Aquel hombre casado por el rito gitano con Dolores Amaya con la que tenía una hija pequeña llamada Atoñi, nacida en 1955. miraba a Lola Flores cuando ella miraba a Caracol. Y cuando Lola y Caracol rompieron en 1951, el Pescadilla seguía allí esperando sin que ella lo viera todavía. Y en 1957, 6 años después de la ruptura con Caracol, Lola Flores se casó con Antonio González el Pescadilla en la basílica del Valle de los Caídos.
El hombre que había estado esperando 6 años. el hombre al que ella iba a opacar profesionalmente durante toda su carrera. Y el hombre que iba a ser el padre de los tres hijos, cuya tragedia vamos a contar a continuación. Antonio González, el pescadilla, tenía 32 años cuando se casó con Lola Flores. Había abandonado a su pareja anterior, Dolores Samaya, y a su hija de 2 años, Toñi.
La había reconocido legalmente, pero la había dejado para irse con la faraona. Aquel detalle, el de un hombre que abandona a una mujer y una hija pequeña para casarse con una folclórica famosa es lo que retrata mejor que ninguna otra cosa la dinámica de aquella pareja desde el principio. Lola Flores no entró en la vida del pescailla, la asaltó y el pescadilla aceptó esa toma.
Hay que entender lo que significaba aquello en términos sociales. Lola Flores era la estrella. Llenaba teatros en México, hacía giras por toda América Latina, cobraba sueldos que ningún flamenco gitano de su generación cobraba. Y el Pescadilla, que era un guitarrista bueno con un estilo propio, que después se reconocería como uno de los padres de la rumba catalana, se convirtió en su acompañante.
Su segundo plano, el marido de Lola Flores. Su nombre desapareció de los carteles. Su carrera se diluyó y durante años en los círculos del flamenco madrileño se le veía como el hombre que se había quedado a la sombra de la diva. El matrimonio tuvo tres hijos. Lolita, nacida en mayo de 1958, Antonio, nacido en noviembre de 1961 y Rosario, nacida en noviembre de 1963.
Tres hijos en 5 años. y una madre, Lola Flores, que durante aquellos años siguió haciendo giras, siguió saliendo de casa durante meses, siguió viviendo profesionalmente como si los hijos no estuvieran allí. Aquello para los estándares de los años 60 no era especialmente raro entre las grandes artistas, pero las consecuencias 30 años después iban a aparecer, sobre todo en uno de aquellos tres niños.
¿Qué pasa cuando una madre famosa cría a sus hijos entre giras, entre dos países, entre escenarios y bambalinas, dejando los meses sin verla, con niñeras que cambiaban cada poco tiempo? La respuesta más honesta es que cada hijo lo procesa de manera distinta. Y en el caso de uno de aquellos tres niños, el del medio, el de Antonio, la respuesta iba a ser destrucción.
Antonio Flores González nació el 12 de noviembre de 1961 en Madrid. El segundo hijo, el único varón, el niño que llegó al mundo en una habitación de la casa familiar mientras su madre acababa de cumplir 38 años y ya tenía una carrera consolidada. Y desde el día uno, según contaron después sus hermanas Lolita y Rosario, Antonio fue distinto, más sensible, más callado, más metido en sí mismo, como si hubiera nacido con una piel demasiado fina para el mundo en el que estaba creciendo.
Hay una imagen de aquella infancia que retrata mejor que cualquier estadística lo que estaba pasando. Antonio Flores con 5 años, sentado solo en un sofá del piso familiar, viendo como su madre, vestida con un traje de cola, salía por la puerta hacia el teatro. Lola Flores se despedía rápido, daba un beso, cogía sus maletas y se iba durante días, a veces durante semanas.
El niño Antonio se quedaba con sus hermanas y con personal de servicio. Su padre, el Pescadilla, a veces estaba, a veces estaba en otra gira. Y Antonio, ese niño sensible, aprendió antes que sus hermanas a no esperar. Lola Flores ganaba dinero, mucho dinero, y ese dinero iba en gran parte a propiedades. Compró pisos en Madrid, compró fincas en el campo, compró el chalet de la calle Granadilla del Olivar de la Moraleja, urbanización de lujo de Alcovendas, al que llamó El Lerele.
Aquella finca comprada a finales de los años 70 iba a ser el centro emocional de toda la familia Flores y también el escenario de las dos muertes más oscuras que iban a marcar su biografía colectiva para siempre. Pero antes de llegar a aquellas dos muertes, en 1989, llegó otro golpe que estuvo a punto de hundir a Lola Flores.
