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Leila Pahlavi: La Exiliaron con Nueve Años… y Nunca Pudo Volver a Casa

Un mundo que sobre la faz de la tierra no volvió a existir. El Irán de los años 70 era un país en plena transformación brutal. Mohammad Resalabi había lanzado lo que él llamó la revolución blanca, un programa de modernización que en menos de dos décadas convirtió al país en una potencia regional. Reforma agraria, alfabetización masiva.

Voto para las mujeres en 1963. universidades nuevas, hospitales nuevos, carreteras que cruzaban el país de norte a sur. El petróleo, que se había nacionalizado en los años 50 fluía y los petrodólares construían una nueva clase media iraní que mandaba a sus hijos a estudiar a París, a Londres, a California. Y en la cima de todo aquello estaba la familia imperial.

Una familia que el Shai y Faradiva habían cuidado de presentar al mundo como una versión persa de los Kennedy. Modernos, cultos, hermosos, cosmopolitas, cinco hijos. Y la pequeña Leila era la mascota involuntaria de aquel relato. Hubo un momento en que el mundo entero miró a esa familia y pensó que iba a durar para siempre.

Ese momento tiene fecha. Octubre de 1971. Persépolis. Persépolis. Las ruinas de la antigua capital del imperio Aqueménida en el corazón del desierto iraní. Allí, entre piedras de 2500 años, Mohamad Resahlavi organizó una fiesta, pero no una fiesta. La fiesta. La fiesta más cara de la historia del siglo XX, según calcularon después los economistas.

100 millones de dólares de la época dicen unas fuentes. 200 dicen otras. Una ciudad de tiendas levantada en mitad del desierto con aire acondicionado y suelos de mármol. Maxims de París se trasladó entero a Persépolis para preparar los banquetes. Lambin diseñó los uniformes de los criados. Elizabeth Arden creó un perfume exclusivo para la ocasión y hasta allí llegaron 62 jefes de estado y de gobierno, reyes, reinas, emperadores, presidentes, sultanes, príncipes.

El emperador Hiroito de Japón, el príncipe Rainiero y Grace Kelly de Mónaco, el rey Constantino de Grecia, el vicepresidente Spiro Agneu, en representación de Nixon, el príncipe Felipe en representación de Isabel de Inglaterra. Leila en aquel momento tenía un año y medio. No estuvo presente, pero estuvo presente simbólicamente todo lo que aquella fiesta significaba.

Aquella fiesta era el cumpleaños de su familia, era el mensaje que su padre estaba mandando al mundo. Somos los herederos de Ciro el Grande. Llevamos 2,500 años aquí. Vamos a estar 2500 años más. Aquello duró menos de 8 años. Lo que nadie sabe, lo que apenas se cuenta cuando se habla de la fiesta de Persépolis, es que en aquel momento, en alguna mezquita de la ciudad santa de Com, en alguna grabación clandestina que se pasaba de mano en mano, un anciano religioso exiliado en Irak llamado Rujola Jomini. ya había empezado a

denunciar todo aquello abominación. Ya estaba grabando cassetes, ya los estaban distribuyendo y los estaban escuchando millones de iraníes a los que la modernización del Sha no había llegado. Iraníes pobres, iraníes religiosos, iraníes que no tenían acceso a las universidades nuevas, a las carreteras nuevas, a los aviones de París.

que veían los uniformes de Lambín en las pantallas de la televisión y sentían algo, algo que un día iba a hacer una ola y la ola iba a llegar, pero todavía no. Todavía Leila era una niña en el palacio de Niabarán. Todavía su padre la sentaba en sus rodillas en las fotografías oficiales. Todavía su madre le elegía vestidos en las casas de costura de París.

Todavía el mundo era de cristal, pero el cristal estaba entero hasta que dejó de estarlo. La revolución iraní no se cuenta aquí entera. Se cuenta lo que vio Leila. Y lo que vio Leila fue esto. Vio que en 1978 su padre empezó a ponerse triste. Vio que las cenas en el palacio se hacían más cortas. Vio que su madre le decía que durmiera.

Hija mía, duerme tranquila, no pasa nada. y luego salía de la habitación con una cara que Leila nunca había visto. Vio que en las calles de Teerán, esas calles que ella casi no pisaba, empezaban a ocurrir cosas. Manifestaciones, banderas negras, un nombre Jomini que se repetía. Vio que algunos criados del palacio dejaban de venir.

Vio que su padre, el Sha, el hombre más poderoso de Asia occidental, empezaba a parecer pequeño. Y entonces, un día de enero de 1979 le dijeron que iban a hacer un viaje. Un viaje corto le dijeron. Unas vacaciones, solo unos días. Leila tenía 9 años y le creyó. La noche que la familia imperial salió del palacio de Niabaran, Leila llevaba puesto un abrigo de su madre, demasiado grande para ella.

Le quedaba abierto en los hombros, las mangas le tapaban las manos. Hacía frío y nadie le había preparado uno suyo porque salieron deprisa. No le dejaron sus juguetes, no le dejaron sus libros, no le dejaron nada que no ocupiera en una bolsa pequeña. El piloto del avión les dijo que despegaban en 10 minutos. El Sha lloraba. Farad Diva intentaba no llorar para que no llorara Leila.

Leila, según contó después su madre en sus memorias, miraba por la ventanilla del avión las luces de Teerán mientras el aparato ganaba altura. Las miraba con la cara apoyada en el cristal. No dijo nada. Una niña de 9 años mirando por última vez en su vida la ciudad donde había nacido sin saber que era la última vez.

¿Cómo se llama eso que le hicieron aquella noche a una niña de 9 años? ¿Tiene nombre? Lo tiene en alguna lengua del mundo. El primer país que les recibió fue Egipto. Anwar el Sadat, amigo personal del Sha, los acogió en el Cairo. Pero Egipto era un puente, no un destino. Después vino Marruecos. El rey Hassán los hospedó unas semanas.

Después las Bahamas, donde la familia vivió en una mansión alquilada y el Sha empezó a notar los primeros síntomas de algo que él todavía no sabía que era. Después, México, donde el presidente López Portillo les dio asilo en un primer momento y después Estados Unidos. Pero en Estados Unidos, Jimmy Carter solo les dejó entrar para que el sha se operara de cáncer en Nueva York.

Y aquella decisión, la decisión de dejar entrar a un Sha enfermo en territorio estadounidense, fue la chispa que encendió la toma de la embajada de Estados Unidos en Teerán por parte de los seguidores de Homeini. 52 rehenes americanos. 444 días de cautiverio. Y mientras tanto, la familia Pajlavi tenía que volver a salir otra vez.

Otra vez subir a un avión. Otra vez llegar a un país que no era el suyo. Panamá, Egipto, otra vez. En el Cairo, en el palacio Cube que les prestó Sadad, el Sha se moría. El cáncer le había llegado al hueso. Estaba pálido. Había perdido 30 kg. Casi no podía levantarse. Y Leila, con 10 años recién cumplidos, lo veía.

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