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La traición familiar más grande en el mundo de la política acaba de quedar expuesta. Utilizar a tu propia madre para ocultar fortunas incalculables y propiedades de lujo parece sacado de una película, pero está ocurriendo frente a nuestros ojos. Un complejo residencial exclusivo con lujos que un trabajador promedio jamás vería en cinco vidas, financiado de la forma más turbia imaginable. Las autoridades han comenzado a expropiar y las excusas de persecución política ya no son suficientes para tapar las canchas de pasto sintético y los jardines kilométricos. Descubre cómo operaba este esquema que ha indignado a todo un país. Entra al primer comentario para leer el artículo completo ahora mismo.

El gobernador que alguna vez juró defender a Campeche con la mano en el corazón guardaba un secreto. No era un secreto pequeño, ni un desliz administrativo, ni un error de cálculo en su declaración patrimonial. Era un secreto de proporciones monumentales, edificado en piedra, pasto sintético y lujo desmedido en la zona residencial más exclusiva de la ciudad. No estamos hablando de una propiedad discreta, ni de dos, ni de cinco. Estamos hablando de un asombroso imperio inmobiliario compuesto por treinta y cuatro propiedades. Un entramado de terrenos distribuidos estratégicamente en fraccionamientos de alta gama, escriturados y registrados bajo los nombres de personas de su más íntima confianza: su propia madre, su arquitecto de cabecera y una red de prestanombres cuidadosamente seleccionados. Una red diseñada, construida y perfeccionada a lo largo de los años con un único propósito aparente: hacer que el dinero público se desvaneciera en el aire para reaparecer convertido en mansiones que, en el papel, no pertenecían a Alejandro “Alito” Moreno, pero que en la realidad compartían majestuosas bardas de piedra, iluminadas canchas de golf y discretos accesos internos con su propia residencia.

Cuando el actual gobierno de Campeche comenzó a tirar de este intrincado hilo de corrupción, la gobernadora Layda Sansores pronunció unas palabras que resumen la totalidad del caso con una precisión quirúrgica y brutal: “¿A quién quieren engañar? Ya le tenemos descubiertas 34 propiedades, así, con sus prestanombres, nada más en Campeche, de las que ya tenemos la certeza con escrituras”. Las palabras de la gobernadora resonaron fuerte, pero el golpe de gracia a la narrativa de inocencia provino desde el atril más poderoso del país. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no anduvo con rodeos ni utilizó eufemismos legales. Fue directa y tajante: “Son propiedades adquiridas con lavado de dinero”. No dijo “presuntamente”, no dijo “según las primeras líneas de investigación”. Lo afirmó categóricamente en su conferencia matutina, utilizando esas exactas y pesadas palabras.

Y mientras todo esto estalla en territorio nacional, ¿qué hace Alito Moreno? El hombre que lleva meses organizando giras a Washington, tocando las puertas del FBI, de la DEA y de foros internacionales para denunciar al gobierno mexicano, el mismo que califica a Sheinbaum de “narcopresidenta” ante audiencias extranjeras, ha respondido atrincherándose en el argumento de la persecución política inconstitucional. Se envuelve en la bandera de víctima del sistema, acusando al Estado de usar la justicia como un garrote para silenciar a la oposición. Sin embargo, cuando uno se aleja del ruido de las declaraciones políticas y analiza fríamente los documentos, las escrituras, las bardas y los decretos de expropiación, emerge una realidad escalofriante que hace que la excusa de la persecución política suene, por decir lo menos, insuficiente.

Este artículo es un viaje profundo a las entrañas de uno de los escándalos de corrupción inmobiliaria más grotescos de la historia reciente de México. Al adentrarnos en esta investigación, comprenderás por qué Layda Sansores afirmó sin titubear que los 83 millones de pesos por los que actualmente se busca desaforar a Alito Moreno son una simple “pecata minuta” en comparación con lo que se esconde detrás de los muros de esas 34 propiedades. Para entender la magnitud real de este saqueo a la nación, es imperativo que respondamos a tres preguntas fundamentales. Si no logras comprender estos tres pilares, te perderás la verdadera dimensión de este desfalco monumental.

