Un mundo que sobre la faz de la tierra no volvió a existir. El Irán de los años 70 era un país en plena transformación brutal. Mohammad Resalabi había lanzado lo que él llamó la revolución blanca, un programa de modernización que en menos de dos décadas convirtió al país en una potencia regional. Reforma agraria, alfabetización masiva.
Voto para las mujeres en 1963. universidades nuevas, hospitales nuevos, carreteras que cruzaban el país de norte a sur. El petróleo, que se había nacionalizado en los años 50 fluía y los petrodólares construían una nueva clase media iraní que mandaba a sus hijos a estudiar a París, a Londres, a California. Y en la cima de todo aquello estaba la familia imperial.
Una familia que el Shai y Faradiva habían cuidado de presentar al mundo como una versión persa de los Kennedy. Modernos, cultos, hermosos, cosmopolitas, cinco hijos. Y la pequeña Leila era la mascota involuntaria de aquel relato. Hubo un momento en que el mundo entero miró a esa familia y pensó que iba a durar para siempre.
Ese momento tiene fecha. Octubre de 1971. Persépolis. Persépolis. Las ruinas de la antigua capital del imperio Aqueménida en el corazón del desierto iraní. Allí, entre piedras de 2500 años, Mohamad Resahlavi organizó una fiesta, pero no una fiesta. La fiesta. La fiesta más cara de la historia del siglo XX, según calcularon después los economistas.
100 millones de dólares de la época dicen unas fuentes. 200 dicen otras. Una ciudad de tiendas levantada en mitad del desierto con aire acondicionado y suelos de mármol. Maxims de París se trasladó entero a Persépolis para preparar los banquetes. Lambin diseñó los uniformes de los criados. Elizabeth Arden creó un perfume exclusivo para la ocasión y hasta allí llegaron 62 jefes de estado y de gobierno, reyes, reinas, emperadores, presidentes, sultanes, príncipes.
El emperador Hiroito de Japón, el príncipe Rainiero y Grace Kelly de Mónaco, el rey Constantino de Grecia, el vicepresidente Spiro Agneu, en representación de Nixon, el príncipe Felipe en representación de Isabel de Inglaterra. Leila en aquel momento tenía un año y medio. No estuvo presente, pero estuvo presente simbólicamente todo lo que aquella fiesta significaba.
Aquella fiesta era el cumpleaños de su familia, era el mensaje que su padre estaba mandando al mundo. Somos los herederos de Ciro el Grande. Llevamos 2,500 años aquí. Vamos a estar 2500 años más. Aquello duró menos de 8 años. Lo que nadie sabe, lo que apenas se cuenta cuando se habla de la fiesta de Persépolis, es que en aquel momento, en alguna mezquita de la ciudad santa de Com, en alguna grabación clandestina que se pasaba de mano en mano, un anciano religioso exiliado en Irak llamado Rujola Jomini. ya había empezado a
denunciar todo aquello abominación. Ya estaba grabando cassetes, ya los estaban distribuyendo y los estaban escuchando millones de iraníes a los que la modernización del Sha no había llegado. Iraníes pobres, iraníes religiosos, iraníes que no tenían acceso a las universidades nuevas, a las carreteras nuevas, a los aviones de París.
que veían los uniformes de Lambín en las pantallas de la televisión y sentían algo, algo que un día iba a hacer una ola y la ola iba a llegar, pero todavía no. Todavía Leila era una niña en el palacio de Niabarán. Todavía su padre la sentaba en sus rodillas en las fotografías oficiales. Todavía su madre le elegía vestidos en las casas de costura de París.
Todavía el mundo era de cristal, pero el cristal estaba entero hasta que dejó de estarlo. La revolución iraní no se cuenta aquí entera. Se cuenta lo que vio Leila. Y lo que vio Leila fue esto. Vio que en 1978 su padre empezó a ponerse triste. Vio que las cenas en el palacio se hacían más cortas. Vio que su madre le decía que durmiera.
Hija mía, duerme tranquila, no pasa nada. y luego salía de la habitación con una cara que Leila nunca había visto. Vio que en las calles de Teerán, esas calles que ella casi no pisaba, empezaban a ocurrir cosas. Manifestaciones, banderas negras, un nombre Jomini que se repetía. Vio que algunos criados del palacio dejaban de venir.
