Los vaqueros de Artesia prefiguraban el apoyo al derecho al aborto en 1972, la posición personal clara, expresada en el contexto correcto, sin la confrontación que habría costado demasiado. En el verano de 1925, cuando Telma tenía 13 años, su madre Kate murió de cáncer de hígado. Telma asumió todas las tareas domésticas de la familia, la cocina, la limpieza, el cuidado de su padre y de sus hermanos mayores, además del colegio y el trabajo en la granja.
Era una niña haciendo el trabajo de un adulto porque no había ningún adulto disponible para hacerlo. 5 años después, en 1930, su padre murió de tuberculosis después de meses en que Telma lo cuidó. Tenía 18 años, era huérfana, no tenía dinero y tenía la determinación que produce específicamente ese tipo de infancia, la de alguien que ha aprendido que nadie va a venir a rescatarte y que la única opción disponible es levantarse y seguir.
lo que hizo a continuación es uno de los relatos de autodeterminación más extraordinarios de la historia de las primeras damas americanas, aunque raramente recibe la atención que merece, porque la narrativa oficial de Pat Nixon siempre la subsumió en la narrativa de Richard Nixon. Trabajó como limpiadora en el Banco de Artesia para pagarse clases en Fullerton Junior College.
Conducía, hacía de técnica de rayos X, era mecanógrafa, llevaba libros de contabilidad, era modelo, trabajaba como extra en el cine de Hollywood. Hay registros de que aparecen películas de Busby Berkley de los años 30 como una de las caras del fondo, anónima, cobrando unos dólares por día de rodaje. Era también, según los que la conocieron en esa época, la persona más trabajadora y más autodisciplinada de cualquier aula en que entraba.
En 1937 se graduó Kunlaude de la Universidad del Sur de California con un título en educación y comercio. Un profesor suyo la describió con una frase que resuena décadas después. Destacaba entre las niñas bonitas y sobrecargadas de las hermandades de esa época como un buen libro en un estante de literatura barata.
era la descripción más exacta disponible de la diferencia entre Pat Ryan y el mundo que la rodeaba en aquellos años. Había llegado a la misma universidad que las hijas de las familias ricas de California, pagándose la matrícula con el dinero de fregar suelos y salía de ella con mejores notas que la mayoría de ellas. Se mudó a Witier, California, donde consiguió trabajo como profesora de bachillerato.
Y en una audición para un grupo de teatro amater en 1938, conoció a un joven abogado recién llegado de la Facultad de Derecho de Duke University que se llamaba Richard Milhost Nixon. Él le pidió que se casara con él la primera noche que salieron. Ella dijo que pensó que estaba loco. La cortejó durante dos años con una tenacidad que sus cartas de esa época documentan con la intensidad de alguien que sabe perfectamente lo que quiere.
Nixon la llevaba en coche a sus citas con otros hombres. Esperaba en el coche hasta que el otro hombre la traía de vuelta y luego la acompañaba a casa. Cuando Pat le preguntó si no le molestaba, él dijo que prefería estar cerca, aunque fuera así a no estar. Se casaron el 21 de junio de 1940 en la Mission In de Riverside, California.
La vida que Richard Nixon le ofreció a Pat Ryan en 1940 no era la vida más emocionante disponible para una mujer de 28 años con su título, su experiencia y su inteligencia. Había rechazado a varios pretendientes más ricos y de mayor estatus social durante los años de la universidad. Había elegido a Nixon.
con la misma lógica con que había tomado todas las decisiones importantes de su vida, no por lo que tenía, sino por lo que creía que podría construir con lo que tenía. Nixon era brillante, ambicioso y tenía el fuego de alguien que necesita probar algo al mundo con urgencia. Era también, como Pat aprendería durante los 53 años siguientes, profundamente inseguro, terriblemente poco hábil para las demostraciones de afecto y capaz de una frialdad emocional en los momentos de más tensión que los que estaban cerca describían como el mecanismo de alguien
que se cierra cuando las circunstancias le exigen estar abierto. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, mientras Nixon servía en la Marina, Pat trabajó en la oficina de Administración de Precios en San Francisco. Era el tipo de trabajo que requería exactamente las capacidades que PAT tenía.
Atención al detalle, eficiencia, la capacidad de gestionar información compleja en circunstancias de presión. También le escribía a Nixon con la regularidad de alguien que mantiene un vínculo a través del Pacífico con las herramientas que tiene disponibles. Las cartas de ese periodo que los biógrafos que han podido acceder a ellas describen como más afectuosas que cualquier cosa que los dos mostrarían en público durante el resto de sus vidas juntas, son el registro de que hubo un momento en que la relación entre Pat y Dick Nixon era genuinamente la de dos
personas que se amaban. de una manera que ninguno de los dos sabía del todo cómo expresar. La primera señal de lo que sería el patrón de toda su vida pública llegó en 1946, cuando Nixon decidió presentarse al Congreso por California. Pat, que tenía 34 años y acababa de tener a Triia, su primera hija, había establecido con mucho esfuerzo el tipo de vida estable que su infancia sin estabilidad la había llevado a querer, una casa, un trabajo, una familia.
Nixon llegó con la política y se lo llevó todo. Pat hizo lo que haría el resto de su vida. Apoyó, investigó al oponente, escribió literatura de campaña, distribuyó folletos. apareció en los actos. Lo hizo porque creía en su marido y porque la alternativa habría sido decirle que no a algo que él quería de todas. El primer gran momento de crisis de su vida pública llegó en septiembre de 1952.
