Esa herida nunca cicatrizó. Está al principio de todo y está al final también. 12 días después del parto, Gladis entrega a su hija a una familia de acogida. No es crueldad, es supervivencia. Gladis trabaja largas jornadas en los estudios, no gana lo suficiente, no tiene marido, no tiene familia que la ayude. Una pareja evangelista, Albert e Ida Bollender, en una casa modesta de Hawthorne, California, recibe a la bebé a cambio de $ por semana.
Norma Jean vivirá ahí 7 años. 7 años creyendo que ida es su verdadera madre, llamándola mamá hasta el día en que Gladis, una mujer joven y bonita, pero de mirada extraña, aparece de pronto en la puerta y le dice a ida, “No la llames más mamá. Yo soy su madre.” Esa frase la marca para siempre. Esa frase es el primer terremoto porque a partir de ese momento Norma Jean entiende que su mundo es prestado, que en cualquier momento alguien puede venir abrir una puerta y llevársela.
A los 7 años Claris decide recuperarla. Compra una pequeña casa cerca del Hollywood Bowl. Por primera vez, Norma Jean tiene una habitación que es suya. tiene un piano blanco. Gladis ahorró durante meses para comprarlo. Segunda mano, de una vieja casa de actores en bancarrota. Tiene una rutina, tiene la ilusión de una familia y durante unos meses todo parece posible.
Por las tardes, después de la escuela, Norma Jean se sienta delante del piano y aporrea las teclas. Gladis la mira desde la cocina sonriendo. Es la última vez en la vida de la niña que verá esa sonrisa. Porque una mañana de enero de 1934, Glady se encierra en el cuarto de baño, empieza a gritar, habla con personas que no están ahí.
Cuando los vecinos consiguen abrir la puerta, la encuentran agarrando una cuchilla de afeitar, la llevan en ambulancia al hospital, le diagnostican esquizofrenia paranoide, la internan en un hospital psiquiátrico estatal y salvo unos pocos meses esporádicos a lo largo de los años siguientes, no volverá a salir nunca. Norma Jean tiene 8 años, acaba de perder a su madre por segunda vez y esta vez es definitivo.
Lo que viene después es una sucesión de hogares, 11 familias de acogida, un orfanato, en Los Angeles Orphans Home Society, donde llora durante toda la primera noche porque cree que la han abandonado. Las primeras noches en el orfanato, según sus propias palabras, son las peores de su vida. Es un edificio de tres pisos. Hay 75 niñas. Las camas están alineadas como en un cuartel y desde la ventana del dormitorio común, Norma Jean puede ver a lo lejos las letras gigantes y luminosas de Hollywood brillando en la colina.
Esa visión, esa promesa de luz al otro lado de la ciudad se le quedará grabada hasta el final. Hay una tía abuela, Anna Lower, que será durante un tiempo la única figura cariñosa de su infancia. Una mujer religiosa de la Iglesia de la Ciencia Cristiana, que la lleva al cine los sábados por la tarde, le compra helados, la escucha y un día sentada con ella en una sala de cine, Norma Jean mira la pantalla y susurra, “Quiero estar ahí dentro.
” Ana le contesta, “Algún día lo estarás, cariño.” Norma Jean se acuerda de esa frase toda su vida. Cuando Ana muera, en 1948, Marilyn ya estará empezando a entrar en esa pantalla y nunca más tendrá a alguien que la mire con esa misma ternura. Pero hay algo peor, algo que Marilyn solo contará décadas después en entrevistas privadas y en sesiones de psicoanálisis.
En una de esas casas de acogida, cuando ella tiene apenas 8 o 9 años, un inquilino mayor la lleva a su cuarto y abusa de ella. Cuando se lo cuenta a la mujer que la cuida, esa mujer la abofetea y le dice que es una mentirosa, que no diga nunca más cosas tan horribles. Marilyn aprende ese día que decir la verdad puede ser más peligroso que callarla.
Aprende a no confiar en nadie. Aprende a esconderse detrás de una sonrisa. esa sonrisa, esa que el mundo entero conocería años después, esa sonrisa enorme y luminosa que parecía iluminar las pantallas. Esa sonrisa nació en una casa de acogida como una máscara para sobrevivir y nunca se quitó.
A los 16 años las autoridades le comunican que ya no pueden mantenerla en el sistema de acogida. Tendría que volver al orfanato hasta los 18. Pero hay otra opción. Un vecino joven, James Dowy, 20 años, hijo de una familia obrera del barrio, está dispuesto a casarse con ella, no por amor, por arreglo. Es una manera de mantenerla fuera de las instituciones.
La tía Ana le da su bendición. Norma Jean no tiene madre que la acompañe al altar, no tiene padre que la entregue. El día de la boda, el 19 de junio de 1942, lleva un vestido prestado de una vecina, unos zapatos demasiado grandes que rellena con papel y un ramo de flores cortadas de los jardines del barrio. La fotografía oficial muestra a una chica casi niña con los ojos enormes, sosteniendo la mano de un muchacho que no la mira.
Tiene 16 años, no ha terminado el bachillerato, no conoce a su padre, su madre está encerrada en un manicomio. Su tía acaba de morir y ahora se llama Norma Jean Dharty. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. La guerra estalla en el Pacífico.
James se enrola en la Marina Mercante. Norma Jean se queda sola en California intentando aprender a ser un ama de casa adolescente. Aprende a cocinar, lava la ropa, riega las plantas, escribe cartas larguísimas a su marido, cartas que su marido casi nunca le contesta, porque escribir no era lo suyo y se aburre soberanamente. Tiene 17 años, 18, y siente que su vida ya ha terminado antes de empezar.
Entonces, en abril de 1944 encuentra trabajo en una fábrica de aviones, la Radio Plany en Vanis. Sopla pegamento sobre fuselajes de aviones teledirigidos. Inspecciona paracaídas. Una tarde de junio, un fotógrafo del ejército llega a la fábrica para hacer un reportaje sobre las mujeres que sostienen el esfuerzo de guerra.
