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Marco Antonio Muñiz tiene 92 años, no te imaginas cómo vive su vejez

A veces cuando en la televisión se anuncia la muerte de alguien cercano, se queda en silencio largo rato, como si estuviera haciendo cuentas con la eternidad. “Quedamos pocos,”, dice con serenidad. “Pero no le teme a la muerte, la considera una cita inevitable y lo único que desea es estar preparado para ese encuentro. Le ha pedido a su familia que no lo lloren con tristeza, sino con música.

Ha dejado instrucciones precisas para que cuando llegue su momento su velorio esté acompañado por un trío que interprete sus canciones más queridas. Lo que más le duele no es la proximidad de la muerte, sino el olvido. Aunque México lo reconoce, ya no se le menciona tanto en los medios.

A veces, cuando aparece un joven cantante que interpreta uno de sus boleros, sonríe satisfecho. “Ahí estoy”, murmura. Para él, ser recordado en una melodía es la verdadera forma de la inmortalidad, el círculo íntimo y la ausencia de escándalos. A diferencia de muchas estrellas de su tiempo, Marco Antonio Muñiz nunca fue protagonista de grandes escándalos, no fue un hombre de excesos públicos.

Amó, sí, y con intensidad, pero también con discreción. Se casó dos veces y tuvo hijos. Con algunos mantiene contacto cercano, con otros la distancia del tiempo, pero jamás ha hablado mal de nadie. La vida se vive hacia adelante, no hacia atrás. Repite a menudo. Su círculo íntimo es pequeño, pero leal. Su hijo Jorge es el más presente, aunque también está comprometido con sus propios proyectos musicales.

Sus nietos lo visitan cuando pueden. Saben que no están con cualquier abuelo, sino con una leyenda. Aunque él mismo odia ese término, prefiere que lo llamen un cantor. No le interesan las redes sociales, no tiene celular. Vive desconectado del bullicio digital. Cuando le preguntan si sabe lo que es Instagram, responde entre risas, eso no se come, ¿verdad? Pero sí le gusta que Patricia le muestre algunos videos donde jóvenes lo interpretan en festivales de secundaria o concursos de canto.

Ahí está la semilla, dice con esperanza. El último aplauso en el corazón a los 92 años, Marco Antonio Muñiz no necesita más discos ni reconocimientos. Lo que le importa es poder despertar cada mañana. Mirar el cielo de Guadalajara y dar gracias. Su fe católica es parte fundamental de su rutina. Reza todos los días.

Tiene un rosario junto a su sillón favorito, el mismo donde alguna vez revisaba partituras con lupa. En su habitación hay un retrato de su madre, María de Jesús Vega, y otro de Pedro Vargas, a quien siempre admiró. Dice que le gustaría volver a verlos. cree que el más allá no es un lugar de sombra, sino de música, y que cuando cruce ese umbral, lo recibirán con trompetas y guitarras.

El público que alguna vez gritó su nombre tal vez ya no lo escuche cantar. Pero Marco Antonio Muñiz no necesita de escenarios para seguir brillando. Su leyenda vive en cada nota que grabó, en cada corazón que amó con su música y en cada silencio que llena hoy con su recuerdo. El legado inmortal, la carrera que definió una era.

En este segundo capítulo nos sumergimos en la historia artística de Marco Antonio Muñiz. Desde sus humildes inicios en Jalisco hasta convertirse en una de las voces más veneradas de la música romántica en todo el mundo hispanohablante. Este recorrido no es solo una cronología de éxitos, sino una radiografía emocional de un hombre que supo conjugar técnica vocal, sentimiento puro y una ética de trabajo inquebrantable.

Su legado no solo se mide en discos vendidos o estadios llenos, sino en la transformación que generó en el alma de sus oyentes. Los primeros acordes del anonimato al reconocimiento local. Nacido el 3 de marzo de 1932 en Guadalajara, Jalisco, Marco Antonio Muñiz creció en un entorno modesto.

Su padre era trabajador ferroviario y su madre ama de casa. Desde niño mostró una sensibilidad especial para la música. No era raro encontrarlo tarareando coplas populares mientras ayudaba con las tareas del hogar. A los 12 años ya improvisaba serenatas con otros adolescentes del barrio. Su voz destacaba por su calidez y claridad, algo que llamó la atención de músicos más experimentados.

Su primera experiencia formal con la música fue en emisoras de radio locales, donde comenzó a cantar en concursos. Fue ahí donde conoció a otros talentos emergentes y donde por primera vez probó el sabor del reconocimiento. No tenía formación académica musical, pero sí un oído prodigioso y un carisma nato.

A los 18 años ya se le consideraba una promesa seria en el panorama artístico jaliciense. El trío Los Tres, una alianza que hizo historia en 1953, se uniría al trío Los Tres. formación que cambiaría su vida y lo lanzaría al estrellato. El grupo estaba compuesto por Héctor González, Juan Neri y más tarde Marco Antonio como la voz principal. Fue con ellos que logró sus primeras giras nacionales e internacionales.

La armonía perfecta de las guitarras y la voz terciopelada de Muñiz les valieron el aplauso del público mexicano y latinoamericano. Durante esa década dorada, los tres ases grabaron temas que hoy siguen siendo clásicos. Contigo, la puerta, perfidia, sin ti. Cada presentación era un ritual de romanticismo. Marco Antonio no era solo el cantante principal, era el alma emocional del grupo.

Y pronto las disqueras se dieron cuenta de que ese talento debía explorar vuelo propio. El inicio de la carrera en solitario entre boleros y ovaciones. En 1960, Marco Antonio Muñiz decidió lanzarse como solista. Fue una transición difícil, pero visionaria. Su primer disco individual incluía versiones de clásicos del bolero y temas inéditos que rápidamente ganaron notoriedad.

Canciones como Voy a cambiar mi corazón, luz y sombra o milos comenzaron a sonar en las principales emisoras del país. Lo que diferenciaba a Muñiz no era solo su tono de voz. rico, grave, emotivo, sino su capacidad interpretativa. No cantaba las canciones, las vivía. Podía convertir una letra simple en una declaración poética.

Sus presentaciones en vivo eran intensas y elegantes, trajes perfectamente cortados, orquestas completas y una presencia escénica que hipnotizaba. En esta época también comenzó su proyección internacional. Se presentó en Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Argentina, Cuba y sobre todo en Estados Unidos, donde fue uno de los pocos artistas mexicanos en conquistar escenarios como el Carneg Hall de Nueva York y el Madison Square Garden.

Una voz para todas las generaciones durante los años 70 y 80, Marco Antonio Muñiz se consolidó como un referente absoluto de la música romántica. Cada disco era un acontecimiento. Su participación en programas de televisión, como Siempre en Domingo con Raúl Velasco, lo acercó aún más al público popular.

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