Y aquí está lo que te prometí al principio del vídeo, lo que Lola Flores hizo en directo en una entrevista de Televisión Española en marzo de 1989 que partió a España en dos. La frase que durante años se ha repetido como ejemplo de descaro y lo que en realidad había detrás de aquella frase. Marzo de 1989. Lola Flores fue procesada por la Audiencia Provincial de Madrid por un delito de fraude fiscal.
El Ministerio de Hacienda, dirigido por Carlos Olchaga, había decidido lanzar una campaña ejemplar contra la evasión fiscal de personajes famosos. Buscaban un caso visible, buscaban un personaje conocido, buscaban un nombre que toda España identificara y eligieron a Lola Flores. La acusación era de 52 millones de pesetas defraudados en una operación conjunta con su marido, el Pescadilla, porque según el fiscal, el matrimonio formaba unidad de IRPF.
Las imágenes de aquellos días son icónicas. Lola Flores entrando en la Audiencia Provincial de Madrid con cuatro vestidos distintos en cuatro sesiones diferentes. Negro el primer día, negro de gala el segundo, negro con chaqueta, el tercero, blanco con jersey negro, el cuarto. Su hermana Carmen Flores, la acompañaba.
Ninguno de sus tres hijos fue al juicio. Lolita, según contó después, lo seguía por la radio porque no podía soportar verla en el banquillo. Antonio y Rosario tampoco aparecieron. Aquella mujer de 66 años entró en aquella sala completamente sola, rodeada de fotógrafos, pero sin la familia que durante años había dicho públicamente que era su razón de vivir.
Y en mitad del juicio, en una entrevista de televisión que se hizo viral antes de que existiera la palabra viral, Lola Flores pronunció la frase que iba a marcar el resto de su vida. Si me queréis irse. Pidió a sus seguidores que si la querían le dieran cada uno peseta para pagar la multa a Hacienda. La frase mal entendida, sonó a descaro, a burla, a folclórica pidiendo limosna después de haber engañado al fisco.
Pero detrás de aquella frase había una realidad muy distinta. Lola Flores estaba arruinada. Llevaba 2 años con cáncer de mama, diagnosticado en 1972 y agravado durante los 80, y la quimioterapia y el cobalto le habían vaciado las cuentas y según contaron después sus hijas había llegado a vender joyas para pagar facturas médicas.
La Audiencia Provincial de Madrid la absolvió el 28 de marzo de 1989, pero el Ministerio de Hacienda recurrió al Supremo y casi 2 años después, el 11 de enero de 1991, el Tribunal Supremo dictaminó condena. Lola Flores se libraba de la cárcel, pero tenía que pagar 28 millones de pesetas de multa, una cifra que ella no tenía y que para pagarla tuvo que hipotecar parte de El Lerele.
Aquella finca, que iba a ser el escenario de las dos muertes más oscuras de su biografía, estuvo a punto de perderse en 1991 por una sentencia firme del Tribunal Supremo. La salvó por los pelos. vendió un piso de Madrid, pidió préstamos a amigos y mantuvo la casa familiar, pero el coste emocional de aquellos 2 años, según contaron después sus hijas, fue devastador.
Lola Flores nunca volvió a ser la misma después del juicio de 1989. Pero aquí no termina la historia, porque el escándalo de Hacienda no fue lo peor que le pasó a Lola Flores en aquellos años. Lo peor estaba a punto de empezar dentro de su propia casa, en la cabaña que su hijo Antonio se había construido detrás de la piscina del Lerele.
Y lo que pasó allí entre 1992 y 1995, ningún programa de televisión española lo ha contado entero. Antonio Flores empezó con las drogas a finales de los años 80. Tenía 20in pocos años. ya había sacado discos como solista. Era considerado uno de los compositores más prometedores de la música pop española. Y por debajo de toda esa proyección profesional, según contó él mismo en una entrevista para informe semanal, llevaba años acumulando una tristeza que nadie del entorno familiar había sabido leer.