Vio que su padre, el Sha, el hombre más poderoso de Asia occidental, empezaba a parecer pequeño. Y entonces, un día de enero de 1979 le dijeron que iban a hacer un viaje. Un viaje corto le dijeron. Unas vacaciones, solo unos días. Leila tenía 9 años y le creyó. La noche que la familia imperial salió del palacio de Niabaran, Leila llevaba puesto un abrigo de su madre, demasiado grande para ella.
Le quedaba abierto en los hombros, las mangas le tapaban las manos. Hacía frío y nadie le había preparado uno suyo porque salieron deprisa. No le dejaron sus juguetes, no le dejaron sus libros, no le dejaron nada que no ocupiera en una bolsa pequeña. El piloto del avión les dijo que despegaban en 10 minutos. El Sha lloraba. Farad Diva intentaba no llorar para que no llorara Leila.
Leila, según contó después su madre en sus memorias, miraba por la ventanilla del avión las luces de Teerán mientras el aparato ganaba altura. Las miraba con la cara apoyada en el cristal. No dijo nada. Una niña de 9 años mirando por última vez en su vida la ciudad donde había nacido sin saber que era la última vez.
¿Cómo se llama eso que le hicieron aquella noche a una niña de 9 años? ¿Tiene nombre? Lo tiene en alguna lengua del mundo. El primer país que les recibió fue Egipto. Anwar el Sadat, amigo personal del Sha, los acogió en el Cairo. Pero Egipto era un puente, no un destino. Después vino Marruecos. El rey Hassán los hospedó unas semanas.
Después las Bahamas, donde la familia vivió en una mansión alquilada y el Sha empezó a notar los primeros síntomas de algo que él todavía no sabía que era. Después, México, donde el presidente López Portillo les dio asilo en un primer momento y después Estados Unidos. Pero en Estados Unidos, Jimmy Carter solo les dejó entrar para que el sha se operara de cáncer en Nueva York.
Y aquella decisión, la decisión de dejar entrar a un Sha enfermo en territorio estadounidense, fue la chispa que encendió la toma de la embajada de Estados Unidos en Teerán por parte de los seguidores de Homeini. 52 rehenes americanos. 444 días de cautiverio. Y mientras tanto, la familia Pajlavi tenía que volver a salir otra vez.
Otra vez subir a un avión. Otra vez llegar a un país que no era el suyo. Panamá, Egipto, otra vez. En el Cairo, en el palacio Cube que les prestó Sadad, el Sha se moría. El cáncer le había llegado al hueso. Estaba pálido. Había perdido 30 kg. Casi no podía levantarse. Y Leila, con 10 años recién cumplidos, lo veía.
Se sentaba en la cama, le cogía la mano, le ponía paños fríos en la frente, le hablaba en francés porque al Sha le costaba menos esfuerzo entender el francés que el persa cuando estaba muy débil. Una niña de 10 años despidiéndose de su padre en un país que no era el suyo, en un palacio prestado, sabiendo, porque los niños lo saben, aunque no se lo digan, que se estaba quedando huérfana de mucho más que de un padre.
El 27 de julio de 1980, Mohamad Reslavi, último sha de Irán, murió en el Cairo. Lo enterraron en la mezquita Al Rifay junto al rey Faruk. No en Irán, en Egipto. Sadatad le ofreció un funeral de estado. Solo asistieron Richard Nixon, ya expresidente, y la familia real iraní. ni Estados Unidos, ni Francia, ni Alemania, ni ninguno de los países que durante años se habían sentado a su mesa mandaron representación oficial.
El Sha, el aliado, el modernizador, el bastión occidental contra el comunismo en Asia se enterró solo. Y Leila con 10 años vio aquello. Vio como el mundo había decidido que su padre ya no servía. vio como el mundo seguía andando. Lo que nadie sabe, lo que casi no se cuenta cuando se habla de los Palabi en el exilio, es que esa primera lección, la lección de que el mundo te mira mientras eres útil y aparta la vista cuando dejas de serlo, esa lección Leila la aprendió a los 10 años y no se le olvidó nunca.
No se le olvidó nunca. Si este canal te está contando historias que nadie más cuenta, suscríbete ahora porque hay mucho más, mucho más que las grandes televisiones no quisieron contar entonces y que casi nadie cuenta hoy. Activa la campanilla y quédate que aún no hemos llegado a lo más duro. Después de la muerte del Sha, la familia se quedó en Egipto un tiempo y luego empezó la diáspora.