La primera gran interrogante es: ¿Por qué la Fiscalía del Estado de Campeche considera que 83 millones de pesos son “pecata minuta”? Para la inmensa mayoría de los mexicanos, 83 millones de pesos es una fortuna inimaginable, el dinero de múltiples vidas de trabajo arduo y honesto. Sin embargo, la respuesta a esta paradoja reside en el valor incalculable de las 34 propiedades y en los lujos exorbitantes que las autoridades encontraron escondidos detrás de una sola barda perimetral valuada en cinco millones de pesos.

La segunda pregunta clave es: ¿Qué es exactamente la figura legal de la “dación de pago” y cómo es que esta herramienta jurídica conecta de manera irrefutable a Alito Moreno con los inmensos terrenos que estaban a nombre de su arquitecto? Aunque el nombre del exgobernador no aparezca impreso en ninguna escritura reciente de esos lotes, la dación de pago es la pistola humeante, el hilo conductor que desenreda toda la maraña legal. Es el rastro de migas de pan que lleva directamente a la puerta de su casa.

La tercera y última pregunta, que definirá el futuro de este thriller político, es: ¿Por qué la nueva y expedita ley de expropiación aprobada en Campeche cierra de golpe la ruta de escape legal que Alito utilizó con tanto éxito durante su primer proceso de desafuero? ¿Qué implica este cambio en las reglas del juego para las 31 propiedades que aún no han sido expropiadas? La respuesta a esto es la que realmente mantiene despiertos a los abogados de la defensa.

Para que este análisis adquiera su verdadera profundidad, debemos deconstruir la mecánica del engaño. La primera pieza del rompecabezas es entender cómo opera la figura del prestanombres en las altas esferas del poder en México. ¿Por qué un político, en la cima de su carrera, con un poder casi absoluto en su estado, tomaría la arriesgada decisión de registrar propiedades de lujo, con un valor de cientos de millones de pesos, a nombre de su madre y de su arquitecto contratista? Y más profundamente, ¿qué nos dice esto sobre la catadura moral y la conciencia de quien orquesta semejante maniobra?

La respuesta a esta primera cuestión no requiere de un máster en finanzas internacionales ni en derecho penal; es una simple cuestión de matemáticas elementales. Un gobernador en la República Mexicana percibe un salario promedio que oscila entre los 150,000 y los 200,000 pesos mensuales brutos. Si multiplicamos esto por los cuatro años que duró la gestión de Alito Moreno (de 2015 a 2019), la suma total de sus ingresos oficiales como mandatario estatal alcanza aproximadamente los 9.6 millones de pesos antes de impuestos. Nueve millones seiscientos mil pesos. Esa es la cantidad máxima, el techo absoluto de ingresos que un gobernador puede declarar legal y lícitamente durante ese periodo.

Ahora, contrastemos esta cifra oficial con los hallazgos de la Fiscalía de Campeche. Los investigadores estatales identificaron que, en un periodo anterior a su mandato, entre los años 2012 y 2015, cuando Alejandro Moreno se desempeñaba como diputado federal (con un salario sustancialmente menor al de un gobernador), adquirió la asombrosa cantidad de al menos 13 terrenos en el exclusivo fraccionamiento Lomas del Castillo. Trece propiedades de alta plusvalía en la zona residencial más cara y deseada de la capital campechana, adquiridas con el sueldo de un legislador y, crucialmente, sin declararlas a su propio nombre. Las matemáticas, sencillamente, no cuadran. Hay un abismo inexplicable entre los ingresos comprobables y la riqueza acumulada.

Y en la historia de la política mexicana, cuando las matemáticas no cuadran en las cuentas bancarias de un funcionario público, la solución de emergencia ha sido invariablemente la misma: la figura del testaferro o prestanombres. Se requiere de alguien de confianza ciega. Alguien que no vaya a traicionar, que no vaya a hablar con la prensa, que no vaya a extorsionar. Alguien que, si un juez o un periodista le pone un micrófono enfrente, sea capaz de mirar a la cámara y decir con convicción: “Sí, todos estos millones son producto de mi esfuerzo personal, los terrenos son míos”.