Sus palabras textuales citadas en distintos medios posteriores. He tenido una historia con la droga que me ha hecho la vida imposible. Quería quitarme sin que mis padres se enterasen, pero es imposible. Necesitas ayuda? hasta que les dije, “Mamá, papá, tenéis razón, ayudadme.” Aquella confesión hecha por un hombre joven en directo en televisión retrata el modo en que Antonio Flores había crecido, solo emocionalmente, sin permiso para mostrar debilidad, con unos padres que tenían su propia carrera, sus propias giras, sus propios
juicios con Hacienda, sus propias historias. Lola Flores, según contó después Lolita, sí intentó ayudar a Antonio cuando supo lo de las drogas. Lo llevó a centros de desintoxicación, lo acompañó a citas médicas, pagó tratamientos, pero el daño emocional estaba hecho desde la infancia y los centros de desintoxicación, por mucho que ayudaran físicamente, no podían rellenar el hueco que aquel niño había arrastrado desde los 5 años.
Hubo un episodio en 1994 que retrata aquella etapa final. Antonio Flores se cruzó con Amparo Muñoz, Miss Universo Española y exmujer de Máximo Valverde. Los dos compartían el problema con las sustancias. empezaron una relación complicada y según contaron quienes los conocían, aquella relación aceleró el deterioro de Antonio.
Lola Flores, cuando supo del lío, intervino. Habló con amparo, le pidió que se alejara de su hijo. intervención maternal hecha por una mujer ya enferma terminal de cáncer retrata el último intento desesperado de Lola por salvar a Antonio. Pero ya era tarde y mientras Lola Flores intentaba arrancar a su hijo de las drogas, ella misma se estaba muriendo.
El cáncer de mama que le habían diagnosticado más de 20 años antes había avanzado. La quimioterapia ya no funcionaba. Los médicos le habían dicho a la familia que quedaban meses y nadie en aquella primavera de 1995 podía imaginar lo que iba a pasar entre el 16 y el 30 de mayo. Los 15 días más trágicos en la historia mediática española. Mayo de 1995.
La finca El Lerele en la urbanización La moraleja de Alcovendas. Lola Flores llevaba semanas postrada en cama, 72 años. El cáncer de mama avanzado, quimioterapia agresiva, pelo perdido, cuerpo apagado y a su alrededor una familia que se iba para hacer guardia. Su hija Lolita venía a diario, su hija Rosario también.
Su marido, el Pescadilla, que llevaba años viviendo a su sombra, no se movía de la casa. y su hijo Antonio, el del medio, el que más problemas había tenido en los últimos años, había vuelto. Había dejado temporalmente las drogas. Había construido una pequeña cabaña en el jardín de El Lerele, detrás de la piscina, para estar cerca de su madre durante aquellas últimas semanas.
Aquella cabaña levantada por Antonio Flores con sus propias manos en el jardín de la casa familiar. para acompañar a su madre moribunda. Es uno de los gestos más conmovedores de toda esta historia. Un hijo de 33 años, frágil, con un historial de adicciones, que se construye una habitación al lado de la casa de su madre para no separarse de ella en sus últimos días.
Esa imagen leída hoy retrata, mejor que cualquier estadística la relación real entre Lola Flores y su único hijo varón. Antonio adoraba a su madre y aquella adoración en términos psicológicos iba a ser exactamente lo que lo iba a matar pocas semanas después. Las últimas semanas de Lola Flores fueron, según contaron después sus hijas en distintas entrevistas, una mezcla de paz y de despedidas.
La gran Diva había aceptado lo que venía. Pidió ver a sus nietas. Alba Flores, hija de Antonio, tenía entonces 9 años. Lola la cogió en brazos por última vez. Elena Furiase, hija de Lolita, tenía 7 años. Las dos niñas se acercaron a la cama de su abuela durante aquellas últimas semanas y Lola, según contaron las dos hijas posteriormente, se despidió de cada una sin que las niñas entendieran del todo lo que estaba pasando.
Y aquí llegamos al primer momento más oscuro de los 15 días más trágicos de la familia Flores. la mañana del 15 de mayo de 1995. Y lo que hizo Antonio Flores cuando supo que su madre acababa de morir. Lola Flores murió el martes 16 de mayo de 1995, según los registros oficiales, en su residencia de Ellerele.
Urbanización La Moraleja, Alcovendas. Tenía 72 años. La causa oficial fue cáncer de mama metastásico. A su alrededor estaban Lolita, Rosario, el Pescadilla, su hermana Carmen Flores, su hija Alba, que entonces era una niña, y el resto del círculo más cercano. Antonio Flores también estaba allí. Y la escena de aquel momento contada por testigos directos en años posteriores, es uno de los pasajes más oscuros de toda la historia.
mediática española reciente. Cuando Antonio Flores entró en la habitación donde acababa de morir su madre, según relataron después distintas fuentes próximas a la familia, no lloró, no habló, no dijo una sola palabra, salió de la habitación y se dirigió al pasillo. Y allí, según las versiones recogidas por distintos medios, dio un puñetazo brutal a la pared.