Se llama David Conover. Y cuando levanta la cámara hacia esa chica de pelo rizado castaño con las mejillas manchadas de aceite, algo en su visor le hace bajar el aparato, mirarla otra vez y volver a levantar la cámara. Conover diría años después. Era una persona normal hasta que la miraba la cámara y entonces se transformaba, la cámara la encontraba.
Esas fotos circularán por agencias de modelos. En agosto de 1945, una agencia llamada Bluebook contrata a Norma Jean. Le pagan 5 por hora. Le tiñen el pelo de rubio platino porque el rubio vende más, le explican, le enseñan a posar, a sonreír de cierta manera, a inclinar la cabeza, a entreabrir los labios.
En menos de un año, Norma Jean Dowgardy aparece en 33 portadas de revistas y en algún lugar de su mente una idea empieza a tomar forma, una idea peligrosa, una idea que destruirá su matrimonio. Hollywood y si pudiera estar en las películas. Y si pudiera ser alguien que nadie pueda abandonar nunca más. En septiembre de 1946 firma el divorcio.
James llora, le dice que la quiere. Ella le contesta, según un testigo, una sola frase, lo siento, pero tengo otra vida que vivir. Tiene 20 años. Acaba de cortar el último lazo con la persona que conocía. Una semana después entra por primera vez en los estudios de la 20ed Century Fox. Hace una prueba de cámara muda sin diálogo, solo caminando, sentándose, encendiendo un cigarrillo.
El jefe del estudio, Daryl Sanuk, mira la prueba dos veces. le firma un contrato de 6 meses, 5 a la semana y le pide que cambie de nombre. Norma Jean Dowarty. No suena a estrella le dice, necesita algo más corto, más musical. I one más fácil de recordar. Esa noche, en una oficina de la Fox, un ejecutivo llamado Ben Lion le propone tres nombres.
Norma Jean elige uno, lo combina con el apellido de soltera de su madre Monroe y nace oficialmente Marilyn Monro. Lo que ella todavía no sabe es que Norma Jean no va a desaparecer. va a seguir viva, escondida dentro de Marilyn y va a ser ella, Norma Jean, la que años después llore en silencio en los baños de los estudios, la que tome pastillas para dormir, la que llame a su padre desde un teléfono público.
Marilyn será el escudo. Norma Jean será la herida abierta detrás del escudo. Los primeros años en la Fox son una decepción. Le dan papeles minúsculos. Tres frases en una película. una aparición de pie en otra. Le piden que pose para fotos publicitarias en traje de baño sobre la nieve con un sombrero ridículo. La utilizan como decoración.
Le dicen que sonría, que enseñe los dientes, que enseñe las piernas, que no piense demasiado. En 1947, después de 6 meses, no le renuevan el contrato. La despiden. Tiene 21 años. Ningún ahorro. Una habitación de hotel a de ver y un carro que pierde aceite. Vive en El Studio Club, una residencia para chicas pobres que querían entrar en el cine.
Por semana, tres comidas al día, una cama por habitación compartida, decenas de chicas como ella llegadas de Iowa, de Texas, de Oklahoma. Con un sueño y un dolor de estómago. Casi todas volverán a casa. Solo una de cada 100 se quedará. Marilyn está decidida a hacer esa una para sobrevivir. Posa desnuda. Es 1949.
Un fotógrafo llamado Tom Kelly le ofrece $50 por una sesión sobre una sábana de terciopelo rojo. Necesita esos $50 para pagar el alquiler. Acepta. Firma con un nombre falso. Mona Monro. Esas fotos 4 años después casi destruirán su carrera, pero por ahora son $50 y una noche más con un techo sobre la cabeza.
Vive en un apartamento minúsculo. Come pasta sin salsa, toma clases de interpretación con un profesor ruso, Michael Chehov, sobrino del gran dramaturgo. Lee a Stanislavski, lee a Freud, le a Lincoln. Aprende sola, en silencio en una habitación con una sola lámpara, lo que las niñas privilegiadas de Beverly Hills aprenden en universidades.
Y nadie, nadie en Hollywood sospecha que esa rubia que enseña los dientes para los catálogos está en privado leyendo a Dostoyevski subrayado en lápiz. Y entonces aparece Johnny Hyde, un agente, 61 años, húngaro de origen, vicepresidente de la William Morris Agency, el hombre más influyente de Hollywood detrás de las cámaras.
Hide se enamora de Marilyn la primera vez que la ve en una piscina en una fiesta de Palm Springs. Le ofrece dejar a su esposa y a sus cuatro hijos por ella. Le ofrece casarse. Le ofrece dejarle toda su fortuna. Marilyn no le ama, pero no le rechaza, le tiene cariño, le respeta y le deja luchar por su carrera.
Johnny mueve cielo y tierra, la presenta a todos los directores importantes, le paga su primera cirugía estética, una corrección en la mandíbula, un pequeño retoque en la punta de la nariz, la acompaña a las premieres, la defiende cuando los productores la ridiculizan y cuando muere de un infarto. En diciembre de 1950, Marilyn intenta meterse en el ataúdal.
Llora delante de la familia, le susurra al cadáver. Gracias, Johnny, gracias. Esa misma semana, Marilyn intenta suicidarse por primera vez. Se traga un puñado de pastillas. Una amiga la encuentra a tiempo. Es la primera vez, no será la última. En 1950, antes de morir, Johnny Hede había hecho una última gestión por ella.
La había metido en una pequeña pero electrizante escena de la jungla de asfalto dirigida por John Houston. Solo tiene tres escenas, pero esas tres escenas son eléctricas. La cámara la encuentra otra vez, como dijo David Conover años antes. Los críticos preguntan, ¿quién es esa chica? El mismo año, Joseph Mankywix.
la pone en la condesa descalsa y luego en una escena pequeña pero brillante en Eva al desnudo está al lado de Bet Davis y George Sanders. Ella, una desconocida, sostiene la cámara como si llevara toda la vida ahí. Hollywood empieza a hablar. La Fox la vuelve a contratar, esta vez con un sueldo mejor.