Dentro de la diáspora. Fara Diva se trasladó con sus hijos pequeños a Estados Unidos. William, Massachusetts, durante un tiempo. Después Greenwich, Connecticut. Casas alquiladas siempre. Casas que llenaban con los pocos objetos que habían podido salvar de Teerán. alfombras, algunos libros, fotografías, candelabros, pero no era una casa, era una casa con cosas de otra casa dentro, que es algo distinto.

Leila creció ahí, adolescente americana de instituto privado, con uniforme escolar, con compañeras que no sabían quién era o que lo sabían y no acababan de creérselo, o que lo sabían y la trataban con esa curiosidad extraña que despiertan los niños famosos. Sacaba buenas notas. Aprendió un inglés perfecto, hablaba francés, hablaba persa con su madre, hablaba un poco de árabe que se le había quedado de los años de Egipto y nunca, ni una sola vez en su vida, pisó Irán de adulta.
¿Qué le queda a una persona cuando lo único que tiene de su país es la lengua que su madre le habla en casa? ¿Qué clase de identidad se construye así? A los 17 años entró en la Universidad de Brown en Rhode Island, una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Se especializó en literatura. Sus profesores la describirían después como una alumna brillante, con una capacidad de análisis poco común, con una lectura que sus compañeros tardaban años en alcanzar.
Pero también la describieron como una alumna que se quedaba sola, que comía sola, que cuando todos los demás volvían a casa por las vacaciones de Navidad, ella se quedaba en el campus. Porque Leila Pajlavi no tenía a dónde volver por Navidad. tenía una madre, sí, tenía hermanos, pero no tenía casa, tenía direcciones, no tenía casa.
Y fue en Brown, donde empezó. Empezó a no comer. Al principio fueron pequeñas cosas. saltarse un desayuno, decir que ya había comido cuando no había comido, mirarse mucho en el espejo, pesarse a escondidas, después fueron menos pequeñas, después fue dejar de bajar al comedor. Después fue desmayarse en la biblioteca, después fue el primer ingreso.
Anorexia nerviosa. Ese fue el diagnóstico oficial, un trastorno alimentario severo. Pero los terapeutas que la trataron durante años en clínicas en Boston, en Suiza, en el sur de Francia, repitieron todos lo mismo en sus informes. Lo de Leila no era exactamente eso, ¿o no? Era solo eso. Lo de Leila era el cuerpo haciendo lo que la mente no se permitía hacer.
Negarse, negarse a seguir, negarse a estar en este mundo en el que ella, Leila Pajlavi no acababa de tener sitio. Show don’t tell. Imagínalo así. Una mujer de 22 años, de 25, de 28 años. Una mujer guapa, según todos los que la conocieron, con una sonrisa preciosa cuando se reía. Una mujer con un currículum impecable, con cinco idiomas, con conexiones en medio mundo.
Una mujer que va a un restaurante en París con unos amigos, le ponen el plato delante, lo mira, lo mueve un poco con el tenedor, sonríe, habla, cuenta una anécdota, hace reír a todo el mundo y al final de la cena el plato está casi entero. Eso repetido durante 15 años. Eso es lo que era Leila Palav en los años 90.
Vivía entre Estados Unidos y Europa, sobre todo en París, donde estaba su madre, y en Londres, donde tenía amigos y una psiquiatra de confianza. hizo algo de modelaje para Valentino. Brevemente hubo una campaña con fotografías de Leila en blanco y negro que se publicó en Bogue. Eso fue todo.
No quería ser modelo, no quería hacer nada o no quería hacer nada que fuera definible por la prensa. Quería estar tranquila y no podía. Los testimonios de la gente cercana, los de las amigas íntimas, los de su madre, los de sus hermanos, los de sus terapeutas, todos coinciden en lo mismo. Leila era brillantísima en la conversación. Leía constantemente.
Hablaba de literatura persa, de poesía francesa, de historia antigua. Tenía un humor afilado y era capaz de hacer reír a una habitación entera. Pero no podía quedarse quieta, no podía quedarse en una ciudad más de unos meses. Hacía la maleta y se iba. Y nadie sabía nunca a dónde iba exactamente. Aveches ni no era inquietud.
Eso lo decían sus amigas con mucha claridad. No era el aburrimiento de una mujer rica, era otra cosa. Era que en ningún sitio era de ella. Y como en ningún sitio era de ella, daba lo mismo estar en uno o en otro. Y como daba lo mismo, mejor seguir moviéndose por si en el siguiente sitio ocurría algo. Por si en el siguiente sitio, por algún milagro pequeño, dejaba de doler, pero no dejó de doler.
