Posted in

María Victoria: Así la Destruyeron en 30 días y nunca se atrevió a contarlo

No era solo lo que hacía, era lo que era, según los que se sentían con autoridad moral para decirlo. La ropa era indecente, el cuerpo era indecente. La voz que tenía cuando cantaba ciertos boleros era indecente. Todo junto armaba el retrato de una mujer que no encajaba con lo que se esperaba de una mujer de bien. Ella escuchó esa palabra.

y siguió cantando. Siguió cantando en las carpas y en los cabarets y en los centros nocturnos de la capital, hasta que en 1949 llegó al lugar que iba a cambiar todo. Se llamaba el teatro Salón Margo y estaba frente a la plaza Garibaldi en el corazón de la ciudad de México. Era un teatro hecho para el pueblo.

 Precios accesibles, elenco rotativo, espectáculo vivo de variedad, cómicos, bailarines, cantantes, un lugar donde el México, que no tenía para ópera ni ballet, podía pasar una noche completa. Y María Victoria llenó el margo noche tras noche durante casi 10 años. No un mes, no una temporada, casi una década con el cartel de lleno permanente.

 Piénsalo en términos que se puedan tocar. El teatro Margo tenía capacidad para más de 1000 personas. 1000 personas que pagaban una entrada. 1000 personas que elegían gastar en ella cuando podían haber gastado en otra cosa. 1000 personas que volvían. No venían una vez por curiosidad. Volvían. Traían a sus amigas, traían a sus madres, traían a sus maridos que después admitían que ella les había gustado más de lo que esperaban. Eso durante casi 10 años.

El escenario del margo era de los que hacen ruido cuando pisas las tablas. El foso de la orquesta justo debajo, las luces de frente que deslumbran y al mismo tiempo te permiten ver hasta la última fila. María Victoria salía cada noche con los vestidos que prácticamente no le permitían dar pasos largos. La tela se adhería al cuerpo desde los hombros hasta las rodillas y y cuando llegaba al micrófono y acomodaba los labios a la distancia exacta, la sala se callaba sola.

 No gritaba, no hacía movimientos grandes. Esa era su trampa, la quietud. Una mujer completamente quieta cantando un bolero con la voz exacta puede ser más poderosa que cualquier espectáculo de luces. Y ella lo sabía. Un cronista de la época lo describió así. No mostraba las piernas como Ninón, ni zarandeaba la pelvis como tongolele.

 Sugería y en la sugerencia estaba todo el poder. Imagina una de esas noches del Margo. El año podría ser 1952. El teatro lleno hasta el último asiento, el calor de las personas juntas y las luces de frente que recortan la figura contra el fondo oscuro del escenario. María Victoria llega al micrófono. Deja que el silencio se asiente una fracción de segundo más de lo que el público espera.

 Y empieza la voz sale despacio sin prisa. Y en la primera fila, en la décima, en la última del fondo, la misma cosa. Las manos se sueltan de los vasos, los cuerpos se inclinan hacia delante, el mundo de afuera del teatro desaparece por completo. Eso es lo que Uruchurtu llamó vulgar. Eso es lo que la Liga de la Decencia quería prohibir a mil personas quedándose calladas, inclinadas hacia la voz de una mujer.

“Si hubiera cantado, ya no siento nada al hacerlo contigo”, bromeó ella después. “Seguiría en la cárcel.” Decían que yo cantaba para provocar al hombre. La gente iba a verla. El teatro seguía lleno, el público seguía volviendo. Eso a ciertos hombres con poder les resultaba intolerable. En 1952, el regente del departamento del Distrito Federal, Ernesto P.

 Uruurtu, o puso en marcha algo que él mismo llamó la cruzada de la decencia teatral. nombró a un equipo de inspectores cuya tarea recorrer los teatros de la capital y decidir cuáles eran moralmente aceptables y cuáles no. Si el espectáculo no pasaba el filtro moral del regente, el local se clausuraba. Si el artista no cumplía las normas no escritas del señor Uruurtu, se le suspendía sin juicio, sin apelación.

María Victoria - IMDb

Un hombre firmaba un papel y el escenario de otra persona desaparecía esa misma noche. Uruurtu era conocido en la ciudad de México como el regente de hierro. Gobernó el departamento durante 14 años, 14 años de persecución. Y durante esos 14 años era nota recurrente en los periódicos el cierre de teatros, la suspensión de artistas, de la persecución sistemática de cualquier mujer que en escena mostrara algo que él considerara inapropiado.

Cerraron el guaikiki, cerraron el salón México, clausuraron teatros enteros, una obra de Alejandro Jodorovski, un teatro que proyectó una película de Buñuel. Cualquier cosa que se saliera de los márgenes estrechos del señor Uruurtu podía desaparecer de un día para otro. El señor Uruurtuaba también tácticas que ningún reglamento contemplaba.

mandaba cambiar el número de las calles para violar los amparos que protegían ciertos locales. Ordenaba abrir zanjas frente a los comercios que se resistían a sus disposiciones. Mandaba espías a los restaurantes para inducir a los dueños a violar las normas y después tener motivo para clausurarlos.

 O ahí entre los nombres que aparecían una y otra vez en esa lista de perseguidos estaba el de María Victoria, la Liga de la Decencia, una agrupación civil apoyada por sectores conservadores de la Iglesia Católica, intentó formalmente que se prohibieran sus canciones, no sus actuaciones en vivo, sus canciones grabadas, el hecho de que existieran como discos y se transmit eran por radio era ya, según ellos, una amenaza real a la moral de las familias mexicanas.

Comprometían a sus adherentes a reportar todos los actos contrarios a la decencia que llegaran a su noticia. Un sistema de espías voluntarios para denunciar canciones de bolero. Piénsalo. Una mujer cantando boleros en la radio era considerada una amenaza pública. Varios de sus filmes cinematográficos enfrentaron cortes en escenas que los censores encontraban demasiado provocadoras.

Filas de señoras encumbradas y señores de traje, como los describieron los cronistas, entraban a los teatros no para disfrutar, sino para tomar nota de lo que había que reportar como inmoral. Y María Victoria seguía cantando y había dos golpes a punto de llegarle al mismo tiempo.

 Uno tenía nombre propio, Manuel Gómez. Recuerda las dos cartas que te prometí al principio. Ya llegamos. Manuel Gómez trabajaba en los cabarets de la ciudad donde ella se presentaba. Fue una relación que se construyó en ese mundo del espectáculo nocturno entre bastidores y actuaciones y el calor particular de los lugares donde la gente va a olvidar lo que tiene pendiente.

Se enamoraron. tuvieron una hija, la bautizaron María Ester, aunque en la familia siempre le dijeron Teté. Pero la familia de Manuel tenía un problema con María Victoria. Hubo un problema claro y explícito. Era artista y en la mentalidad de esa familia, compartida por muchas familias de ese México, las artistas eran mujeres sin escrúpulos, mujeres que tenían relaciones con cualquiera, mujeres que no eran para casarse, sino para otra cosa.

Read More