Le dan papeles más grandes, la promocionan, la fotografían junto a estrellas establecidas para que su rostro se acostumbre al público y el público lentamente empieza a reconocerla. La rubia que sonríe extrañamente, la rubia que parece a punto de llorar, incluso cuando ríe, la rubia que nadie sabe muy bien cómo clasificar, pero detrás de cámaras ya empiezan los problemas.
llega tarde a los rodajes, a veces una hora, a veces tres, vomita antes de cada toma. Le sudan las manos, no puede recordar sus líneas. Algunos directores la odian, otros entienden que esa fragilidad es exactamente lo que la hace brillar en pantalla y la protegen. Pero hay un detalle que casi nadie sabe todavía. Esa fragilidad no es timidez, es pánico.
Es el miedo literal y físico de no ser suficiente, de ser descubierta, de que un día alguien grite en medio del rodaje que es una farsante. Para calmar ese pánico, toma pastillas. Empieza pronto, demasiado pronto. Pequeñas dosis al principio. Para dormir, dice, para los nervios, dice. Su médico se las receta sin hacer preguntas. es 1951.
Marilyn tiene 25 años y ya está enganchada, aunque ni ella ni nadie use todavía esa palabra. Entre 1952 y 1953, su carrera explota. Niara, los caballeros las prefieren rubias, ¿cómo casarse con un millonario? Tres películas que la colocan en lo más alto. En Niagara, dirigida por Henry Hatway, sostiene un primer plano durante 70 segundos sin hablar.
Solo camina, solo respira. Y el cine entero entiende en esos 70 segundos que tienen delante a algo que no han visto nunca antes. La revista Photoplay escribirá, “Es como si la cámara hubiera encontrado por fin su rostro. En los caballeros las prefieren rubias. Junto a Jane Russell canta Diamonds are a girl’s best friend, con un vestido rosa que se convertirá en uno de los iconos visuales más reconocibles del siglo XX.

La escena se rueda en una sola tarde. Marilyn está perfecta a la primera toma. Los técnicos del estudio se quedan callados cuando se apagan las luces. Ese día Hollywood entiende ella ya no necesita a nadie. Pero hay algo más. En febrero de 1953, la revista Photoplay le entrega su primer premio importante. Cuando Marilyn sube al escenario, lleva un vestido dorado tan ceñido que casi no puede caminar.
Joan Crawford, sentada entre el público, sale del Beverly Hills Hotel Furiosa esa noche. Dirá a los periodistas al día siguiente que el comportamiento de Monroe es vulgar y que no se puede vender el sexo como se vende un carro. Marilyn al leer la entrevista se encierra en su camerino. Llora durante 2 horas. Llama a su agente. Yo nunca he querido ser vulgar.
Pero también es ahí, en ese momento, cuando empieza a entender el juego, que ofender a las viejas glorias significa que estás por encima, que escandalizar es promocionarse, que el mundo entero hablará de tu vestido y por lo tanto de ti. En enero de 1954 se casa con Joe Di Mayo, el gran jugador de los Yankees, el héroe del béisbol estadounidense, hijo de inmigrantes italianos, católico, conservador, callado.
Es lo opuesto a todo lo que Hollywood representa y por eso ella lo elige. Cree que con él podrá vivir una vida normal, tener hijos, cocinar, cerrar la puerta del mundo. conocen dos años antes en una cita a ciegas en un restaurante italiano de Los Ángeles llamado Villanova. Marilyn llega una hora tarde. Joe casi se va. Pero cuando ella entra con un vestido azul oscuro y sin maquillaje, Joe se levanta lentamente, no dice nada durante varios segundos y luego cuando finalmente habla lo único que dice es, “Eres más bonita en persona.” Esa noche hablan durante 6
horas seguidas. Joe le cuenta su infancia en San Francisco, los pescadores italianos, la pobreza, los hermanos, el béisbol. Marilyn le escucha como si estuviera oyendo un cuento de hadas que nunca había podido vivir. Se casan en San Francisco, en el ayuntamiento, sin avisar a la prensa, pero la prensa se entera y cuando salen del edificio hay 500 fotógrafos esperándolos.
Marilyn ríe. Joe, baja la cabeza. Esa diferencia entre ellos dos lo dirá todo, porque Diayo la quiere apasionadamente y la quiere quieta. La quiere en casa, la quiere callada, la quiere fuera de la pantalla. No soporta que otros hombres la miren, no soporta que aparezca en revistas. En febrero de 1954, recién casados, Marilyn vuela a Corea para visitar a las tropas estadounidenses.
Da 10 conciertos en 4 días ante más de 100,000 soldados a temperaturas bajo cero en una pequeña tarima rodeada de nieve. Cuando vuelve a Tokio, llama a Joe por teléfono y le dice, “Joe, no te imaginas lo que es escuchar a 100,000 hombres gritar tu nombre.” Joe le contesta frío. Sí, sí, me lo imagino. Cuando en septiembre de 1954, Marilyn graba la famosa escena de la comezón del séptimo año, la del vestido blanco que se levanta sobre la rejilla del metro en plena calle de Nueva York.
Ante una multitud de fotógrafos. Dimagio está entre la multitud. ve la falda subir, ve a su mujer sonriendo y se va del set sin decir una palabra. Esa misma noche, según testigos del hotel Saint, Reggies le grita a Marilyn durante horas en la suite. Algunos dicen que la abofeteó, otros que la empujó.
Marilyn aparece al día siguiente con los lentes oscuros puestos. 9 meses después de casarse, presenta el divorcio. En la conferencia de prensa, llora delante de las cámaras, lleva un vestido negro, no dice una sola palabra coherente. Sus abogados hablan por ella. El matrimonio del siglo, como lo llamaba la prensa, ha durado 274 días.
Pero la historia de Joe De Magio no termina ahí. Volverá y volverá en el peor momento posible. En 1955, Marilyn hace algo que ninguna actriz de su nivel había hecho antes. Se rebela contra el estudio. Acusa a la Fox de tratarla como un objeto. Se niega a rodar la película que le imponen. I clider. Hace las maletas y se va a Nueva York. Abandona Hollywood a los 29 años.
