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Mauricio Garcés: POR ESTO CARGÓ 18 AÑOS con un CRISTO MUERTO en su CAMA

Mezcla de acentos. sirios, libaneses, españoles, italianos, gringos, todos buscando una vida nueva en un país que recién salía de la revolución y todavía no terminaba de mirarse al espejo. En ese puerto, en una familia libanesa de comerciantes, nace un niño. Lo llaman Mauricio Féz Yasbec. Féz Yasbec. Guarda ese apellido, porque ese apellido es el primer gran secreto del galán que años después iba a enamorar a México con apariencia de marqués europeo.

Mauricio no era de cuna mexicana  del centro. Mauricio era hijo de migrantes árabes en una ciudad portuaria. Su casa olía a café cardamomo, a kibe recién hecho, a mantel bordado por una tía que todavía hablaba poco español. En aquel México eso pesaba. Pesaba porque la industria del cine, que estaba a punto de nacer, el cine que iba a inventar a Pedro Infante y a Jorge Negrete y a Pedro Armendaris, ese cine vendía una idea muy concreta de lo que era ser mexicano.

Sombrero, caballo, tequila, bigote, voz potente, macho de rancho. Un Mauricio Férez Jazbek no encajaba en ese cartel. Un Mauricio Féz Jazbek sonaba a otra historia, a otra geografía, a un país distinto. Y ahí,  en esa pequeña diferencia empezó la primera máscara. La familia se traslada eventualmente a la ciudad de México.

Mauricio crece entre Tampico y la capital. Es un muchacho delgado,  observador, lector, con ese tipo de timidez que después se confunde con elegancia. Le gusta el teatro, le gusta el cine, le gustan las palabras dichas  con calma, las pausas, el modo en que un buen actor sabe esperar antes de soltar la frase. Y aquí, escucha bien, porque esto es importante para entender  al hombre.

Hay un dato que el propio Mauricio confesó después, ya siendo  el galán más codiciado del país, lo dijo en una entrevista con cierta amargura, casi sin querer. Yo nunca  me consideré un hombre con gracia. Sin gracia. Esas dos  palabras las dijo el hombre al que millones de mujeres consideraban la encarnación del encanto.

Y esas dos palabras  lo explican casi todo. Porque cuando alguien que se siente sin gracia termina convertido en símbolo  nacional del encanto, hay una contradicción adentro que tarde o temprano se cobra factura. La fama no te quita lo que tienes, te quita lo que eres. Y a Mauricio se lo empezó a quitar muy pronto.

A finales de los años 40 y principios de los 50, Mauricio entra a la industria por la puerta de atrás. Pequeños papeles, doblajes, trabajos de teatro, algún rol secundario en cine, pero cuando los productores lo miran, ven un detalle que no encaja con la fantasía nacional. El apellido Fer Jazbeck no se puede poner en un cartel  grande sobre el cine Metropolitan.

Féx Jazbeck le complica al espectador identificarse con el galán. Féz Jazbeck lo separa del modelo que el cine de oro estaba moldeando con martillo ye. Entonces ocurre algo que en los años 50 era de lo más normal y hoy daría para una película entera.  La industria, con esa naturalidad con la que se cambia el peinado de una actriz le sugiere a Mauricio cambiar de apellido.

Garcés. Mauricio Garcés suena español, suena limpio, suena a hombre de capital, a abogado del centro, a galán de salón. Es el apellido que cabe en un cartel y en una portada de revistas sin levantar preguntas. Mauricio acepta. Acepta y sin saberlo firma el primer contrato de su tragedia. Porque el día en que un hombre acepta convertirse en otro para ser amado, ese hombre empieza a desaparecer en silencio.

Don Juan vivía en la pantalla.  Mauricio se moría en la cama. Y todo empezó ese día con un apellido  enterrado en una oficina de producción. Hay un detalle de ese momento que pocas biografías cuentan  y que dice mucho de la época. Mauricio tenía un hermano Henocu espectáculo. Henoc conservó el apellido Ferz.

Henoc fue conocido durante décadas como un hombre del medio, productor, gestor cultural,  presencia constante en la escena artística de la capital. Pero Henoc jamás  fue galán. Heno jamás cargó en sus hombros la fantasía nacional del seductor. Heno pudo seguir siendo Fées porque a Genocían encarnar un modelo, a Mauricio sí.

Esa diferencia, querida amiga, marca toda la tragedia. Enoc fue lo que pudo. Mauricio fue lo que necesitaban. y ser lo que necesitan los demás. Ser el  muñeco que un país entero recorta en las revistas, ser el rostro que las amas de casa pegan  en el espejo del baño. Ser la fantasía colectiva de una generación de mujeres. Eso, querida amiga, eso es un trabajo de tiempo completo.

24 horas al día, sin vacaciones, sin domingos, sin permisos. La industria mexicana de los 50 funcionaba como una fábrica. Una fábrica de héroes. Cada  estudio tenía su línea de montaje. Películas Rodríguez, Filmadora Chapultepec, Producciones Filmex, películas mexicanas.  Cada productor tenía sus galanes, sus damas jóvenes, sus madres sufridas, sus villanos de bigote y cada actor era literalmente una pieza en esa línea.

Te ponían un nombre nuevo, te ponían un peinado  nuevo, te ponían un acento nuevo si era necesario, te enseñaban a caminar de cierta forma, a mirar de cierta forma, a sonreír de cierta forma. Y cuando  ya había sido procesado por completo, salías al mercado como producto terminado. Pedro Infante fue procesado de una manera, Jorge Negrete de otra, Pedro Armendaris de otra.

Cada uno encarnó un modelo de hombre mexicano que el cine estaba inventando sobre  la marcha. A Mauricio le tocó un modelo nuevo, un modelo que la industria todavía no había explotado del todo. El galán de ciudad, el cuarentón elegante, el soltero rico que conquistaba con la palabra, el primer don Juan urbano del cine mexicano.

Y como en todos los modelos nuevos, las primeras versiones no estaban bien ajustadas. Las primeras películas donde Mauricio prueba esa fórmula son irregulares. Algunas funcionan a medias, otras pasan sin pena ni gloria. Pero hay un grupo de productores encabezados por René Cardona y por algunos hombres clave de la época que entienden que ese tipo, ese tal Garcés, tiene algo.

Tiene una forma de levantar la ceja. Tiene una forma de inclinarse hacia la actriz cuando le  habla. Tiene una forma de sonreír después de decir una frase, como si la frase la hubiera improvisado, cuando todos sabemos que la frase llevaba semanas ensayada. Lo apuestan. Don Juan 67, dirigida por Javier Aguirre Echanis, desde producciones específicas  para Mauricio, fue el gran golpe.

La taquilla rompió pronósticos, el boca a boca hizo el resto. Y el galán urbano, ese personaje fabricado a base de instrucciones, ropa de sastrería Toledo y guiones afilados, se convirtió de la noche a la mañana. En la nueva referencia masculina del cine mexicano. Las siguientes películas  vienen seguidas: Modisto de señoras, departamento de soltero, Click, Fotógrafo de Modelos, El Cuerpazo del Delito.

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