Tan brutal que se rompió la mano. Los médicos que estaban en la casa atendiendo la muerte de Lola tuvieron que ocuparse también del hijo. Le pusieron una escayola en la mano que se le rompió. Aquella escayola llevada durante el funeral fue captada por las cámaras y durante años la opinión pública pensó que aquella escayola era un detalle anecdótico.
La realidad era otra. Era el primer aviso físico de lo que estaba a punto de pasar. Porque un hombre de 33 años que ante la muerte de su madre, en lugar de llorar da un puñetazo a una pared con tanta fuerza que se rompe la mano. No está procesando un duelo normal, está manifestando físicamente un dolor que su cabeza no puede expresar de otra manera.

Antonio Flores aquella mañana del 16 de mayo de 1995, según ha contado años después, la psicología clínica que estudia este tipo de casos ya estaba en una fase de desconexión emocional grave. La muerte de Lola le había roto el último anclaje que lo mantenía vivo. Y a partir de aquel puñetazo, los siguientes 14 días iban a ser una cuenta atrás.
El funeral de Lola Flores se celebró el 17 de mayo de 1995 en Madrid. Multitudinario, miles de personas en la calle, cobertura televisiva masiva. Las cadenas españolas interrumpieron su programación. La familia entró al cementerio de la Almudena con Antonio Flores delante, Escayola en la mano, gafas oscuras sin hablar con nadie, Lolita llorando, Rosario sostenida por el pescadilla.
Y al fondo, sin que las cámaras lo recogieran del todo, las personas próximas a la familia que ya estaban preocupadas por Antonio. Antonio se había construido aquella cabaña en el herele para acompañar a su madre y ahora su madre ya no estaba y él seguía allí solo en la cabaña vacía del jardín.
Las dos semanas siguientes son las más perturbadoras de toda esta historia. Antonio Flores, según testimonios posteriores de personas cercanas, dejó de comer, dejó de dormir bien. Empezó a beber alcohol en cantidades que ningún medicamento de desintoxicación podía contrarrestar. y volvió a las pastillas, las que se suponía que tenía controladas, las que ya no debería estar tomando.
Su pareja de aquellos días, Irene Chamorro, según las versiones que ella misma dio a la revista pronto en el 25 aniversario, le ocultaba las botellas de ginebra, pero aquel hombre ya no estaba luchando, estaba esperando. Y todo el mundo en el lerele en aquellos 15 días lo veía sin saber cómo pararlo. Pero ningún miembro de aquella familia, ni el más pesimista, podía imaginar que la madrugada del 30 de mayo de 1995, exactamente 14 días después de morir su madre, Antonio Flores iba a aparecer muerto en la misma finca. Lo que pasó
aquella madrugada en el Lele es el momento más oscuro de toda esta historia. Y vamos a entrar ahora. Los últimos días de Antonio Flores, según las versiones recogidas por distintos medios en aniversarios posteriores, fueron una sucesión de pequeñas decisiones que, vistas hoy con perspectiva, eran avisos. El 26 de mayo de 1995, 10 días después de morir su madre, Antonio se subió a un escenario por última vez en su vida.
Una actuación corta en Madrid. Cantó con esfuerzo, sin energía, sin el carisma de los años buenos. Volvió a su cabaña del Lerele y, según contó después Irene Chamorro, no volvió a salir de allí. Tres días encerrado, sin hablar, sin contestar al teléfono, sin querer ver a nadie. Hay una imagen de aquellos tres últimos días que retrata mejor que ninguna otra cosa lo que estaba pasando dentro de aquella cabaña.
Antonio Flores, 33 años, sentado en una cama estrecha mirando una pared blanca, sin música puesta, sin guitarra a mano, sin papel para escribir. la habitación de soltero de un hombre que durante 15 años había sido uno de los compositores más prometedores de España, vaciada de todo lo que lo había definido profesionalmente.
Solo él, las pastillas en la mesilla, la botella de ginebra cerca y el silencio del lerele rodeándolo. una cabaña pegada a la casa donde acababa de morir su madre, una piscina vacía fuera y un padre, el pescadilla, dentro de la casa principal, ya hundido en la depresión, que no le iba a permitir salir de ella nunca.
