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Lo que Isabel Preysler y Miguel Boyer ocultaron treinta años — y el testamento que lo cambió todo

Era economista, dirigente del PES OE, un intelectual de gestos contenidos y argumentos precisos que hablaba de los mercados financieros con la soltura de quien domina un idioma natal. Isabel Prisler llevaba 2 años casada con Carlos Falcó, marqués de Griñón. Era ya entonces lo que sería durante décadas la mujer más fotografiada de la prensa del corazón española.

El encuentro ocurrió en una de esas tertulias de los 80, donde la  España que emergía del franquismo mezclaba sin pudor, política,  arte, periodismo y dinero. Mona Jiménez,  dama peruana residente en Madrid, organizaba en su casa almuerzos  a los que acudían periodistas, empresarios y figuras del mundo político.

Uno de aquellos días, Boer e Isabel coincidieron. Quienes estuvieron presentes contaron  después que fue un flechazo. Él, serio y magnético. Ella, elegante y con una presencia que llenaba cualquier sala. Meses después,  en octubre de 1982, Felipe González ganó las elecciones generales con mayoría absoluta.

El PSOE llegaba al poder después de  décadas de dictadura. Boer fue nombrado ministro de Economía y Hacienda. Era uno de los cerebros más respetados del nuevo gobierno. El hombre al que se encomendó poner en orden las finanzas de un país que quería modernizarse a toda velocidad. Durante los primeros años  la relación fue clandestina.

Ambos seguían casados con sus respectivas parejas. Pero en julio de 1985,  cuando presentó su dimisión como ministro, los dos matrimonios se deshicieron en cuestión de días. Carlos Falcó abandonó el domicilio familiar. Elena Arnedo firmó la solicitud de divorcio y la prensa rosa española, que llevaba meses rastreando  indicios, confirmó lo que ya era un secreto a voces.

Lo que siguió fue uno de los romances más  cubiertos por Hola en toda la historia de la revista. Isabel y Miguel comenzaron a aparecer juntos en actos públicos. En enero de 1988 contrajeron matrimonio civil en una ceremonia íntima, tal como Boer había exigido. En abril de 1989 nació Ana Boer Prisler, la hija de ambos.

España los vio construir una vida. Boer se incorporó al sector privado, alejado de la política formal. Isabel siguió siendo Isabel. portadas,  contratos publicitarios, la mansión en el barrio de Puerta de Hierro,  que se convertiría en el símbolo visible de su vida en común. Una  pareja que vista desde fuera parecía haber ganado algo que pocas  personas consiguen.

El amor construido en sus propios términos, con el mundo entero mirando y sin rendirse a él del todo. Nadie preguntó entonces qué había tenido que ceder cada uno para que eso fuera posible. Esa pregunta tardó décadas en hacerse y cuando se hizo, Boer ya no podía responderla. Boer llegó a decir en algún momento de su enfermedad que Isabel le había salvado la vida.

No lo dijo como metáfora, lo dijo con la literalidad de alguien que ha estado cerca  del límite y sabe exactamente lo que significa que haya alguien al otro lado. No era una afirmación habitual en un hombre como él. Miguel Boyer era conocido en los círculos  políticos y financieros por su frialdad analítica.

su escasa tolerancia a la mediocridad y su dificultad para la condescendencia.  Sus colaboradores lo recordaban como alguien que no solía molestarse en  explicar sus decisiones. Alfonso Guerra, su compañero de partido,  señaló en más de una ocasión que Boer era un hombre sin paciencia para quienes no seguían su ritmo.

era en todos los sentidos alguien acostumbrado a ser la persona  más preparada en cualquier sala en la que entrara. Pero en casa  era, según quienes los conocieron en esos años, otra persona. Isabel lo describió en entrevistas públicas  como alguien cariñoso, afectuoso con los hijos de ella, dotado de un sentido del humor que el mundo  exterior nunca llegó a percibir.

Con sus hijos, los de Isabel, con los que convivió durante décadas, era, en sus propias palabras amoroso. Todo lo contrario de  la imagen que proyectaba en los despachos y en los foros económicos. Hubo algo más en ese  vínculo que pura atracción. Cuando Boer entró en la vida de Isabel, ella cambió también.

Quienes la habían seguido en los años anteriores describían a una mujer que dominaba a la perfección el lenguaje de las revistas  del corazón. Coner ese ritmo se alteró. Él era reacio a las escenificaciones, poco interesado en las exclusivas, ajeno por naturaleza al mundo del clamur que rodeaba a su mujer.  E Isabel, sin dejar de ser ella misma, aprendió a sostener una intimidad más real, a cuidar a alguien más allá de los objetivos de las cámaras.

No fue solo amor, fue también una forma de crecimiento en direcciones  opuestas. Él habitó un mundo más emocional y expuesto de lo que nunca había conocido. Ella construyó algo con más capas que una portada de revista. La prueba más dura de ese vínculo no fue el escándalo de 1985, fue lo que ocurrió casi 30 años después,  cuando enfermó y el brillo desapareció de golpe.

Cuando ya no había cámaras en la UCI del Ruber ni periodistas esperando en la puerta. cuando lo que quedaba era simplemente una mujer y un hombre enfrentados a lo que la enfermedad  hace siempre, revelar lo que hay debajo de todo lo demás. En esas condiciones, Isabel eligió quedarse.

Se organizó logopedas, fisioterapeutas, neuropsicólogos,  sesiones diarias de rehabilitación. Ella misma lo contaría años después con  los ojos llorosos. Había mañanas en las que no quería levantarse, pero no tenía otra opción que ser fuerte. Boer, por su parte, no dejó ambigüedad sobre lo que sentía. Quienes lo conocieron en sus últimos años cuentan que hablaba de ella con una gratitud sin adornos.

No era el lenguaje de alguien que posa para una cámara. Era el lenguaje de alguien que ha sido testigo de lo que otra persona puede dar cuando nadie está mirando. Eso es lo que hacía que  este vínculo resultara creíble para quienes los conocieron de cerca. No era perfectamente simétrico, no estaba libre  de conflictos, los hubo y graves, pero era real.

Y en la España del Corazón, donde tanto amor se construye para ser consumido, eso no era poco. Pero los sistemas no son estáticos. Y el que habían construido Boller e Isabel, como todos, llevaba dentro de sí los mismos elementos que lo sostenían  y también las tensiones que con el tiempo comenzarían a desgastarlo. La primera fractura visible no fue sentimental, fue política.

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