En la cima de su fama, deja todo atrás. En Nueva York alquila un apartamento pequeño. Camina por Central Park sin maquillaje. Nadie la reconoce o quizá la reconocen y fingen que no. Se inscribe en el Actor Studio, el templo del método interpretativo. Trabaja con Lee Strasberg y con su mujer Paula, que se convertirá en su sombra durante los próximos años.
Lee Strasburg, el hombre más severo de toda la escena teatral estadounidense, le dirá un día a un periodista, “He visto pasar a cientos de actores por este estudio. Solo dos tenían genio real, Marlin Brando y Marilyn Monro.” Esa frase cuando se publica asombra a Hollywood entero, porque Hollywood entero sigue pensando que ella solo es un cuerpo bonito.
First 15. On gain point. Aprende a no actuar, a vivir delante de la cámara, lee mucho. Escribe poemas en cuadernos pequeños que nadie verá hasta después de su muerte. Funda una empresa propia, Marilyn Monroe Productions. Es una de las primeras mujeres en la historia de Hollywood en producir sus propias películas.
En esos meses neoyorquinos descubre otra cosa que casi nadie sabía de ella. Le encanta la cocina. Aprende a hacer pasta a la italiana porque cree que así honra el recuerdo de Jodi Mayo. Va al mercado sin maquillaje, con un pañuelo en la cabeza y pide tomates como cualquier ama de casa de Brooklyn.
Los vendedores la reconocen fingen que no. Es la primera vez en su vida adulta que es invisible y le encanta hacerlo. En una libreta de esa época escribe, “Solo soy feliz cuando puedo desaparecer un poco.” Cuando vuelve a la Fox un año después, los términos son distintos. Triple sueldo, derecho de aprobación sobre directores y guiones.
Casi nadie en la industria, ni hombre ni mujer, había conseguido jamás algo así. Marilyn ya no es solo una rubia bonita, es una empresaria. Es una mujer que ha doblado a Hollywood y casi nadie fuera del círculo más íntimo parece capaz de aceptarlo. Es ahí, en ese Nueva York frío y libre cuando conoce a Arthur Miller, el dramaturgo, el autor de muerte de un viajante.
Premio Pulitzer, intelectual judío de izquierdas, 17 años mayor que ella, casado con dos hijos. Ella lo había conocido brevemente en Hollywood años antes, pero ahora en este nuevo capítulo de su vida se vuelven a encontrar y la atracción es total, inmediata, devoradora. Él representa todo lo que ella siempre quiso ser respetada por el cerebro, las ideas, las palabras.
Ella representa para él todo lo que ha estado encerrado durante años bajo el peso del intelectualismo y de un matrimonio fracasado. La luz, el cuerpo, la espontaneidad. Miller deja a su esposa. Marilyn se convierte al judaísmo para casarse con él. El 29 de junio de 1956. Dos ceremonias seguidas, una civil, una religiosa. AC.
Para Hollywood es un escándalo divertido la rubia tonta y el cerebro de Broadway, pero para Marilyn es la respuesta a todas las heridas. Si el hombre más inteligente de Estados Unidos la elige a ella, entonces ella vale algo. Entonces no es solo un cuerpo, entonces existe. Lo que ella todavía no sabe es que esa boda es el principio del fin.
Los primeros meses son felices. Compran una casa en Connecticut, viven en una granja restaurada, cocinan juntos, leen los mismos libros. Arthur escribe en una caseta del jardín. Marilyn Lee Gueranda. Quieren tener un hijo, lo intentan, lo desean con una ansia desesperada, sobre todo ella que ve en ese hijo una segunda oportunidad sobre la maternidad que su propia madre le había robado.
Pero pierde el primer embarazo y el segundo y el tercero, embarazos ectópicos, abortos espontáneos, endometriosis no diagnosticada durante años que le destrozaba el aparato reproductor con dolores brutales cada mes. En el verano de 1957, durante el rodaje de El Príncipe y la corista en Inglaterra, junto a Lawrence Olivier, vive uno de esos abortos en plena producción.
Tiene que rodar al día siguiente. Toma pastillas cada vez más, cada vez más fuertes. Los productores británicos están al borde del colapso nervioso por sus retrasos. Olivier la odia. Olivier dirá años después que trabajar con ella fue el infierno. Lo que casi nadie sabe es que Olivier en privado después del rodaje fue a ver al productor y le confesó algo que solo se descubrió décadas después.
Tienes que aceptar que esta mujer, a pesar de todos los retrasos, a pesar de todo el caos, a pesar de todo lo que nos ha hecho sufrir, es la mejor actriz de cine que he visto en mi vida. Cuando la cámara se enciende, todos los demás dejamos de existir. Esa carta encontrada en los archivos del productor en 1989, todavía hoy circula entre los estudiantes de cine como prueba de algo que la prensa nunca le reconoció en vida, que Marilyn era una actriz extraordinaria.
Y mientras tanto, en una habitación de hotel, Arthur escribe en un diario íntimo. Un día ella encuentra ese diario sobre el escritorio, lo abre, lee unas frases. Las frases son devastadoras. Arthur escribe que está decepcionado, que pensó que se casaba con un ángel y resultó ser una histeria. Marilyn lo lee dos veces para asegurarse.
Luego cierra el cuaderno, se mete en el baño y vomita. Arthur Kane notice in the sign. Arthur, ese diario nunca lo perdonará. Lo intentará. Volverá con él. Sonreirá en público a su lado durante años. Pero algo en ese momento exacto, se rompe para siempre. Una verdad simple. El hombre más inteligente de Estados Unidos la mira igual que todos los demás.
Un objeto roto, un proyecto fallido, una decepción. A partir de 1958, Marilyn empieza a desaparecer dentro de sí misma. Hay días en que no puede levantarse de la cama. Hay noches en que llama a sus amigos a las 3 de la mañana balbuceando palabras incoherentes. El psicoanálisis se vuelve diario, a veces dos veces al día.
