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María Félix: La Promesa que Cumplió el Día que Murió

Lo que ocurrió esa tarde nadie lo había previsto, pero las consecuencias durarían toda una vida. Algunos historiadores y biógrafos creen que aquella experiencia explica la coraza Félix, que el mundo conocería décadas después. esa fachada imposible de penetrar, esa mirada que parecía retar a quien se atreviera a sostenerla.

María decidió a los 8 años que nunca más iba a sentir ese dolor y que para no sentirlo había que no amar tanto o al menos no demostrarlo nunca. En aquellos años de Sonora, María vive entre dos mundos. El mundo de los hombres donde su padre la lleva a montar a caballo desde los 6 años le enseña a disparar, le enseña a no bajar nunca la cabeza ante nadie.

Y el mundo de las mujeres donde su madre le enseña a rezar, a coser, a hablar bajo, a ser dulce, María absorbe los dos, pero en el fondo los hermanos lo notan. Ella prefiere el primero. Hay una anécdota que la familia repetiría durante décadas. María tiene 7 años. Cuando un primo mayor le pega en el patio, le tira el cabello, le rompe un juguete, María no llora. María no grita.

María, en lugar de eso, espera. Espera dos días. Y al tercer día, cuando el primo está distraído, María lo empuja al piso, se le sienta encima y le dice palabras textuales. Según el primo, a mí no me vuelves a tocar nunca, ¿oíste? El primo, según contó el mismo 40 años después, nunca más se atrevió a acercarse a ella.

Pasan los años, la familia se muda a Guadalajara, en el estado de Jalisco. Los Félix prosperan. María crece y crece convirtiéndose en una belleza imposible. A los 15 años, ya nadie en Guadalajara puede pasar a su lado sin volverse a verla. Tiene una piel pálida, casi luminosa, una boca que parece dibujada por un pintor renacentista y sobre todo una mirada, esa mirada de hielo y fuego al mismo tiempo, la mirada que un día haría temblar a Diego Rivera, a Agustín Lara y a la mitad de los hombres más poderosos del siglo XX. A los 17, María se casa.

Su primer marido se llama Enrique Álvarez a la Torre. Es un vendedor de cosméticos, guapo, encantador, con la sonrisa fácil, la conquista en una fiesta. Le promete el mundo, María, joven, romántica, deslumbrada, le dice que sí. Aquel matrimonio, según la propia María contaría décadas después, fue el peor error de su juventud.

Enrique resultó ser celoso, posesivo, violento, la encerró, la aisló, le prohibió ver a sus amigas, la convirtió. durante 6 años en una sombra de sí misma. Pero algo bueno salió de aquel infierno. En 1934, María dio a luz a un niño. Lo llamaron Enrique como su padre, pero todos en la familia lo llamarían siempre K.

Quique, el único hijo que María tendría jamás, el centro absoluto de su vida durante 62 años. Y sin saberlo todavía, también el dolor más grande que esa vida le iba a entregar. Lo que pasaría con Kuch marcaría a María como nada lo había hecho antes, ni siquiera la muerte de Pablo. Pero faltaba mucho para llegar a eso.

Primero había que escapar de Enrique y María, a los 25 años hizo algo impensable para una mujer mexicana de su época. Tomó al niño, hizo una maleta y se fue. Ciudad de México. Año 1939. Una mujer joven, alta, vestida con elegancia humilde, camina por la avenida Madero llevando a su hijo pequeño de la mano. Acaba de divorciarse.

No tiene dinero, no tiene casa, no tiene contactos, pero tiene una determinación que la sostiene como un esqueleto de hierro. María encuentra trabajo en un consultorio médico como recepcionista. Gana lo suficiente para pagar un cuarto modesto y la comida de su hijo. La vida es dura, las noches son largas. A veces, cuando Kque ya duerme, ella se sienta junto a la ventana y mira las luces de la ciudad y se pregunta si esto será toda su vida.

Y entonces ocurre lo que cambiaría todo. Una tarde, María camina por el paseo de la reforma. Lleva un vestido sencillo, el pelo recogido, la cabeza alta, siempre la cabeza alta. De pronto, un hombre la detiene en la calle. Su nombre es Fernando A. Palacios. Es ingeniero, pero también un cazador de talentos para el cine mexicano.

Lleva años buscando rostros nuevos para la industria. Cuando ve a María se queda paralizado. Le dice una sola frase: “Señora, usted nació para estar en la pantalla.” María se ríe. Cree que es una broma. Cree que es uno de esos hombres que abordan a las mujeres en la calle. Pero Palacios insiste, le da una tarjeta, la invita a un estudio.

Aquella noche María mira la tarjeta durante horas. Piensa en Quique, piensa en el dinero, piensa en la posibilidad de no volver a tener miedo nunca más y al día siguiente va al estudio. Lo que pasa allí ya forma parte de la leyenda. Cuando los productores la ven, no logran articular palabra, la cámara la prueba y la cámara hace algo extraño con ella, algo que solo le pasa a un puñado de personas en cada generación.

La cámara no se limita a fotografiarla, la cámara se enamora de ella. Las primeras pruebas son un éxito, la firman para una película llamada El Peñón de las Ánimas. Pero antes del estreno ocurre algo que muestra el carácter Félix desde el primer día. Los productores le piden que se cambie el nombre. Le dicen que María Félix no suena lo suficientemente glamoroso.

Le proponen alternativas. María Estrella, María del Monte, incluso un nombre francés. María los escucha en silencio y cuando terminan les dice, “Y la frase quedó registrada en una entrevista que un asistente de producción dio años más tarde. Mi nombre es el único patrimonio que mi padre me dejó.

Si quieren que cambie de nombre, busquen a otra actriz. Los productores tragan saliva y aceptan. Su pareja en pantalla será un cantante que en aquel momento es el ídolo absoluto de México. Un charro guapo, varonil, con una voz de bronce que hace temblar a todas las mujeres del país. Su nombre es Jorge Negrete y aquí, escuchen bien, porque esto es importante para entender todo lo que pasaría después.

María Félix y Jorge Negrete se odiaron desde el primer minuto. No fue una pequeña antipatía, fue un odio teatral, descomunal, casi cómico. Jorge la consideraba una novata pretenciosa. María lo consideraba un machito ridículo lleno de sí mismo. Durante el rodaje no se hablaron más de lo estrictamente necesario. Hubo gritos, hubo portazos.

Una vez, según cuentan los técnicos del set, María le dijo a Jorge en plena escena, “Cante, charro, que para eso le pagan. Negrete casi le da un infarto.” Nadie podía imaginar entonces que aquellos dos que se detestaban con toda el alma terminarían siendo 12 años después el matrimonio más espectacular del cine mexicano.

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