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Leila Pahlavi: Hija del Shah… y Murió por Sobredosis a los 31

A pesar de los jardines y los caballos y el mármol y la seda, la pequeña Leila creció en una familia donde el afecto era administrado con la misma frialdad burocrática con que se administraban los asuntos de estado.  Mohammad Reza Shah era un hombre profundamente complejo  e aplastante en sus contradicciones. Podía ser encantador en los salones diplomáticos y brutal en los calabozos de la Sabac, su temida policía secreta.

podía tener visiones grandiosas  para la modernización de Irán y una paranoia medieval ante cualquier  amenaza a su trono. Podía ser generoso con extraños  y extrañamente distante con los suyos. Su relación con Leila era la de un monarca con su hija menor, no la de un padre con su niña.

Los que conocieron a la familia desde adentro describen a una pequeña que buscaba  constantemente la atención de su padre, que corría a recibirlo cuando llegaba, que se aferraba a esos momentos de cercanía  como si supiera, con esa intuición cruel que tienen los niños antes de que el mundo los convenza de ignorarla, que esos momentos eran escasos y podían acabarse en cualquier momento.

La emperatriz Fara, en cambio,  era una presencia más cálida, más humana en su maternidad. Había llegado a la corte siendo una estudiante de arquitectura de 20 años, una mujer de clase media educada en París, alguien que había conocido la vida normal antes de que la historia la convirtiera en emperatriz. Esa experiencia de normalidad la hizo, según los que la conocieron, una madre más presente que su marido.

Pero incluso ella estaba atrapada en las obligaciones interminables de la Corte, en los viajes de estado que la llevaban meses fuera de Irán, en los protocolos y las recepciones y los discursos oficiales que consumían sus días con la voracidad insaciable de una maquinaria burocrática que nunca  descansa. Ser emperatriz de Irán en los años 70 era un trabajo a tiempo completo que dejaba  poco espacio para ser simplemente madre.

Leila, eh, dicen quienes la conocieron, era una niña de una sensibilidad que rozaba lo doloroso, casi como si hubiera venido al mundo con una capa menos de piel que los demás, expuesta a todo con una intensidad que sus hermanos parecían capaces de filtrar mejor. Observaba todo con esos ojos grandes y oscuros que heredó de su madre.

Absorbía las tensiones del ambiente como si su pequeño cuerpo fuera una esponja diseñada para capturar lo que otros no querían o no podían ver. Notaba el miedo en los ojos de los sirvientes cuando el shaba de mal humor. Ese miedo que no es terror físico, sino algo más sutil y más corrosivo, el miedo de quienes saben que dependen completamente de la benevolencia de alguien que puede retirarla sin previo aviso.

Notaba las conversaciones  que se interrumpían cuando ella entraba a una habitación. E ese silencio específico que no es pausa, sino corte. la señal inconfundible de que había palabras que los niños no debían escuchar. notaba la diferencia entre la sonrisa que su familia mostraba en las fotografías oficiales publicadas en los periódicos de Terán y las expresiones que veía en los pasillos del palacio a las 2 de la madrugada cuando se levantaba porque el sueño se resistía y los adultos, creyendo que todos dormían, dejaban caer por un momento la máscara

que el palacio requería mantener puesta a toda hora. Corría el año 1977 cuando las primeras grietas comenzaron a ser visibles en el edificio del régimen Palabi.  Las protestas universitarias, inicialmente aisladas y rápidamente reprimidas, empezaron a adquirir una consistencia que la SABC no lograba quebrar.

Los intelectuales  que habían guardado silencio durante años comenzaron a firmar cartas abiertas.  Los bazaris, los comerciantes del gran bazar de Terán, cuya fidelidad económica era uno de los pilares del orden social iraní, empezaron a cerrar sus puestos en señal de protesta. Y desde París, desde ese suburbio de Neofle le chatau, donde vivía en aparente quietud,  el Ayatola Rujola Homini enviaba sus mensajes en cassettes que circulaban clandestinamente por todo el país, como un río subterráneo que ningún dique podía contener. Para la pequeña Leila,

que tenía 7 años en 1977 y 8, en el año crítico de 1978, el mundo del palacio continuaba siendo el único mundo que existía. Pero ese mundo estaba comenzando a vibrar de maneras que ella percibía sin poder nombrar.  El número de visitas diplomáticas aumentó. Las conversaciones de los adultos cambiaron de tono.

Los sirvientes susurraban entre ellos cuando creían que no había niños cerca. Y el Sha, que ya de por sí era una presencia distante  en la vida cotidiana de su hija menor, se volvió todavía más inaccesible, más ausente, incluso cuando estaba presente, consumido por las reuniones y los teléfonos  y los informes que llegaban de todas las provincias del país con noticias que nadie quería escuchar.

El año 1978 fue el año en que el volcán, que había estado  construyendo presión durante décadas, finalmente comenzó a desbordarse. Las protestas se multiplicaban  y el régimen respondía con una mezcla de represión y concesiones que no satisfacía ni a los más duros partidarios del orden ni a los que pedían cambio.

En septiembre de 1978, el llamado viernes negro, el ejército abrió fuego contra los manifestantes en la plaza Jalej de Teerán. Los números exactos de muertos nunca fueron confirmados con  certeza, pero el impacto fue inconmensurable. Aquel día el Sha perdió no solo a los que cayeron en la plaza, sino también la lealtad de millones que decidieron que no había vuelta atrás.

Desde el palacio de Niavaran, la pequeña Leila podía escuchar en las noches cuando el viento soplaba del sur el rumor de una ciudad que se estaba transformando. los gritos lejanos de las manifestaciones, las sirenas,  el sonido sordo y distante de algo rompiéndose, aunque era imposible saber si era vidrio o si era el tejido mismo de un mundo que había existido durante décadas y que en cuestión de meses se  estaba deshaciendo sin que ninguna mano pudiera detenerlo.

más tarde, mucho más tarde, Leila diría en alguna de las pocas  entrevistas que concedió en su vida adulta que esa sensación de que el suelo se movía bajo los pies sin que nadie a su alrededor lo reconociera abiertamente. Esa disonancia entre lo que se percibía y lo que se decía fue quizás la primera gran grieta en su relación con la realidad compartida.

El 16 de enero de 1979, un martes frío y gris, Mohamad Resasha abandonó Irán para siempre. Oficialmente era un viaje de descanso médico. En realidad era el fin de 2500 años de monarquía  a Persa y el comienzo de un exilio que duraría el resto de sus días. Leila  estaba en el avión junto a su madre y sus hermanos.

Tenía 8 años, 9 meses y 20 días. Llevaba consigo algunos juguetes, la ropa que le habían empacado en pocas horas, sin que nadie le explicara  bien a dónde iban ni cuánto tiempo estarían fuera. Y eh sin saberlo, sin poder saberlo, el peso de una identidad que se convertiría con los años en la  carga más difícil de cargar.

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