Nixon era el candidato a vicepresidente en el ticket de Eisenhauer cuando el New York Post reveló que había un fondo privado de sus patrocinadores californiano que usaba para gastos políticos. No era ilegal, pero en una campaña que Eisenhauer había construido sobre la promesa de honestidad y contra la corrupción demócrata, la revelación podía destruir su candidatura.
Nixon organizó una retransmisión de televisión y radio para defenderse el 23 de septiembre de 1952. Fue la primera vez que un político americano usó la televisión directamente para apelar al pueblo en medio de una crisis. Pat Nixon apareció en esa retransmisión sentada en una butaca a la derecha de su marido, mayormente fuera de foco de la cámara.
Cuando la cámara la enfocaba, tenía el semblante del que la prensa americana empezaría a llamar Plástica Pat, inmóvil, sin expresión, con la mirada fija en un punto fuera del encuadre. Nixon habló de sus finanzas con el detalle de un contador. Describió su modesta casa con hipoteca en Washington y entonces llegó la frase que convirtió a Pat en símbolo.
Mi mujer no tiene un abrigo de visón, pero tiene un abrigo de paño republicano digno de respeto. La frase convertía la ausencia de lujo en virtud moral. convertía a Pat en la representante de todas las mujeres americanas que tampoco tenían abrigos de bisón y convertía a Pat en un instrumento al servicio del discurso de su marido, sin que nadie le preguntara qué pensaba ella de ser usada como argumento.
Lo que Pat Nixon pensaba de eso quedó registrado en dos líneas de sus memorias y en los testimonios de las personas que la conocían. estaba furiosa. Haberse sentado en esa silla mientras su marido la usaba como propiedad de su discurso, le resultaba humillante, de una manera que los años y el estoicismo no borraron completamente.
Cuando los periodistas le preguntaron en los años siguientes sobre el discurso Checkers, Pat Nixon daba respuestas de un silencio tan elaborado que hablaban más que cualquier declaración directa. Fue la primera vez, según los biógrafos que han estudiado su vida, que Pat Nixon entendió con precisión la diferencia entre la persona que era y el papel que su matrimonio requería que representara.
Y eligió seguir representándolo porque las alternativas que tenía disponibles en 1952 eran las alternativas de una mujer de su generación y de su clase. Quedarse o marcharse, y marcharse significaba abandonar. Los 8 años de vicepresidencia de Eisenhauer entre 1953 y 1961 fueron también los años en que Pat Nixon construyó su propia identidad pública independientemente de los escándalos de su marido.
Viajó por el mundo como representante de los Estados Unidos, con una eficacia que los diplomáticos que trabajaron con ella describían como la de alguien que entendía la diplomacia con una intuición natural que Nixon no tenía. En 1958 en Lima, Perú, cuando una turba hostil atacó el coche en que viajaban con piedras y escupitajos, Pad Nixon no se agachó.
permaneció erguida en el asiento mientras los cristales del coche eran golpeados con la cara de alguien que ha decidido que agacharse no es una opción disponible. Era la imagen que América vio al día siguiente en los periódicos y que redefinió temporalmente la narrativa sobre los Nixon.
No el político con el fondo secreto, sino la pareja que había encarado el peligro con dignidad. El periodo de los 8 años de vicepresidencia entre 1953 y 1961 fue también el de los dos momentos de crisis internacional que más directamente la afectaron. En 1958, durante el viaje a Venezuela, la turba que atacó el coche de los Nixon en Caracas llegó a rodear el vehículo golpeando las ventanas con tubos y barras.
La protección de seguridad logró sacar el coche antes de que la situación se volviera completamente incontrolable. Pero hubo un momento en que no estaba claro que los Nixon fueran a salir del centro de Caracas con vida. Pat Nixon no se movió del asiento. Sus colaboradores de seguridad recordaron durante décadas esa imagen.
La esposa del vicepresidente, sentada erguida, mientras una turba, golpeaba el cristal a centímetros de su cara con una calma que ninguno de ellos podría haber garantizado que era genuina o que era el resultado de que el cuerpo se congela cuando el miedo supera cierto umbral. El año 1960 fue también el año en que Pat Nixon demostró que entendía mejor que su marido algunas cosas fundamentales sobre la política de los medios de comunicación.
Nixon fue al primer debate presidencial televisado de la historia con Kennedy con la confianza de alguien que lleva una década siendo el segundo hombre más poderoso de América y que ha aprendido bien todas las lecciones de la retórica y el argumento. No se había afeitado completamente. Tenía la cara demacrada por una enfermedad que había sufrido semanas antes.
se había negado a usar maquillaje y Kennedy llegó bronceado, descansado y con el aspecto específico de alguien que ha sido diseñado para la televisión. Los que escucharon el debate por radio dieron a Nixon como ganador. Los que lo vieron por televisión dieron a Kennedy como ganador por un margen que definió el resultado de las elecciones.
Pat Nixon, que había trabajado como actriz de reparto en Hollywood y que entendía la imagen con la precisión de alguien que vive de su proyección, observó todo eso con la incapacidad de una persona que sabe exactamente qué está fallando y no tiene autoridad para cambiarlo. En 1960, Nixon perdió la presidencia ante Kennedy por uno de los márgenes más estrechos de la historia electoral americana.

La derrota fue devastadora para Pat, de una manera que sus biógrafos registran con más detalle del que ella nunca articuló públicamente. Había sacrificado 14 años de vida privada para las campañas de su marido. Había criado a dos hijas con el padre ausente la mayor parte del tiempo por la política. Había sonreído en miles de actos de campaña y había apoyado desde la primera fila decisiones que en privado encontraba inadecuadas y todo eso no había servido.
