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Lilian de Bélgica: la mujer más odiada… y nadie sabía por qué

que sus consejeros más cercanos recibieron con una mezcla de alivio y aprensión. Quería casarse con Lilian. No quería hacerlo con el ceremonial de una boda de estado con delegaciones extranjeras y banquetes diplomáticos. Quería hacerlo en silencio, con discreción, antes de que la guerra llegara a las fronteras belgas.

 El matrimonio se celebró el 11 de septiembre de 1939, apenas 10 días después del estallido oficial de la guerra en Europa. La ceremonia fue religiosa celebrada en el más estricto secreto en el castillo de Eeken. No hubo anuncio público, no hubo celebración nacional, no hubo imágenes públicas ni celebración nacional.

 Solo el rey, su nueva esposa y un puñado de testigos que juraron guardar silencio. El silencio duró exactamente 5 meses. En febrero de 1940, el gobierno belga hizo pública la noticia del matrimonio. La reacción popular fue inmediata y dividida. Una parte de la sociedad belga recibió la noticia con comprensión, incluso con simpatía.

 El rey era viudo, tenía derecho a rehacer su vida y Lilian era hija de un hombre respetado. Pero otra parte, numerosa y ruidosa, se sintió herida en algo profundo y difícil de articular. Sentían que Leopoldo había traicionado la memoria de Astrid, que había elegido mal el momento, que había actuado escondidas como si tuviera algo que ocultar, que una muchacha de origen burgués sin sangre real no merecía compartir el lecho de quien llevaba la corona de Alberto de First.

 A Lilian no se le otorgó el título de reina. El gobierno y el palacio acordaron que recibiría el título de princesa de R. una denominación nobiliaria que reconocía su nueva condición sin equipararla oficialmente a las reinas que la habían precedido. Era un compromiso pensado para calmar las aguas.

 no lo consiguió porque en aquel febrero de 1940, Bélgica tenía cosas más urgentes en las que pensar que el matrimonio secreto de su rey. Las divisiones blindadas alemanas llevaban meses desplegándose al otro lado de la frontera. Los informes de inteligencia pintaban un cuadro que no dejaba lugar a dudas y Leopoldo, que ejercía personalmente el mando supremo del ejército belga, sabía que los días de neutralidad estaban contados.

 La guerra iba a llegar. Y cuando llegara, todo lo que los belgas pensaban de su rey, todo lo que sentían sobre Lilian, todo el amor acumulado y todo el resentimiento fresco, iba a quedar suspendido en el aire, congelado por la urgencia del desastre, esperando el momento en que pudiera explotar con toda su fuerza.

 Ese momento no tardaría en llegar. En la madrugada del 10 de mayo de 1940, las sirenas comenzaron a sonar sobre Bruselas. El rugido de los aviones alemanes sobre el cielo belga en aquella madrugada de mayo no era solo el sonido de una invasión, era el sonido del fin de un mundo. En pocas horas, las defensas fronterizas fueron desbordadas.

Los puentes cayeron en manos enemigas antes de poder ser volados y el ejército belga, superado en tecnología y en velocidad de maniobra, comenzó a retroceder hacia el mar. Leopoldo asumió personalmente el mando de sus tropas, como lo había hecho su padre en la guerra anterior. Esa decisión que en 1914 había convertido a Alberto de First en héroe continental, iba a convertirse para Leopoldo en el primero de una cadena de errores que la historia no le perdonaría.

No porque combatir fuera un error en sí mismo, sino porque las circunstancias, las decisiones posteriores y la manera en que el rey interpretó su papel iban a resultar radicalmente distintas a las de su padre. 18 días después del inicio de la invasión, el 28 de mayo de 1940, Leopoldo de Third ordenó la capitulación del ejército Belga.

La decisión fue tomada sin consultar al gobierno que en ese momento ya había evacuado hacia Francia. El primer ministro Hubert Pierlot y sus ministros se enteraron de la rendición por los comunicados alemanes, no por el rey. Aquello fue un golpe político de consecuencias incalculables. El gobierno belga en el exilio, primero en Francia y luego en Londres, declaró inmediatamente que la capitulación era inconstitucional, que el rey había actuado contra la voluntad de sus ministros y contra el interés nacional.

Leopoldo, por su parte, argumentó que prolongar la resistencia habría significado un baño de sangre inútil, que su deber era proteger a sus soldados y a su pueblo, que rendir un ejército derrotado no era traición, sino responsabilidad. Ambas posiciones tenían algo de verdad y esa ambigüedad fue precisamente lo que impidió que la herida se cerrara.

Mientras el gobierno legítimo operaba desde Londres bajo la protección británica, mientras los belgas en el exilio combatían junto a los aliados en todos los frentes, mientras la resistencia interior organizaba sus redes clandestinas a riesgo de sus vidas, Leopoldo permanecía en Bélgica, primero en el castillo de Leken, luego prácticamente prisionero bajo vigilancia alemana.

 afirmaba que su presencia era una forma de proteger a su pueblo de los peores excesos de la ocupación. Sus detractores afirmaban que su presencia era, voluntaria o involuntariamente una legitimación del orden impuesto por el ocupante y junto a él, en aquellos años oscuros de la ocupación estaba Lilian. Lilian Der vivió la guerra como esposa de un rey prisionero en su propio palacio.

 Tuvo con Leopoldo dos hijos durante aquellos años, lo cual para muchos belgas resultó casi obseno en el contexto del sufrimiento nacional. Mientras las familias béas eran deportadas, mientras los judíos eran arrestados y enviados a los campos, mientras los jóvenes eran obligados a trabajar en las fábricas alemanas, la nueva esposa del rey daba a luz en el castillo de Leken mientras el país entero se desmoronaba.

La imagen resultaba insoportable para quienes sufrían. No era justo culpar a Lilian de las decisiones políticas de su marido. Ella no era reina en el sentido constitucional, no tenía poder, no había firmado ninguna capitulación, ni había pactado nada con el ocupante. Pero la historia de las emociones colectivas raramente obedece a la justicia individual.

 Para una parte creciente del pueblo belga, Lilian se había convertido en el símbolo de todo lo que les resultaba inaceptable en su rey, en el rostro visible de una traición que no podían precisar del todo, pero que sentían con absoluta certeza. En 1944, cuando el avance aliado hacía inevitable la derrota alemana, los nazis trasladaron a Leopoldo y a su familia fuera de Bélgica.

 Primero a Alemania, luego a Austria. El rey, su esposa y sus hijos pasaron los últimos meses de la guerra como rehenes de un régimen que se desintegraba. Cuando las tropas americanas los liberaron en mayo de 1945, Leopoldo creyó que lo más difícil había quedado atrás. se equivocaba profundamente. La liberación de Leopoldo en mayo de 1945 no fue recibida en Bélgica como el regreso triunfal de un soberano que había sobrevivido al cautiverio.

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