Los barbitúricos también. Nembutal, seconal, amital. Se los receta cualquier médico que se los pida. Hollywood es así. Nadie hace preguntas si el paciente es famoso. En 1959, rueda con faldas y a lo loco bajo las órdenes de Billy Wilder junto a Jack Lemon y Tony Curtis. La película será un éxito mundial.
Le valdrá el globo de oro. Es probablemente la mejor actuación cómica de su vida, pero detrás de la cámara fue una pesadilla. Necesitaba 80 tomas para una sola línea. Wilder se arrancaba el pelo. Tony Curtis, exhausto, soltaría la frase más famosa y más cruel del rodaje cuando le preguntaron qué tal era besar a Marilyn. Es como besar a Hitler.
Marilyn nunca respondió a esa frase en público, pero en privado le dijo a su psiquiatra, “Esa frase me la llevaré a la tumba.” Y se la llevó. Hay una escena de con faldas y a lo loc loco que casi nadie recuerda con la profundidad que merece. Es una toma simple. Marlen entra en una habitación, abre el armario, busca una botella de licor escondida y dice una sola frase: “¿Dónde estará el burban?” Cinco palabras, nada más.
Wilder pidió 47 tomas. 47 veces Marilyn entró en esa habitación. 47 veces abrió el armario. 47 veces se le olvidó la frase. En la toma número 48, Wilder le pegó la frase en el interior del armario en un papel grande. Pero entonces Marilyn se olvidó dónde estaba el armario. En la toma número 83. Finalmente la consiguió, salió del set llorando, se encerró en su camerino, se tomó tres nembutales y le pidió perdón a Wilder al día siguiente con una caja enorme de chocolates suizos.
Wilder, sin mirarla, le contestó, “Marilyn, si pudiera divorciarme de ti, te dejaría hoy mismo, pero después del montaje, seguro que vuelvo a pedirte la mano.” Esa frase, conservada por uno de los técnicos, resumía la paradoja del Hollywood de aquellos años. Todos la odiaban, todos la necesitaban. Si esta historia te está impactando, dale like.
Ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas. Olvidadas. En 1960 rueda Vidas Rebeldes, escrita por su propio marido, Arthur Miller. La película es una despedida disfrazada de proyecto. Arthur escribió el guion como un regalo, pero también como una autopsia. El personaje de Marilyn es una mujer rota, sensible, herida, que intenta salvar caballos salvajes.
Es Marilyn vista por Miller. Es Miller diciéndole, sin decírselo, que ya no la ama de esa manera. El rodaje es el infierno. Calor de 45 gr en Nevada. Marilyn falla los diálogos, toma calmantes. La internan dos veces en un hospital durante el rodaje y su compañero de reparto, Clark Gable, el ídolo de toda una generación, su héroe de adolescencia, muere de un infarto 10 días después de terminar el rodaje.
Algunos dirán, “Después, que el estrés del rodaje lo mató, Marilyn lo escuchará, lo creerá, cargará con esa culpa el resto de su vida.” En enero de 1961, divorcio. Arthur se va, Marilyn se queda, está sola, está agotada. Está sola en un apartamento de Nueva York en el invierno más frío del siglo. Y entonces, una noche, su psiquiatra Marianne Chris toma una decisión que ella creía hecha por su bien.
La interna en el hospital Pain Whitney en una clínica psiquiátrica. Marilyn cree que va a una habitación de descanso. La meten en una habitación cerrada con llave, sin pomo en la puerta, con barrotes en la ventana y una mirilla por donde la observan cada 20 minutos. Le quitan el cinturón, los cordones de los zapatos, le dicen que está en el pabellón de enfermos mentales, le dicen que no puede salir.
Esa noche, Marilyn Monroe, la actriz más famosa del mundo, golpea la puerta con los puños hasta que le sangran los nudillos. Grita, suplica, la amordazan, la sedan, la encierran sola en una habitación matelada, sin sábanas, sin luz, durante horas. 4 días después consigue convencer a una enfermera de que le pase un papel y un lápiz.
Escribe una carta desesperada al único hombre que cree que aún puede salvarla. Joe Di Magio le suplica que la saque de ahí. Esa carta cruza Manhattan en taxi. Joe la recibe en su hotel de Nueva York. Sin decir una palabra a nadie, sin avisar a la prensa, llega esa misma tarde al hospital. No grita, no discute, simplemente se planta en la oficina del director y dice con una voz muy baja, una sola frase, si no la sacan ahora mismo, yo destrozo este edificio con mis propias manos.
Una hora después, Marilyn sale del hospital envuelta en un abrigo de invierno demasiado grande, llorando con los nudillos vendados, agarrando la mano de un hombre al que había abandonado 7 años antes y que nunca había dejado de amarla. Esa historia Marilyn no la olvidará jamás. Joe tampoco. Vuelve a Los Ángeles, compra en febrero de 1962, la única casa que tendrá en propiedad en toda su vida.
Una casa pequeña de una sola planta, estilo Hacienda Mexicana, en una calle sin salida de Brentwood, 559 m², tres dormitorios, una pequeña piscina, dua, dua, dua. Y en la entrada, sobre una baldosa, escribe ella misma una frase en latín robada de un libro, cursum perficio, he terminado mi viaje. Esas dos palabras estarán ahí cuando los policías entren en la casa 6 meses después.
En la nueva casa, Marilyn está más sola que nunca. Sus amigas casadas están con sus familias. No tiene madre, no tiene padre, no tiene hijos, no tiene marido. Tiene un psiquiatra que la visita todos los días, el Dr. Ralph Greenson y un ama de llaves que se llama Eun Murray, recomendada por el psiquiatra Grinson. Lentamente va tomando control absoluto sobre su vida.
Decide a quién puede ver. Decide qué pastillas debe tomar. decide cuántas horas debe dormir. Algunos amigos de Marilyn, años después dirán que la estaba aislando, que la estaba controlando, que la estaba destruyendo lentamente. Otros dirán, defendiendo al médico que él hacía todo lo posible para salvar a una mujer que ya no quería salvarse.