¿Cómo se llama crecer sin país? ¿Tiene nombre eso? Decimos exilio, decimos diáspora, decimos apatidia. palabras técnicas, palabras de diccionario jurídico. Pero ninguna de esas palabras nombra exactamente lo que le pasaba a Leila Palabi cada mañana cuando se despertaba en una cama que no era la suya, en una ciudad que no era la suya, y se preguntaba qué hacía allí.
No hay palabra para eso. Y lo que no tiene palabra no se puede pensar bien. Y lo que no se puede pensar bien te come. Mientras tanto, en Irán el régimen de Homeini había ido endureciéndose. Homeini había muerto en 1989, pero la República Islámica seguía ahora bajo el Ayatolá Jamenei. Las mujeres seguían obligadas a llevar el velo.
Los disidentes políticos eran ejecutados. Las minorías religiosas perseguidas. Las casas de los Palaví habían sido confiscadas. Los museos del antiguo régimen cerrados o reconvertidos. El nombre de la familia se había convertido en un insulto en los discursos oficiales. Y en alguna parte de Teerán, en algún sótano, en algún archivo, dormían las cosas que Leila no había podido la noche del exilio.
Sus libros, sus dibujos de infancia, sus muñecas, las fotografías familiares, cosas que nunca volvieron a ver la luz. Pero Leila tenía un sobre, un sobre con fotografías, fotografías de Teerán antes de la revolución. Algunas las habían sacado del país en aquel viaje de enero de 1979. Otras se las habían mandado años después.
Amigos de la familia, fotógrafos persas, exiliados que habían podido conservar archivos. Calles de Teerán al atardecer. Los jardines del palacho de Niabarán en primavera, el bazar de Teerán con las luces encendidas, los montes al Bors nevados al fondo de la ciudad, un parque donde había jugado de niña, fotografías que ella miraba en hoteles de Londres, en apartamentos prestados de París, en habitaciones de hospital, en clínicas de Suiza.
No era nostalgía. No exactamente era el único acceso que tenía a un país al que nunca, ni una sola vez pudo volver de adulta. El único país que recordaba era el país de las fotografías y el país de las fotografías ya no existía. Ese país lo había borrado un régimen religioso en 1979 y nadie iba a devolvérselo nunca.
Lo que nadie sabe, lo que apenas se ha contado, es que Leila intentó volver en los últimos años de su vida, según contaron después algunas personas de su entorno, había empezado a hacer planes. Quería estudiar la posibilidad de visitar Irán de incógnito. Sabía que era casi imposible. Sabía que el régimen la detendría si la reconocía, pero quería intentarlo.
Quería, decía a las amigas más cercanas, ver una vez en su vida, una sola, los montes al bors desde dentro. No desde una fotografía, desde dentro. Nunca lo intentó, no le dio tiempo. En unos minutos vamos a llegar al final y vamos a descubrir algo todavía más devastador. Algo que ocurrió 10 años después de la muerte de Leila.
Algo que convierte esta historia en algo todavía más oscuro. Quédate porque la última parte cambia todo lo que crees que sabes sobre esta familia. La primavera de 2001 encontró a Leila en Londres. Iba mucho a Londres en esa época. Tenía amigos allí, tenía a su psiquiatra y tenía algo que en otras ciudades le costaba más. Anonimato. Londres era una ciudad en la que podía caminar por una calle sin que nadie se diera la vuelta. En París la reconocían.
En Nueva York la reconocían, en Londres casi no. Se alojaba en el hotel Leonard, un hotel pequeño, discreto, en una zona tranquila de la ciudad. No era un hotel de cinco estrellas, era un hotel donde una mujer podía estar semanas sin que nadie le hiciera preguntas. Y eso era lo que ella necesitaba, que nadie le hiciera preguntas.

Las últimas semanas de su vida fueron, según los que estuvieron cerca, extrañamente serenas. Su madre la había visto poco antes y le había parecido más tranquila que en años anteriores. Hablaron por teléfono dos días antes. Leila estaba bien, dijo Faradiva. Después estaba leyendo. Estaba descansando. Iba a volver a París pronto.
Pero hay algo que los testimonios no cuentan del todo y que solo se entendió después. Esa serenidad, esa calma de las últimas semanas, esa calma que la propia familia interpretó como una mejora. Esa calma puede ser también otra cosa. Puede ser la calma de quien ya ha decidido. 10 de junio de 2001. Una camarera del hotel Leonard subió a la habitación a media mañana.