La cabaña, según contaron después distintas fuentes próximas a la familia, era pequeña. Apenas una cama, una mesilla, un armario, un baño minúsculo. Antonio la había construido en 1993, cuando ya sabía que su madre estaba en la fase terminal del cáncer. la había construido con la idea de poder pasar tiempo con ella sin tener que volver cada noche a su propio piso.
Quería estar cerca, quería acompañarla. Y durante dos años, según relataron las hermanas, aquella cabaña fue el sitio donde Antonio comía con Lola algunos días, donde hablaban hasta la noche, donde compartían silencios. Esa cabaña construida con amor en 1993 se convirtió en una trampa en mayo de 1995. Porque cuando Lola murió, Antonio se quedó allí en el mismo sitio, pero sin la persona por la que había construido aquel lugar.
Los miembros de la familia durante aquellos últimos 14 días se turnaban para visitarlo. Lolita venía, Rosario venía, el pescadilla a veces se acercaba, pero Antonio, según relató después Lolita, ya estaba en otro sitio. Hablaba menos, comía menos y cuando le preguntaban cómo estaba, respondía siempre lo mismo.
Estoy bien, estoy tranquilo, mañana voy a estar mejor. Esa repetición sostenida durante días era el aviso que la familia no supo leer a tiempo. Porque cuando una persona dice todos los días que mañana va a estar mejor sin que hoy esté mejor, lo que está construyendo es una despedida lenta. Una despedida que la familia, demasiado destrozada por la muerte reciente de Lola, no tenía energía emocional para detectar.
El 29 de mayo, víspera de su muerte, Antonio recibió una visita. Su hermana Lolita pasó por la cabaña, le llevó comida, hablar un poco. Antonio le dijo, según ha contado ella en distintas ocasiones, que estaba bien, que solo necesitaba dormir, que mañana iba a estar mejor. Lolita se fue preocupada, pero sin sospechar lo que estaba a punto de pasar.
Aquella misma noche, según las versiones de Irene Chamorro, Antonio bebió ginebra. Tomó las pastillas que tenía recetadas para desintoxicación. se metió en la piscina vacía un rato, se bebió un jinseng y le dijo a Irene una frase que ella recordó después en la entrevista de pronto. Mañana voy a estar bien.
Aquellas tres palabras, “Mañana voy a estar bien”, son la última frase documentada que pronunció Antonio Flores en su vida. Una frase que vista hoy con perspectiva tiene una doble lectura. Mañana voy a estar bien porque me voy a recuperar o mañana voy a estar bien porque mañana ya no voy a sufrir. La psicología clínica que estudia este tipo de casos tiene clarísimo cuál de las dos interpretaciones es la real y los hechos confirmaron pocas horas después esa segunda lectura.
La noche del 29 al 30 de mayo de 1995 en el Lerele fue, según las versiones reconstruidas posteriormente por distintos medios, una de las más tranquilas de aquellas dos semanas terribles. Lolita se había ido. Rosario estaba en su casa. El pescadilla dormía en la habitación principal con sedantes recetados por su médico para sobrellevar el duelo de Lola.
Y en la cabaña del jardín, detrás de la piscina, Antonio Flores estaba solo. Irene Chamorro se había ido también, según contó posteriormente, porque Antonio le había dicho que quería dormir, que no se preocupara, que mañana hablaban con calma. Esa frase dicha por un hombre que tomaba pastillas y bebía alcohol todas las noches era una despedida educada.
Irene no lo entendió en aquel momento, lo entendió a la mañana siguiente, entre las 2 y las 4 de la madrugada, según el informe forense posterior, Antonio Flores combinó las pastillas con una cantidad de alcohol superior a lo que su cuerpo podía procesar. La depresión respiratoria empezó probablemente entre las 4 y las 5 de la mañana.
El paro cardíaco calculado por el forense ocurrió antes del amanecer. Cuando Irene Chamorro llegó a las 8:30, Antonio llevaba al menos 3 horas muerto. Su cuerpo estaba ya frío. La rigidez había empezado y la melena negra, su sello visual durante toda su carrera, estaba revuelta sobre la almohada en la postura de alguien que no se ha movido en mucho tiempo.
Y aquí llegamos al momento más duro de toda esta historia. La mañana del martes 30 de mayo de 1995, las 8:30 en el Lerele y la persona que entró en la cabaña de Antonio Flores aquella mañana sin saber lo que iba a encontrar. Hay un detalle más que conviene poner sobre la mesa antes de entrar en la escena exacta de aquella mañana.