Kennedy ganó, Nixon perdió. Y entonces, en 1962, Nixon decidió presentarse a gobernador de California. Pat le pidió que no lo hiciera. Era la primera vez que hay registro de que le dijo a su marido directamente que no quería que siguiera en política. Nixon presentó su candidatura de todas formas y perdió. En la rueda de prensa que dio después de la derrota, pronunció la frase que definió ese momento de su carrera.
No tendrán a Nixon para patear más. No era solo una declaración de derrota, era también la declaración de alguien que necesitaba el pataleo como combustible y que por eso nunca podría parar completamente, aunque Pat Nixon lo quisiera. Los años siguientes fueron los mejores de la vida adulta de Pat Nixon.
Nixon se retiró a la práctica privada de la abogacía en Nueva York. Ganaban bien, las niñas crecían y Pat tenía por primera vez en más de una década algo parecido a una vida propia. Años después dijo que esos años, entre 1962 y 1968 habían sido los más felices de su matrimonio. No los años de la Casa Blanca, no los años de la grandeza pública, los años en que su marido era un abogado que volvía a casa por las noches.
La frase dice todo lo que necesita decir sobre la distancia entre la vida que Pat Nixon quería y la vida que Pat Nixon vivió. En 1968, Nixon volvió, ganó la presidencia y Pat Nixon entró en la Casa Blanca como primera dama de los Estados Unidos, con la determinación de hacer el trabajo mejor de lo que nadie había podido esperar de alguien con su reputación de plástica paz.
Y lo que hizo durante los 5 años que siguieron fue exactamente eso. Hizo el trabajo. Visitó zonas de guerra en Vietnam cuando ninguna primera dama americana lo había hecho. Llevó ayuda humanitaria a Perú después del terremoto de 1970 sin su marido, en un vuelo solo para esa misión. Fue la primera primera dama en viajar a África, visitando Liberia, Ghana y Costa de Marfil en 1972.
acompañó a Nixon en los viajes históricos a China y a la Unión Soviética. Adquirió más de 600 obras de arte y objetos históricos para la colección permanente de la Casa Blanca. Fue la primera primera dama en ejercicio en apoyar públicamente el derecho al aborto y la enmienda de igualdad de derechos.
Era también en el interior de la Casa Blanca que el mundo no veía, una mujer que empezaba a desmoronarse. La relación con su marido había alcanzado la temperatura más baja de su historia. Nixon dormía en habitaciones separadas. Le mandaba mensajes a través de su jefe de gabinete, Haldeman, con la frialdad de alguien que ha decidido que la comunicación directa es demasiado complicada.
Haldeman anotó en su diario que el problema de Pat era un problema real y la llamaba por su nombre de pila Celma, el que ella había dejado de usar con el desprecio velado de alguien que quiere dejar claro que no la considera importante. Pat le dijo a un miembro del personal de la Casa Blanca. Nadie puede dormir con Dick.
Se despierta por la noche, enciende la luz, habla en su grabadora o toma notas. Es imposible. La visita a China en febrero de 1972 fue uno de los momentos más extraordinarios de la vida de Pat Nixon y uno de los menos recordados en los análisis de ese viaje histórico. La apertura diplomática de Nixon a la China comunista fue un gesto de tal magnitud geopolítica que llenó páginas de historia durante décadas.
Y en ese viaje, mientras su marido y Henry Kissinger realizaban las reuniones que cambiarían la geopolítica del siglo XX, Pat Nixon hacía algo diferente. Recorría las calles de Pekín hablando con la gente. Visitaba escuelas, iba a mercados. El premier Joe L habló de su admiración por los pandas gigantes y ella mencionó que le parecían adorables.
Unas semanas después de volver a Washington, la República Popular de China envió dos pandas gigantes al zoológico nacional de la Smithsonian Institution como regalo diplomático. Se llamaron Ling Ling y Sing, Sing. Eran el resultado directo de una conversación de Pan Nixon con Show and L. Su trabajo de adquisición de arte y objetos históricos para la casa Blanca es también uno de los capítulos más ignorados de su legado.
Cuando los Nixon entraron en la Casa Blanca en 1969, la colección permanente del edificio tenía décadas de abandono acumulado. Bad Nixon trabajó con el curador de la Casa Blanca, Clement Coner, en un programa de adquisiciones que añadió más de 600 piezas a la colección permanente y restauró o renovó la mayor parte de las habitaciones públicas del edificio.
Era un trabajo que requería conocimiento, gusto y la capacidad de gestionar las sensibilidades de los donantes y los expertos que participaban en las adquisiciones. lo hizo con la misma eficacia silenciosa con que hacía todo lo demás. Los documentos de inteligencia de los años de la Casa Blanca, que se han ido desclasificando en décadas posteriores, incluyen también referencias a Pat Nixon, que dicen algo sobre el nivel de aislamiento que Nixon le imponía dentro de su propio hogar.
Haldeman, el jefe de gabinete que usaba su poder como instrumento de control de todos los accesos al presidente, incluido el acceso de su propia mujer, anotó en múltiples entradas de su diario que el problema Pat era real. Lo que el problema Pat era exactamente no quedó completamente explicitado en esas notas, pero los biógrafos que han estudiado ese periodo sugieren que Nixon había decidido que su mujer era emocionalmente demasiado vulnerable para el nivel de estrés que las decisiones presidenciales generaban y que la solución era mantenerla al margen de las
decisiones que le generarían angustia. era la solución patriarcal clásica, protegerla de la verdad para no tener que gestionarla emocionalmente. Y entonces llegó Watergate. En junio de 1972, cinco hombres fueron arrestados en la sede del Comité Demócrata Nacional en el complejo Watergate de Washington.
