Esa misma noche, en una calle del fraccionamiento Santa Cecilia de la ciudad de León, Guanajuato, una mujer también lloraba. Se llamaba Lilian de la Concha Estrada. Tenía 48 años. Había sido la esposa de Vicente Fox durante 19 años. Desde 1972 habían adoptado juntos cuatro hijos, Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo.
Lo había acompañado en sus campañas primero como diputado, después como gobernador de Guanajuato. Habían vivido en el rancho San Cristóbal, criando los caballos de raza, los avestruces que Vicente había traído de Sudáfrica. Lilian fundó una casa hogar para niños abandonados, la casa cuna amigo Daniel, y se pasaba los días dándoles biberón a los bebés que llegaban en las madrugadas.
Era una mujer creyente, católica, practicante, que cuando se casó por la Iglesia el 18 de marzo de 1972 en la Iglesia de Nuestra Señora del Rayo, dijo lo que todas las mujeres católicas de México decían entonces, hasta que la muerte nos separe. Lo que finalmente los separó no fue la muerte que ella había prometido en el altar, fue otra mujer.
Lilian llevaba 9 años divorciada de Vicente cuando él ganó la elección, pero todavía decía en cada entrevista que le hacían lo que para ella era una verdad religiosa. Lo que Dios ha unido no lo separa el hombre. Esa frase la repetía como una oración, como si el divorcio civil del año 1991 no contara, como si el hombre con el que había compartido 24 años de su vida fuera a regresar, tarde o temprano al hogar que habían construido juntos.
Cuando Fox ganó la presidencia, Lilian incluso dijo en una entrevista que tenía esperanzas de un proceso de reconciliación. Esa frase salió publicada el 5 de julio del año 2000, tr días después de la elección. Lo que Lilian todavía no sabía esa noche, lo que iba a saber en pocos meses, era que mientras ella seguía esperando, dentro del equipo de campaña de Fox había una mujer que llevaba años trabajando para que esa reconciliación nunca ocurriera.
una mujer que había pasado de ser candidata, derrotada a la alcaldía de Celaya en 1994, a ser vocera del candidato presidencial, una mujer que había aprendido el oficio de la política en el PAN de Guanajuato, en los años en los que ese partido era todavía la oposición que nadie tomaba en serio. Una mujer divorciada con tres hijos varones, hija de un médico de un pueblo de Michoacán llamado Zamora.
Esa mujer se llamaba Marta María Saagún Jiménez y estaba a punto de convertirse en la primera dama más poderosa que ha tenido México, la que en Los Pinos, a sus espaldas los altos funcionarios empezaron a llamar con un solo apodo. La jefa. Acuérdate de ese nombre. La jefa, lo vas a necesitar para entender el final.
Para entender de dónde venía Marta Saagún, hay que conocer Zamora. Es una ciudad chica en el norte de Michoacán, católica hasta los huesos, con una catedral inacabada que se ve desde cualquier punto del valle, rodeada de campos de fresa y de aguacate. Marta nació ahí el 10 de abril de 1953. Mane era la segunda de seis hijos.
Su papá, Alberto Saagún de la Parra era médico. Su mamá, Ana Teresa Jiménez Vargas, se dedicaba a la casa. La educaron las hermanas teresianas. Y de esa educación, dicen los que la conocieron en aquellos años, le quedó una devoción enorme por Santa Teresa de Jesús, esa monja española del siglo X, que escribió tratados sobre la vida interior y sobre las alturas que el alma podía alcanzar si se entregaba completamente.
Santa Teresa hablaba de la oración como un combate. Marta, según los que la conocieron, leía esos textos con un subrayador. A los 18 años, en 1971, se casó con un veterinario llamado Manuel Briviesca Godoy, un hombre de Celaya, varios años mayor que ella. La boda fue en Zamora, la iglesia llena, la mamá de Marta sonriendo, su papá entregándola en el altar.
Lo que pasó después dentro de esa casa en Celaya durante los siguientes 27 años lo contó la propia Marta en una carta que envió en el año 2003 a las autoridades eclesiásticas de la Sagrada Rota Romana en Roma, pidiendo la nulidad de su matrimonio religioso. En esa carta, Marta alegó violencia doméstica. Dijo que había sufrido abusos físicos y emocionales durante años.
Dijo que había callado por miedo por sus tres hijos. Por el qué dirán de un pueblo donde una mujer divorciada era una mujer marcada. La nulidad se la otorgaron en 2005. Lo que esa carta contiene, en sus detalles más íntimos, fue parte del litigio que después la enfrentó con la periodista Olga Warnat. Pero el dato esencial es uno solo y ese sí está confirmado.
A Marta Saagún sobrevivió a un matrimonio violento durante casi tres décadas antes de atreverse a divorciarse. Se separaron en 1998. Firmaron el divorcio civil en el año 2000 y cuando lo firmaron, Marta llevaba ya 3 años trabajando para Vicente Fox, primero en el gobierno de Guanajuato, después en su campaña presidencial.
Si tú has conocido a una mujer que aguantó años lo que no debería haber aguantado, ya sabes de lo que estoy hablando. Porque en el México de los años 70 y 80 era lo normal. Una mujer no dejaba al marido. El marido la dejaba o se moría y entonces ya, pero no al revés. Lo que pasó dentro de Marta durante esos años de matrimonio, nadie lo sabe del todo.
Lo que sí se sabe es lo que pasó cuando salió de ese matrimonio. Cuando Marta llegó al equipo de Fox en 1995, ya tenía 42 años. ya había sido derrotada en la única elección a la que se había presentado por su cuenta, la alcaldía de Celaya, en 1994. Ya tenía tres hijos jóvenes que mantener y tenía algo más. tenía una ambición que ningún miembro del equipo había visto antes en una mujer.
La describen quienes trabajaron con ella en comunicación social del gobierno de Guanajuato como obsesiva, metódica, inagotable. Llegaba a las oficinas a las 7 de la mañana, se iba a pasada la medianoche y siempre, siempre donde estuviera Vicente Fox, ella estaba detrás. a media distancia, tomando notas, anticipando lo que el gobernador iba a necesitar antes de que él mismo lo supiera.
Vicente Fox lo contó él mismo, muchos años después a en una entrevista con Jordi Rosado en 2022. Lo dijo con sus palabras y con risa, como si todavía no se diera cuenta del todo de lo que había pasado. Cuando llegó a Los Pinos, dijo, “Martita decidió que quería vivir en Los Pinos.” Y entonces dijo Fox en sus propias palabras, “Ahora sí, ya me agarraron.
” Esa frase la dijo Entre Carcajadas. 20 años antes, cuando Lilian de la Concha todavía esperaba la reconciliación, esa misma frase tendría una lectura mucho más oscura, porque Marta había decidido y a partir del momento en que Marta decidía algo, el resto del mundo se acomodaba alrededor de su decisión.
El 29 de noviembre de 2000, dos días antes de tomar posesión, Vicente Fox nombró a Marta Saagú, coordinadora de comunicación social y vocera de la Presidencia de la República. Era la primera vez en la historia de México que una mujer ocupaba ese cargo desde Los Pinos. La prensa lo celebró.
Hablaron de modernidad, de cambio, de paridad de género. Hablaron de la nueva era que estaba comenzando. Lo que nadie dijo en voz alta, lo que muchos sabían pero callaban, era que la nueva vocera del presidente y el presidente eran amantes desde hacía años. que en Los Pinos no había llegado solo una funcionaria, había llegado encubierta detrás de un cargo formal, la nueva pareja del jefe del Estado mexicano.
Y entonces empezaron a pasar cosas que las primeras damas de México nunca habían hecho. Marta no caminaba detrás del presidente como Cecilia Oxeli, la esposa de Carlos Salinas. Tampoco se quedaba de espectadora discreta como Nilda Patricia Velasco, la esposa de Ernesto Cedillo. Marta caminaba al lado de Fox o le tomaba la mano frente a las cámaras.
Le susurraba al oído antes de que él contestara las preguntas de los reporteros. En los actos oficiales, cuando alguien le hacía una pregunta protocolaria al presidente, Fox a veces se volteaba a verla a ella antes de responder. Olga Awornat, que cubrió esa transición desde adentro, lo describió con una imagen que se le quedó grabada.
Hasta entonces, las primeras damas caminaban por detrás. Marta le agarraba de la mano y caminaba a su lado. “Fue un cambio de época”, dijo Warnat. “Pero también fue, y esto Warnat lo escribió mucho después, el primer aviso de que algo no estaba bien. Porque una primera dama que toma decisiones en lugar del presidente entra en un terreno para el que la Constitución mexicana ni siquiera tiene nombre.