Lo que estaba ocurriendo en el resto de la casa cuando Irene Chamorro abrió la puerta de la cabaña. El pescadilla seguía dormido en la habitación principal por los sedantes. Las dos hermanas, Lolita y Rosario, estaban en sus propias casas. Las nietas pequeñas, Alba y Elena, dormían sin saber lo que estaba a punto de ocurrir.
El servicio doméstico del Lerele estaba empezando la jornada. Y en el jardín, en aquella cabaña pegada a la piscina, un hombre de 33 años llevaba ya varias horas muerto, sin que nadie en aquella casa enorme lo supiera todavía. Esa imagen leída hoy retrata, mejor que cualquier estadística, el aislamiento en el que murió Antonio Flores, en el centro emocional de su propia familia y sin que ninguno de ellos hubiera podido detenerlo.
Martes 30 de mayo de 1995, 8:30 de la mañana, la finca El Lerele en la Moraleja. Irene Chamorro, miembro del dúo Las Chamorro y una de las personas más cercanas a Antonio Flores en aquellos últimos meses, entró en la cabaña que el cantante se había construido detrás de la piscina. Quería ver cómo estaba.
Habían pasado tres días sin que nadie hubiera tenido contacto real con él. La puerta estaba cerrada. Irene la abrió con cuidado y dentro encontró a Antonio Flores inerte en la cama con su larga melena negra revuelta sobre la almohada. Las palabras textuales de Irene Chamorro, dichas a la revista Pronto en el 25 aniversario de la muerte, son lo más cercano que la opinión pública ha estado al momento exacto del descubrimiento.
Me acerqué, le puse la mano en la boca y en la nariz y no respiraba. No me podía creer que estuviera muerto. Esa frase dicha por una mujer que había sido su pareja sentimental y que llevaba meses intentando salvarlo de las drogas, retrata la dimensión del shock. Antonio Flores había muerto durante la noche solo en una cabaña que él mismo había construido para acompañar a su madre en la agonía.
14 días después de que aquella madre muriera, la causa oficial de la muerte, según el informe forense, fue una combinación letal de barbitúricos y alcohol. Las pastillas que tomaba para desintoxicarse, mezcladas con la ginebra que había bebido la noche anterior, le habían producido una depresión respiratoria que evolucionó a parada cardíaca.
Irene Chamorro, años después ha defendido que en realidad fue un infarto, que Antonio no se quitó la vida deliberadamente, que fue una sobredosis accidental por sustancias incompatibles. Los forenses, sin embargo, no descartaron nunca la otra posibilidad y la familia durante años ha vivido con esa duda que probablemente nunca se cerrará.
La escena que se produjo en el Lerele aquella mañana, según las versiones de Lolita Flores en programas posteriores, fue de un horror que pocas familias soportan. Lolita ha contado en distintas ocasiones lo que ocurrió cuando llegó el Samur, las palabras textuales que ella ha repetido en programas como en la tuya o en la mía, convertí en Osborne.
Cuando llegó el samur, yo les dije, “Déjenlo a él, que ya no tiene remedio, y sálvenme a mi hermana Rosario. Es que daba botes de 1 metro como en el exorcista.” Esa frase dicha por una mujer recordando como su hermana Rosario, en estado de shock por encontrar a su hermano muerto, sufría convulsiones en el suelo de la cabaña.
Retrata mejor que ninguna otra cosa lo que vivió aquella familia el 30 de mayo de 1995. Y Alba Flores, la hija de Antonio, tenía entonces 9 años. Estaba en otro sitio. No vio el cuerpo de su padre. No la llevaron al velatorio, no fue al funeral. Sus palabras textuales, dichas años después en el documental de Movistar Plus dejaron a media España helada.
No me despedí, no fui al funeral. Hasta que no fui mayor, no fui a verlo al cementerio. Esa frase dicha por una mujer que hoy es actriz consagrada en la casa de papel retrata el modo en que una niña de 9 años perdió a un padre y a una abuela en 15 días sin que ningún adulto tuviera la lucidez suficiente para acompañarla en el duelo.
Y aquí está la pieza más perturbadora de toda esta historia. Porque la pregunta que esta secuencia te pone delante no es solo cómo murió Antonio Flores. La pregunta más oscura es esta. ¿Por qué un hombre de 33 años, padre de una niña de 9 años, eligió no esperar más de 14 días desde la muerte de su madre para morirse él también? La respuesta está en cómo Lola Flores lo crió.