En el sórdido caso de Alito Moreno, ese rol fundamental recayó tristemente sobre los hombros de dos personas clave: su propia madre, la señora Yolanda Mercedes Cárdenas Montero, y su arquitecto de cabecera e incondicional, Juan José Salazar Ferrer. De acuerdo con las exhaustivas investigaciones de la Fiscalía de Campeche, fue precisamente este arquitecto quien recibió dos de los terrenos más jugosos de manos directas de Alito Moreno mediante una figura jurídica conocida como “dación de pago”.

Detengámonos un momento en este concepto, porque es el eje sobre el que gira gran parte de la acusación. Una “dación de pago” es un término legal que significa que una persona (en este caso, Alito) le entrega un bien físico (los terrenos) a otra (el arquitecto) como forma de saldar una deuda económica por servicios prestados o trabajos realizados. En otras palabras, Alito Moreno le pagó a su arquitecto entregándole escrituras de terrenos. Terrenos que, por pura lógica jurídica y temporal, pertenecían al patrimonio de Alito antes de la transacción, a pesar de que él se haya esforzado en mantenerlos ocultos de su declaración patrimonial oficial. Pasaron a formar parte del nombre del arquitecto como liquidación de una deuda.

¿Logras ver la magnitud del error estratégico? Para que la figura de la dación de pago sea válida y ejecutable ante un notario, tiene que existir inexcusablemente una propiedad previa que transferir. Y si esa propiedad estaba bajo el control y dominio de Alito antes de la transferencia corporativa, aunque se haya escudado en el anonimato legal, este simple trámite notarial corrobora al cien por ciento el esquema de ocultamiento y lavado de dinero que la fiscalía campechana ha estado describiendo y denunciando incansablemente.

Pero, irónicamente, la señal más escandalosa, grotesca y clara de que todos estos 34 terrenos conformaban en realidad un solo y vasto latifundio privado no provino de las fojas de un expediente judicial, ni del análisis de expertos financieros en lavado de activos. La prueba reina provino del mundo físico. Provino de la vanidad y la soberbia de querer encerrar todo su paraíso terrenal bajo llave. Provino de una inmensa barda.

La gobernadora Layda Sansores, con esa ironía incisiva que caracteriza sus intervenciones públicas y que a menudo golpea más duro que cualquier término jurídico complejo, lo expuso magistralmente en su programa “Martes del Jaguar”: “Ya nos deja el trabajo adelantado. Ya están bardeados juntos el de la mamá con los del arquitecto. Ya parece que no son prestanombres. ¿A quién quieren engañar?”.

Analicemos la profunda carga de esa afirmación. Los ostentosos terrenos que en el Registro Público de la Propiedad figuran a nombre de la madre de Alito, y los terrenos colindantes que figuran a nombre del arquitecto Salazar Ferrer, no están separados por cercas individuales, mallas o límites de propiedad convencionales. No. Están fusionados, abrazados y protegidos herméticamente por una única e inmensa barda perimetral. Físicamente, geográficamente y estructuralmente, conforman un solo mega-complejo de lujo. Al adentrarse en la propiedad, no hay divisiones. Comparten exactamente la misma infraestructura subterránea, las mismas tuberías de agua, el mismo cableado eléctrico de alta tensión, los mismos majestuosos accesos internos adoquinados y, lo más revelador, las mismas y exclusivas áreas de recreación.

En el frío e inerte papel oficial del Estado, son propiedades aisladas pertenecientes a ciudadanos distintos, independientes el uno del otro. En el mundo real, palpable y físico, conforman el feudo personal de un solo individuo, el verdadero señor del castillo, aquel cuyo nombre astutamente no mancha ni una sola página de las escrituras notariales. Y esa barda, mis queridos lectores, no es un cerco cualquiera. Estamos hablando de una fortificación de mampostería de piedra labrada a mano, con una imponente altura de cuatro metros, diseñada para mantener las miradas indiscretas alejadas de su estilo de vida faraónico. Una obra de ingeniería y albañilería cuyo costo, según peritos valuadores independientes, asciende a la astronómica cantidad de cinco millones de pesos.

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