Y entrar a un terreno sin nombre es la forma más rápida que existe de escribir tu propia historia sin reglas. Esa mujer ya desde el primer mes en Los Pinos era la jefa. Y dentro de la residencia presidencial, los hijos del presidente, los cuatro hijos adoptados que Vicente había tenido con Lilian lo notaron antes que nadie.
Ana Cristina Fox, la mayor, era ya una mujer adulta cuando su papá llegó a la presidencia. Había crecido en el rancho San Cristóbal, montando los caballos, ayudando a su mamá en la casa hogar. se llevaba mal con Marta desde antes y cuando Marta se mudó a Los Pinos, cuando empezó a tomar decisiones que correspondían al presidente, cuando empezó a recibir visitas en la residencia oficial, sin que el equipo presidencial supiera de qué se trataban, y a Ana Cristina y sus tres hermanos hicieron algo que muy pocos hijos de
presidente han hecho en la historia de México. sentaron a escribir una carta, una carta dirigida a su papá. En esa carta, según contó después la periodista Olga Warnat en su libro La jefa, los cuatro hijos de Vicente Fox le explicaban a su padre lo que estaban viendo con sus propios ojos dentro de la residencia presidencial.
Le contaban de los rituales que Marta hacía, de los hombres extraños que entraban por las noches, de las cosas que encontraban en los jardines a la mañana siguiente, cocos partidos, velas a medio quemar, restos de plumas. Esa carta, según la investigación de Warnat, nunca llegó a manos de Vicente Fox.
Algunos exfuncionarios de Los Pinos, gente leal al presidente, supieron de la existencia de la carta antes de que se entregara y se reunieron con los cuatro hijos. Les dijeron, según el testimonio recogido por la periodista, que su padre seguramente no les iba a creer, que estaba demasiado enamorado, que sería peor para ellos hablar.
Y los cuatro hijos asustados decidieron guardar la carta. Nunca se entregó y nunca se supo qué decía exactamente. Pero algo de lo que esa carta contenía sí se filtró. Y lo que se filtró fue tan grave que dos décadas después los expedientes de la propia Cámara de Diputados de México siguen guardando los nombres y los detalles.
Lo que esa carta contenía tenía que ver con un hombre vestido de blanco que cruzaba los jardines de Los Pinos a las 2 de la mañana con dos cocos en las manos. el padre Campos y lo que pasaba dentro de la cabaña presidencial cuando él llegaba. Ni para entender de dónde salió el padre Campos, hay que entender otra cosa.
Primero, hay que entender que Marta Saagún, antes de ser la mujer más poderosa de México, antes de tomar el café del desayuno con el presidente, había vivido una infancia y una juventud marcadas por dos cosas que casi nunca aparecen juntas. la fe católica más estricta, esa de las hermanas teresianas, esa de las madrugadas rezando el rosario y al mismo tiempo una atracción profunda por lo esotérico, por las prácticas que la Iglesia oficial condenaba, por las cosas que se hacían a escondidas en los pueblos del vajío, cuando alguien quería que algo cambiara
y no podía cambiarlo con misas. Esto lo documentó José Gil Olmos, periodista de la jornada con más de 15 años cubriendo política mexicana en su libro Los brujos del poder, anda publicado por Random House Mondadori en 2008. Gil Olmos tardó 4 años investigando esa historia. habló con excaboradores de Marta, habló con personal de servicio de Los Pinos, habló con dos santeros que aseguraron haber sido contratados por la primera dama. Y lo que reconstruyó es esto.
Cuando Marta decidió que se iba a casar con Vicente Fox en 1999, todavía no estaba divorciada. Vicente seguía casado por la iglesia con Lilian. Marta seguía casada por la iglesia con el veterinario. Los dos matrimonios eran considerados indisolubles según el derecho canónico.
Y Marta, que era católica practicante, sabía que casarse por lo civil no era suficiente. tenía que conseguir las dos nulidades y mientras las conseguía tenía que asegurarse de que Vicente no se le fuera y de que ningún colaborador del candidato pudiera convencerlo de regresar con Lilian, de que ninguna otra mujer apareciera en el camino.
Era un proyecto de control absoluto sobre un hombre que iba a ser presidente de México. Y Martha, según Gil Ololmos, según Warnat, según los testimonios cruzados de tres exfuncionarios distintos, recurrió a lo que las mujeres de su generación recurrían cuando lo otro no funcionaba. Recurrió a un santero, el primero de varios.
Lo encontraron a través de un contacto en la ciudad de México. Era cubano, le decían el padre Campos. Tenía como 50 años, complexión delgada, ojos pequeños, voz baja. Vestía siempre de blanco, según describen los testigos, una túnica que le llegaba a los pies con un collar de cuentas alrededor del cuello. La primera consulta, según el relato de Gil Olmos, o fue en una casa privada del sur de la Ciudad de México.
Marta llegó acompañada de dos colaboradoras de su mayor confianza. El padre Campos la recibió en una habitación con velas encendidas. Le pidió que escribiera en un papel los nombres completos de las personas que quería que se apartaran del camino de Vicente Fox. Marta escribió varios nombres. El primero de la lista, según los testigos, era el de Lilian de la Concha.
El padre Campos le pidió 20,000 pesos por adelantado. Le dijo que necesitaba preparar una pócima especial. Días después regresó con una botella de plástico transparente con un líquido espeso adentro. Pero antes de entregársela, le pidió a Marta dos cosas más. una muestra de su sangre menstrual y unos cabellos de sus partes íntimas para hacerlos polvo, dijo el santero, y agregárselos a la botella.
Marta accedió, pues se los entregó. Y cuando ya tenía todo lo que necesitaba, el padre Campos le entregó la botella a Marta y le dio una instrucción precisa. Tres gotas diarias en el café del presidente. Tres gotas. Ni una más ni una menos. todas las mañanas sin que él se diera cuenta.
Tú quizá estés pensando que esto es demasiado fuerte para ser verdad, que es una exageración, que es un chisme de revista, pues te voy a pedir que aguantes un poco, porque lo que te acabo de contar está en un libro publicado por una editorial seria, escrito por un periodista que pasó media vida en la jornada, basado en testimonios de tres personas distintas que trabajaron dentro de Los Pinos y que No tenían por qué inventarlo.
Marta Sahajagú nunca desmintió estos datos. Su oficina, cuando le preguntaron, dijo que no iba a hacer comentarios. Aquí viene lo primero que te prometí. Porque para entender quién era el padre Campos, hay que entender lo que hacía dentro de Los Pinos. El 2 de julio de 2001, exactamente un año después del triunfo electoral, a las 8 de la mañana, Vicente Fox y Marta Saagún se casaron por lo civil en la cabaña presidencial.
La ceremonia la ofició el juez vio del Registro Civil, Gustavo Lugo Monroy. Estaban presentes seis personas. Esa misma mañana en otra parte de México se encontraba de visita oficial el presidente del Gobierno de España, José María Aznar. Vicente Fox lo recibió por la tarde, ya casado, con su nueva esposa al lado, vestida de blanco, sonriendo.
La prensa lo cubrió con bombo. Marta se hacía llamar a partir de ese día Marta Saagú de Fox. pidió con educación y con firmeza a que todos los funcionarios la llamaran así. Y a partir de ese día, dentro de Los Pinos, empezaron a pasar cosas que el personal de la residencia comentaba en voz baja.
El padre Campos, que hasta entonces visitaba a Marta en casas privadas, empezó a entrar a Los Pinos. Al principio solo en algunas ocasiones especiales, después todos los días. José Gil Olmos lo escribió textual en su libro y la cita se publicó después en varios medios sin que nadie la desmintiera. El padre Campos se fue a vivir a un departamento patrocinado con dinero de los impuestos de los mexicanos y seguía asistiendo todos los días a Los Pinos para seguir dándole a los rituales.
Lo que hacía dentro de la residencia, según los testimonios recogidos por Gil Olmos y por Warnat, era variado. Algunas noches realizaba ceremonias en los jardines presidenciales o caminaba con los dos cocos en las manos. Repetía nombres, a veces el de Marta, a veces el de personas a las que Marta quería ayudar.
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En una ocasión, según testimonio recogido por Proceso, el padre Campos fue visto repitiendo el nombre de una mujer llamada Gina, que le había pedido a Marta que la conectara con el santero, porque todos los novios la dejaban. El ritual cubano se llama, según Kilolmos, una limpia para asuntos del corazón.