Nixon negó cualquier implicación. Pat le creyó. Sus biógrafos señalan que la creencia de Pat en la inocencia de su marido en las primeras etapas del escándalo era genuina. Era la creencia de alguien que llevaba 30 años casada con ese hombre y que no podía imaginar o no quería imaginar que la alternativa fuera la verdad.
A medida que las audiencias del Senado fueron revelando la participación presidencial, Pat le pidió a su marido que destruyera las grabaciones secretas antes de que se hicieran públicas. le rogó que no dividiera. Cuando las grabaciones salieron y el nivel de implicación de Nixon fue irrefutable, cuando el Tribunal Supremo ordenó la entrega de las cintas y el gabinete le dijo que la destitución era inevitable, Pat Nixon lloró. Julie escribió sobre ese momento.
Por primera vez desde que podía recordar, vio a su madre llorar. Era la segunda vez en su vida adulta que alguien documentaba lágrimas de Pat Nixon. La primera había sido en 1960, cuando Nixon perdió ante Kennedy. Las dos veces que sus propios hijos la vieron llorar fueron derrotes electorales, no victorias, lo que dice algo sobre cuánto había costado cada una de esas victorias.
El 9 de agosto de 1974, mientras Richard Nixon pronunciaba su discurso de despedida en la sala este de la Casa Blanca, con los ojos llenos de lágrimas, Pat Nixon estaba haciendo las maletas. Literalmente era la imagen que sus colaboradores más cercanos recordaron durante el resto de sus vidas.
La primera dama, que en lugar de estar en la sala este escuchando el discurso, estaba en las habitaciones privadas del piso de arriba, metiendo sus cosas en cajas para que el helicóptero no esperara. Era el gesto más elocuente de todo lo que sentía sobre ese momento. El helicóptero Marine One los llevó del jardín de la Casa Blanca a la base aérea de Andrew.
De Andrew, el Air Force One, los llevó a California. Pat Nixon miraba por la ventana mientras sobrevolaba en el país. No dijo nada. No dijo nada en público sobre ese día durante el resto de su vida. Se instalaron en la Casa Pacífica, la residencia en San Clemente, California, que Nixon había comprado con el dinero que los mismos donantes que habían creado el fondo del discurso Checkers le habían facilitado.
Era una casa hermosa en el Pacífico. Pat se convirtió en reclusa, rechazó entrevistas, rechazó servir en juntas de organizaciones benéficas, rechazó ver a sus amigos. quería desaparecer de un mundo que, en su percepción, la había traicionado tan sistemáticamente que ya no tenía energía para volver a participar en él.
La imagen de Pat Nixon en el último vuelo del Air Force One como primera dama el 9 de agosto de 1974 es una de las más simbólicas de toda la historia de la presidencia americana. El avión que normalmente se llamaba Air Force One solo se llamaba así cuando el presidente iba a bordo. En ese vuelo, el avión fue renombrado Sam 26000 en el momento exacto en que Gerald Ford prestó juramento de cargo en Washington y Nixon dejó de ser presidente.
El hombre que estaba a bordo de ese avión ya no era el presidente. La mujer que miraba por la ventanilla ya no era la primera dama y los dos lo sabían. Pero nadie en el avión había encontrado todavía la manera de decirlo en voz alta. Patnixon miraba por la ventanilla el país que sobrevolaban sin decir nada.
nunca describió públicamente lo que sintió durante ese vuelo. La reclusión de San Clemente después de la resignación fue también la manifestación más visible de algo que la historia de Pat Nixon lleva décadas intentando articular sin lograrlo completamente. El agotamiento, no el agotamiento como cansancio físico, aunque también eso, el agotamiento de alguien que ha pasado 28 años sosteniendo un edificio que se ha derrumbado, que ha mantenido la fachada cuando la estructura interior se deterioraba y que cuando el derrumbe
llegó no tenía energía para empezar de nuevo en ningún sentido. El mundo que vio desde la ventana de la casa pacífica en San Clemente durante los meses siguientes a la resignación era el mismo mundo que había visto desde ventanas de Washington y de las capitales del mundo durante décadas, pero ya no tenía ningún papel que representar en él.
Y sin el papel, Pat Nixon no sabía exactamente qué quedaba. En julio de 1976, Nixon sugirió que Pat había leído El Final de los días, un libro periodístico brutalmente detallado sobre los últimos días del escándalo Watergate y que tres días después había sufrido un derrame cerebral. La correlación que Nixon estableció entre la lectura del libro y el derrame puede o no ser médicamente exacta.
Lo que sí es exacto es que el derrame de julio de 1976 fue masivo. Le dejó la mitad izquierda del cuerpo paralizada y le produjo a fasia la incapacidad temporal de hablar. La recuperación fue lenta y parcial a través de fisioterapia y de la determinación que Pat Nixon había estado aplicando a todas las circunstancias difíciles de su vida desde los 13 años.
Hubo un segundo derrame más leve en 1983. fue hospitalizada repetidamente por bronquitis asmática, neumonía bronquial e infecciones pulmonares en los años siguientes. En 1987 le extirparon un tumor canceroso pequeño de la boca. Era fumadora. Lo había sido durante décadas en privado, con el mismo cuidado con que había guardado todos sus secretos, nunca dejándolo ver en público.
