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OMAR CHÁVEZ: La ASQUEROSA VERDAD detrás del HIJO de JULIO CÉSAR CHÁVEZ Encarcelado

Y Omar, niño todavía, era testigo silencioso de ese desfile constante. Comía con desconocidos famosos. veía a su papá repartir abrazos a gente que jamás había visto antes. Aprendió, sin que nadie se lo explicara, que el cariño en ese mundo a veces se da y se quita según convenga. Su hermano mayor, Julio César Jor, se llevaba 4 años con él y la atención del padre naturalmente recaía primero sobre el primogénito.

Junior iba a ser el heredero del trono, el que continuaría la dinastía. Omar, mientras tanto, crecía a la sombra de su hermano y la sombra del hermano sumada a la sombra del padre, formaban encima del segundo hijo una oscuridad de la que era casi imposible salir. Todo lo que Omar lograba, Junior lo había logrado antes. Todo lo que Omar soñaba, Junior ya lo estaba viviendo.

la carrera, los gimnasios, las primeras peleas amateurs, los hoteles caros, el dinero, todo le venía de regalo, pero ningún regalo era completamente suyo, era una herencia. Y las herencias, cuando son de este tamaño, traen siempre una factura escondida. Pero Omar tenía algo. Tenía pegada, tenía mano. Lo descubrió pronto en el gimnasio familiar, golpeando un costal con esa intensidad rara que solo tienen los niños que están tratando de demostrar algo.

Y a los 16 años, el 16 de diciembre de 2006, debutó como profesional. Su rival fue un tal Jesús García. Omar lo durmió con un knockout en el primer asalto. 2 minutos. Eso fue todo lo que necesitó para anunciar que él también venía con el apellido encima. Para el final de su primer año llevaba seis victorias seguidas, cuatro por knockout.

Esa noche del debut es importante para entender todo lo que vino después. Porque Omar no debutó en una arena cualquiera. Debutó en Culiacán frente a su gente, en una cartelera donde también peleaba su hermano Junior, que ya era figura. El padre Julio César Chávez estaba en primera fila viendo a sus dos hijos pelear esa misma noche.

Una imagen que en cualquier familia sería pura emoción. Pero en la familia Chávez esa imagen también era una pequeña jaula, porque ahí frente a las cámaras los dos hermanos quedaban condenados a una comparación que iba a durar toda la vida. La gente empezó a llamarlo de varias maneras. El businessman terremoto, apodos que sonaban bien, que se vendían bien, que en redes funcionaban, pero adentro de esos apodos había algo más complicado.

La necesidad constante de demostrar que él, Omar, podía ser tan grande como el papá, que él podía ser tan grande como el hermano, que él no era el segundón. Y esa necesidad, mi amigo, esa necesidad es el combustible más peligroso con el que se puede llenar el tanque de un muchacho de 16 años con dinero, fama y un apellido pesado.

En unos instantes te voy a contar el momento exacto en que la carrera deportiva de Omar empezó a torcerse. La pelea contra Marco Antonio Nazaret que terminó en un quirófano. las dos derrotas seguidas contra Maromerito Páez Junior, que le quitaron el invicto y por qué a partir de ahí su nombre empezó a aparecer en los noticieros por motivos que ya no tenían que ver con el boxeo.

Esta parte de la historia, te aseguro, es solo el principio de lo verdaderamente oscuro, porque arriba del ring, Omar tuvo momentos brillantes. 35 victorias seguidas en sus primeros años como profesional, 42 triunfos en total, casi 30 por la vía rápida. Un récord que en cualquier país con cualquier otro apellido, habría hecho de él una estrella absoluta.

Pero el apellido Chávez no perdona la cifra mediana. El apellido Chávez exige el cinturón mundial y ese Omar nunca lo tocó. Hubo un combate que marcó algo dentro de él. Ocurrió contra Marco Antonio Nazaret, un peleador con el que ya tenía una rivalidad encendida. En su segundo enfrentamiento, la pelea se detuvo de manera abrupta.

Nazaret se desmayó en su esquina y tuvo que ser trasladado de urgencia a un hospital donde lo operaron por una hemorragia cerebral. Omar había ganado, pero el costo esa noche fue distinto al de cualquier otra victoria, porque ahí en el momento en que Nazaret se desplomó en el banco, algo en la cabeza de Omar Chávez probablemente se movió de lugar para siempre.

Lo que se ve en el ring no se queda en el ring, se mete en los sueños, se mete en las decisiones que uno toma a las 3 de la mañana y un boxeador después de un episodio así ya no es el mismo, aunque la mano del árbitro siga levantándole el brazo. Imagina la escena del hospital aquella noche. Las luces blancas, los doctores entrando y saliendo, el equipo de Nazaret llorando en una sala de espera y en otra parte de la ciudad, Omar Chávez, que esa noche había celebrado su victoria, recibiendo la llamada que le decía que su rival estaba en estado

crítico. Esa llamada cambia a un hombre. Cualquier deportista te lo dice. Ganarle a alguien en una pelea limpia es una cosa. Saber que tu última derecha pudo haberlo dejado dentro de un quirófano con la cabeza abierta es otra. Y aunque Nazaret se salvó, aunque después se supo que se recuperaría, aunque legalmente no había nada que reclamarle a Omar, ese peso emocional viaja con uno toda la vida. Después vino La Caída del invicto.

17 de diciembre de 2011. Tuxla Gutiérrez. Después de 28 combates ganados sin parar, Omar perdió ante Jorge Maromerito Páez Junior. Meses más tarde, en la revancha volvió a caer. Dos derrotas consecutivas, dos golpes al ego de un muchacho al que la prensa empezaba a mirar con dudas. Y a partir de ahí el camino de Omar dejó de ser hacia arriba.

Empezó a moverse en zigzag. A veces ganaba, a veces perdía. A veces se ausentaba meses enteros sin que nadie supiera bien dónde estaba. Esas derrotas con Maromerito tuvieron un efecto muy particular en el círculo familiar, porque hasta ese momento la lógica de la dinastía Chávez era clara. El Padre fue el más grande, el primogénito hereda, el segundo apoya.

Cada uno tenía un papel asignado, pero al perder dos veces seguidas, Omar rompía el guion. ya no era el segundo invicto, ya era simplemente el segundo. Y en una familia donde el primer hijo todavía estaba peleando títulos mundiales, ese cambio de estatus pesa muchísimo, especialmente cuando vienes de una infancia donde solo te querían cuando ganabas.

Algunas personas cercanas al boxeador han contado en privado que fue después de esas dos derrotas, cuando empezaron a notar cambios en su comportamiento. Más fiesta, menos disciplina, periodos donde desaparecía del gimnasio durante semanas, llegadas tarde a entrenamientos, reportes médicos que no terminaban de cuadrar con el rendimiento esperado.

El padre durante esos años intentó manejar la situación a su manera, algunas veces con regaños públicos, otras veces, según se supo después, con apoyo a regañadientes. Pero la verdad es que ni el más grande boxeador de la historia del país sabía exactamente qué hacer con un hijo de 21 años que parecía cargar adentro una rabia que ni él mismo entendía.

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