Otras veces el ritual era más fuerte. Marta llevaba fotografías de personas concretas, funcionarios de Los Pinos a los que quería sacar del camino, periodistas que escribían cosas que no le convenían, mujeres que se acercaban demasiado al presidente. Sobre cada fotografía, el padre Campos colocaba una tarántula viva.
Después clavaba a la tarántula a la imagen con un alfiler largo y la quemaba completa junto con la fotografía, recitando una oración cubana. Estos rituales, según el periodista, ocurrieron varias veces dentro de la cabaña presidencial y los testigos describen un detalle que pone los pelos de punta.
Después de cada ritual, la mayoría de las personas cuya fotografía fue quemada acabaron desplazadas, retiradas o lejos de los círculos de poder de Los Pinos. Eso no prueba que el ritual funcionara, pero prueba que Marta tenía un poder real, no esotérico, para mover gente y que usaba el ritual como una manera de marcar dentro de su mente a las personas que ya estaban marcadas en su agenda política y entonces estaba el café.
Cada mañana, según una declaración recogida por Gil Olmos de un exempleado del personal de servicio de Los Pinos, Marta era la única que preparaba el café del presidente o no lo dejaba hacer a la cocinera, no lo dejaba hacer al mesero, lo preparaba ella misma en la cocina privada de la cabaña presidencial antes de que Vicente bajara a desayunar.
Tres gotas todos los días durante 6 años. Lo que ocurrió con Vicente Fox en esos 6 años está descrito por gente que lo conocía desde antes. Decían, y lo siguen diciendo, que el Vicente Fox, que entró a Los Pinos en diciembre del año 2000 no era el mismo que salió en diciembre de 2006. El que entró era un hombre seguro, fuerte, con una presencia física imponente.
El que salió tenía la mirada distinta, más perdida, más dependiente. En las conferencias de prensa de los últimos años de su sexenio, se le notaba que esperaba la reacción de Marta antes de responder, que cuando ella no estaba al lado, él se quedaba como suspendido, buscándola con la mirada. Quienes lo notaron lo achacaron al desgaste del cargo, a los problemas políticos del final del sexenio, al fracaso de las reformas que prometió y nunca aprobó.
Pero entre los pasillos de los Pinos, los más viejos, los que habían visto pasar a varios presidentes, decían otra cosa. Decían que a Vicente Fox lo habían amarrado, que algo le habían hecho. Mira, yo no te estoy diciendo que la brujería funciona. Yo no soy quién para decirte eso, pero te estoy contando lo que los propios empleados de Los Pinos decían entre ellos y lo que tres periodistas serios documentaron con fuentes independientes.
Tú decides qué hacer con esta información, pero lo que no puedes negar, porque es un hecho histórico, es que durante 6 años un santero cubano entraba todos los días a la residencia oficial del presidente de México y que nadie, ni el Estado Mayor presidencial, ni el gabinete, ni la prensa, fue capaz de pararlo.
Eso fue lo primero que te prometí. El padre Campos, la pócima, el café, el control. Esa fue la primera capa de poder que Marta Saagún construyó dentro de Los Pinos. Pero la primera capa solo le servía para una cosa, para que Vicente Fox no le dijera que no a nada. Y la segunda capa, la que vino después, la que explica los 6000 millones de pesos y los apellidos de sus tres hijos.
y la empresa Oceanografía y el saqueo más grande de Pemex en los últimos 50 años. Esa segunda capa empezó en una conversación telefónica, una conversación que Marta tuvo con su hermano Guillermo Saagún y con su hijo mayor Manuel Briviesca Saagún. A finales del año 2001, cuando ya estaba casada con Fox, cuando ya era la jefa, a cuando todavía tenía por delante 5 años para hacer lo que iba a hacer. Esa conversación cambió México.
La empresa de la que hablaron en esa llamada estaba a punto de ser embargada por Hacienda. tenía una deuda de 21,130,485es. Sus dueños eran los hermanos Yáñez Correa, unos empresarios de Veracruz que no tenían acceso al gobierno. Y al cabo de 4 años, esa misma empresa iba a tener 32 contratos con Pemex y un capital multiplicado por casi 100.
La empresa se llamaba Oceanografía. Y antes de que termine este video, vas a saber exactamente cuánto se llevó, quién pagó y por qué hoy, 20 años después, ningún briviesca está en la cárcel. Pero todavía falta, porque para entender oceanografía hay que entender primero quién era Manuel Briviesc Saagún, el hijo mayor de Marta, el que iba a usar el nombre de su mamá durante 6 años seguidos para construir una de las fortunas más rápidas y más turbias del México contemporáneo.
Y para entender a Manuel Briviesca, hay que entender lo que pasó en la casa de Celaya cuando Marta todavía estaba casada con el veterinario. Hay que entender cómo se cría un niño con una madre que todos los días en silencio está aprendiendo a sobrevivir en un matrimonio que la lastima. ¿Cómo se cría un niño que ve a su madre llorar a escondidas? ¿Cómo se cría un niño que aprende desde los siete u 8 años que en esa casa el que manda es el papá? Pero que el que decide en silencio, el que aguanta, el que sostiene todo, es la
mamá. Y un niño así cuando crece, cuando ve a su madre transformarse en la mujer más poderosa del país, hace una de dos cosas, o la protege con su vida o la usa. Manuel Briviesca. Saagú hizo la segunda y Marta lo dejó. Aquí termina la primera parte de esta historia, la parte en la que conociste a la mujer, al santero, al presidente embrujado, la parte en la que entendiste de dónde salió la jefa.
Pero ahora viene la otra parte, la parte que tu propia espectadora, con tu intuición de mujer que ha visto pasar muchas cosas en su vida, ya empezó a sospechar. La parte de los hijos, la parte del dinero, la parte por la que Marta Saagún hoy no puede salir tranquila a la calle en la Ciudad de México.
La parte por la que Vicente Fox se encerró en su rancho. La parte por la que el sexenio del cambio se convirtió en otro sexenio más de saqueo, pero esta vez con una primera dama tomando las decisiones desde una cabaña que olía a velas y a coco partido. Quédate porque lo que viene es más fuerte todavía. Manuel Briviesca.
Saagún nació en Celaya, Guanajuato, en 1972. Cuando llegó al mundo, su mamá tenía 19 años, apenas un año casada con el veterinario, recién mudada a esa casa, donde con el tiempo iba a aprender lo que era encerrar las lágrimas en el cuarto del fondo para que los hijos no la oyeran. Manuel creció rodeado de eso.
Vio a su madre asistir a misa todos los domingos vestida con dignidad. La vio sonreírle a las vecinas en el mercado como si todo estuviera bien. Y por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, escuchaba la voz alta de su padre y la voz callada de su madre, y aprendía algo que ningún niño debería aprender.
Que la fuerza en una familia no siempre se ve, a veces se aguanta. Cuando Marta entró a la política y en 1988, Manuel tenía 16 años. Vio a su mamá militar en un partido que en Guanajuato apenas tenía oficinas. Vio a su mamá perder elecciones. Vio a su mamá levantarse al día siguiente, peinarse, ponerse el saco y volver a empezar.
Y vio también como poco a poco esa mujer que se había pasado 27 años aguantando, empezaba a tomar las decisiones que en su casa nunca le habían dejado tomar. Manuel admiraba a su madre, pero también, y esto es importante para entender lo que vino después, había aprendido de ella algo que a Marta misma le costaría reconocer.
Había aprendido a usar el sufrimiento como una llave, a convertir lo que se aguantaba en un permiso para luego cobrarse con intereses lo que el mundo no había dado a tiempo. Para el año 2001, cuando Marta se casó con Vicente Fox, a sus tres hijos tenían entre 20 y 30 años. Manuel, el mayor alcanzaba la treintena.
Jorge Alberto le seguía dos años después. Fernando el menor había nacido en Zamora el 16 de agosto de 1981 y andaba en sus 20. Los tres habían estudiado carreras universitarias, pero ninguno había hecho carrera empresarial seria. Los tres vivían entre Celaya, León y la Ciudad de México, todavía sin saber muy bien qué iban a hacer con su vida.
Y entonces, de un día para otro, su mamá se mudó a Los Pinos y los tres entendieron, mucho antes de que la prensa lo entendiera, que su apellido había cambiado de valor. Antes eran los hijos de la divorciada de Celaya, ahora eran los hijos de la primera dama de México. Y ese cambio que para Marta fue el principio de su sueño, no para sus tres hijos fue el principio de un saqueo.