Llamó a la puerta. Nadie contestó, volvió a llamar. Nadie abrió con la llave maestra. Encontró a Leila Palavi en la cama, vestida, tranquila, ya sin vida. Sobre la mesilla ordenado, había un sobre y junto al sobre varios frascos de medicamentos vacíos. La autopsia oficial dijo cinco veces la dosis recomendada de un sedante combinado con un barbitúrico.
El forense no quiso decir suicidio. Habló de muerte accidental como consecuencia de una sobredosis en una mujer con problemas de salud previos. una fórmula técnica, una fórmula que dejaba la duda, una fórmula compasiva quizá hacia una madre que ya había enterrado a un marido en el exilio y que ahora iba a tener que enterrar también a su hija.
Pero los que la conocían supieron lo que era. Lo supieron desde el primer momento. Lo supo Fartiba. Lo supieron sus hermanos. Lo supieron sus amigas. 31 años. 22 En el exilio. Una mujer que llevaba media vida sin tener un sitio al que volver. Una mujer que se había despedido del mundo en el único idioma que el mundo le había dejado, el silencio.
A Leila Palabraron en el cementerio de Pasi en París. No en Irán. No, en el Cairo junto a su padre. en Francia. otro país más, otro país que no era el suyo, otra tierra que la acogió porque había que acogerla en algún sitio. Y aquí, llegado este momento, la mayoría de los documentales sobre los Palaví terminan aquí, en el funeral de París, en la cara devastada de Fara Diva, en las flores que mandó la corte de Mónaco, aquí cierran.
Pero hay algo más. Hay algo que la mayoría de los documentales no cuentan porque ocurrió 10 años después. Y porque lo que ocurrió 10 años después convierte la historia de Leila Palav en algo distinto, algo todavía más grande y algo todavía más devastador. 4 de enero de 2011, Boston, Massachusetts, Estados Unidos.
En un apartamento de la zona de South End, un hombre de 44 años fue encontrado muerto por sus amigos. Disparo de arma de fuego. Oto infliguido. Se llamaba Alirresapalabi. Era el hermano menor de Leila Palabi. Era el hijo menor del último sha de Irán. Era licenciado por Princeton, doctor en filología por Harvard, especialista en historia antigua de Irán.
Tenía 44 años, llevaba 32 en el exilio y 10 años después de la muerte de su hermana hizo lo mismo que había hecho ella, pero esta vez sin sobre de fotografías, esta vez con una pistola. Léelo otra vez. 10 años después de la muerte de Leila, su hermano Alí Resa, se suicidó en Boston. ¿Te das cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Te das cuenta de la magnitud de lo que estás escuchando? No fue una hermana sola que no pudo.
No fue una excepción. No fue una mujer particularmente frágil que no aguantó. Fueron dos hermanos en dos países distintos con 10 años de diferencia, haciendo lo mismo, quitándose de en medio, saliéndose, como si el exilio, ese exilio que empezó la noche de enero de 1979, cuando una niña con un abrigo demasiado grande subió a un avión, ese exilio que parecía haber terminado oficialmente en algún momento, en realidad nunca terminó.
En realidad siguió actuando lentamente durante décadas hasta llevarse a dos hijos del Sha. Faradiva, la madre, la viuda del Sha, tuvo que enterrar a su hijo Ali Resa, en 2011 en Estados Unidos, 10 años después de haber enterrado a su hija Leila en París. 31 años después de haber enterrado a su marido en el Cairo.

Tres tumbas en tres continentes, tres tumbas en tres países. Ninguna en Irán, ninguna en la tierra a la que pertenecían, una madre, tres funerales y entre los tres miles de kilómetros. ¿Cómo se llama eso? ¿Tiene nombre eso en alguna lengua del mundo? A partir de la muerte de Alirreza, Faradiva se convirtió casi sin quererlo en otra cosa.
Hasta entonces había sido la viuda del Sha, la emperatriz exiliada, una figura digna, pero discreta del exilio iraní. A partir de 2011, después del segundo entierro de un hijo, Fara Diva se transformó. Empezó a hablar más. Empezó a dar entrevistas que antes evitaba. Empezó a ir a manifestaciones de iraníes exiliados. Empezó a pronunciarse contra el régimen de Teerán con una claridad y una dureza que antes no había usado.