La verdad, como tantas veces, está probablemente en algún lugar entre las dos versiones. Lo que sí es cierto es que en los últimos meses Grenson llega a tomar las comidas en casa de Marilyn. Su hija juega con ella en la piscina. Marilyn cena en casa de Greenson casi todos los domingos. La frontera entre paciente y terapeuta, entre amiga y dependiente, entre apoyo y posesión se borra completamente.
En esa misma época, Marilyn empieza a escribir cada vez más en sus cuadernos privados, un cuaderno marrón. Un cuaderno verde, un cuaderno con tapas rotas. Escribe a mano con una caligrafía pequeña, nerviosa, llena de tachones. Escribe poemas cortos, escribe descripciones de su infancia, escribe nombres de personas que la habían abandonado y en una de las últimas páginas, sin fecha, escribe una sola línea que años después sería leída por todo el mundo.
La vida vengo a ti al fin queriendo creer en algo. No hay punto final. No hay punto suspensivo, solo esa frase suspendida en el papel, como si no hubiera podido terminar de pensarla. Hay otra anotación también de esos meses que dice, “Soy yo la que tiene miedo de yo misma.” En español pierde un poco el ritmo de su inglés original, pero la idea sigue siendo devastadora.
Marilyn, en sus últimas semanas tenía miedo de quién podía llegar a ser, de lo que podía llegar a hacerse y nadie, ni Greenson, ni Euns, ni Joe, ni Pat, supo leer esa señal a tiempo. En mayo de 1962 ocurre el episodio que el mundo entero recuerda. En Madison Square Garden, Nueva York. Frente a 15,000 personas, Marilyn aparece en el escenario con un vestido tan ajustado que tienen que coserla dentro de él.
Carne color piel, cubierto de 1000 cristales de Swarovski, sin ropa interior debajo, camina con pasos minúsculos, sube a la tarima, se inclina hacia el micrófono y susurra con una voz rota, casi sin aliento. Happy birthday, Mr. President. El presidente John F. Kennedy está sentado a pocos metros sonriendo.
Su esposa Jaceln ha decidido no asistir. Los rumores ya circulaban desde hacía meses sobre una posible relación entre Marilyn y el presidente. Algunos dicen que también con su hermano Bobby, el fiscal general, nada se confirmó nunca de manera oficial. Pero esa noche en Madison Square Garden, esos rumores adquieren contornos visibles para el público entero.
Lo que casi nadie sabe es que esa actuación fue su acto de amor y su despedida. Tres días después, según ciertos testimonios, Bobby Kennedy le anuncia que la relación, sea cual fuere, ha terminado. Las llamadas se cortan, los teléfonos privados ya no responden. Marilyn intenta llamar a la Casa Blanca. varias veces se le bloquea el acceso, se le hace entender con elegancia y firmeza política que ella no existe para esa familia.
A principios de junio, la 20th Century Fox la despide del rodaje de Something’s Got to Give. Llega tarde, falta 3 días sobre 20. Hace un baño en pelota la primera escena de desnudo total en la historia de Hollywood y luego no aparece más. El estudio la demanda. La acusa de incumplimiento de contrato. La prensa la masacra. Los periódicos hablan de su caída, de su adicción, de su locura.

En las semanas siguientes, Marilyn está sin trabajo, sin marido, sin amante, casi sin amigos, dependiente del nembutal para dormir y del dexedre para despertarse. El cóctel es exactamente el mismo que matará 35 años después a otras estrellas. Pero en 1962 nadie habla todavía de epidemia, es solo pastillas para los nervios.
Y sin embargo, sin embargo, en esos últimos meses ocurre algo que casi nadie cuenta. Marilyn está intentando salir, está luchando. La Fox, viendo el dinero perdido, decide reconciliarse con ella. Le ofrecen el doble de sueldo. Reanudan la película. Marilyn empieza a hacer terapia con más disciplina. Pierde 3 kg. Se compra ropa nueva, hace planes, habla con sus amigos de tener un hijo por adopción, habla con Jodi Mayo, que ha vuelto a su vida paciente, silencioso como siempre.
Y según testimonios que se filtrarían años después, Joe le habría propuesto matrimonio por segunda vez. Ella habría aceptado. La fecha de la segunda boda estaba fijada a 8 de agosto de 1962. Una ceremonia íntima, sin prensa, sin Hollywood, solo unos pocos amigos. Joe había reservado todo. Iba a casarse con ella tres días después de lo que vendría.
En los últimos 15 días, Marilyn empieza a llamar a personas que no había llamado en años. Llama a Jim Dockerty, el muchacho con el que se casó a los 16 años. No habían hablado en casi 20 años. Es una llamada breve, según Jim le dice, “Solo quería decirte que estoy bien y que perdona si te hice daño. Llama a Norman Roston, un poeta amigo de Arthur Miller, con quien había mantenido una amistad sincera.
le dice Norman, “Todo va a estar bien por primera vez en mucho tiempo. Tengo planes.” Llama a una antigua compañera del orfanato. Llama a una cuidadora que la había tratado bien cuando ella tenía 9 años. Una a una, esas llamadas tienen algo en común. Marilyn cierra cosas. Marilyn agradece. Marilyn dice adiós sin decir adiós.
¿Por qué? Esa pregunta los investigadores se la harán durante décadas. Algunos dirán que ella sabía que algo se acercaba. Otros dirán que estaba intentando hacer balance porque iba a empezar de nuevo con Joe. Las dos lecturas son posibles. Ninguna se ha podido confirmar. Hay también en esos últimos días una sesión de fotos en la playa de Santa Mónica.
Es el 23 de junio de 1962. El fotógrafo es George Barrest. Marilyn lleva un poncho de lana mexicana y una caja de champán. Está delgada, dorada por el sol, sonriente. En una foto mira directamente a la cámara y susurra al fotógrafo con esa voz baja que le caracterizaba. George, no me hagas verme triste.
