Posted in

Lola Flores: la ASQUEROSA verdad que OCULTÓ a España de ANTONIO FLORES

Aquel hombre casado por el rito gitano con Dolores Amaya con la que tenía una hija pequeña llamada Atoñi, nacida en 1955. miraba a Lola Flores cuando ella miraba a Caracol. Y cuando Lola y Caracol rompieron en 1951, el Pescadilla seguía allí esperando sin que ella lo viera todavía. Y en 1957, 6 años después de la ruptura con Caracol, Lola Flores se casó con Antonio González el Pescadilla en la basílica del Valle de los Caídos.

El hombre que había estado esperando 6 años. el hombre al que ella iba a opacar profesionalmente durante toda su carrera. Y el hombre que iba a ser el padre de los tres hijos, cuya tragedia vamos a contar a continuación. Antonio González, el pescadilla, tenía 32 años cuando se casó con Lola Flores. Había abandonado a su pareja anterior, Dolores Samaya, y a su hija de 2 años, Toñi.

La había reconocido legalmente, pero la había dejado para irse con la faraona. Aquel detalle, el de un hombre que abandona a una mujer y una hija pequeña para casarse con una folclórica famosa es lo que retrata mejor que ninguna otra cosa la dinámica de aquella pareja desde el principio. Lola Flores no entró en la vida del pescailla, la asaltó y el pescadilla aceptó esa toma.

Hay que entender lo que significaba aquello en términos sociales. Lola Flores era la estrella. Llenaba teatros en México, hacía giras por toda América Latina, cobraba sueldos que ningún flamenco gitano de su generación cobraba. Y el Pescadilla, que era un guitarrista bueno con un estilo propio, que después se reconocería como uno de los padres de la rumba catalana, se convirtió en su acompañante.

Su segundo plano, el marido de Lola Flores. Su nombre desapareció de los carteles. Su carrera se diluyó y durante años en los círculos del flamenco madrileño se le veía como el hombre que se había quedado a la sombra de la diva. El matrimonio tuvo tres hijos. Lolita, nacida en mayo de 1958, Antonio, nacido en noviembre de 1961 y Rosario, nacida en noviembre de 1963.

Tres hijos en 5 años. y una madre, Lola Flores, que durante aquellos años siguió haciendo giras, siguió saliendo de casa durante meses, siguió viviendo profesionalmente como si los hijos no estuvieran allí. Aquello para los estándares de los años 60 no era especialmente raro entre las grandes artistas, pero las consecuencias 30 años después iban a aparecer, sobre todo en uno de aquellos tres niños.

¿Qué pasa cuando una madre famosa cría a sus hijos entre giras, entre dos países, entre escenarios y bambalinas, dejando los meses sin verla, con niñeras que cambiaban cada poco tiempo? La respuesta más honesta es que cada hijo lo procesa de manera distinta. Y en el caso de uno de aquellos tres niños, el del medio, el de Antonio, la respuesta iba a ser destrucción.

Antonio Flores González nació el 12 de noviembre de 1961 en Madrid. El segundo hijo, el único varón, el niño que llegó al mundo en una habitación de la casa familiar mientras su madre acababa de cumplir 38 años y ya tenía una carrera consolidada. Y desde el día uno, según contaron después sus hermanas Lolita y Rosario, Antonio fue distinto, más sensible, más callado, más metido en sí mismo, como si hubiera nacido con una piel demasiado fina para el mundo en el que estaba creciendo.

Hay una imagen de aquella infancia que retrata mejor que cualquier estadística lo que estaba pasando. Antonio Flores con 5 años, sentado solo en un sofá del piso familiar, viendo como su madre, vestida con un traje de cola, salía por la puerta hacia el teatro. Lola Flores se despedía rápido, daba un beso, cogía sus maletas y se iba durante días, a veces durante semanas.

El niño Antonio se quedaba con sus hermanas y con personal de servicio. Su padre, el Pescadilla, a veces estaba, a veces estaba en otra gira. Y Antonio, ese niño sensible, aprendió antes que sus hermanas a no esperar. Lola Flores ganaba dinero, mucho dinero, y ese dinero iba en gran parte a propiedades. Compró pisos en Madrid, compró fincas en el campo, compró el chalet de la calle Granadilla del Olivar de la Moraleja, urbanización de lujo de Alcovendas, al que llamó El Lerele.

Aquella finca comprada a finales de los años 70 iba a ser el centro emocional de toda la familia Flores y también el escenario de las dos muertes más oscuras que iban a marcar su biografía colectiva para siempre. Pero antes de llegar a aquellas dos muertes, en 1989, llegó otro golpe que estuvo a punto de hundir a Lola Flores.

Y aquí está lo que te prometí al principio del vídeo, lo que Lola Flores hizo en directo en una entrevista de Televisión Española en marzo de 1989 que partió a España en dos. La frase que durante años se ha repetido como ejemplo de descaro y lo que en realidad había detrás de aquella frase. Marzo de 1989. Lola Flores fue procesada por la Audiencia Provincial de Madrid por un delito de fraude fiscal.

El Ministerio de Hacienda, dirigido por Carlos Olchaga, había decidido lanzar una campaña ejemplar contra la evasión fiscal de personajes famosos. Buscaban un caso visible, buscaban un personaje conocido, buscaban un nombre que toda España identificara y eligieron a Lola Flores. La acusación era de 52 millones de pesetas defraudados en una operación conjunta con su marido, el Pescadilla, porque según el fiscal, el matrimonio formaba unidad de IRPF.

Las imágenes de aquellos días son icónicas. Lola Flores entrando en la Audiencia Provincial de Madrid con cuatro vestidos distintos en cuatro sesiones diferentes. Negro el primer día, negro de gala el segundo, negro con chaqueta, el tercero, blanco con jersey negro, el cuarto. Su hermana Carmen Flores, la acompañaba.

Ninguno de sus tres hijos fue al juicio. Lolita, según contó después, lo seguía por la radio porque no podía soportar verla en el banquillo. Antonio y Rosario tampoco aparecieron. Aquella mujer de 66 años entró en aquella sala completamente sola, rodeada de fotógrafos, pero sin la familia que durante años había dicho públicamente que era su razón de vivir.

Y en mitad del juicio, en una entrevista de televisión que se hizo viral antes de que existiera la palabra viral, Lola Flores pronunció la frase que iba a marcar el resto de su vida. Si me queréis irse. Pidió a sus seguidores que si la querían le dieran cada uno peseta para pagar la multa a Hacienda. La frase mal entendida, sonó a descaro, a burla, a folclórica pidiendo limosna después de haber engañado al fisco.

Pero detrás de aquella frase había una realidad muy distinta. Lola Flores estaba arruinada. Llevaba 2 años con cáncer de mama, diagnosticado en 1972 y agravado durante los 80, y la quimioterapia y el cobalto le habían vaciado las cuentas y según contaron después sus hijas había llegado a vender joyas para pagar facturas médicas.

La Audiencia Provincial de Madrid la absolvió el 28 de marzo de 1989, pero el Ministerio de Hacienda recurrió al Supremo y casi 2 años después, el 11 de enero de 1991, el Tribunal Supremo dictaminó condena. Lola Flores se libraba de la cárcel, pero tenía que pagar 28 millones de pesetas de multa, una cifra que ella no tenía y que para pagarla tuvo que hipotecar parte de El Lerele.

Read More