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Le pidió que demostrara su talento — No sabía que estaba frente a una leyenda

Su técnica era, según don Ernesto, la mejor que había visto en una década. Cada nota en su lugar. Cada transición limpia, cada tiempo controlado con precisión. La precisión de quien ha pasado miles de horas estudiando algo hasta que el cuerpo lo sabe solo. Miguel acababa de tocar una pieza  de Agustín Barrios Mangoré.

12 minutos de ejecución sin un solo error visible. Los dedos de la mano izquierda habían pisado cada traste con exactitud milimétrica. La mano derecha había pulsado las cuerdas con el ángulo correcto, el peso correcto, el ritmo correcto. Era como ver funcionar una máquina muy bien construida  con la satisfacción que produce todo lo que hace exactamente lo que debe hacer.

Don Ernesto señaló hacia Miguel y luego hacia el resto del grupo. Así se toca, dijo con voz firme. Sin tropiezos, sin  excusas, sin sentimentalismos baratos. El instrumento obedece a quien lo domina. No al revés. Eso es lo que lleva años de trabajo construir y eso es lo único que les garantiza un futuro  en este oficio. Los estudiantes asintieron.

Algunos anotaron algo en sus cuadernos. Miguel sostenía la guitarra sobre sus rodillas con esa mezcla de orgullo y agotamiento que produce la perfección técnica cuando se alcanza delante de otros. Fue entonces cuando alguien desde el fondo del aula dijo algo en voz baja. No fue un grito, no fue una interrupción agresiva, fue una observación dicha casi para sí mismo, del  tipo que uno hace sin calcular las consecuencias.

Cuando algo que se ve contradice algo que se siente  y la boca habla antes de que la cabeza lo autorice, le faltó algo. Don Ernesto levantó la cabeza lentamente. Los 12 estudiantes se giraron hacia el fondo. Allí, apoyado contra la pared junto a la puerta, estaba sentado un hombre que ninguno de ellos recordaba haber visto entrar.

tendría unos 27 años, aunque en su cara había algo que hacía difícil calcular la edad, una especie de madurez tranquila. No venía de los años, sino de las experiencias. Vestía pantalón de trabajo oscuro, camisa de algodón blanca con las mangas recogidas hasta el codo, un sombrero de paja con la copa un poco abollada apoyado sobre la rodilla derecha.

No traía ningún instrumento, no traía nada, solo estaba sentado ahí con los brazos cruzados y una expresión tranquila que no encajaba del todo con la tensión que llenaba el aula.  Don Ernesto lo miró con esa frialdad especial que reservaba para las interrupciones no autorizadas. ¿Quién le dio permiso para entrar a esta aula? El hombre no se alteró.

tenía esa calma de los hombres que han aprendido a no alterarse, no porque no sintieran nada, sino porque sabían que alterarse rara vez sirve para algo”, explicó con sencillez. Había llegado esa tarde a hacer un trámite en el edificio. La puerta del aula estaba entreabierta. Desde el corredor se escuchaba la música. Se había asomado.

Dijo que no era su intención molestar a nadie. Don Ernesto cruzó los brazos. ¿Y qué fue exactamente lo que le faltó? La pregunta tenía ese tono que no es una pregunta, sino una trampa. El tono que dice claramente que quien responde va a quedar mal de todas formas. El hombre tomó un momento antes de responder. No buscó las palabras como quien improvisa una excusa.

Las dijo con la sencillez de quien ha pensado mucho en esa idea sin haber tenido necesidad de verbalizarla antes. dijo que el joven tocaba perfectamente, que cada nota estaba en su  lugar y que eso era algo difícil de lograr y que lo reconocía, pero que mientras escuchaba, en ningún momento sintió que el músico estuviera adentro de la música, que sonaba como alguien que describe con precisión un lugar que nunca ha visitado.

Correcto en los detalles, pero sin el peso de quien lo vivió. El silencio que  siguió fue distinto al anterior, más pesado, con una calidad diferente, como el silencio que se produce cuando algo verdadero se dice en el lugar equivocado. Miguel apretó levemente la guitarra entre los brazos. Don Ernesto dio un paso lento hacia el centro del aula, sin apartar los ojos del hombre del fondo.

30 años de carrera, de conservatorio, de teoría musical.  30 años de estudiantes que habían llegado a escenarios importantes. Todo eso estaba concentrado en la mirada que lanzó en ese momento. Era una mirada que decía con absoluta claridad que no estaba acostumbrado a que nadie cuestionara lo que sucedía dentro de esas paredes y mucho menos alguien sin nombre, sin credenciales,  sin instrumento.

Alguien sentado junto a la puerta con un sombrero de paja sobre la rodilla y las mangas recogidas hasta el codo. “Muy bien”, dijo don Ernesto. la voz controlada, casi amable, con ese tipo de amabilidad que en realidad es otra forma de dureza. Tenemos aquí a un experto, a alguien que puede escuchar a uno de los guitarristas más prometedores de esta escuela  y decidir que le faltó algo. Qué interesante.

Usted toca guitarra. El hombre asintió ligeramente. Un poco dijo. Don Ernesto, extendió el brazo hacia la silla vacía del centro. Entonces, toque, venga aquí y muéstrenos qué es lo que le faltó a este joven. Muéstrenos cómo se toca con el alma adentro. Sus palabras tenían una ironía calculada del tipo que humilla dos veces, una al desafiar, otra al anticipar con absoluta seguridad el fracaso que viene.

Los  estudiantes miraron al hombre del fondo, algunos con curiosidad abierta, otros con esa incomodidad específica de quien presencia algo que no va a terminar bien para quien debería retirarse a tiempo. El hombre se tomó unos segundos, no pareció nervioso, pareció más bien a alguien que calcula  en silencio, que se pregunta si vale la pena seguir adelante con algo que empezó sin querer, si la respuesta más inteligente no sería levantarse, pedir disculpas y desaparecer por donde llegó.

Luego pareció llegar a alguna conclusión interna que nadie más en la sala podía ver.  Se levantó, dejó el sombrero sobre la silla y caminó hacia el centro del aula. caminaba despacio con esa forma de moverse que tienen los hombres que han trabajado con las manos sin apuro, con el peso del cuerpo bien distribuido, como quien no tiene nada que demostrar.

Se sentó en la silla del centro y tomó la guitarra que Miguel le extendió con una mezcla extraña de amabilidad instintiva y desconfianza aprendida. La primera cosa que hizo fue sostenerla un momento antes de tocar. la giró levemente, pasó los dedos por las cuerdas sin pulsarlas todavía, como comprobando algo que solo él podía sentir en la madera y en las cuerdas.

No era la revisión técnica de un músico que chequea un instrumento antes de ejecutar. Era algo más parecido a lo que hace alguien cuando toma entre las manos un objeto familiar en un lugar desconocido, un reconocimiento tranquilo. Don Ernesto observaba de pie con los brazos cruzados y esa expresión de quien ya sabe cómo termina una historia antes de que empiece.

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