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María Félix: Canibalismo, Rituales y el Secreto Prohibido que Hoy Aclararemos

verdad, algo que a él lo distinguía siempre, su buen humor y su rectitud. Esa fue la descripción que hizo de sí mismo. Era también la descripción que María Félix nunca le habría dado. Pero para entender por qué la edad importaba tanto, por qué esa mentira específica valía la amistad de alguien a quien había querido de verdad, hay que entender de dónde venía María Félix.

Hay que entender Álamos y la familia. y el hermano de los ojos claros. Y la razón por la que una niña de esa familia en esa ciudad aprendió desde muy temprano que el control sobre la propia narrativa era la única forma de poder que nadie podía quitarte. La familia en la que María creció era grande con la generosidad específica de las familias del norte de México de principios del siglo XX.

Bernardo Félix y Josefina Hüereña tuvieron 12 hijos. María era la novena. En ese orden fraternal, en ese conjunto numeroso de cuerpos que crecían juntos en Álamos, hubo un vínculo que la madre de María identificó como algo que debía interrumpirse antes de que se convirtiera en algo sin nombre posible. Álamos era en ese tiempo una ciudad con historia propia.

Había sido en el siglo XIX uno de los centros mineros más importantes del noroeste mexicano. Una ciudad de familias con dinero y con la cultura que el dinero compra cuando dura suficiente tiempo. El padre de María, Bernardo Félix, era militar y político. La madre Josefina Hüereña venía de una familia con raíces en esa tradición sonorense de personas que sabían quiénes eran y qué se esperaba de ellas.

Era el tipo de entorno que produce mujeres con una idea muy clara de las normas y una relación complicada con esas normas. Porque las normas dicen una cosa y la vida interna dice a veces algo completamente diferente. María, de niña era ya algo que no encajaba completamente en las categorías disponibles. Los que la conocieron en esos años dicen que disfrutaba de aficiones propias de muchachos, que era una jinete consumada, que tenía una energía física, que desbordaba los moldes de lo que se esperaba. de una niña de familia de esa

época y de ese lugar. Era también ya desde niña, extraordinariamente bella, de una manera que la gente que la veía tendía a quedarse mirando más tiempo de lo estrictamente necesario. Esa belleza era una herramienta que todavía no sabía usar, pero que existía con la misma contundencia con que existiría 50 años después.

El hermano se llamaba Pablo. Tenía dos años más que María. Le decían el gato porque sus ojos eran claros, casi amarillos, en un contraste que llamaba la atención en una familia de rasgos morenos. La cercanía entre María y Pablo era la cercanía de dos personas que encuentran en el otro algo que no encuentran en ningún otro lugar.

No se sabe exactamente qué naturaleza tenía ese vínculo cuando eran niños y adolescentes, porque las únicas fuentes disponibles son los propios testimonios de María, que elegía con mucho cuidado qué decir y qué no decir sobre cualquier cosa que le importara de verdad. Pero la madre lo vio. Lo vio con la claridad específica, con que las madres ven cosas que otros no ven todavía porque no están mirando con el mismo nivel de alerta.

María lo escribiría décadas después en su autobiografía con esa manera de decir las cosas que tenía, que nunca era evasión, pero tampoco era nunca más de lo que ella decidía dar. le decían el gato porque tenía los ojos muy claros, casi amarillos. Permanecer junto a mi hermano me parecía lo más natural del mundo.

No podía estar mucho tiempo cerca de él, sentarme en sus piernas o treparme en su espalda, porque mi madre se ponía furiosa. La madre se ponía furiosa porque veía algo. Las madres de ese tiempo y de ese lugar no tenían vocabulario teórico para nombrar lo que veían, pero lo veían. y actuaron con la única herramienta que tenían disponible, la separación.

Pablo fue enviado al colegio militar, la distancia como prevención de algo que nadie podía nombrar en voz alta, pero que todos en la familia sabían que existía. La separación funcionó en el sentido de que los separó. no funcionó en el sentido de que borrara lo que había entre ellos. María, décadas después, en una conversación con el biógrafo Enrique Krause, mientras preparaban su autobiografía, hizo el único comentario público que se le conoce sobre ese amor que no tenía nombre correcto.

Al verlo con su uniforme militar, yo pensé en buscarme un muchacho como él, que tuviera su piel y sus ojos, pero que no fuera mi hermano. era la más elegante posible de las descripciones de algo que no es elegante, que el amor de su vida, el hombre que definió el tipo de hombre que buscaría durante el resto de su existencia, era alguien al que la naturaleza y la ley y la moral de su tiempo hacían completamente imposible.

Pablo murió. La causa oficial fue suicidio, pero María nunca lo aceptó como suicidio. Decía que lo habían asesinado, que el cuerpo tenía un agujero por la espalda, que no correspondía a ninguna modalidad de suicidio que ella pudiera imaginar. Nadie pudo probarle que estuviera equivocada. Nadie pudo probarle tampoco que tuviera razón.

Lo que sí quedó documentado, porque ella lo dijo en más de una ocasión con la claridad brutal que era su estilo, es que cuando Pablo murió, cayó en la primera depresión profunda de su vida. Sin él todo se me nubló, dijo. Fue entonces para salir de esa oscuridad cuando tomó la decisión que cambió todo lo demás. casarse no por amor, por escape.

Tenía 17 años cuando se casó con Enrique Álvarez a la Torre en 1931. Álvarez era vendedor de cosméticos de la firma Max Factor. Era 9 años mayor que ella y era, según María lo describiría sin ningún eufemismo posible en sus memorias, la solución equivocada a un problema que no tenía solución. Lo utilicé como un medio de liberación”, dijo.

No podía imaginarme que al casarme con él solo pasaría de una cárcel a otra. La noche de bodas la describió también sin piedad, como una violación, como algo que experimentó como una agresión tremenda, como si la traspasaran con un puñal. dijo que tardó dos semanas en que Álvarez pudiera consumar el matrimonio porque ella huía de la cama cada vez que él se acercaba.

El matrimonio fue violento. Álvarez era controlador de una manera que María no estaba dispuesta a tolerar, pero que en ese momento de su vida todavía no tenía los medios para terminar. La historia de los primeros años de ese matrimonio es la historia de una mujer que descubrió que el mundo doméstico era tan confinante como el mundo familiar que había intentado escapar.

La única salida que tenía era la que siempre había tenido, ella misma, su inteligencia, su determinación. La diferencia es que ahora también tenía un hijo. Tuvieron un hijo. Enrique Álvarez Félix, llamado Quique por todo el mundo, nació en 1934. Era el único hijo biológico que María tendría en su vida.

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