La empresa se llamaba Oceanografía. Estaba registrada en Veracruz. Había sido fundada el 27 de enero de 1980 por cuatro hombres con apellidos veracruzanos. Amado y Darío Yáñez Correa, Samuel Yáñez Chaparro y Alberto Duarte Martínez. Más tarde se incorporaron dos hijos del primero, Amado Omar y Carlos Daniel Yáñez Osuna.
Era una empresa de servicios marítimos. Le rentaba barcos a Pemex para que la paraestatal hiciera trabajos en las plataformas petroleras del Golfo de México. Durante 15 años, desde 1980 hasta mediados de los 90, Oceanografía fue una empresa mediana sin grandes contratos. sin nombre, sin influencia. En abril del año 2000, dos meses antes de la elección presidencial, la Secretaría de Hacienda intentó embargarla.
Le debía a la nación 21,130,485es. Iba a desaparecer. Y entonces ocurrió algo. El 20 de abril de 2001, casi un año exacto después del intento de embargo, alguien dentro del gobierno de Vicente Fox ordenó cancelar el embargo sobre los bienes de oceanografía. La deuda no se pagó, simplemente se canceló el procedimiento. La empresa quedó libre y a partir de ese mes, Oceanografía empezó a recibir contratos de Pemex que multiplicaban por 10, por 20, por 50, los que había recibido en toda su historia anterior.
Entre 2002 y 2005, Oceanografía firmó 32 contratos con la paraestatal mexicana. Su capital social pasó de 1,500,000 pesos a 126 millones de pesos en menos de 4 años. Espérate, porque esta cifra cuando la oyes por primera vez no te dice nada, así que te la voy a traducir. La empresa que en abril de 2000 estaba a punto de quebrar, en menos de 4 años multiplicó su capital por 83 veces.
Eso no pasa en la vida real. Eso pasa cuando alguien desde arriba abre una llave y la llave la abrieron tres llamadas telefónicas. Lo confesó el propio Manuel Briviescas a Agún en una entrevista grabada con el periodista Miguel Badillo, director de la revista Contralínea en 2004. La cita es textual y se publicó después en varios medios.
Manuel Briviesca dijo con sus propias palabras lo siguiente. Te debo decir que sí. Mi hermano Jorge y mi tío Guillermo, hermano de Marta, llamaron a Pemex para que le dieran un contrato a Oceanografía. Eso sí, siempre con apego a la legalidad mediante concurso. Esas son las palabras textuales del hijo mayor de Marta Saagú.
en una entrevista que él mismo concedió sin que nadie lo obligara a un periodista de investigación. La frase final, eso sí, siempre con apego a la legalidad, intentaba protegerlo. La frase del medio, la confesión lo hundió. ¿Por qué esas tres llamadas explican todo? Jorge Alberto Briviesca, el segundo hijo de Marta.
Guillermo Saagún Jiménez, el tío, hermano carnal de la primera dama, llamando a directivos de Pemex desde teléfonos privados, exigiendo, según los testimonios recogidos por la Cámara de Diputados, que se le otorgaran contratos a una empresa específica, una empresa en la que oficialmente los Briviesca no figuraban como dueños. Los briviesca operaban a través de intermediarios, recibían su parte por debajo.
La cifra que esos contratos generaron y según la propia comisión investigadora de la Cámara de Diputados de México fue de más de 6,000 millones de pesos. Aquí viene lo segundo que te prometí, porque 6000 millones de pesos suena a número de televisión, pero 6000 millones de pesos en aquellos años eran traducidos a la realidad de tu casa, lo siguiente.
El sueldo mensual de un maestro de primaria en México en 2004 estaba alrededor de 6,000 pesos. 6000 millones de pesos eran en pesos de aquel sexenio un millón de sueldos mensuales de maestro. Eran 40 años de salarios de 100,000 maestros juntos. Eran el equivalente a construir 30 hospitales del Seguro Social. eran el presupuesto completo durante un año de un estado mediano de la República.
Cuando te llega un aumento de 300 pesos a tu pensión y sientes que no alcanza, acuérdate de esta cifra, 6000 millones de pesos. Se los llevaron tres muchachos de Celaya que nunca habían manejado un barco en su vida. se los llevaron usando el apellido de la mamá. Pero los 6000 millones de Pemex eran solo una parte, la parte más documentada, la parte por la que la Cámara de Diputados terminó haciendo una comisión investigadora.
Detrás de esa parte había muchas otras. La periodista Anabel Hernández en su libro Fin de fiesta en Los Pinos, publicado en 2006 por Random House, documentó algo todavía más grave. Lo escribió con todas sus letras. Si un empresario quería ganarse un contrato del gobierno federal, tenía que pagarle a Marta Saagú y a sus hijos un porcentaje de entre el 10 y el 20% sobre el valor del contrato.
Las joyas, dice Anabel Hernández, eran solo por entrar o a solo por poder sentarse con la primera dama. Esa frase, las joyas eran solo por entrar, cambió la conversación pública sobre Marta Saagun, porque hasta ese momento la primera dama se mostraba en las giras como una mujer comprometida con los pobres.
Iba a Chiapas, a Oaxaca, a Guerrero. Visitaba escuelas rurales, llevaba ayuda, hablaba con voz suave de los más necesitados. Pero las fotografías que la prensa empezó a publicar después de 2005 mostraban otra cosa. Marta Saagú en aeropuertos europeos cargando bolsas Luis Witón.
Marta Saagún en cenas oficiales con vestidos Chanel que costaban 000. Martú con relojes Cartier en las muñecas. Joyas en las orejas que un maestro de primaria no podría comprar trabajando 30 años seguidos. o la propia Olga Warnat lo describió con una frase que se le quedó grabada cuando reportaba para la revista Gatopardo.
Marta llegaba a las giras por barriadas marginales vestida de Chanel y Luis Vittón y se ponía a hablarle a los pobres y a los enfermos sobre la importancia de rezar mucho. Esa imagen, dice Warnat, fue el principio del final. Porque la gente en México perdona muchas cosas, pero hay una que no perdona.
Que te disfraces de mujer humilde mientras llevas en la muñeca el sueldo de un año de la persona a la que estás visitando. Y aquí, en este punto exacto del sexenio de Vicente Fox, ya con Marta Saagún convertida en la jefa, ya con los Briviesca cobrando millones, ya con las joyas a la vista, fue cuando una mujer empezó a hacer preguntas que iban a costar muy caro.
una periodista argentina nacida en misiones en 1959, que había llegado a México en 1999 para cubrir la campaña presidencial, Olga Warnat. Si has llegado hasta aquí en este video, si esta historia te está moviendo algo por dentro, te pido un solo favor. Suscríbete al canal y comparte este video con esa amiga, esa hermana, esa hija a la que también le tocó vivir aquellos años.
Estas historias necesitan llegar a las personas que las merecen escuchar, las que crecieron viendo a estos personajes en su televisión, las que merecen saber con datos, con nombres, con fechas lo que realmente estaba pasando detrás de cámaras. Hazlo por las víctimas por las que ahora vas a conocer.
Olga ANAT era una periodista de 40 años de oficio. Había cubierto la guerra de Centroamérica a la invasión de Estados Unidos a Panamá, la caída de los talibán en Afganistán. Había vivido en la clandestinidad durante la dictadura militar argentina. Estaba acostumbrada a que la amenazaran. En el año 2001, cuando Marta Saagún todavía era solo la nueva esposa de Fox y el sexenio empezaba, Olga consiguió la primera entrevista con la primera dama dentro de Los Pinos.
Lo que le pasó esa tarde lo contó muchas veces después. Lo contó a Milenio, a F, a Sin embargo. Lo contó porque la sorprendió tanto que nunca se le olvidó. Marta la recibió en una sala privada, le ofreció té. Empezaron a hablar de su infancia, de Zamora, de las hermanas teresianas. Y de pronto, sin que Olga le preguntara nada, Marta empezó a llorar.
Le contó con lágrimas en los ojos que la noche anterior había visto en televisión una película sobre Eva Perón y que se había sentido tan identificada con esa mujer argentina. esa mujer humilde que se convirtió en la madre de los pobres, que no había podido dormir. Olga, que era argentina, que había cubierto Argentina toda su vida, se quedó muda.
Después contaría que ese momento fue el principio de su libro. Marta Saagún se veía a sí misma como Eva Perón, como la futura presidenta, como la mujer que iba a salvar a México. Y desde esa convicción, según Warnat, se construyó el resto, la Fundación Vamos México, los discursos sobre los pobres, los tours a las comunidades indígenas.