Los últimos años de Pat Nixon fueron también los años en que su marido fue reconstruyendo su reputación pública, de maneras que Pat observó desde la distancia de alguien que ya no tenía energía para participar en esas reconstrucciones. Nixon escribió libros, dio entrevistas, se convirtió en el sabio de la política exterior al que los presidentes posteriores consultaban.
El mundo fue perdonando a Nixon con la gradualidad del tiempo que pasa sobre los escándalos. Pat Nixon no dio ninguna entrevista, no publicó ningún libro, no participó en ninguna rehabilitación de la narrativa, apareció en público en muy pocas ocasiones, siempre al lado de su marido, siempre con la misma cara que la cámara, había aprendido a llamar plástica pat y que en realidad era el resultado de 40 años de disciplina en ocultar lo que sentía.
En diciembre de 1992, cuando estaba hospitalizada por enfisema, los médicos encontraron que también tenía cáncer de pulmón. Pat Nixon murió el 22 de junio de 1993 a las 5:45 de la madrugada en la casa familiar en Par Rich, Nueva Jersey. Era su aniversario de bodas el día anterior, 53 años de matrimonio. Sus hijas Tricia y Julie le habían llevado las tarjetas de aniversario y las flores que habían llegado. Las habían mirado juntas.
Luego Pat Nixon entró en coma. Murió rodeada de Richard Nixon, de Tric de Julie. Tenía 81 años. Richard Nixon sobrevivió a su mujer 10 meses. Murió el 22 de abril de 1994 de un derrame cerebral. Está enterrado junto a Pat en el terreno del museo y biblioteca presidencial Richard Nixon en Georbalinda, California, donde Pat Nixon nació.
El epitafio que eligieron para ella dice, “Incluso cuando la gente no puede hablar tu idioma, puede decir si tienes amor en el corazón.” Era la frase más nixoniana posible. Hablar del amor sin nombrar el dolor. Aludir a la comunicación sin decir nada de lo que fue difícil de comunicar. Julie Nixon Eisenhauer publicó en 1986 Pat Nixon. La historia no contada, la biografía que su madre nunca escribió sobre sí misma, era el intento de una hija de devolver la humanidad a la mujer que el mundo había convertido en símbolo del estoicismo, sin entender de dónde venía
ese estoicismo. El libro describe a una mujer de una profundidad emocional que la imagen pública nunca transmitió. alguien que amaba los jardines, que adoraba a sus nietos, que tenía el sentido del humor seco, de alguien que ha visto demasiado para tomarse demasiado en serio y que llevaba dentro de ella el peso de una vida que nunca fue completamente suya.
Porque desde que se casó con Richard Nixon en 1940, la vida de Pat Nixon fue siempre, en primer lugar, la vida de Richard Nixon. La pregunta que la historia de Pat Nixon sigue planteando es también la pregunta que las primeras damas americanas del siglo XX plantean de manera colectiva. ¿Qué significa el rol de primera dama para la persona que lo ocupa? Pat Nixon fue la primera primera dama en apoyar el derecho al aborto.
Fue la primera en viajar a África. Fue la primera en visitar una zona de guerra activa. Fue la primera con un posgrado. Tenía posiciones políticas propias. algunas más progresistas que las de su marido, que raramente podía expresar porque el protocolo de su posición requería que sus posiciones fueran las de su marido o el silencio.
Cuando un periodista le preguntó en los años 70 si le gustaría ser presidenta algún día, su respuesta fue, “Ya hice suficiente en política.” Era la frase más honesta que dijo nunca sobre lo que había sido su vida pública, no la frase sobre el abrigo de paño republicano, que era la frase de un script que su marido había escrito, no las declaraciones de apoyo durante el Watergate, que eran las declaraciones que una esposa leal producía cuando la institución del matrimonio lo exigía.
La frase que ella eligió para describir su relación con la política era ya hice suficiente. Era la voz de alguien que había pasado décadas haciendo lo que la institución requería y que había terminado el trabajo con la misma determinación con que lo había empezado. No con entusiasmo, no con amargura visible, con la determinación que había aprendido en una granja de Artesia, California, sin agua corriente y sin electricidad, que la única manera de hacer las cosas era seguir haciéndolas hasta que estuvieran hechas. En 2026, la historia de Pat
Nixon es también la historia de lo que el siglo XX americano hacía con las mujeres de talento extraordinario que eligieron o fueron elegidas para existir al lado de los hombres poderosos. Era más inteligente que la media de los políticos que la rodeaban. tenía posiciones más modernas sobre los derechos de las mujeres que su propio marido.
Había construido su propia vida desde cero, con una tenacidad que ninguno de los hombres que la rodeaban habría necesitado aplicar, porque ninguno de ellos había empezado desde donde Paryan empezó. Y todo eso fue subsumido durante 53 años en el nombre de su marido. El apellido Nixon cubrió el apellido Ryan como el esmalte cubre la madera.
completamente sin fisuras visibles, pero sin destruir lo que había debajo. Lo que había debajo era Telma Ctherine Ryan, la niña que nació en una choza de minero en Nevada, que perdió a su madre con 13 años y a su padre con 18, y que se hizo a sí misma con una tenacidad que la historia de su época no supo dónde colocar. El mundo la llamó Plástica Pat y creyó que la había entendido.
No la había entendido. La cara que la cámara llamaba plástica era la cara de alguien que había aprendido desde niña, que los sentimientos no eran para mostrarlos, que las batallas no eran para perderlas y que la única manera de sobrevivir a lo que el mundo te pone delante es hacerlo sin que el mundo vea exactamente lo que te cuesta.