Y en esos discursos, Faradiva mencionaba siempre, siempre a sus hijos. Decía sus nombres. Leila Alires decía cuántos años tenían cuando murieron. Decía cuántos años llevaban sin pisar Irán. Y decía algo que nadie podía discutir porque era ella quien lo decía, era la madre quien lo decía. Decía, “A mis hijos los mató la revolución.
A mis hijos los mató la revolución. No los mató ningún diagnóstico, los mató la revolución. Y esa frase, esa frase de una madre que ya no tenía nada que perder porque ya lo había perdido todo, esa frase recorrió Irán. No el Irán oficial, pero sí el Irán de las redes, el Irán de los jóvenes, el Irán de las mujeres, que en 2022 salieron a las calles a gritar mujer, vida.
libertad después de la muerte de Maxa Amini. Y entre las fotografías que llevaban en las manifestaciones, entre las pancartas, entre los nombres, aparecía a veces una imagen, una fotografía de una mujer joven, guapa, con el pelo oscuro, mirando directamente a la cámara. Leila Pahlavi, una iraní que nunca pisó Irán de adulta. convertida después de muerta en símbolo.
Y esto es lo que hay que entender al final de todo, lo que hay que entender de verdad. Leila Palaví nunca reinó, nunca volvió, nunca vio Irán de adulta, nunca se casó, nunca tuvo hijos, nunca tuvo una casa propia. murió sola en una habitación de hotel en un país que no era el suyo a los 31 años. Y sin embargo, más de 20 años después de su muerte, su cara, su nombre, su historia siguen apareciendo en las protestas de un Irán que ella no llegó a conocer.
siguen siendo el símbolo más brutal y más exacto de todo lo que la Revolución islámica le robó a una generación entera de iraníes. Una generación que creció sin raíces, una generación que tuvo que aprender a vivir en idiomas que no eran los suyos, en ciudades que no eran las suyas, con apellidos que en su propio país eran un crimen.
generación se reconoce en Leila y en Alirrea y en Faradiba. Esa es la victoria de Leila Plavi. Una victoria que ella no vio, una victoria que llegó tarde, una victoria que no le devolvió a ella nada, porque a ella no había nada que devolverle. Pero una victoria que a veintitantos años de su muerte sigue ahí.
Cada vez que una iraní en el exilio mira una fotografía suya y piensa, “Yo también.” Cada vez que una joven Teerán arriesga la vida saliendo a la calle con el pelo descubierto, cada vez que alguien en cualquier parte del mundo dice su nombre y queda lo más difícil. Lo que no se puede contestar. ¿Qué hubiera pasado si la revolución no llega? ¿Quién habría sido Leila Palabi si hubiera podido crecer en Teerán? ¿Quién habría sido si hubiera podido cumplir los 10 años en el palacio de Niabarán? ¿Los 15 en algún colegio iraní? ¿Los 20 en alguna universidad de
su país? ¿Quién habría sido sin el sobre de las fotografías? ¿Quién habría sido si hubiera tenido un país donde poner el nombre? No lo sabemos. No vamos a saberlo nunca, porque a esa Leila, a esa Leila posible, también la mató la revolución. La mató antes de que existiera. Y la leila que sí existió, la leila que llegó hasta el 10 de junio de 2001, la ley que se acostó en una cama del hotel Leonard.
una noche de junio en Londres y decidió que ya no. Esa leila se llevó algo consigo, algo pequeño, algo que cabía en un sobre. Si has llegado hasta aquí, si esta historia te ha tocado como nos tocó a nosotros mientras la preparábamos, hay un vídeo que tienes que ver a continuación. El vídeo de Faradiva, la emperatriz que enterró a su marido, a su hija y a su hijo en tres países distintos y que sigue hoy viva contando lo que le hicieron.
La saga iraní continúa y hay mucho más que nadie cuenta. Aparece en pantalla. Pínchalo y quédate con nosotros. Leila Palaví tenía 31 años cuando murió. Llevaba 22 viviendo en hoteles. Había nacido en uno de los palacios más grandes del siglo XX. Murió en una habitación de hotel sin ventana al jardín, en una ciudad gris, en un país que no era el suyo.
Guardaba un sobre con fotografías de Teerán, calles que había visto por última vez con 9 años. se lo llevó consigo y nosotros nos quedamos aquí preguntándonos cómo se llama lo que le hicieron a una niña de 9 años que nunca pudo volver a casa.