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NOÉ HERNÁNDEZ : LA VERDAD SALIO A LA LUZ

sin haber visto pasar nunca a un alumno con piernas como las de Noé. El profesor se llamaba un nombre que ni la familia recuerda hoy. Pero un día, mientras los muchachos corrían vueltas al patio, el profesor paró a Noé contra la pared y le dijo una frase corta. La frase fue, “Tú eres marchista.” Noé ni siquiera sabía qué era eso.

La marcha como deporte olímpico es de los más ingratos que existen. 20 km caminando con un patrón estricto, una pierna siempre en contacto con el suelo, la cadera trabajando como bisagra. 1 hora 20 minutos, 1 hora 30, 1 hora 40 en carretera, con sol, sin sombra, sin gloria. Casi nadie te ve, casi nadie te aplaude, pero el cuerpo trabaja como pocos cuerpos en el deporte mundial.

Y los que aguantan, los pocos que aguantan, son hombres distintos al resto, más tercos, más callados, más solos. Noí Hernández encajó en la marcha como nunca encajó en otra cosa. La primera vez que hizo 5 km sin parar, el profesor de educación física le compró un refresco con dinero de su bolsa.

La segunda vez que hizo 10, el profesor lo llevó en su carro después del entrenamiento hasta una pista en Texcoco, donde entrenaban marchistas de verdad. Y a partir de los 15 años, Noé dejó los sábados de albanil, dejó los partidos de los domingos, dejó las reuniones con los muchachos del barrio y empezó a caminar.

Caminaba en terrenos valdíos. Caminaba en las calles sin pavimento del barrio Shochiaca. Caminaba en la carretera México Texcoco a las 5 de la mañana, antes de que pasaran los camiones de carga. Caminaba con tenis prestados, con un short prestado, con una playera de algodón empapada de sudor. Caminaba 6 horas al día. Cuando llegó a los 17 años, ya había caminado más kilómetros que muchos peruanos andinistas y tenía un cuerpo que en la Federación Mexicana de Atletismo nadie había visto antes.

Hay un objeto que aparecía en cada entrenamiento de Noé Hernández desde los 16 años. Un cronómetro de pulsera viejo, de marca japonesa barata, con la correa rota amarrada con cinta. Ese cronómetro se lo regaló a alguien. Y el día en que murió, ese cronómetro seguía en el cuarto de su casa de Chimaluacán, al lado de una libreta pequeña encima de la mesa de noche.

Vamos a regresar a esa libreta. 1997, Apodaca, Nuevo León. Campeonato centroamericano y del Caribe de atletismo. Noé Hernández tiene 19 años y es el más flaco de los seleccionados nacionales. Lo mandan al evento sin demasiada esperanza. 5 km antes de la meta, va en cuarto lugar. 3 km antes en tercero. 1 km antes en segundo.

Cruza la meta tercero con una marca que nadie esperaba. Su primera medalla internacional, su primer pasaporte, su primer vuelo en avión. Llegó a Monterrey en autobús, regresó a la Ciudad de México volando de Monterrey al aeropuerto de la capital, después a Chimalhuacán en camión. La madre lo esperó en la puerta de la casa con un mole hecho desde temprano.

El padre estaba sentado en la sala con la televisión apagada, mirando una mancha de humedad en la pared. Cuando Noé entró con la medalla colgada en el cuello, el padre se levantó, le dio la mano y le dijo una frase que después la madre repitió mucho en las cocinas del barrio. La frase fue, “No te confíes, esto apenas está empezando.

El Padre tenía razón. 1998 1999. Noé entrena 6, 7, 8 horas al día. Vive entre Chimaluacán y el Centro Olímpico Mexicano. Le dan beca de la federación, le ponen entrenador de planta, le mejoran el equipo, cambia los tenis prestados por unos italianos importados. La playera de algodón por una de tela técnica.

El cronómetro de pulsera barato sigue en su muñeca. Ese no se lo cambia. Ese cronómetro le sigue marcando los tiempos hasta el día en que cruza la meta de la prueba más importante de su vida. Septiembre del año 2000. Sydney, Australia. Estadio Olímpico de Hambos Bay. 22 km de marcha por las calles de la ciudad. 22 años. Noé Hernández. La televisión mexicana retransmite la prueba en vivo a las 8 de la mañana, hora del centro.

Casi nadie la está viendo. Es domingo, la gente desayuna. Pero en Chimaluacán, en una casa modesta del barrio Shochiaca, una familia entera está sentada frente al televisor con la madre rezando en voz baja y el padre con los brazos cruzados mordiéndose el labio. Los kilómetros pasan. Noé va en el grupo punteado.

A los 10 km está en cuarto lugar. A los 15 en tercero. A los 18 en segundo. Tiene los dientes apretados. Las piernas le están hablando. La cadera le truena cada 500 m. Pero adelante solo va un polaco, un hombre llamado Robert Korseniovski, que ese día ya tenía dos medallas olímpicas en el cuello y que iba a ganarse la tercera.

Por detrás, otros marchistas amenazan con alcanzar a Noé. En Chimaluacán, en la sala de la casa modesta del barrio Shochiaca, la madre se había parado al lado del televisor con un rosario en la mano. Lo apretaba. Rezaba en voz baja. El padre estaba sentado en el sofá con las manos cruzadas, mordiéndose el labio inferior sin parpadear.

Los tres hermanos en sillas de cocina traídas a la sala se habían callado por completo desde el kilómetro 15. La transmisión era en vivo. La voz del comentarista se quebraba a cada metro. El comentarista no había visto en su vida una marca como la que estaba haciendo el muchacho de Chimaluacán y lo decía al aire una y otra vez.

México tiene plata. México tiene plata. México tiene plata. Los últimos 4 km de la prueba de Sydney son lo que en Chimalhuacán después contaron como el milagro. Noé Hernández se niega a soltar el segundo lugar. Camina con los brazos pegados al cuerpo, con la cara tensa, con un dolor en la espalda baja que le está perforando los rincones de la cabeza.

Cruza la meta a 1 metro y medio del polaco. Plata olímpica. 1 hora 19 minutos. La primera medalla mexicana en marcha en 32 años. La segunda medalla mexicana de toda esa olimpiada. En Chimalhuacán, esa misma mañana, los vecinos del barrio Shochiaca salieron a la calle a gritar el apellido Hernández. Hernández, Hernández. La madre se desmayó en la sala.

El padre se sentó en el escalón de la entrada y se tapó los ojos con las manos 20 minutos seguidos sin decir una palabra. Y los hermanos abrieron la puerta de la casa de par en par que entrara a medio barrio con tortas, con refrescos. con una marca de tequila barato que alguien sacó de un armario. Y la fiesta duró hasta el lunes en la noche.

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