insistió en cantar la canción completa. Él solo pensaban que iba a cantar como un viejo. Bromeó después imitando a un abuelo sin dientes. No, no, la canto toda. Y así fue. De pie en el centro del escenario, con el bastón y el sombrero olvidados en un rincón, su voz llenó el Jones Hall. La guarida. A Mérida le gustaba pensarse intocable.
Mientras otras regiones de México enfrentaban titulares sobre violencia y narcotráfico, la capital yucateca proyectaba otra imagen. Avenidas limpias, casas coloniales en tonos pastel, reglas de tránsito estrictas y una calma casi obstinada. Era una ciudad conservadora y profundamente religiosa, orgullosa, tradicional, a veces elitista, donde los domingos todavía pertenecían a las familias y a los bailes públicos.
Un lugar que alguna vez soñó con la independencia y que hoy funciona como puerta tranquila hacia las ruinas mayas o hacia el exceso de Cancún. Según un estudio local publicado en el diario de Yucatán, su gente era festiva, pero cautelosa, sociable, pero reacia a la protesta. Era sobre todo un refugio. Y fue en ese refugio donde Tony Camargo y Efrén Maldonado eligieron construir sus últimos años.
Los domingos por la noche de 8 a 11, el barrio de Santiago, al oeste del centro histórico, cobraba vida. Las parejas salían a bailar, los puestos vendían panuchos y salbutes, el aire olía a maíz y cítricos. Una noche, Efrén caminaba por la plaza con su esposa y sus hijos cuando una melodía lo dejó inmóvil.
Su familia comenzó a bailar un chachá, pero Efrén ya no estaba allí. Una voz cálida, inconfundible, atravesó el ruido y lo transportó a su infancia, a los tocadiscos y a las radios comunitarias. “Me llaman el negrito del batey”, Efrén se quedó congelado. “Déjenme oír esa voz, la conozco.” Se abrió paso entre bailarines y comenzales hasta llegar a un pequeño escenario improvisado.
No lo guiaban los rasgos del cantante, sino el timbre. La textura de la memoria. Recordó un viejo vinilo de su niñez. En la portada, una calabaza navideña brillante y un joven sonriente con copete y camisa floreada. Nunca supo si aquel hombre era colombiano, cubano o puertorriqueño. Ni siquiera sabía si seguía vivo.
Pero esa voz, esa voz había acompañado innumerables celebraciones de año nuevo en su juventud. Cuando la orquesta terminó, Efrén se acercó. En un rincón del escenario sentado solo, estaba un anciano. Sus miradas se cruzaron. ¿Usted es Tony Camargo? Preguntó Efrén. El viejo sonrió levemente. Sí, respondió. Soy Tony Camargo.
Antes cantaba El año viejo. ¿Y usted quién es? El niño cantor. La historia de Tony Camargo comenzó mucho antes de los aplausos, mucho antes de que el Año Viejo resonara por todo un continente cada diciembre. Era el niño que cantaba en fiestas familiares en la década de 1930, mientras sus padres actuaban en carpas itinerantes que recorrían México.
El clan Camargo era grande, 20, quizá 30 parientes. Y todos tenían una función. Unos vendían boletos, otros corrían el telón, otros bailaban en el cuerpo de baile. El arte no era un pasatiempo, era supervivencia. La disciplina era estricta. Si el pequeño Tony dudaba o se negaba a cantar, sus padres le daban un ligero golpe en la cabeza.
Primero lloraba, luego cantaba. La música entró en su vida no elección, sino como una obligación. Cuando tenía apenas dos años, sus padres, Manuel Camargo Ríos y Guadalupe Carrasco, lo llevaron de Guadalajara a la Ciudad de México. Allí consiguieron trabajo en el cine Rivoli y la tarea del pequeño Tony era sencilla, limpiar los asientos.
Años más tarde, ya adolescente, encontró otra forma de subir a ese escenario. Durante las fiestas, cuando las filas rodeaban el teatro, se adelantaba, cantaba para el público que esperaba y sentía algo nuevo. Aplausos que no eran obligados, sino ganados. Ese sonido lo convenció de que pertenecía a ese lugar. Su camino fue distinto al de los tríos populares de la época.
No tocaba guitarra ni encajaba en el molde tradicional. Pero la oportunidad llegó cuando el maestro Chucho Rodríguez lo invitó a cantar en el cabaret Montparnas en la esquina de 5 de febrero y República del Salvador. Tony se puso pantalones largos, se adentró en la vida nocturna de la Ciudad de México y nunca miró atrás.
Cantó en el Floresta, en el Colonia, en el California. Convivió con estrellas de la radio, fue testigo del nacimiento de la televisión, se casó, tuvo hijos, recorrió América, adaptó ritmos tropicales en éxitos mexicanos de los años 50, se separó y más tarde conoció a Lupita, el gran amor que suavizó los secos duros de su infancia.