Todo, según Warnat, era una operación coordinada para pavimentar el camino de Marta Saagun hacia la presidencia de la República en 2006. Olga Warnat empezó a investigar. Dos años después, en 2003, publicó un libro que sacudió a México. Se llamaba La jefa, vida pública y privada de Marta Saagú de Fox. La portada era una fotografía de Marta sonriendo con un saco rosa.
El título lo decía todo. La jefa, el apodo que ya circulaba dentro de Los Pinos, los pasillos de gobierno, las redacciones de los periódicos. El apodo que Marta misma, según los testimonios recogidos por Warnat, no rechazaba, le gustaba, sentía que reflejaba la verdad, que era ella la que mandaba y que el presidente, más que un compañero, era el cargo desde el cual ella podía operar.
El libro fue un éxito de ventas inmediato en México y Marta Saagú, que al principio había autorizado el proyecto, pensando que iba a ser una biografía amable, se enfureció. demandó a Olga Warnat por daño moral y por la publicación en la revista Proceso de un extracto, donde Warnat hablaba de la nulidad del matrimonio religioso de Marta y de algunos detalles íntimos de su primer matrimonio.
La demanda fue presentada el 28 de abril de 2005. A partir de ese día, según el propio testimonio de Warnat, su vida cambió. Le intervinieron los teléfonos. Empezaron a llegar paquetes a su casa de la colonia Condesa en la Ciudad de México, sin remitente. Llamadas de números desconocidos donde nadie hablaba, cartas con palabras subrayadas.
Y un día, según relató Warnat al diario Milenio, llegó a la puerta de su casa un féretro pequeño de los que se usan para velar a un bebé. Adentro había flores blancas y una nota escrita a mano, sin firma, con una sola línea. Si no te vas, te vamos a matar. Warnat tuvo que vivir durante seis semanas bajo arresto domiciliario en un hotel de la Ciudad de México.

Del 6 de mayo al 17 de junio de 2005. La protegía un equipo de reporteros sin fronteras. Después, cuando la sentencia inicial le ordenó pagar 144,000 € a la familia Saagún, Olga peleó en tribunales hasta que la sentencia fue anulada años después. Eventualmente fue exonerada, pero el daño ya estaba hecho.
En 2011, durante el sexenio de Felipe Calderón, las amenazas se intensificaron al punto de que Warnat tuvo que abandonar México. Hoy vive en Buenos Aires. Lleva 15 años fuera del país que cubrió durante una década. Tú fíjate en esto. Una periodista extranjera que lo único que hizo fue contar lo que otros callaban, tuvo que huir de México bajo amenazas de muerte.
¿Y sabes qué pasó con la señora que la demandó? ¿O sigue viviendo en un rancho en Guanajuato sin un solo proceso penal, sin una sola citación judicial abierta? Eso es México. Esa es la jefa, esa es la historia que nadie terminó de contarte. Volvamos a Lilian de la Concha, porque mientras todo esto pasaba, mientras Marta Saagú acumulaba poder y dinero, mientras los Briviesca llamaban a Pemex, mientras el padre Campos preparaba pócimas en una cocina del sur de la Ciudad de México, hubo una mujer que asistió a todo desde un dolor
silencioso. Lilian de la Concha Estrada, la mujer que se había casado con Vicente Fox en 1972 en la iglesia de Nuestra Señora del Rayo, cuando ambos tenían menos de 30 años. La mujer que durante 19 años había sido la señora Fox, la mujer que adoptó a sus cuatro hijos cuando Vicente y ella descubrieron que no podían tener hijos biológicos.
Aquí viene lo tercero que te prometí y necesito que te sientes y respires, porque esta es la parte de la historia que más le va a doler a tu corazón. Lilian conoció a Vicente Fox en 1971. Ella era secretaria. Él era gerente de mercadotecnia de Coca-Cola en México. Compartían un programa de beneficencia social donde ayudaban a niños abandonados.
Se enamoraron rápido, se casaron al año siguiente y durante los primeros años de matrimonio intentaron tener hijos sin lograrlo. Decidieron juntos adoptar. Llegaron uno tras otro los cuatro. Ana Cristina, después Vicente Varón, después Paulina y al final Rodrigo el más chico. Cuatro niños abandonados que encontraron en Lilian a una madre que decía, “Hale, en cada entrevista que le hicieron en su vida una sola frase.
Yo a mis hijos los engendré en el corazón.” Lilian dirigió la casa Kuna amigo Daniel durante años. Una casa hogar en León. Guanajuato para niños abandonados. Iba todos los días, les daba el biberón a los recién nacidos, conocía sus nombres. Cuando había una emergencia dormía en la casa hogar. Era la imagen exacta de lo que la sociedad mexicana de los años 80 y 90 esperaba de una buena esposa y de una buena madre.
Católica, sacrificada, discreta, siempre en segundo plano. Cuando Vicente fue elegido gobernador de Guanajuato en 1995, los reporteros que cubrieron la campaña notaron algo. La señora Lilian ya no salía con su esposo en los actos. Sus colaboradores decían cuando preguntaban que la señora Lilian tiene otras ocupaciones.
E esa era la versión oficial. La versión real, la que se contaba en voz baja en los pasillos del pan de Guanajuato, era distinta. Vicente se había enamorado de su nueva vocera, una mujer divorciada de 42 años con tres hijos. Una mujer con la que llevaba meses viéndose a escondidas. Una mujer llamada Marta Saagú. Lilian se enteró por una amiga.
La amiga le mostró fotografías. Lilian, según contó después en una entrevista que dio al portal, quien en 2020 sintió que se le caía el mundo, no solamente porque era una infidelidad, era una infidelidad que iba a destruirla públicamente porque su esposo en cualquier momento iba a ser candidato a la presidencia de la República.
Y ella, la mujer que lo había acompañado durante 24 años, ahí va a tener que aprender a vivir con el dolor de verlo besarse en televisión con otra mujer. El divorcio civil se firmó en 1991, pero los detalles los acordaron muchos años después. Lilian, católica practicante, se aferró a una idea. Lo que Dios ha unido no lo separa el hombre.
Esa frase que Lilian repetía en cada entrevista era su forma de decir que Vicente seguía siendo su esposo a los ojos de Dios y que, por lo tanto, todavía podía haber reconciliación. Esa esperanza la mantuvo viva durante años, hasta el 2 de julio del año 2000, la noche en que Vicente Fox ganó la presidencia.
Esa noche, dijo Lilian a una periodista de Animal Político en 2018, fue la noche en que entendió que Vicente no iba a volver, que la mujer que estaba ahora a su lado, la nueva vocera, te iba a ser la primera dama de México y que ella, Lilian, iba a tener que ver todo eso desde la distancia, desde Guanajuato, sola.
Cuando Vicente y Marta se casaron por lo civil en julio de 2001, Lilian tuvo que tomar una decisión que ningún periodista mexicano cubrió a fondo en aquellos años. Tuvo que irse de México. Su hija Paulina se iba a estudiar al extranjero y Lilian decidió acompañarla. Y según declaró ella misma años después en una entrevista con el Universal, lo de Paulina fue solo el motivo oficial.
La palabra que Lilian usó para describir su salida es la palabra exacta que figura en esa entrevista. un exilio. “Yo me tuve que ir”, dijo, “porque no podía estar en México mientras pasaba todo eso.” Marta Saagú, durante los 6 años del sexenio evitó cualquier mención pública de Lilian.
Cuando los reporteros le preguntaban por la primera esposa de Vicente, Marta cambiaba el tema. Cuando alguien filtraba a la prensa una declaración de Lilian, Marta la presentaba como una mujer dolida que no había sabido superar el divorcio. Y en privado, según los testimonios recogidos por Warnat y por Gil Ololmos, los rituales que Marta hacía con el padre Campos siempre incluían el nombre de Lilian.
Marta no la quería muerta, la quería borrada. Quería que dejara de existir en la memoria pública de México. Quería que cuando los mexicanos pensaran en la esposa de Vicente Fox, pensaran solamente en ella y casi lo consiguió. Porque hoy si tú le preguntas a una persona joven en México, ¿quién fue la esposa de Vicente Fox? Te va a contestar Marta Saagú.
Si le preguntas si Vicente Fox tuvo otra esposa antes, lo más probable es que no lo sepa. Lilian de la Concha fue borrada del relato oficial del sexenio panista. Sus hijos, los cuatro adoptados, fueron tratados durante 6 años como una incomodidad pública. Vicente padre, el hijo varón, dijo en una entrevista años después que había sido un sexenio difícil para todos ellos.