Hay un episodio de la vida de Pan Nixon que los biógrafos mencionan de manera consistente y que resume la paradoja de su posición con más precisión que ningún análisis político puede hacerlo. En 1970, cuando una escritora del New York Times llamada Judith Best publicó un artículo que describía el matrimonio Nixon como tan seco como el polvo, Pat Nixon no respondió públicamente.
Privadamente, según los que estaban cerca de ella en ese momento, la descripción la hirió de una manera específica, no porque fuera completamente injusta, sino porque era la descripción que el mundo hacía de ella a partir de lo que la cámara mostraba. Y lo que la cámara mostraba era la máscara, no la persona.
El mundo la llamaba plástica pat, por lo que veía en televisión. Lo que la televisión mostraba era el resultado de décadas de aprender que la única manera de sobrevivir al escrutinio público era no darle nada que procesar. El estoicismo de Pat Nixon tiene también una dimensión política que raramente se analiza en términos de poder.
En la Washington de los años 50, 60 y 70, las esposas de los políticos tenían exactamente la influencia que sus maridos les permitían tener, que en la mayoría de los casos era poca. o ninguna en el sentido formal del cargo. Pat Nixon ejercía la suya de la única manera disponible, siendo el activo más confiable de la imagen Nixon en todos los entornos donde la imagen Nixon necesitaba ser confiable.
Era la que nunca cometía errores en público, la que nunca decía nada que pudiera ser usado contra su marido, la que llegaba a los actos con la cara que el acto requería, independientemente de lo que estuviera ocurriendo detrás. Era el tipo de disciplina que en un hombre se habría llamado sangre fría.
En una mujer se llamaba plástica. La rehabilitación de la imagen de Pat Nixon que Julie Nixon Eisenhauer comenzó con su libro de 1986 y que varios biógrafos posteriores han continuado, ha producido también una revisión más amplia del lugar de las primeras damas en la historia americana. Hay un patrón que la historia de Pat Nixon comparte con la de Elanor Roosevelt, con la de Hillary Clinton, con la de Michelle Obama de Hillary Clinton, con la de Michelle Obama.
La primera dama que tiene posiciones políticas propias y que las expresa, aunque sea en el contexto restringido de lo que su posición permite, genera una incomodidad en el público y en la prensa que no genera ningún político equivalente. Pat Nixon apoyó el derecho al aborto y la enmienda de igualdad de derechos en 1972.
Ningún titular de primera página lo cubrió como el gesto político independiente que era. Lo cubrieron como una nota de color. Al margen de la presidencia Nixon, la relación de Pat Nixon con la prensa fue también uno de los elementos más complicados de su vida pública. A diferencia de Jackie Kennedy, que usaba a los periodistas seleccionados como aliados en la construcción de su imagen, o de Nancy Rigan, que entendía la comunicación estratégica con los medios con la precisión de alguien que había pasado décadas en Hollywood. Pad Nixon no
jugaba ese juego. No porque no supiera jugarlo. Había sido actriz de reparto. Sabía perfectamente cómo funciona la proyección de imagen. Lo que no quería era prestarse a ello. El resultado era que los periodistas que la cubrían raramente tenían material de primera mano para trabajar y en ausencia de material de primera mano construían la narrativa con lo que tenían disponible.
La cara impenetrable en las cámaras y el adjetivo plástica. Hay también una dimensión de la vida de Pat Nixon que raramente se menciona en los análisis de su historia y que dice algo importante sobre quién fue fuera del papel de primera dama, su relación con sus nietos. Julie tuvo tres hijos, Jenny, Alex y Melanie.
Tricia tuvo un hijo, Christopher Nixon Cox. Los cuatro nietos de Pat Nixon crecieron con una abuela que los que los conocieron en ese contexto describ como una persona completamente diferente a la plástica paz de las cámaras, cálida, presente, capaz de la ternura que la vida pública no le había permitido mostrar, porque la ternura en público era una vulnerabilidad que el sistema político de su época penalizaba en las mujeres.
era la abuela de los jardines y de las conversaciones largas, no la primera dama de los discursos cuidados. La muerte de Pat Nixon el 22 de junio de 1993 fue cubierta por los medios de comunicación americanos con la precisión de quienes saben que la noticia es importante, pero no saben exactamente por qué más allá del apellido. Los titulares la describían como la fiel esposa de Nixon, como la primera dama que sobrevivió al Watergate, como la mujer que estuvo al lado de su marido en los peores momentos de su presidencia.
Ninguno de esos titulares la describía como la primera primera dama en apoyar el derecho al aborto. Ninguno la describía como la primera primera dama en viajar a África. Ninguno la describía como la huérfana de Artesia, California, que se había pagado la universidad fregando suelos a las 5 de la madrugada y que había llegado a la Casa Blanca con el trabajo que nadie vio porque era demasiado intenso para encajar en la narrativa del gran amor entre el presidente y su esposa.
El epitafio sobre su tumba en Yorbalinda, California, dice que incluso cuando la gente no puede hablar, tu idioma puede decir si tienes amor en el corazón. Es un epitafio que habla de amor y de comunicación. Los dos temas centrales de una vida que fue definida por la dificultad de comunicar el amor que había en ella.
Era también, en el sentido más preciso, el epitafio que Pat Nixon eligió para sí misma. una declaración sobre lo que el mundo podía ver de ella sin que ella tuviera que decirlo. Era el resumen perfecto de una vida entera, de mostrar sin decir, de hacer sin anunciar, de ser, sin que nadie terminara de entender completamente quién era.
