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Mette-Marit: el pasado que la persiguió incluso después de convertirse en princesa

Las fiestas de Christian Sand y luego las de Oslo eran espacios donde los jóvenes experimentaban con libertades recién descubiertas. Metemarit estaba ahí y no como observadora. Los testimonios que circularían años después, cuando su nombre ya aparecía en las páginas de los periódicos junto al del príncipe, describían a una joven que participó de lleno en esa cultura de excesos, no como una víctima pasiva, sino como alguien que tomó decisiones que más tarde lamentaría.

Esas decisiones incluían el consumo de drogas en entornos donde la sustancia que más tarde destruiría la vida de alguien cercano a ella, circulaba con una normalidad alarmante. Fue en ese contexto donde Metemarit conoció a Mortenborg. No era un príncipe ni remotamente. Era un joven del entorno festivo noruego con conexiones en un mundo que se movía en los márgenes de la legalidad.

La relación entre los dos fue intensa, como suelen ser las relaciones que nacen en la oscuridad de la juventud, y tuvo una consecuencia que cambiaría la vida de Metemarit para siempre. En 1998 nació Marius Borg Hoy, un niño sano, rubio, con los ojos claros de su madre. Para Metemarit, aquel nacimiento fue al mismo tiempo el ancla que la salvó y el punto de partida de una transformación que llevaría años completarse.

Ser madre soltera en Noruega no era un estigma devastador como podría haberlo sido en otros contextos, pero tampoco era sencillo, sobre todo cuando el padre de tu hijo era un hombre que ya entonces caminaba por los bordes de la ley. Mortenborg sería condenado posteriormente por tráfico de cocaína. una condena que resonaría con fuerza cuando el nombre de su hijo apareciera ligado a la familia real noruega.

Pero en aquel momento, Metemarit era simplemente una joven madre que intentaba reorganizar su vida. Se mudó a Oslo, estudió, trabajó en distintos empleos mientras cuidaba a Marios y en medio de ese proceso de reconstrucción cruzó su camino con alguien que nadie habría imaginado que aparecería en su historia.

El príncipe Jacon Magnus de Noruega era todo lo que Mortenburg no era. Educado, sereno, con una formación universitaria sólida y la carga natural de quien sabe desde niño que un día tendrá responsabilidades que van más allá de su propia vida. Era también, según quienes lo conocían bien, un joven genuinamente curioso por el mundo real, por la gente que no vivía dentro de las paredes doradas del protocolo.

Se conocieron en el verano de 1999 durante el festival de música de Quart en Christians, la ciudad natal de Mete Marit. Fue un encuentro que ninguno de los dos buscó con esa intención, pero que los dos reconocieron de inmediato como algo diferente. Jacon no vio en ella a una chica de fiesta.

Vio a una mujer que había vivido, que había cometido errores, que había sobrevivido y que miraba al mundo con una honestidad que pocas personas de su entorno eran capaces de mostrar. La relación entre Hacon y Mete Marit no fue inmediata ni sencilla. Durante meses, los dos se vieron con discreción, conscientes de que el momento en que esa historia se hiciera pública iba a desencadenar algo para lo que ninguno de los dos estaba del todo preparado.

El príncipe sabía lo que implicaba presentar a una pareja al mundo. Lo había visto en otros miembros de familias reales europeas. Sabía que el escrutinio sería brutal. Pero lo que quizás subestimó o quizás simplemente aceptó con los ojos abiertos era la magnitud del pasado que Mete Marit llevaba consigo. No era solo la cuestión de Marius, aunque ese era ya un elemento que la opinión pública noruega no iba a ignorar. Era todo lo demás.

Las fotos que empezaron a circular en los tabloides, las declaraciones de personas que desean haberla conocido en fiestas, los rumores sobre el consumo de sustancias. la figura incómoda de su propio padre, que con el paso del tiempo demostraría ser una fuente inagotable de titulares comprometedores. Sven Olaf Hiby, el padre de Metemarit, era un periodista que no supo o no quiso mantenerse en segundo plano cuando su hija se convirtió en figura pública.

Consó entrevistas, habló más de la cuenta, se fotografió en situaciones que generaron escándalo y cuando las cosas se ponían especialmente difíciles, siempre había una declaración suya que añadía leña al fuego en el momento menos oportuno. Para una familia real que había construido su imagen sobre la base de la discreción y la estabilidad, la presencia constante de Hiby en los medios era un problema que no tenía solución fácil.

Sin embargo, Jacón no retrocedió. Aquí es donde la historia se vuelve genuinamente extraordinaria, porque no fue la presión pública la que determinó el destino de esta pareja, sino la decisión consciente y sostenida de un príncipe que eligió a una mujer sobre todas las convenciones que su posición imponía.

Y al hacerlo, puso en marcha una cadena de eventos que obligaría a Noruega entera a preguntarse qué esperaba realmente de su familia real. En el año 2000 la relación ya era conocida. Las fotos aparecían en revistas, los debates en los medios noruegos subían de tono. El gobierno, que en Noruega tiene un papel formal en los asuntos de la corona, comenzó a recibir preguntas que no tenía respuestas preparadas para contestar.

Y en el palacio real de Oslo, el rey Haral y la reina Sonia observaban, escuchaban y según cuentan los que estuvieron cerca, trataban de comprender a la mujer que su hijo había elegido antes de emitir ningún juicio definitivo. Lo que muchos no saben es que el rey Haral y la reina Sonia tenían razones personales para ser comprensivos.

Su propia historia de amor había sido décadas atrás igualmente polémica. Sonia Haralsen era hija de un comerciante, una mujer de clase media en una época en que casarse con el heredero al trono noruego exigía sangre azul. Harald esperó 9 años para poder casarse con ella. 9 años en que la presión de la Corte y de la clase política noruega intentó convencerlo de buscar una opción más adecuada.

Harald no se dio y cuando finalmente se casaron en 1968, la mayoría de los noruegos terminó aceptando y queriendo a su reina. Esa historia familiar era en cierto modo el contexto que hacía posible que Jacon siguiera adelante. No estaba traicionando una tradición, estaba continuándola. la tradición de los príncipes noruegos que elegían por amor y no por conveniencia dinástica.

Pero había una diferencia crucial entre la historia de Haral y Sonia y la de Hacon y Metemarit. Sonia no tenía un pasado que la persiguiera. Metemarit sí. El año 2001 fue el año de la verdad. En enero, el palacio real confirmó oficialmente el compromiso. La boda estaba programada para el 25 de agosto de ese mismo año.

La noticia generó una tormenta mediática sin precedentes en la historia reciente de la monarquía noruega. Las encuestas de opinión mostraban un país dividido. Algunos sectores expresaban abiertamente su oposición. Una parte de la clase política debatía si la futura princesa cumplía con los requisitos morales que la posición exigía.

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