Quiero que estas fotos digan que soy feliz. Esas fotos serán las últimas. 40 días después. estará muerta, pero el destino no tiene paciencia. El sábado 4 de agosto de 1962, Marilyn se despierta a las 9 de la mañana, hace una sesión con Greenson, toma su desayuno, Lee habla por teléfono con su maquilladora, llama a su entrenador, llama a Joe Magio Jor, el hijo de Joe, al que adoraba y que pasaba por una crisis sentimental.
La conversación es larga y cariñosa. Joe Junior dirá años después que ella sonaba bien, tranquila, esperanzada, tenía planes. Dirá estaba bien. Pat Newcom, su publicista y mejor amiga, había pasado el viernes con ella y se había quedado a dormir esa noche. El sábado por la mañana, Marlin la despide bruscamente.
Discuten. Pat se va sin entender bien por qué. sera la última en verla con vida con plena lucidez. Años después, Pat se negará durante medio siglo a hablar de lo que pasó esa mañana. Solo dirá una frase en una entrevista de 1985. Ese día, Marilyn ya sabía algo que yo no sabía y se llevó esa información a la tumba.
Por la noche, Greenson se va de su casa hacia las 7. Euni se mura y se queda. Marilyn está en su habitación hablando por teléfono con varias personas. Su última llamada, según los registros, es a Peter Loford, cuñado de los Kennedy. Le pregunta con voz cada vez más confusa si va a ir a la fiesta esa noche. Le dice que sí. Luego algo cambia en su voz.
empieza a hablar más despacio. Loford, alarmado, le grita por el teléfono. Marilyn, despierta. Marilyn, luego oye solo silencio. Y luego el ruido del auricular caer al suelo. Loford intenta llamar a Greenson, intenta llamar al abogado de Marilyn, intenta llamar a alguien que pueda ir, pero por razones que jamás quedaron claras.
Esa llamada inicial, la última frase de Marilyn Monroe a un ser humano, no genera una ambulancia, no genera un equipo de emergencia, no genera nada, se hace silencio. Unise Murray dirá que se durmió hacia las 10, que se despertó hacia las 3 de la mañana porque vio una luz extraña debajo de la puerta del dormitorio, pero la puerta estaba siempre cerrada con llave y Eunis no tenía la llave.
Tampoco había forma física de ver una luz desde su habitación. Esa parte de la historia jamás fue creíble. Nunca lo será. Lo cierto es que a las 3:40 de la mañana, Murray llama a Grenson. Greenson llega, rompe la ventana del dormitorio con un atizador. Entra, encuentra a Marilyn boca abajo, desnuda, con el teléfono en la mano izquierda y dice una sola palabra.
Demasiado tarde, 3 horas después, el cuerpo está en el depósito del condado. El forense, el Dr. Thomas Nogucci, hará la autopsia. Encontrará niveles letales de nembutal, ocho veces la dosis mortal y de hidrato de cloral. Pero y aquí está uno de los misterios que nunca se resolvió. No encontrará rastro de pastillas en el estómago.
47 pastillas no aparecieron jamás. Tampoco apareció el vaso de agua con el que las habría tragado. Tampoco había en la habitación ni siquiera un grifo abierto recientemente. El Dr. Noguchi escribirá décadas después en sus memorias. Esa autopsia me persiguió durante toda mi carrera.
Lo que encontré no concordaba con lo que me dijeron que había pasado. ¿Cómo murió Marilyn Monroe? La versión oficial suicidio probable. sobre dosis aguda de barbitúricos. Esa es la frase que cierra el expediente del condado de los Ángeles archivado el 17 de agosto de 1962. Pero hay otra versión, una versión que durante décadas circuló en susurros, en libros prohibidos, en testimonios de personas que solo hablaron en sus lechos de muerte.
Algunos sugirieron una inyección letal en el glúteo izquierdo, una marca que Nogucci anotó en su informe, pero nunca pudo explicar. Algunos sugirieron la presencia esa noche de personas que oficialmente no estuvieron. Algunos sugirieron, sin pruebas concluyentes, que su muerte fue conveniente para personas muy poderosas que temían que ella hablara.
Nada se confirmó nunca. Pero algunas cosas están en los archivos. Por ejemplo, los registros telefónicos de la última llamada de Marilyn desaparecieron de la compañía esa misma semana. Por ejemplo, los apuntes del Dr. Greenson sobre las últimas sesiones desaparecieron. Por ejemplo, la primera ambulancia, según el chóer Walter Shafer, llegó a la casa antes de las 3 de la mañana, es decir, antes de la versión oficial.
Y Marilyn, según ese testimonio, ya estaba inconsciente, pero todavía con vida cuando fue cargada. Esa ambulancia volvió a la casa sin Marilyn y luego la versión oficial empezó. Hechos, solo hechos. El resto pertenece a las teorías y las teorías después de 60 años ya no podrán confirmarse ni refutarse. Lo que sí es cierto es esto.
Cuando Joe De Magio se entera de la muerte de Marilyn, esa misma mañana no llora delante de la gente, coge un avión, va a la morgue, identifica el cuerpo y luego durante tres días organiza personalmente el funeral, decide quién entra, decide quién no, decide qué himnos se cantan, decide qué flores se ponen. A los Kennedy no les permite entrar.
A Frank Sinatra no le permite entrar. A Peter Loford no le permite entrar. A casi nadie de Hollywood no le permite entrar. Solo familia, solo amigos íntimos, solo personas que la quisieron antes de que fuera Marilyn. El 8 de agosto de 1962, el mismo día en que iba a hacer su boda, la entierran en el Westwood Memorial Park.
Jod Magio, vestido con un traje negro, llora en silencio durante toda la ceremonia. Al final se inclina sobre el ataúdurra unas palabras que solo unos pocos testigos consiguieron oír. Tres palabras. Tres palabras solamente I love you. I love you. I love you. Tres veces. Como un mantra, como una despedida, como una promesa.
Y entonces ocurre algo que se convertirá en una de las historias de amor más conmovedoras del siglo XX. Jod Mayo nunca se vuelve a casar, nunca tiene otra mujer pública y durante los siguientes 20 años, exactamente 20 años, hace enviar a la tumba de Marilyn un ramo de rosas rojas tres veces por semana, sin falta, sin titulares, sin entrevistas, solo flores cada lunes, cada miércoles, cada viernes durante 20 años. Ah. Ah, ah, ah.