En 2026, en un mundo donde las primeras damas tienen cuentas en redes sociales y libros publicados y carreras paralelas y la posibilidad de hablar públicamente de su propia experiencia de una manera que ninguna generación anterior había tenido. La historia de Pat Nixon tiene una dimensión que trasciende la historia política de los años 70.
Es la historia del coste específico de una generación de mujeres que entendieron que el precio de la ambición de sus maridos era el silenciamiento de la suya propia, que el precio de la visibilidad pública del matrimonio era la invisibilidad de su perspectiva individual y que ese precio, una vez pagado durante décadas, no se devuelve.
Las derrames cerebrales, los cánceres, la reclusión eran también el cuerpo diciendo lo que la persona nunca dijo en voz alta. La historia de Pat Nixon como contexto para entender el escándalo Watergate tiene también una dimensión que los análisis del escándalo raramente desarrollan.
Nixon tomó las decisiones que llevaron al Watergate en un entorno de aislamiento creciente en que Pat era la persona más cercana a él, que había sido sistemáticamente excluida de la información que habría podido cambiar el rumbo de esas decisiones. Haldeman controlaba el acceso al presidente. La información que llegaba a Nixon llegaba filtrada por un sistema de asistentes que habían decidido que lo que el presidente necesitaba escuchar era diferente de lo que la realidad decía.
Y en ese sistema, Pat Nixon, que era también la persona que conocía mejor a su marido y que tenía la experiencia política de 28 años de campañas y gobiernos, no tenía canal formal para decirle lo que veía. La única petición política documentada de Pat Nixon durante el Watergate fue que su marido destruyera las cintas de las grabaciones secretas antes de que el Tribunal Supremo ordenara entregarlas.
Era la petición de alguien que entendía el problema antes de que el problema fuera irreversible. Nixon no la siguió. Las cintas contenían la conversación del 23 de junio de 1972, la que se conocería como la pistola humeante, en que Nixon discutía con Haldeman la manera de usar a la CIA para bloquear la investigación del FBI sobre el Watergate.
Esa cinta fue lo que hizo inevitable la resignación. Patnixon lo vio venir. No la escucharon. La literatura sobre las primeras damas americanas tienen padnon uno de sus casos más complejos, precisamente porque ella nunca contribuyó a esa literatura de manera directa. No escribió memorias, no colaboró con ningún biógrafo durante su vida, no dio entrevistas extensas sobre su experiencia personal.
Lo que queda de su perspectiva son los fragmentos que su hija Yulie registró, los testimonios de las personas que trabajaron con ella y las cartas de los años 40 que los archivos han ido revelando. Es un registro extraordinariamente escaso para una mujer que pasó más de dos décadas en los puestos públicos más visibles de América.
El escaso registro es también en sí mismo parte del retrato. La mujer que aprendió que no hablar era la única forma de protección disponible, siguió sin hablar hasta el final. Una de las investigadoras que más profundamente ha estudiado la vida de Pat Nixon es Anita Mcbright, que fue jefa de personal de Laura Bush y que ha dedicado años al análisis comparativo de las primeras damas americanas.
En sus presentaciones académicas, McBright señala consistentemente que Pat Nixon fue la primera dama más adelantada a su tiempo en términos de sus posiciones políticas propias y la más invisibilizada en términos del registro histórico de esas posiciones. Era la primera dama que públicamente apoyaba el derecho al aborto cuando R versus Wade todavía no había sido decidido.
Era la primera dama que públicamente apoyaba la enmienda de igualdad de derechos. cuando muchas republicanas la rechazaban y era la primera dama de la que el mundo recordaba principalmente que llevaba un abrigo de paño republicano y que no lloraba en público. El tabaquismo de Pat Nixon es también uno de los detalles de su historia que dice más de lo que parece decir.
Era fumadora en privado desde hacía décadas. Nadie lo sabía. El tabaco en los años 50 y 60 era todavía socialmente aceptable en muchos contextos, pero no era una imagen que la primera dama americana podía proyectar en público. Así que Patnixon fumaba en los espacios privados que su vida pública dejaba, con la misma cuidadosa separación entre el fuera, que aplicaba a todo lo demás.
Era también para los médicos que trataron las enfermedades pulmonares que la afectaron en los últimos años de su vida. probablemente la causa subyacente del enfisema que sus pulmones desarrollaron. La reclusa de San Clemente, que rechazaba entrevistas y comisiones de beneficencia, fumaba en la terraza con vista al Pacífico, mientras el mundo reconstruía la reputación de su marido.
Era el único vicio documentado de una vida que el mundo conocía por sus virtudes. La imagen de Pat Nixon, que más persiste en la memoria colectiva americana, es la del discurso Checkers. de 1952, sentada en la a la derecha de su marido, fuera de foco, con la cara que la prensa llamó plástica. Es también cuando se mira con el contexto que la historia proporciona, la imagen más injusta que un fotógrafo sacó nunca de ella.
La mujer de esa butaca no era plástica, era una mujer de 40 años que había sobrevivido a la muerte de su madre con 13, a la muerte de su padre con 18. a la pobreza de una granja sin electricidad, a dos guerras frías, a cuatro candidaturas presidenciales y a 52 años de matrimonio con uno de los hombres más complicados del siglo XX americano.
La cara que la cámara veía inmóvil era el resultado de todo eso. Era la cara de alguien que ha aprendido, que mostrar lo que siente es un lujo que no puede permitirse. No era plástica, era acero. Bad Nixon nació Celma Ctherine Ryan en una choza de minero en Nevada el 16 de marzo de 1912, un día antes de San Patricio, y murió el 22 de junio de 1993 en Par Rich, Nueva Jersey, el día siguiente a su aniversario de bodas número 53.