Lilian de la Concha murió el primero de julio de 2020, a los 68 años víctima de cáncer. Murió en el rancho San Cristóbal en San Francisco del Rincón, Guanajuato. El mismo rancho donde había vivido con Vicente durante años antes de que Marta entrara en sus vidas. El mismo rancho que Vicente y Marta usan todavía hoy como su residencia oficial.
La hija mayor, Ana Cristina, la que de niña le había escrito a su papá esa carta que nunca llegó, fue quien la cuidó hasta el último día. Fue ella quien anunció la muerte en Twitter. Lo escribió con una frase corta. Por lo menos mamá ya no siente más dolor. En esa sola frase escrita por una hija que perdía a su madre está toda la historia.
por lo menos ya no siente más dolor, lo que significa, aunque no lo diga explícitamente, que Lilian pasó años sintiendo dolor. Un dolor que no era solo por el cáncer, un dolor que empezó mucho antes, el día en que descubrió que su esposo la había reemplazado por una mujer que pedía por su nombre a un santero cubano para que la sacara del camino.
Lilian no fue la única mujer borrada por la jefa, pero fue la primera, la que abrió el patrón, el patrón de mujeres incómodas que por una razón u otra terminaron desplazadas durante el sexenio de Vicente Fox. Periodistas, funcionarias, esposas de empresarios que se atrevieron a contar lo que veían. Algunas de ellas, como Olga Warnat, sobrevivieron y huyeron del país.
Otras, como Lilian, sobrevivieron y se quedaron, pero pagaron el precio en silencio durante el resto de sus vidas. Y mientras Lilian se apagaba en León, mientras Warnat huía a Buenos Aires, Marta Saagun seguía peleando por algo que para ella era el destino lógico de toda esa construcción. Quería ser presidenta de México.
Quería ser, como le había contado a Warnat aquella tarde en Los Pinos, la Eva Perón mexicana. En el año 2004, ya con la Fundación Vamos México como plataforma, ya con las giras por todo el país, ya con los discursos de redención social, Marta empezó a sondear públicamente la posibilidad de ser candidata del PAN a la presidencia en 2006.
La prensa especulaba. Algunas encuestas la daban como una de las mujeres más populares del país, do su equipo manejaba la información con cuidado. Pero la decisión finalmente no dependía de los sondeos, dependía de Vicente Fox. Y aquí ocurrió algo que cambió la historia. Vicente Fox, presionado por su gabinete, presionado por el PAN, presionado por la Iglesia Católica, presionado por sus propios hijos, hizo en 2005 lo que ningún hombre embrujado supuestamente puede hacer. Le dijo que no a Marta.
En una entrevista pública, Fox declaró que Marta no iba a ser candidata del PAN, que él no iba a apoyar esa aspiración, que la primera dama tenía que dedicarse a sus actividades de fundación y nada más. Marta lo escuchó por televisión, según relató Warnat después, y se encerró en su habitación de Los Pinos. Durante semanas no dio declaraciones.
Su sueño se rompió esa tarde y según la propia Warnat, ese fue el principio del final del poder de la jefa. Pero faltaba lo más doloroso, porque mientras el sueño presidencial se le caía a Marta, otra cosa empezaba a romperse. La Cámara de Diputados de México, gracias a las revelaciones de Warnat sobre los hijos Briviesca y a las investigaciones de la periodista mexicana Anabel Hernández, decidió finalmente abrir una investigación formal.
En diciembre de 2005, los coordinadores parlamentarios aprobaron la creación de una comisión especial para indagar el presunto tráfico de influencias de los hermanos Manuel, Jorge Alberto y Fernando Briviesca Saagún. El 27 de enero de 2006, esa comisión emitió su primer dictamen. La frase del dictamen es exacta y está en los archivos públicos de la Cámara de Diputados.
Sí hubo tráfico de influencias de los Briviesca. Esas son las palabras textuales que los diputados de México le dijeron a la primera dama de la República sobre sus tres hijos. Sí hubo tráfico de influencias. La comisión presidida en distintos momentos por el diputado Jesús González Schmal y por la diputada Maluicher, encontró pruebas suficientes contra los hermanos Briviesca por los siguientes delitos.
Lo voy a leer textual del informe final. Tráfico de influencias, información privilegiada. dudoso origen de los recursos económicos empleados y delitos fiscales. Esos cuatro cargos contra los tres hijos de Marta Saagún fueron presentados en el informe final de la comisión investigadora a mediados de 2006. ¿Qué hizo Vicente Fox cuando se enteró? hizo lo que ningún presidente de México había hecho antes.
Pidió públicamente que los diputados se disculparan con sus hijastros. Dijo que eran víctimas de calumnias. dijo que la comisión era un montaje publicitario y la propia Marta, en conferencia de prensa desde la residencia oficial de Los Pinos, atacó directamente al diputado González Schmal con palabras que la prensa transcribió completas.
Lo llamó mentiroso, lo llamó cobarde, lo llamó instrumento de los enemigos políticos del presidente. La conferencia duró 47 minutos. Marta lloró tres veces y al final dijo con la voz quebrada que sus hijos eran inocentes y que el día en que se demostrara cualquier cosa contraria, ella misma renunciaría a todo. Ese día no llegó porque la comisión, a pesar de las pruebas que encontró, no presentó denuncias penales formales.
Como pasa siempre en México con los hijos de los poderosos, la investigación se diluyó. Cambió la legislatura. Llegó un nuevo presidente, Felipe Calderón, también del PAN, que no tenía interés en perseguir a la familia de su antecesor. Y los 6000 millones de pesos que se llevaron los briviesca de Pemex se convirtieron en lo que se convierten siempre estas cosas en México, en un expediente que duerme en un archivo, en una pregunta sin respuesta, en una cifra que aparece de vez en cuando en los libros de los periodistas
serios y que la mayoría de los mexicanos ya olvidó. Pero hay un dato que no olvidaron las autoridades financieras de Estados Unidos y ese dato cierra el círculo y es lo que viene ahora. En 2019, 13 años después del fin del sexenio de Vicente Fox, las autoridades financieras de Estados Unidos estaban siguiendo el rastro de un hombre llamado Genaro García Luna.
Hugcía Luna había sido secretario de seguridad pública durante el sexenio de Felipe Calderón de 2006 a 2012. Lo investigaban por sus presuntos vínculos con el cártel de Sinaloa. Las autoridades estadounidenses, siguiendo el dinero, encontraron una red de cuentas bancarias a nombre de García Luna en Estados Unidos. La suma de esas cuentas alcanzaba 87 millones de dólares.
Un secretario de Estado mexicano, con un sueldo declarado de $,000 al mes, tenía guardados 7 millones de dólares en bancos extranjeros. Y al rastrear esas cuentas, los investigadores encontraron algo más. Una de las cuentas vinculadas a García Luna estaba asociada al nombre de uno de los hijos de Marta Saagú.
La información se publicó en Infobae, en Sin embargo, en la octava, en varios medios serios mexicanos a lo largo de 2020. El nombre del hijo, por razones legales, no se hizo público en todos los reportes, pero el vínculo quedó documentado. Genaro García Luna, el hombre que hoy está en una cárcel federal de Estados Unidos cumpliendo una sentencia por colaborar con el narcotráfico, tenía cuentas conjuntas con un hijo de la primera dama del sexenio anterior.
Aquí viene lo cuarto que te prometí. La conexión que cierra el círculo, la que explica por qué hoy, 20 años después, Marta Saagún no puede salir tranquila a la calle, pero tampoco está en la cárcel. Cuando Calderón asumió la presidencia en diciembre de 2006, una de sus primeras decisiones fue nombrar a Genaro García Luna, secretario de seguridad pública.

Pero García Luna no llegó solo o llegó arrastrando una red de relaciones que había construido durante el sexenio anterior cuando dirigía la Agencia Federal de Investigación. Y dentro de esa red, según documentaron después varios periodistas mexicanos, estaban los hijos de Marta Saagú. Los briviesca, durante el sexenio de Felipe Calderón, no fueron procesados, al contrario, recibieron protección.
Mientras la administración de Calderón cerraba los expedientes que la Cámara de Diputados había abierto contra ellos en 2006, los Briviesca seguían operando empresas. Manuel Briviesca, el mayor fue acusado en 2008 por las propias autoridades de Estados Unidos de haber participado en un fraude de gas que afectó a una empresa estadounidense.
