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Leila Pahlavi: Hija del Shah… y Murió por Sobredosis a los 31

un patrimonio de millones  de horas de trabajo humano que ella pisaba cada día sin poder apreciarlo, porque uno no aprecia el suelo que siempre ha tenido bajo los pies  hasta el día en que se lo arrancan. La infancia de Leila transcurrió entre dos realidades que pocas personas en el mundo han tenido que reconciliar.

Por un lado, la magnificencia material del palacio, los jardines infinitos, los sirvientes uniformados, los caballos de raza, los vestidos diseñados especialmente para ella, la educación en manos de preceptores privados que venían de las mejores universidades del mundo a enseñar a los hijos del sha. Por otro lado, una vida emocional que tenía mucho de vacío, mucho de distancia, mucho de ese silencio particular que se instala en las familias donde el poder es más importante que la intimidad.

Los palacios tienen una acústica peculiar. Absorben el sonido de manera diferente a las casas normales. Los pasos resuenan de otra manera. Las conversaciones se pierden en los techos  altos y el llanto de un niño en un palacio suficientemente grande puede no llegar nunca al cuarto donde duerme el adulto que debería escucharlo.

Eh, lo que comenzó como echi terminaría convirtiéndose en una marca imborrable. Leila aprendió desde muy joven que en el palacio se podía estar completamente rodeado de personas  y estar completamente solo. Aprendió que el lujo y la soledad no son contradictorios,  sino que a veces se alimentan el uno al otro, que la  riqueza puede construir muros más sólidos que la pobreza.

Aprendió que los adultos a su alrededor estaban siempre ocupados con cosas más importantes que sus preguntas o sus miedos. Y aprendió con esa crueldad de las lecciones que la infancia enseña antes de que tengamos palabras para nombrarlas. que era mejor no pedir demasiado, no necesitar demasiado, no esperar  demasiado.

Esas lecciones tempranas se convertirían años después  en el contexto del exilio, en las herramientas de supervivencia más peligrosas que podía tener, la capacidad de no pedir ayuda, de no  mostrar que se necesitaba, de continuar funcionando en apariencia mientras por dentro todo se desmoronaba.

Era una armadura que la protegió durante años del dolor más inmediato y  que al mismo tiempo la fue aislando, separando de la posibilidad de la conexión real, del tipo de vulnerabilidad, que es la única puerta de entrada de la ayuda genuina. Corría el año 1977 cuando las primeras grietas comenzaron a ser visibles en el edificio del régimen Palabi.

A pesar de los jardines y los caballos y el mármol y la seda, la pequeña Leila creció en una familia donde el afecto era administrado con la misma frialdad burocrática con que se administraban los asuntos de estado.  Mohammad Reza Shah era un hombre profundamente complejo  e aplastante en sus contradicciones. Podía ser encantador en los salones diplomáticos y brutal en los calabozos de la Sabac, su temida policía secreta.

podía tener visiones grandiosas  para la modernización de Irán y una paranoia medieval ante cualquier  amenaza a su trono. Podía ser generoso con extraños  y extrañamente distante con los suyos. Su relación con Leila era la de un monarca con su hija menor, no la de un padre con su niña.

Los que conocieron a la familia desde adentro describen a una pequeña que buscaba  constantemente la atención de su padre, que corría a recibirlo cuando llegaba, que se aferraba a esos momentos de cercanía  como si supiera, con esa intuición cruel que tienen los niños antes de que el mundo los convenza de ignorarla, que esos momentos eran escasos y podían acabarse en cualquier momento.

La emperatriz Fara, en cambio,  era una presencia más cálida, más humana en su maternidad. Había llegado a la corte siendo una estudiante de arquitectura de 20 años, una mujer de clase media educada en París, alguien que había conocido la vida normal antes de que la historia la convirtiera en emperatriz. Esa experiencia de normalidad la hizo, según los que la conocieron, una madre más presente que su marido.

Pero incluso ella estaba atrapada en las obligaciones interminables de la Corte, en los viajes de estado que la llevaban meses fuera de Irán, en los protocolos y las recepciones y los discursos oficiales que consumían sus días con la voracidad insaciable de una maquinaria burocrática que nunca  descansa. Ser emperatriz de Irán en los años 70 era un trabajo a tiempo completo que dejaba  poco espacio para ser simplemente madre.

Leila, eh, dicen quienes la conocieron, era una niña de una sensibilidad que rozaba lo doloroso, casi como si hubiera venido al mundo con una capa menos de piel que los demás, expuesta a todo con una intensidad que sus hermanos parecían capaces de filtrar mejor. Observaba todo con esos ojos grandes y oscuros que heredó de su madre.

Absorbía las tensiones del ambiente como si su pequeño cuerpo fuera una esponja diseñada para capturar lo que otros no querían o no podían ver. Notaba el miedo en los ojos de los sirvientes cuando el shaba de mal humor. Ese miedo que no es terror físico, sino algo más sutil y más corrosivo, el miedo de quienes saben que dependen completamente de la benevolencia de alguien que puede retirarla sin previo aviso.

Notaba las conversaciones  que se interrumpían cuando ella entraba a una habitación. E ese silencio específico que no es pausa, sino corte. la señal inconfundible de que había palabras que los niños no debían escuchar. notaba la diferencia entre la sonrisa que su familia mostraba en las fotografías oficiales publicadas en los periódicos de Terán y las expresiones que veía en los pasillos del palacio a las 2 de la madrugada cuando se levantaba porque el sueño se resistía y los adultos, creyendo que todos dormían, dejaban caer por un momento la máscara

que el palacio requería mantener puesta a toda hora. Corría el año 1977 cuando las primeras grietas comenzaron a ser visibles en el edificio del régimen Palabi.  Las protestas universitarias, inicialmente aisladas y rápidamente reprimidas, empezaron a adquirir una consistencia que la SABC no lograba quebrar.

Los intelectuales  que habían guardado silencio durante años comenzaron a firmar cartas abiertas.  Los bazaris, los comerciantes del gran bazar de Terán, cuya fidelidad económica era uno de los pilares del orden social iraní, empezaron a cerrar sus puestos en señal de protesta. Y desde París, desde ese suburbio de Neofle le chatau, donde vivía en aparente quietud,  el Ayatola Rujola Homini enviaba sus mensajes en cassettes que circulaban clandestinamente por todo el país, como un río subterráneo que ningún dique podía contener. Para la pequeña Leila,

que tenía 7 años en 1977 y 8, en el año crítico de 1978, el mundo del palacio continuaba siendo el único mundo que existía. Pero ese mundo estaba comenzando a vibrar de maneras que ella percibía sin poder nombrar.  El número de visitas diplomáticas aumentó. Las conversaciones de los adultos cambiaron de tono.

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