Entre los dos extremos hay la vida más autodeterminada que ninguna primera dama americana del siglo XX construyó desde cero. Lo construyó sin red de seguridad, sin apellido que la ayudara, sin dinero de familia y sin nadie que le dijera que podía hacerlo. Lo pagó con el silencio que el sistema le impuso y que ella misma se impuso porque había aprendido desde niña que el silencio era la forma más eficaz de supervivencia disponible.
Y al final, cuando el sistema se derrumbó y el helicóptero lo sacó de la Casa Blanca, Pat Nixon hizo lo que siempre había hecho con las cosas que no podía controlar. Miró por la ventana sin decir nada. Aquí yace Pad Nixon. ¿Qué hizo suficiente en política? La revisión histórica de Pat Nixon, que los años recientes han producido, tiene también un elemento generacional que vale la pena señalar.
Las generaciones que crecieron después del Watergate conocen a Pat Nixon principalmente como el fondo del escándalo. La esposa estoica del presidente que tuvo que renunciar. Las generaciones anteriores al Watergate la recuerdan como algo diferente. La primera familia de la nación en los años de las visitas a China y la Unión Soviética, de los viajes humanitarios a Perú, de la primera dama que fue a Vietnam.
Las dos versiones son simultáneamente verdaderas y ninguna de las dos captura completamente lo que fue Pat Nixon, que era las dos cosas y también mucho más. la niña de la granja de Artesia, que nunca dejó de ser lo que había aprendido a ser desde pequeña, aunque el mundo que la rodeaba cambiara de manera que ninguna niña de artesia podría haber previsto.
La última aparición pública documentada de Pat Nixon en condiciones de relativa salud fue en los actos del centenario del nacimiento de Richard Nixon en 1994. Nixon murió en abril de ese año. Pat Nixon lo había precedido en 10 meses. Los dos están enterrados en Georbalinda, California, en el terreno del museo y biblioteca presidencial que lleva el nombre de él en la ciudad donde él nació y que ella adoptó como el lugar más apropiado disponible para el descanso final.
Es la imagen más modesta posible para la mujer más estoica de la historia de las primeras damas americanas. enterrada en la ciudad de su marido, en el museo de su marido, al lado del hombre, por cuya carrera sacrificó la suya propia. Era el final que Pan Nixon habría encontrado apropiado, no el que habría elegido si hubiera podido elegir.
Hay una frase de una entrevista que Pat Nixon dio en 1969 al principio de la presidencia de su marido, que ningún análisis de su historia debería omitir. Un periodista le preguntó qué quería para sí misma durante los años de la Casa Blanca. La respuesta fue, “Quiero hacer lo que puedo hacer para ayudar a mi marido y para ayudar a la gente.
” No habló de sus propias ambiciones, no habló de sus propias ideas políticas que existían y eran más progresistas que las de cualquier otro Nixon. No habló de lo que ella habría hecho en su lugar. Dijo lo que el sistema y la institución del matrimonio presidencial esperaban que dijera. y lo dijo con la convicción de alguien que había interiorizado tan profundamente que ese era su papel, que la distancia entre la persona y el papel era ya imperceptible desde fuera.
Solo las hijas que la conocían desde dentro sabían dónde estaba esa distancia. Julie escribió sobre ella para que el mundo lo supiera también. Era el último regalo que una hija puede hacerle a una madre que nunca habló de sí misma. Hablar de ella. Celmacine Ryan Nixon murió el 22 de junio de 1993. Hacía 53 años había entrado en el Mission In de Riverside, California, a casarse con el hombre, cuyo apellido llevaría el resto de su vida.
No era el apellido que más la definía. El apellido que más la definía era Ryan. Era el apellido de la niña que había sobrevivido sin padres desde los 18 años, que se había pagado la universidad limpiando suelos, que había llegado al lugar más poderoso del mundo sin que nadie le pusiera la escalera. Todo lo que vino después tenía ese origen.
Todo lo que fue Pat Nixon venía de Celma Ryan. Y eso es lo que la historia tiene que recordar, que detrás de la plástica había acero y detrás del acero una persona. La manera en que el mundo recuerda a Pat Nixon en 2026 es también la prueba más directa de lo que la historia hace con las mujeres que eligieron el silencio como estrategia de supervivencia.
Las olvida o las reduce a un adjetivo. Plástica Pat, la esposa de Nixon, la mujer del Watergate, es el tipo de reducción que ocurre cuando el único material disponible es la máscara porque la persona detrás de la máscara nunca permitió que nadie la fotografiara. Los biógrafos que han intentado recuperarla, Julie Nixon Eisenhower con su libro de 1986, los académicos que han accedido a sus cartas en los archivos Nixon, los periodistas que han entrevistado a quienes la conocieron, han ido construyendo gradualmente una imagen más
completa. Pero la imagen completa sigue siendo fragmentaria porque Pat Nixon se fue sin hablar. era la consecuencia que ella misma habría podido predecir desde los 13 años, cuando aprendió que la persona que no muestra sus sentimientos es la persona que nadie puede atacar. El costo de esa protección es que nadie puede conocerte tampoco.
Si esta historia te ha llegado, si en algún momento de los últimos minutos has pensado en la diferencia entre la persona que fue Pat Nixon y el papel que el mundo le asignó, deja tu opinión en los comentarios. ¿Crees que Pat Nixon fue una víctima del sistema o alguien que eligió activamente el papel que representó? ¿Crees que la historia la ha tratado justamente? El debate está abierto.
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