El fraude consistía en venderle gas a sobreprecio a una compañía texana usando documentos falsificados. Amanuel reconoció su responsabilidad en ese caso años después. Y mientras esto pasaba, Marta Saagún se mantenía en silencio. Había aprendido la lección. Después de su sueño presidencial roto, después del informe de la Cámara de Diputados, después del pleito con Gornat, decidió retirarse de la vida pública mexicana.
vendió las propiedades de la ciudad de México. Se mudó al rancho San Cristóbal en San Francisco del Rincón, Guanajuato, el mismo rancho donde había vivido Lilian de la Concha. Y desde ahí, durante los siguientes 10 años, Marta apenas concedió entrevistas. solo apareció en público para hablar de su fundación, para defender a Vicente cuando lo atacaban, para repetir una y otra vez que sus hijos eran inocentes.
Pero la historia tenía un capítulo más. En 2018 ni cuando Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia prometiendo investigar la corrupción de los sexenios anteriores, los expedientes contra los Briviesca volvieron a abrirse. La Unidad de Inteligencia Financiera del Gobierno Mexicano, dirigida en aquel momento por Santiago Nieto, reabrió la investigación sobre oceanografía.
La Auditoría Superior de la Federación había documentado años antes que durante el sexenio de Vicente Fox, entre 2000 y 2006, se habían detectado irregularidades en el uso del dinero público por un total de 184,300 millones de pesos. Esa cifra es real, está publicada, es del informe oficial de la Auditoría Superior.
184,300 millones de pesos perdidos durante el sexenio del cambio, más que el presupuesto anual completo de toda la educación pública en México. Si alguien todavía tiene dudas de que el sexenio de Vicente Fox fue un saqueo, ahí tiene la cifra. No la dice un enemigo político, la dice la Auditoría Superior de la Federación, que es el órgano encargado de revisar las cuentas del gobierno.
180 y 4000 millones de pesos se los llevaron. Y no hay un solo culpable en prisión. En 2020, en una entrevista con la octava, el académico del Tecnológico de Monterrey, José Antonio Ordóñez, especialista en energía, recordó algo todavía más fuerte. Dijo, con cifras del propio gobierno que los hijos de Marta Saagún siguieron cobrando contratos del gobierno mexicano, incluso años después del fin del sexenio de Fox.
Entre 2011 y 2014, una empresa vinculada a los Briviesca recibió 3576 millones de pesos del herario público. Eso fue ya en el sexenio de Enrique Peña Nieto, cuando Marta supuestamente ya no tenía influencia, cuando el pan ya no estaba en el poder y aún así los hijos de la antigua primera dama seguían cobrando.
¿Cómo es posible? Lo es por una sola razón. ¿Por qué en México, cuando alguien acumula suficiente poder dentro del sistema, las redes que construye no desaparecen al final del sexenio, las redes se quedan, los favores se cobran durante años, los apellidos se protegen entre sí y los briviesca durante 6 años habían sembrado lo suficiente para que durante las dos décadas siguientes pudieran seguir cosechando.
Pero hubo una cosa que Marta Sahajagú nunca pudo proteger. Una cosa que el dinero no compraba o una cosa que ningún ritual del padre Campos logró revertir. Lo más doloroso de toda esta historia. Y es lo que pasó con su matrimonio. Vicente Fox y Marta Saagún siguen oficialmente casados, pero quienes los han visto en los últimos años en su rancho San Cristóbal describen una relación distinta de aquella pareja que caminaba de la mano por Los Pinos.
Vicente, que tiene 83 años, ha hecho declaraciones cada vez más erráticas. aparece en redes sociales discutiendo con jóvenes que ni siquiera lo recuerdan como presidente. Da entrevistas largas donde mezcla anécdotas, donde se contradice, donde se nota el peso de los años. En una de esas entrevistas con Jordi Rosado en 2022, hablando de Marta, dijo una frase que pasó casi inadvertida, pero que muchos comentaron después en voz baja.
Han dijo que Marta había arriesgado todo por él, que había dejado su carrera, que había sido la primera. Y al final de esa frase, según los testigos del programa, miró a un punto fijo y se quedó en silencio durante varios segundos, como si tratara de recordar algo, como si no estuviera del todo seguro de qué había pasado en su vida.
Marta, por su parte, ha envejecido en silencio. Hoy tiene 73 años. Vive entre el rancho San Cristóbal y una casa en San Miguel de Allende. Sigue dando algunas conferencias para grupos católicos. Sigue defendiendo la fundación Vamos México, aunque la fundación apenas opera, sigue siendo investigada por la Unidad de Inteligencia Financiera.
Y cuando alguna periodista logra acercársele para hacerle una pregunta, Marta responde siempre lo mismo. No tengo nada que decir. Mis hijos son inocentes. A Vicente fue un gran presidente y nunca jamás en ninguna entrevista ha admitido la existencia del padre Campos, ni de los rituales ni de las pócimas.
Lo niega rotundamente cada vez que se le pregunta. Aunque las fuentes documentales son tres y nunca se desmintieron. Lo que sí hizo en 2023 cuando el libro La jefa, fue reeditado por la editorial Grijalbo y volvió a las librerías mexicanas, fue dar una sola declaración pública a través de su oficina. Dijo que Olga Bornat le había hecho mucho daño, que la había calumniado, que esperaba que algún día se reparara la injusticia.
Olga Bornat desde Buenos Aires le respondió con una sola frase: “Me encantaría tomar un café con Marta Sahagun. Si acepta, la invitación sigue abierta.” Marta nunca contestó. Y entonces volvamos a donde empezamos. Volvamos a esa noche del 22 de noviembre de 2002. Volvamos a los jardines de Los Pinos.
Al hombre vestido de blanco con dos cocos en las manos. Al silencio de los soldados del Estado Mayor Presidencial. A Vicente Fox dormido en la cabaña presidencial. A Marta despierta esperando en una habitación contigua. Volvamos al principio de toda esta historia. Pero ahora ya sabes qué pasaba, ya sabes quién era el hombre, ya sabes qué hacía, ya sabes para qué.
El padre Campos, según los últimos reportes de Gilolmos, publicados en 2015, sigue vivo. Vive en un departamento de la Ciudad de México que ya no le pagan los impuestos de los mexicanos. Tiene como 65 años, no da entrevistas. Cuando algún periodista lo busca, sus vecinos dicen que no está, que viajó, que no saben.
Lo que sí se sabe es que durante los 6 años del sexenio de Vicente Fox, ese hombre cobró del herario público una suma que nadie ha podido calcular con exactitud, pero que según el cálculo conservador del propio Gil Olmos supera los 50 millones de pesos. 50 millones de pesos pagados con tus impuestos a un santero cubano para que entrara todas las noches a la residencia oficial del presidente de México y le pusiera tarántulas a fotografías de los enemigos de la primera dama.
Eso no lo dice una revista, lo dice un periodista que pasó 16 años en la jornada. Lo dice en un libro publicado por una editorial seria. lo dice basándose en testimonios de exempleados de Los Pinos que le dieron la información a cambio de que nunca se publicaran sus nombres. Eso pasó en México en pleno siglo XXI o en la residencia oficial del presidente de la República.
Lilian de la Concha murió sin haber escuchado a Vicente pedirle perdón. Murió en la habitación. que durante años había sido suya, cuidada por Ana Cristina, su hija mayor. Las últimas semanas, cuando ya estaba muy mal del cáncer, Lilian le pidió a su hija una cosa. Le pidió que cuando ella muriera no la velaran en una casa funeraria de la ciudad de México.
quería que la velaran en León, en el Guanajuato, donde había sido feliz antes de que todo cambiara. Y así fue. La velaron en León, en una funeraria pequeña. Asistió poca gente, la mayoría, viejos amigos de la casa Kuna, amigo Daniel, los huérfanos a los que Lilian había cuidado durante años. Vicente Fox no asistió.
Marta Saagún tampoco. Ana Cristina en una entrevista posterior dijo que su mamá había muerto en paz y agregó a con esa frase corta que se le quedó a todos que por lo menos ya no sentía más dolor. Olga Warnat sigue viviendo en Buenos Aires. Tiene 67 años. Da clases de periodismo. Escribe en revistas argentinas.
De vez en cuando publica un libro. El último, y guerrilleras, lo escribió con Miriam Lewin sobre los crímenes sexuales en los campos clandestinos de la dictadura argentina. Cuando alguien le pregunta por Marta Saagún, Olga sonríe y dice siempre la misma cosa. La devoró la ambición. Si se hubiera manejado con menos ostentación, las cosas habrían sido distintas, pero la devoró la ambición.