Sin embargo, pese a su fama, Tony nunca fue hombre de números. No sabía cuántos discos grabó ni cuántas copias de El año Viejo se vendieron. Hoy no recibe regalías por la canción que cada diciembre vuelve a sonar en hogares de toda América Latina. En su modesta casa de la calle 60 en Mérida, los números ahora significan otra cosa.
Calcula los 80 pesos que cuesta vacunar a cada uno de sus tres perros. Otros 80 pesos cada dos meses para bañarlos y arreglarlos. Un costal de comida para Loreta, su loro cuesta 174 pesos y le dura 2 meses y medio. Su pensión como músico retirado es de poco más de 2,000 pes. Un sándwich de jamón suele ser su comida al mediodía.
De sus ocho hermanos, solo tres siguen vivos. Sus hijos lo visitan por poco tiempo y cuenta los días desde que murió Lupita. 50 días en su santo, el 13 de septiembre. 102 días en total cuando intentó hacer el cálculo en voz alta. La única cuenta que llevo con precisión, dijo alguna vez, es la ausencia del amor. Por la noche enciende la radio, aunque no la escuche realmente.
Necesita el ruido. El niño que lloraba antes de cantar no soporta el silencio, el camino del abrazo. Enmarcada cuidadosamente en la pared de su modesta casa en Mérida, cuelga una carta fechada el 7 de marzo de 2007. Es un gran placer para mí enviarle mis más sinceras felicitaciones por su sepundo cumpleaños y por la celebración de su quincuago aniversario como intérprete musical.
La firma al pie es la de Felipe Calderón y Josa, entonces presidente de México. La carta elogia la perseverancia, dedicación y pasión de Tony Camargo. Palabras que alguna vez resonaron con fuerza en el reconocimiento oficial. A su alrededor cuelgan casi 20 homenajes más. Fotografías con Celia Cruz y Benny Moré, recuerdos coloridos del carnaval de Barranquilla e incluso una estatua del perro de la RCA, más grande que uno real.
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Las paredes dan testimonio de un pasado glorioso, pero dentro de la casa hay otra presencia mucho más evidente, la ausencia de Lupita. Durante 30 años fue su ancla, la mujer yucateca que lo trajo de regreso a Mérida tras el terremoto de 1985 y reconstruyó su vida a su lado. Sin ella, la casa se siente más pesada, más silenciosa.
Fue quizás ese abandono silencioso, el lento desvanecimiento de un hombre que alguna vez hizo bailar a todo un continente cada diciembre, lo que impulsó a Efrén Maldonado a actuar. Cuando visitó por primera vez la humilde casa de Tony en las afueras de Mérida, le impresionó el contraste. Allí vivía un hombre que había llenado recintos en Puerto Rico, Colombia y Venezuela.
Y sin embargo, su entorno hablaba de supervivencia modesta, no de estrellato. Efrén comenzó a tratar a Tony como a un abuelo. Lo invitaba a cenar con frecuencia. Llevaba buen tequila, compartido en secreto, oculto de la mirada vigilante de Lupita cuando aún vivía. Entre largas veladas de boleros cantados y abundantes platillos que Tony devoraba con gusto, fue tomando forma una idea. Harían un disco.
Recordarían al mundo quién era Tony Camargo. El álbum se llamaría Eclipse. Había obstáculos. Necesitaban músicos, arreglos, financiamiento. Efrén, conocido más como periodista y caricaturista, el artista que había retratado a figuras como Carlos Fuentes, Octavio Paz y Frida Calo, nunca había producido un disco.
“Deberíamos hacer un álbum”, insistió una noche. “Pero nunca has hecho uno”, le respondió un amigo. “Siempre hay una primera vez.” Efrén buscó ayuda donde pudo, incluso tocando puertas políticas para conseguir recursos. Contactó a la pianista Ligia Cámara y la animó a componer. “Tenemos que ayudar a Tony,” repetía una y otra vez, “porque en un país lleno de carencias, Tony Camargo había llevado alegría.
Y ahora, cuando los aplausos se apagaban y la soledad se hacía más fuerte, alguien tenía que devolverle algo. La política se mueve en ciclos cortos. La necesidad no. Efrén Maldonado lo aprendió por las malas cuando intentó por primera vez conseguir financiamiento para el regreso de Tony Camargo. Había convencido al alcalde Manuel Fuentes Alcoser de apoyar el proyecto y la respuesta fue positiva.
Pero antes de que algo se concretara, terminó el mandato del alcalde. La promesa se disolvió con la administración, dejando a Efrén con una idea y sin respaldo. años después, la oportunidad regresó de manera inesperada. Una nueva alcaldesa, Angélica Araujolara, invitó a Efrén a desayunar. Él declinó con cortesía. No, venga usted a mi casa, señora alcaldesa.