Cuando un periodista en 1982 le preguntó por qué seguía haciéndolo, Joe Di Magio respondió con su voz suave de inmigrante italiano, “Porque le hice una promesa.” Esa fue la última entrevista en la que mencionó a Marilyn. Murió en 1999. Sus últimas palabras conscientes, según los testigos, fueron: “Por fin la volveré a ver.
” Pero la historia de Marilyn no termina ahí porque hay alguien que sobrevive a todo, alguien a quien casi nadie le habla. Durante esos días terribles de agosto de 1962, en un hospital psiquiátrico de Norwalk, California, una mujer mayor llamada Gladis Pearl Baker está sentada en una silla mirando por una ventana. No sabe que su hija ha muerto.
Los médicos no se atreven a decírselo. Cuando finalmente se entera, varias semanas después, no llora, no reacciona, solo dice con esa voz lejana que tenía desde hacía 30 años, Norma Jean. Pobre Norma Jean. Le dije que no fuera al cine. Gladis vivirá 22 años más en ese hospital. Morirá en 1984 con 90 años.
habrá sobrevivido casi un cuarto de siglo a su propia hija. Esa es la verdad final que casi nadie cuenta. La verdad que ningún biógrafo subraya, la verdad que duele más que todo lo demás. La madre, la madre rota, la madre ausente, la madre encerrada, la única persona de la sangre de Marilyn sobrevivió. vivió hasta envejecer y nunca pudo entender que la niña que había abandonado al mundo se había convertido en la mujer más amada del mundo y que esa niña ahora ya no estaba después de la muerte.
Lo que sigue es la inmortalidad. Andy Warhall pinta sus serigrafías en 1962, empezadas pocas semanas después del entierro. La cara de Marilyn, repetida, multiplicada, coloreada en rosa y dorado, se convierte en uno de los iconos del arte del siglo XX. Su rostro será uno de los más reproducidos en la historia humana, junto con los de Mona Lisa y Cheegevara.
Madonna se inspira en ella. Lady Gaga la cita. Generaciones enteras de actrices la estudian. Su película Bustop, que en su momento fue tibiamente recibida, hoy se enseña en escuelas de cine. La sonrisa, el cuerpo, la voz, la mirada, todo se transforma en código cultural. Y su última casa, esa pequeña hacienda de Brentwood con la inscripción Cursum Perficio en la entrada se vendió en 2023 por más de 8 millones de dólares.
Los nuevos propietarios intentaron demolerla. Una movilización ciudadana lo impidió. La casa todavía hoy sigue de pie como si Norma Jean se hubiera negado una vez más a desaparecer. Y hay un detalle final que pocos conocen. En su testamento, Marilyn dejó la mayor parte de su patrimonio a Lee Strasberg, su profesor de actuación.
No a Jod Magio, no a Arthur Miller, no a su madre todavía viva en el hospital psiquiátrico, a Lice Strasberg, el hombre que había sido el primero en decirle públicamente que ella tenía genio. Strasberg, a su muerte en 1982, dejó esos derechos a su segunda esposa, Ana, una mujer a la que Marilyn jamás había conocido.
Strasburg construiría con la imagen de Marilyn un imperio comercial de cientos de millones de dólares. Y así hasta el día de hoy, una mujer que nunca conoció a Marilyn vive del recuerdo de Marilyn. Es probablemente la última de las muchas paradojas de su vida, incluso muerta. Sigue alimentando a personas que no la conocieron.
Pero hay otra cosa, una cosa que es nueva, una cosa que cambió en los últimos 20 años. Cuando se publicaron sus diarios privados descubiertos en cajas guardadas durante décadas, apareció una Marilyn. Una mujer que escribía poesía. Una mujer que leía a Joyce, a Whitman, a Tolstoy. Una mujer que se preguntaba por el sentido del sufrimiento.
Una mujer que dudaba constantemente de su valor. En una página, sin fecha, escribió esta frase, en una caligrafía pequeña y nerviosa, “Solo soy real cuando estoy sola.” Esa frase la resume todo, toda su vida, todo el dolor, todo el mito. Marilyn Monroe, la mujer que se vendió al mundo entero, que se desnudó frente a millones, que cantaba en escenarios brillantes, era solo real cuando estaba sola, cuando nadie la veía, cuando podía ser otra vez esa niña pequeña llamada Norma Jean llorando en la cama de una casa de acogida buscando una mano que
nunca llegaba. Y aquí, después de todo este viaje queda una pregunta. Una pregunta que cada uno se debe hacer en silencio. Si ustedes hubieran podido entrar en esa habitación de Brandwood la noche del 4 de agosto de 1962, si hubieran podido sentarse al borde de esa cama, ¿qué le habrían dicho a Norma Jean? ¿Qué se le dice a alguien que se siente solo en el centro mismo de la multitud que lo adora? Esa es la pregunta que Marlin nos deja.
Esa es la herida que se quedó abierta y esa es la razón por la que 63 años después su rostro sigue mirándonos desde las paredes de los museos, los carteles, las pantallas, los libros esperando quizás que alguien algún día sepa la respuesta. Hay otras historias así. Otras mujeres olvidadas detrás del brillo, otras niñas que se convirtieron en mito sin pedirlo.
Otras vidas marcadas por la misma soledad luminosa, por la misma promesa rota, por la misma despedida que el mundo nunca quiso ver. Y en la próxima historia que les vamos a contar, vamos a entrar en la vida de otra figura que también se rompió bajo el peso de su propia leyenda. Una mujer que como Marilyn lo tenía todo y se quedó sin nada.
Una mujer cuya muerte también encierra preguntas que 60 años después siguen sin respuesta. Una mujer cuyo nombre también brilla todavía en las marquesinas, aunque nadie recuerde ya el dolor verdadero detrás del brillo. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia. Y cuéntanos en los comentarios, ¿conocías toda esta historia? ¿Qué es lo que más te ha sorprendido?