Esa es la frase con la que Olga Bornat resume 6 años de sexenio. Manuel Briviesca Saagún, el hijo mayor de Marta, hoy ronda los cinquent y tantos años. Vive en León, Guanajuato. Es propietario de los restaurantes La Vaca Argentina en el Bajío. En marzo de 2022 reapareció públicamente como dirigente de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera de León.
Su madre estuvo a su lado en la ceremonia. Jorge Alberto elegundo vive entre Estados Unidos y México. Fernando el menor nació el 16 de agosto de 1981 y hoy tiene 44 años. Fue diputado federal por el partido Nueva Alianza entre 2012 y 2015 y después delegado federal de la Secretaría de Educación Pública en Guanajuato durante el sexenio de Peña Nieto.
Hoy trabaja en consultorías privadas. Ninguno de los tres ha pisado una cárcel mexicana. Ninguno de los tres ha pagado dentro de México por lo que la Cámara de Diputados documentó. Y todos siguen llevando o encima de cualquier otro apellido, el de Saagú, el apellido de la mujer que durante 6 años los protegió desde el poder.
Genaro García Luna, el hombre cuyas cuentas bancarias se cruzaron con las de uno de los Briviesca, hoy cumple condena de más de 30 años en una prisión federal de Estados Unidos. fue declarado culpable en febrero de 2023 de cinco delitos relacionados con el narcotráfico. Es el funcionario mexicano de más alto rango, condenado por colaborar con un cártel en toda la historia y en el expediente de su caso, en algún momento figura el nombre de uno de los hijos de la antigua primera dama.
Esa parte del expediente hasta el día de hoy sigue parcialmente sellada. Vicente Fox cumplirá 84 años en el 2026. vive en San Cristóbal con Marta o sigue declarándose orgulloso de su sexenio. Sigue diciendo que su gobierno fue el mejor de la historia moderna de México. La realidad la que documentaron Warnat, Kil Ololmos, Anabel Hernández, la Auditoría Superior de la Federación, la Cámara de Diputados, las autoridades financieras de Estados Unidos dice otra cosa. Pero Vicente, cada vez que un
reportero se le acerca, repite la misma versión. Yo fui un buen presidente. Marta fue una gran primera dama y los que dicen lo contrario son los enemigos políticos. Tú que llegaste hasta aquí, tú que te quedaste a escuchar esta historia completa, tú que viviste aquellos años con la televisión prendida mirando a esa pareja que te prometió el cambio.
Ahora ya lo sabes. El cambio lo hubo, pero no fue el que te prometieron. El cambio fue que el saqueo ya no lo hacía solo el presidente, ahora también lo hacía su mujer y sus hijos y el tío de la mujer y el santero que la ayudaba a sostenerlo todo. Esta historia no tiene final feliz. No lo tendría aunque mañana mismo arrestaran a Manuel Briviesca.
Porque Lilian de la Concha ya no va a regresar. Porque los 6000 millones de Pemex ya se gastaron. Porque los años que Marta vivió bajo violencia con el veterinario, nadie se los va a devolver, porque Vicente Fox no se va a dar cuenta nunca mientras siga vivo de que algo le hicieron. Porque cuando una mujer aprende desde niña que el poder se sostiene con secretos y se cobra con miedo, lo que termina dejando atrás no son obras, ni leyes, ni recuerdos amables.
Lo que deja es una sombra que se queda en la casa donde vivió, aunque ella no esté. Y una sombra así no se borra ni con el paso del tiempo, ni con el cambio de gobierno, ni con el olvido de la prensa. Lo único que se puede hacer con una historia así es no dejar que la olviden.
Es contarla con nombres, es ponerle rostros. Es decir voz alta los apellidos que la prensa rosa nunca quiso poner en sus portadas. Lilian de la Concha, Olga Warnat, Anabel Hernández, José Gil Olmos. Las dos hijas adoptadas, Ana Cristina y Paulina, los soldados del Estado Mayor Presidencial, que vieron pasar al Padre Campos por los jardines a las 2 de la mañana y nunca pudieron decir nada.
y la propia Marta Saagú Jiménez, la jefa, la mujer de Zamora, que sobrevivió a un matrimonio violento y se construyó un imperio sobre la espalda de un presidente que nunca pudo decirle que no. A esa mujer la historia la va a juzgar o pero la va a juzgar despacio. Porque en México la historia tarda mucho en juzgar a los que tuvieron poder.
Tarda décadas, a veces tarda generaciones. Y mientras tarda, los que sufrieron en silencio, los que escribieron cartas que nunca se entregaron, los que se exiliaron en ranchos vacíos, los que tuvieron que huir del país, los que perdieron 6000 millones de pesos, que eran de todos los mexicanos, todos ellos siguen pagando en silencio, como Lilian de la Concha pagó hasta el último día de su vida.
Hoy, si tú vas a la entrada del rancho San Cristóbal en San Francisco del Rincón, vas a ver una reja alta, una caseta de seguridad, un cartel que dice propiedad privada. Adentro vive Marta Saagún, la jefa, la mujer que durante 6 años fue la primera dama más poderosa de México. Oh, la mujer que mandó a un santero cubano a quemar tarántulas dentro de Los Pinos.
La mujer que protegió a sus tres hijos mientras saqueaban Pemex. La mujer que, según Olga Warnat, llamó por teléfono a Pemex para pedir dinero como si Pemex fuera su cuenta personal. Esa mujer sigue ahí, sigue siendo libre, sigue durmiendo cada noche en la cama, que durante 19 años fue de Lilian de la Concha.
Y cada vez que alguna periodista joven en México intenta escribir un reportaje sobre ella, recibe llamadas, cartas, mensajes. La maquinaria que Marta construyó hace 20 años todavía funciona, aunque ella diga que ya no manda, aunque ella diga que está retirada, aunque ella diga en cada entrevista que solo quiere paz, la paz que les negó a sus enemigas durante 6 años.
La paz que le negó a Lilian. La paz que le negó a Olga Warnat. La paz que les negó a los hijos de Vicente. La paz que según los registros que sí existen, Marta Saagún nunca le dio a nadie, pero que ahora exige para ella, como la exigen siempre los que tuvieron mucho poder y se les acabó. Esta es la historia de la jefa, la mujer que pasó de Zamora a Los Pinos en 40 años.
La mujer que sobrevivió a un matrimonio violento y construyó un imperio sobre la cabeza de un presidente. La mujer que tuvo en sus manos la posibilidad de cambiar México y eligió, con cada decisión que tomó cobrarse personalmente lo que el mundo no le había dado a tiempo. Te la conté completa, con datos, con nombres, con fechas, con las fuentes documentales que respaldan cada parte.
No te conté un chisme, te conté un capítulo de la historia reciente de México que la prensa rosa de aquellos años contó mal y que tú, al que viviste aquellos años tienes derecho a conocer cómo realmente fue. Y si tú alguna vez en aquellos años encendiste la televisión y viste a Marta y a Vicente tomados de la mano y pensaste que esa era la nueva esperanza de México.
No te sientas mal, no eres tonta. Te lo vendieron como esperanza. Te lo vendieron con sonrisas, con discursos, con mujeres vestidas de blanco y con hombres con botas de Guanajuato. Casi todos los mexicanos se lo creyeron. Por eso esta historia duele tanto, porque la traición más grande no es la de una mujer a su marido, es la de una pareja a todo un país que les creyó.
Antes de despedirme, quiero pedirte una cosa. Si esta historia te llegó al corazón, si te conmovió alguna parte, si recordaste a alguien viendo lo que escuchaste, escríbelo abajo en los comentarios. Cuéntame qué edad tenías cuando Vicente Fox ganó la presidencia. Cuéntame dónde estabas esa noche del 2 de julio del año 2000.
Si estabas en México, si estabas en Estados Unidos, si estabas en Colombia, en Argentina, donde sea, me lo cuentas. Y dime también qué pensaste de Marta Saagún la primera vez que la viste por televisión. Yo leo todos los comentarios, todos esta comunidad somos los que decidimos que estas historias no se queden en el olvido.
Que las mujeres como Lilian de la Concha tengan, por lo menos en este pequeño rincón del internet, el respeto que la historia oficial nunca les dio. Si todavía no estás suscrita, este es el momento. Suscríbete, activa la campanita para que te llegue cada nuevo vídeo y comparte este con esa amiga, con esa hermana con esa hija o con esa nieta a la que también le interesa entender la verdad detrás de los rostros que vimos en nuestras pantallas.
La próxima vez nos vamos a meter con otra historia que también guarda secretos enormes. Una mujer cuya carrera empezó con una promesa y terminó con un silencio que duró décadas. Pero eso te lo cuento la semana que viene. Por ahora, cuídate mucho.