y esto casi nadie lo sabe. Lo que vino después fue peor de lo que cualquiera pudo imaginar.

En el verano de 90, después de ganar el campeonato con el Puebla, le llegó una llamada al hotel donde concentraba con la selección. Era del Napoli. Sí, el Napoli de Maradona. Habían visto los videos del mundial. Querían reforzar la portería. Estaban dispuestos a hacer una oferta firme y querían que Pablo viajara a Italia para una revisión médica.

Pablo no le contó a nadie, ni a Daniela, solo a su madre, en una conversación de 3 minutos por teléfono. La madre japonesa, callada como siempre le respondió cuatro palabras. Ve, hijo, es tiempo. Compró el pasaje, viajó a Nápoles, hizo la revisión médica y los médicos italianos detectaron algo en su rodilla derecha, una lesión vieja que arrastraba desde el mundial.

Dictaminaron que no era apto para un contrato de 3 años a alto nivel. La oferta se cayó esa misma tarde. Pablo Larios volvió a México en silencio. No le contó a la prensa ni a Daniela. ni a sus compañeros. Se guardó la oferta del Napoli en el pecho como un trofeo invisible que nunca pudo levantar. Y durante años, cuando los amigos lo veían triste en una mesa de bar sin saber la razón, era porque pensaba en lo que pudo ser, en Maradona del otro lado del vestidor, en el San Paolo lleno, en lo que el destino le quitó por una rodilla mal cuidada. Pero esto era solo el

principio. Imagina por un momento que eres un hombre de 30 años, tienes tres hijos chicos, ganas más dinero del que tu padre vio en toda su vida vendiendo cemento. Y aún así, todas las noches antes de dormir te quedas mirando el techo pensando que algo te falta, que el dinero no llena los huecos donde antes había hambre.

Eso le pasó a Pablo Larios entre el 90 y el 95. empezó a salir mucho. Las concentraciones se le hacían cortas, los entrenamientos los terminaba con prisa. La vida fuera del fútbol empezó a pesar más que la vida adentro. Y aquí entró un nombre, un nombre que el público mexicano nunca conoció, pero que iba a estar presente en cada uno de los cuatro velorios que destruirían a Pablo Larios entre 2009 y 2016.

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