Y vamos a entrar ahora. Hay tres cosas que explican lo que Antonio Flores sintió durante toda su vida con respecto a su madre. Las tres son verdad, las tres pesan y juntas retratan a una mujer con una capacidad enorme para llenar escenarios y al mismo tiempo dejar huecos emocionales muy profundos en las personas que más la querían.
La primera tiene que ver con la ausencia. Lola Flores no estuvo presente en la infancia diaria de sus tres hijos. Estaba de gira, estaba en México, estaba en Argentina, estaba grabando, estaba haciendo televisión. Las giras no eran un mes, eran tres, cu 5 meses seguidos. Y un niño pequeño que ve a su madre irse en una maleta sin saber cuándo va a volver, aprende algo muy concreto.
Aprende que no se puede confiar en que esa madre va a estar. Aprende a no esperar. Aprende a construir su mundo emocional sin ella. Y cuando esa madre vuelve, ese niño ya no sabe cómo reconectar. Esa fue la infancia de Antonio Flores y esa es la base sobre la que después se construyó todo lo demás. La sensibilidad, la música, las drogas, la cabaña del lerele, el puñetazo en la pared.
La segunda tiene que ver con la opulencia frívola. Lola Flores ganaba mucho dinero, pero lo gastaba con una velocidad parecida. Compraba propiedades, hacía obras. daba fiestas, aparecía en la prensa y en aquel ambiente los hijos crecieron con una idea muy concreta del mundo, que el dinero era para gastarlo, que la vida era para los escenarios, que las decisiones administrativas, como pagar impuestos, eran un trámite menor.
Esa lógica llevada al extremo llevó al juicio de Hacienda de 1989. Y la misma lógica aplicada en lo emocional dejó a Antonio Flores sin herramientas adultas para procesar el dolor de adulto. Cuando murió su madre en 1995, Antonio no tenía dentro un esqueleto emocional que le sostuviera. Solo tenía drogas, alcohol y una cabaña vacía.
Pero la tercera es la más fría y es la que cierra el retrato. Lola Flores adoraba a sus hijos en público. Lo decía en cada entrevista, lo demostraba en cada aparición. Le decía a Lolita en los programas que era su luz. Le decía a Rosario que era su flamenco. Le decía a Antonio que era su artista. Pero el amor declarado en público no se traducía siempre en presencia diaria.
Y Antonio Flores, según contó él mismo en aquella entrevista de informe semanal, vivió toda su vida con esa contradicción. una madre que lo adoraba públicamente y que estaba ausente físicamente, una madre que le decía mi niño en cada portada y que llevaba meses sin verlo. Esa contradicción produce adultos como Antonio Flores, sensibles, brillantes, compositores extraordinarios y sin capacidad de aguantar la primera gran pérdida sin destruirse.
¿Y qué hace un hijo cuando descubre con 33 años que la madre que lo había adorado en público, pero abandonado en lo cotidiano, se ha muerto y ya no va a poder reparar nunca lo que no le dio en la infancia? La respuesta de Antonio Flores fue concreta. No esperó, no procesó, no se quedó a hacer terapia. construyó una cabaña al lado de su madre moribunda.
Le dio un puñetazo a una pared el día que ella murió y 14 días después, en aquella misma cabaña, se quitó la vida o se la quitó accidentalmente. Pero la cadena causal, según la psicología clínica, no admite duda. Si pones todas las piezas juntas, lo que queda es una historia que ningún programa de televisión española ha ailado entera, porque la obliga a señalar a la diva más querida del país.
Una niña gitana de Jerez de la Frontera que con 6 años bailaba en la calle Sol. Una bailadora de 16 años que debutó en el Villamarta en 1939. una joven de 20 años que se enamoró de un hombre casado durante 8 años. Una folclórica que en 1957 se casó con un guitarrista catalán al que iba a opacar profesionalmente durante toda su carrera.
Una madre de tres hijos que durante décadas hizo giras dejándolos meses sin verla. una mujer que en 1989 fue procesada por Hacienda y dijo en directo, “Si me queréis irse.” Y la misma mujer que en 1995, postrada por el cáncer en el Lerele, recibió en la cabaña del jardín a su hijo Antonio, sin saber que él iba a morir 14 días después que ella en esa misma cabaña.
Hay un padre, el Pescadilla, que pasó 38 años de matrimonio a la sombra de su mujer y no pudo superar la doble muerte de mayo de 1995. Cayó en una depresión profunda. Se le diagnosticó una enfermedad hepática irreversible meses después. Fue operado de cáncer de colon en 1997 y murió el 12 de noviembre de 1999 en el Lerele, 4 años y medio después de su mujer y de su hijo.
