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María Fiódorovna: Perdió a Toda su Familia… y Nunca lo Aceptó

Las casas reales europeas se fijan en Copenhague. Preguntan, ¿y la hermana menor? La hermana menor tiene 17 años y ya está en el radar de la familia más poderosa del mundo. En San Petersburgo, en el palacio de invierno, el Sar Alejandro II tiene un hijo mayor llamado Nicolás. Le dicen Niaxa, es guapo, inteligente, sensible, destinado a ser el próximo emperador de todas las Rusias.

Desde hace meses, sus padres buscan para él una esposa. Tiene que ser protestante, preferentemente del norte. Tiene que ser joven. Tiene que ser bonita y debe tener la personalidad adecuada para soportar lo que se viene. El nombre de Dagmar aparece sobre la mesa. En septiembre de 1864, Nikaxa viaja a Copenhage. Una visita en teoría diplomática.

En la práctica, una audición. Dagmar está nerviosa. Ha memorizado frases en francés, repasado la historia de Rusia, ensayado reverencias, pero cuando Nika entra al salón, todo lo que había preparado se evapora. Según los testigos de la corte danesa, los dos jóvenes se enamoraron casi de inmediato. Se escriben cartas, se toman de la mano bajo las miradas cómplices de los sirvientes, se comprometen oficialmente.

La boda se planea para el año siguiente. Dagm Cree. Como solo se puede creer a los 17 años que la vida le está entregando exactamente lo que le había prometido. Amor, aventura. un trono al lado del hombre que ama. Todo parece alinearse con una fluidez casi sobrenatural. Y entonces, de un día para otro, Nikaxa se enferma.

Los médicos hablan al principio de reumatismo, luego de fiebres, luego de algo más grave. Nixa es trasladado a Nisa, en la costa francesa, con la esperanza de que el clima mediterráneo lo cure, no lo cura, lo mata. Dagmar corre hacia Nisa desde Copenhague en tren y en carruaje durante días enteros. Cuando llega, Niaxa ya no se puede levantar. Tiene 21 años.

Está agonizando de meningitis cerebro espinal. Sus padres, el Sar y la Sarina, están en la habitación. Su hermano menor, Alejandro, un joven enorme, torpe, tímido, que siempre vivió a la sombra del hermano brillante, está junto a la cama. Según los testimonios recogidos después por los miembros de la corte, en sus últimas horas Nika habría tomado la mano de Dagmar con una y la mano de su hermano Alejandro con la otra.

Las habría unido, las habría apretado y habría murmurado algo parecido a Cuídense el uno al otro. El 24 de abril de 1865, Nikaxa muere. Dagmart tiene 17 años. Está sentada junto al cadáver del hombre que iba a cambiar su vida y no sabe todavía que a pocos metros hay otro hombre observándola. Un hombre al que acaba de conocer, un hombre que algún día la sacará de su luto y la llevará de todas formas al trono de Rusia.

Pero antes de eso, hay un año entero de silencio. Un año en el que Dagmar vuelve a Copenhage. Un año en el que se encierra en su dormitorio, come poco, llora mucho, se niega a ver a los pretendientes que empiezan a llamar a la puerta. Un año en el que piensa en Nikaxa, cada mañana al despertar y cada noche al acostarse.

Y es justo en ese momento cuando la herida parece más abierta, cuando Europa entera empieza a susurrar la misma frase, “Tú deberías casarte con el hermano. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Alejandro, el hermano tímido que había crecido siempre a la sombra de Niaxa, acaba de convertirse por la muerte de su hermano en el próximo sar de Rusia.

Él mismo no se lo cree todavía. Nadie lo había preparado para ese destino. Lo habían educado para ser soldado, para ser un gran duque entre muchos, para vivir tranquilo mientras su hermano reinaba. Ahora, de un día para otro le toca aprender a gobernar un imperio y le toca además elegir esposa. El propio emperador Alejandro Segund empuja la idea.

Su esposa la Sarina también. Todos en San Petersburgo hablan de la joven princesa danesa a la que Nika había amado. Es bonita, es europea, está libre y tiene sobre ella una especie de aureola trágica que, así lo pensaban en esa época, la convierte en la candidata perfecta para entrar en la familia imperial sin escándalos.

En el verano de 1866, Alejandro viaja a Copenhague. El encuentro es incómodo. Los dos se conocen, pero apenas Alejandro no tiene la elegancia de su hermano. Es gigante, robusto, con manos enormes, voz grave, modales de oso. Se ruboriza al hablar, guarda silencio mucho tiempo, pero también hay algo profundo en él. Una lealtad callada, una decencia sin adornos.

Dagmar, por su parte, es una joven de 19 años que acaba de salir del luto, desconfía, tiene miedo. Cuando lo ve por primera vez, piensa que nunca podrá quererlo como quiso a Nikaxa y le dice que necesita tiempo. Alejandro, por una vez en su vida, encuentra las palabras correctas. le escribe, según las cartas que se conservaron después, que no podía reemplazar a su hermano, que tampoco quería hacerlo, pero que si algún día ella podía mirar a otro hombre sin pensar que lo traicionaba, le gustaría ser ese hombre.

Dagmar llora toda la noche y al día siguiente dice que sí. Se casan en San Petersburgo el 9 de noviembre de 1866. La ceremonia es imperial, interminable, deslumbrante. Dagmar lleva un vestido cubierto de diamantes. La corona nupsial de los Romanov le pesa tanto que camina doblada. El incienso llena la catedral. Dentro de la iglesia ortodoxa se convierte oficialmente al rito ruso.

Abandona su nombre. Se llamará a partir de ese día María Fiodorovna. La pequeña Dagmar danesa ha dejado de existir. Desde el primer día, los rusos la adoran, no como adoran a las saras anteriores, mujeres alemanas, frías, distantes. A María la adoran porque aprende ruso rápido, porque visita hospitales, porque baila con oficiales en los bailes de San Petersburgo, porque se ríe alto, porque abraza a sus hijos en público, porque nunca finge.

En 1868 nace Nicolas. Le dicen Nicki. Es pequeño, delicado, con ojos azules como los de su madre. Dos años más tarde nace otro hijo, Alejandro, que muere con apenas 11 meses. Esa primera muerte deja una marca. María ya ha aprendido antes de cumplir 30 años que los hijos también se mueren. Le siguen Jorge en 1871, Shenia en 1875.

Miguel en 1878 y Olga en 1882. Seis hijos, cinco sobrevivientes, una familia ruidosa, caótica, feliz. Durante esos años María vive en una especie de burbuja. Alejandro, que todos llaman Sasha en la familia, resulta ser un marido mucho mejor de lo que ella esperaba. No es apasionado, no es romántico, pero es fiel.

absolutamente fiel. En una corte donde los adulterios son casi un deporte, Sasha no mira a otra mujer jamás. María lo sabe, lo ve, lo agradece. El suegro Alejandro Segund, en cambio, es todo lo contrario. Se ha enamorado locamente de una joven aristócrata, Catalina Dolgorova, y vive con ella casi abiertamente para horror de su esposa enferma y de toda la corte, Sasha.

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