Quería que viera el piano en su sala, que sintiera la seriedad de lo que imaginaba. Cuando ella llegó, le expuso el plan. un álbum para Tony Camargo, no un ejercicio de nostalgia, sino un acto de dignidad. Le explicó que un alcalde anterior ya había mostrado interés. Esta vez la respuesta fue inmediata.
En pocos días contrataron diseñadores gráficos, alquilaron pequeño estudio y comenzaron las sesiones de grabación. De 10 de la noche hasta el amanecer, durante varios días trabajaron sobre una lista de 20 canciones. Algunos bebían, otros comían, todos discutían. Efrén quería que Tony frase distinto, que cambiara ritmos, que redescubriera algo dentro de su voz envejecida.

El problema era que Efren no sabía nada de acordes ni de notación musical, así que inventó su propio lenguaje. Más bajo, más suave, más lento insistía. Al principio los músicos se resistieron desestimando al caricaturista que no sabía leer una partitura, pero poco a poco entendieron que él escuchaba algo que ellos no.
Se formó una nueva comunión. Tony salió de su zona de confort. La voz que surgió no fue el eco pulido de los años 50, sino algo más profundo, más viejo, vulnerable y vivo. Eclipse tardó un año en completarse, grabaciones, sesiones fotográficas, videos en YouTube y finalmente un concierto especial. Cuando el álbum estuvo listo, Efrén invitó a la alcaldesa a cenar y le puso las canciones.
Mil congojas, mucho corazón, flores negras, sin razón ni justicia. Ella escuchó incrédula y más tarde confesó que había pensado que Efrén podría quedarse con el dinero. En lugar de eso, los fondos se dividieron en partes iguales entre Tony y los músicos. El disco se distribuyó gratuitamente en Mérida.
Ahora, años después, Eclipse suena suavemente en el automóvil de Efrén mientras conduce por la calle 60 tras enterarse de que Lupita ha muerto. El bullicio dominical del centro histórico se apaga mientras se acerca a la modesta casa Camargo González. La puerta está abierta. Tony emerge de una habitación en penumbra llena de miles de discos de vinilo, ajusta su gorra y abraza al hombre que se ha convertido en un nieto adoptivo. Hay pocas palabras.
La infelicidad, susurra Tony más tarde, es lo mismo que la felicidad, pero al revés. Cuando eres infeliz, te sientes solo como si Dios te hubiera olvidado. Se sientan juntos en un pequeño sofá bajo diplomas enmarcados que hablan de glorias pasadas. Tony no canta en público desde diciembre de 2014 con la filarmónica de Houston, pero dice que quiere hacerlo otra vez para que la gente sepa que sigue vivo.
Efrén ha dibujado presidentes y poetas, ha retratado revolucionarios y leyendas, pero nunca ha dibujado a Tony Camargo, porque dice en voz baja, uno no retrata a alguien que cree que nunca va a morir. La muerte de Tony Camargo. El 5 de agosto de 2020, la voz que había marcado innumerables celebraciones de Año Nuevo en toda América Latina se apagó.
Tony Camargo, el cantante eternamente asociado con el himno El año viejo, falleció a los 94 años en Mérida, Yucatán, la ciudad que había sido su hogar durante más de tres décadas. La noticia fue dada a conocer por primera vez por la Secretaría de la Cultura y las Artes del Estado de Yucatán mediante un breve pero sentido mensaje en redes sociales.
En un tweet, la dependencia confirmó su fallecimiento y rindió homenaje al hombre cuya voz se había convertido en parte de la memoria colectiva del continente. Descanse en paz, Tony Camargo. Su voz quedó inmortalizada en la canción El año viejo. Como cantante, formó parte de la orquesta SSP del Ayuntamiento y participó en las Serenatas de Santa Lucía, decía el comunicado.
Fue un anuncio sencillo para una vida que alguna vez llenó grandes salones de baile, ondas radiales y plazas festivas. Nacido en Guadalajara, Jalisco en 1926, Camargo terminó haciendo de Mérida su refugio, un escenario más tranquilo para sus últimos años después de décadas de giras y presentaciones por México, el Caribe y Sudamérica.
Allí continuó cantando en orquestas locales y serenatas tradicionales, mucho después de que su auge comercial hubiera quedado atrás. La fonoteca nacional de México también expresó sus condolencias, reconociéndolo como una de las voces emblemáticas de los históricos salones de baile del país. Durante la época dorada de la música tropical y de salón, Camargo figuró entre los intérpretes que definieron el sonido mexicano de mediados del siglo XX.
Su versión de El año viejo, grabada en 1953 con la orquesta del maestro Chucho Rodríguez, trascendió fronteras y generaciones, convirtiéndose en un ritual de sembrino desde Colombia hasta España. Aunque vivió modestamente en sus últimos años, su voz permaneció entretegida en el tejido mismo de la celebración. Cada vez que se despide el año viejo y se da la bienvenida al nuevo, Tony Camargo regresa, no en persona, sino en la memoria, llevado por el ritmo de la cumbia y el calor de una canción que se niega a desaparecer. M.