Tres muertes en 4 años en la misma finca. Una matriarca, su único hijo varón y su marido. La familia Flores no se recuperaría nunca del todo de aquel ciclo. Hay un hijo, Antonio Flores, que adoraba a su madre. con una intensidad que ningún niño debería sentir hacia un progenitor ausente que compuso canciones que hoy son patrimonio de la música española.
Siete vidas. Alba que se construyó una cabaña en el jardín del Lerele para estar cerca de su madre moribunda y que 14 días después de aquella muerte se quitó la vida o se la quitó accidentalmente en esa misma cabaña. Hay dos hijas, Lolita y Rosario, que han pasado 30 años intentando reconstruir lo que aquellos 15 días de mayo de 1995 destruyeron.
¿Qué han hablado en distintas ocasiones de su madre con admiración y con dolor a partes iguales? Lolita ha dicho públicamente que Lola Flores fue la mejor madre del mundo y a la vez la peor. Esa frase dicha por una hija adulta hablando 30 años después retrata mejor que cualquier sentencia la complejidad real de aquella mujer.
Y hay una niña, Alba Flores, que tenía 9 años cuando su padre murió en mayo de 1995 y a la que ningún adulto tuvo la lucidez de llevar al funeral, que durante años no fue capaz de ir al cementerio, que hoy con casi 40 años es una actriz reconocida internacionalmente por la casa de papel y que ha dicho en el documental de Movistar Plus que le hubiera gustado preguntarle tantas cosas a su padre.
Esa frase dicha por una mujer adulta recordando al padre que perdió con 9 años es la consecuencia más dura de todas las decisiones que tomó Lola Flores durante 40 años en aquella casa familiar. Imaginemos la otra versión, la que no ocurrió. Imaginemos que Lola Flores en los años 60 y 70 hubiera hecho la mitad de las giras, que hubiera estado presente físicamente en la infancia de Antonio, que en lugar de comprar propiedades hubiera invertido en su familia.
Si esa lectura hubiera prevalecido, probablemente Antonio Flores no habría llegado a las drogas con tanta facilidad. probablemente habría tenido herramientas adultas para procesar el cáncer de su madre. Probablemente no habría construido aquella cabaña como último recurso emocional y probablemente no habría muerto 14 días después que ella.
Pero esa otra madre no se dejó ser. Y la consecuencia está en la lápida del cementerio de la Almudena, donde hoy descansan juntos Lola, Antonio y el Pescadilla. Tres muertes en 4 años de la misma familia. Hay algo que se aprende viendo historias como esta, que la maternidad, cuando se ejerce desde la fama y la ausencia deja huecos emocionales que ningún éxito profesional posterior puede rellenar.
Una madre que llena teatros en México, mientras su hijo de 5 años aprende solo a no esperarla, no está sembrando una infancia feliz, está sembrando una bomba de tiempo. Y los hijos que crecen dentro de esas dinámicas, cuando llegan a adultos y la madre se les muere, no procesan el duelo de una forma sana, lo procesan rompiéndose, como se rompió Antonio Flores y como se está rompiendo en cada generación, cada hijo que crece confundiendo el amor declarado en público con la presencia diaria en lo cotidiano.
Lola Flores fue la folclórica más grande que ha dado España. Eso es verdad. Bailó como nadie, cantó como nadie, llenó plazas que nadie había llenado. Y al mismo tiempo esa misma mujer fue una madre que estuvo lejos cuando sus tres hijos eran pequeños. Y uno de aquellos tres niños, el del medio, no pudo aguantar la primera gran pérdida sin destruirse. Las dos cosas son verdad.
Y hilar las dos verdades en el mismo relato, sin victimizar a nadie. y sin endiosar a nadie es lo que ningún programa de televisión española ha querido hacer en 30 años. Lo hemos hecho aquí hoy. Y esta historia te hizo pensar en alguna familia que conozcas donde una madre famosa o admirada haya estado ausente en lo cotidiano mientras se vendía a sí misma como modelo de maternidad pública, donde un hijo haya crecido confundiendo el amor declarado en revistas con la presencia diaria en casa, donde una herencia familiar haya pesado más que un
duelo bien acompañado. Déjame en comentarios el nombre. Quiero leer tus historias porque las familias rotas por la fama siempre se parecen entre ellas. Y a veces poner palabras a lo que vivimos es el primer paso para no repetirlo con nuestros propios hijos.