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LUPE PINTOR : CONFESÓ LA TRAGEDIA QUE VIVE , ES MUY TRISTE

Era la verdad de un hombre que entendía que el título era solo el principio, que alguien ya estaba entrenando para quitárselo, que siempre hay alguien entrenando para quitártelo. Pero hay algo que nadie te cuenta de esa noche de Sárate. La pelea de 1979 no fue solo el inicio del campeonato de Lupe, fue el inicio del fin de Carlos Sarate y eso también pesa.

Sarate nunca volvió a ser el mismo. Peleó más veces, ganó algunas, pero ese Sárate que parecía invencible nunca regresó. La derrota más devastadora de mi vida, dijo Sarate años después. No por el campeonato, por cómo me sentí después, como si hubiera perdido algo más que el título. Y Lupe lo sabía. que el boxeo te puede dar todo y que el boxeo te puede quitar todo en una sola noche.

Nadie en ese César Palace imaginó que 9 meses después Lupe iba a entender eso mejor que nadie, de la manera más brutal posible, porque el boxeo es así. Un día eres el que da el golpe, otro día eres el que lo recibe. Y a veces el golpe no viene del rival, a veces viene del boxeo mismo. Las primeras defensas del título llegaron sin problema.

Lupe ganó. Lupe ganó de nuevo y luego llegó la tercera defensa. 19 de septiembre de 1980. Auditorio olímpico, Los Ángeles, California. El rival era Johnny Owen. Johnny Owen tenía 24 años. Era de Merir Titfield, Gales, un pueblo minero en el sur de Gales. Casas de ladrillo rojo, colinas verdes, lluvia permanente. Le decían el cerillo de Mercir por su físico.

Era tan delgado que parecía que una mano fuerte lo quebraría. Pero no lo quebraba. Owen era famoso por una sola cosa. No paraba, nunca paraba, golpe tras golpe tras golpe, sin descanso, sin retroceder. No era el más fuerte, no era el más técnico, era el más terco. Había ganado 25 peleas profesionales, un empate, solo dos derrotas, campeón de Gran Bretaña, del Commonwealth y de Europa.

Era la primera vez que salía de Europa, la primera vez que peleaba por el título mundial. Su padre, Dick lo acompañó. 2000 fanáticos gales cruzaron el océano para verlo. 2000 personas que viajaron desde Gales hasta Los Ángeles para ver a su chico ganar el mundo. Llegaron al auditorio olímpico y encontraron algo que no esperaban.

La arena era territorio mexicano, completamente mexicano. Los aficionados mexicanos de Los Ángeles llenaron el recinto y no recibieron bien a los gales cuando Owen caminó hacia el ring, le aventaron basura desde las gradas, botellas, vasos, insultos. Dick. Cowen, el padre, recordó esa caminata después. Johnny iba adelante de nosotros, calmado, como si no escuchara nada.

Le dije que estaba muy orgulloso de él. Me respondió, “Papá, esta noche vamos a ganar.” La pelea empezó y Johnny Owen hizo lo que siempre hacía. No paró, presionó, golpeó, siguió. Los primeros rounds fueron de Owen. El galés llevaba la ventaja en los cartones. Lupe aguantó, respondió, buscó el ritmo. En el quinto round, Owen tenía el labio roto. Sangre siguió peleando.

En el octavo round, Owen seguía adelante en los cartones, pero el castigo acumulado empezaba a notarse. Más lento, menos explosivo, pero seguía. Noveno round. Lupe conectó una derecha. Owen cayó. El árbitro contó. Owen se levantó y siguió peleando. El médico de Ring quería detener la pelea. El equipo de Owen le pedía que siguiera.

Owen quería seguir. Décimo round. Un décimo round. Owen seguía perdiendo en los cartones, pero seguía de pie. Y entonces llegó el round 12. Lupe lo dijo así años después en una entrevista. Owen era muy rápido, nunca cesaba de tirar golpes. En esa pelea me tenía cortadas las dos cejas. El médico de Ring quería parar la pelea.

Yo solo pedía un round más. El round 12 empezó. Faltaban 3 minutos para terminar el combate. 3 minutos. Lupe conectó. Owen cayó por segunda vez. Se levantó. Lastimado, pero se levantó. Lupe no retrocedió. Otra combinación. Owen cayó de nuevo. Esta vez no se levantó. El árbitro contó. Owen no respondió.

El árbitro detuvo la pelea. Lupe levantó los brazos. El auditorio olímpico rugió y Johnny Owen estaba en el piso, inmóvil con la mirada perdida. Un comentarista en la televisión dijo en ese momento algo que quedó grabado para siempre. Ha caído como muerto. Era un vaticinio. El equipo de Owen entró al ring. Los médicos entraron al ring.

Pusieron a Owen en una camilla. Lo sacaron del auditorio. Lupe seguía en el ring con los brazos arriba, mirando hacia el lugar donde habían sacado a Owen. Y en ese momento algo cambió en su cara. El fotógrafo que capturó ese instante describió lo que vio. El campeón con los brazos en alto, la multitud celebrando y en los ojos del campeón algo que no era victoria, algo que no tenía nombre todavía, pero que Lupe Pintor iba a cargar durante el resto de su vida.

Owen llegó al hospital. Los médicos operaron de emergencia. Coágulo cerebral, cirugía de varias horas. La operación salió bien. Owen sobrevivió a la cirugía, pero no despertó. Entró en coma profundo. Los médicos dijeron que el cráneo de Owen tenía una condición que él desconocía, una fragilidad estructural que lo hacía especialmente vulnerable, que cualquier golpe fuerte podría haber tenido el mismo resultado.

Eso no ayudó a Lupe Pintor porque el golpe lo había dado él 46 días. Eso es cuánto tiempo tardó Johnny Owen en morir. 46 días en coma, 46 mañanas en que Lupe Pintor se despertaba y lo primero que hacía era llamar al hospital. ¿Cómo está Owen? Igual, señor pintor, sin cambios. 46 veces esa respuesta. Lupe no podía comer bien, no podía dormir bien, no podía entrenar bien.

El título que había ganado esa noche estaba en una caja. No lo veía, no quería verlo. La prensa lo buscaba para entrevistas. Él no contestaba. Sus amigos intentaban sacarlo. Él no quería salir. Hubo noches que se quedaba despierto hasta las 3 de la mañana pensando en el round 12, repasando cada momento, cada golpe.

Y si no hubiera tirado esa derecha, ¿y si hubiera dejado que Owen ganara por decisión? ¿Y si hubiera pedido que pararan la pelea antes? Su esposa lo veía y no sabía qué decirle, porque no hay nada que decirle a un hombre en ese estado. El boxeo no prepara a los peleadores para esto. Nadie te enseña en el gimnasio qué hacer cuando tu rival no se despierta.

Nadie tiene un manual para eso. Lupe lo enfrentó solo con su familia, sin ayuda profesional, sin protocolo, solo la espera y la pregunta que no tenía respuesta. 4 de noviembre de 1980. El hospital llamó a las 7 de la mañana. Johnny Owen había muerto. Tenía 24 años. Lupe colgó el teléfono, se quedó sentado.

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