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La telenovela de televisa prohibida de Maria Felix que el gobierno hizo desaparecer

creerle. La gente siempre quiere creerle al que promete que mañana será mejor. Porque en México la esperanza es un hábito que sobrevive todas las decepciones. Emilio Azcárraga Milmo tenía 49 años y era el hombre más poderoso de la televisión mexicana, que en aquel país equivalía a ser uno de los hombres más poderosos a secas.

Lo llamaban el tigre, no por afecto, sino por advertencia. Era el tipo de hombre que sonríe antes de cerrar la trampa, que te invita a cenar para decirte que estás despedido, que te abraza con un brazo mientras con el otro le hace señas a alguien para que te saque del edificio. Había heredado Televisa de su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, y la había convertido en algo mucho más que una empresa de entretenimiento.

Era un aparato de control cultural tan eficiente que hacía innecesaria la censura directa del gobierno. Porque lo que Televisa transmitía era lo que México pensaba, lo que Televisa ignoraba simplemente no existía. Y Azcárraga lo sabía y lo usaba con precisión quirúrgica. Tenía una relación con el gobierno que en México tenía nombre propio, aunque nadie la describiera en voz alta en público.

El gobierno protegía el monopolio. Televisa protegía al gobierno. Era un matrimonio sin amor, pero con intereses perfectamente alineados. Y Azcárraga lo había resumido el mismo en una frase que circulaba por los pasillos de Televisa con una mezcla de admiración y asco que nadie se atrevía a separar. Somos soldados del presidente.

Si tus padres o tus abuelos vivieron aquella época, si recuerdas las tardes frente al televisor viendo lo que Televisa decidía que podías ver. Si alguna vez te preguntaste porque ciertas historias nunca se contaban, entonces esta historia es para ti. Compártela con quien vivió esos años porque merece saber lo que pasó.

En ese contexto, María Félix llegó a México en enero de 1978 con un guion bajo el brazo y una decisión tomada. La reunión con Azcárraga fue en las oficinas de Televisa en Chapultepec, un edificio que por fuera parecía moderno y por dentro funcionaba como una corte medieval donde todo dependía del humor del rey. María llegó puntual, lo cual para ella era una forma de respeto que solo otorgaba cuando consideraba que alguien lo merecía provisionalmente.

Azcárraga la recibió de pie, otro gesto calculado, porque en el mundo de esos dos toda cortesía era también una maniobra. Los dos sabían que esa reunión era un juego de poder antes de ser una conversación de negocios. “María, qué honor”, dijo Azcárraga extendiendo la mano con esa sonrisa que usaba para todo, desde firmar contratos millonarios hasta despedir empleados que habían dejado de serle útiles.

María la tomó sin apretarla demasiado, sin soltarla demasiado rápido, sin mostrar nada que no quisiera mostrar. Emilio, no me digas que es un honor. Dime si tienes el valor de producir esto. Puso el guion sobre el escritorio de Caoba. El sonido del manuscrito golpeando la madera fue lo único que se escuchó durante 3 segundos.

Azcárraga lo tomó. Leyó el título en la portada. La Sangre Manda levantó la vista hacia María. Sus ojos calculaban algo, tazaban algo, medían el riesgo y el beneficio con la velocidad de un hombre que llevaba décadas haciendo exactamente eso. ¿De quién es esto? No importa de quién es. Importa si lo vas a hacer.

Azcárraga abrió las primeras páginas. leyó 5 minutos en silencio mientras María esperaba sin moverse, sin cruzar las piernas, sin tocar nada, con la quietud de una mujer que sabe que la paciencia también es una forma de poder. Cerró el guion. María, esto es muy fuerte, para eso sirve la televisión. Azcárraga sonrió. Era la sonrisa del hombre que ya está calculando el costo de algo antes de decidir si lo quiere.

¿Sabes lo que me estás pidiendo? Una telenovela en horario estelar con una protagonista que confronta directamente la corrupción presidencial. Los patrocinadores van a huir. El gobierno va a llamar. María se levantó del sillón, tomó su bolso con la elegancia de quien no necesita quedarse donde no la quieren.

Entonces, no me hagas perder el tiempo, Emilio. Estoy vieja para perder el tiempo. Espera. Azcárraga también se levantó. La velocidad con la que lo hizo revelaba más de lo que habría querido. Siéntate, vamos a hablar. Tardaron tres semanas en llegar a un acuerdo. No fue una negociación limpia, ni rápida, ni amistosa.

Fue una guerra de posiciones donde cada cláusula era un campo de batalla, donde cada concesión era calculada al milímetro, donde cada sonrisa escondía una reserva mental. María exigió control creativo total sobre el proyecto. Ningún cambio de diálogo sin su aprobación personal, ninguna escena eliminada sin su conocimiento y su visto bueno.

El director sería alguien que ella eligiera. El elenco lo decidiría ella. La música, el vestuario, la fotografía, todo pasaría por sus ojos antes de quedar grabado en cinta. Azcárraga escuchaba y sonreía y decía que si con la boca mientras sus abogados escribían cláusulas en letra pequeña que desdecían cadas y con la precisión de hombres entrenados para construir jaulas que parecen puertas abiertas.

María tenía su propio abogado, un hombre llamado Rodrigo Amescua, que llevaba 20 años protegiéndola de contratos que parecían generosos y resultaban trampas. Amescua leía cada párrafo tres veces. Chava Rascribia devolvía el documento. Azcárraga devolvía otro documento con nuevas cláusulas. Lost Chaba de Nuevo.

Así durante tres semanas hasta que quedó un contrato que no dejaba satisfecho a nadie, lo cual significaba que probablemente era justo. Fue en la segunda semana de negociaciones cuando apareció la primera señal de que algo más grande estaba en juego, algo que iba más allá de los intereses comerciales de Televisa o la voluntad artística de María Félix.

Consuelo recibió una llamada en el hotel donde María se hospedaba. Un hombre que no dio su nombre, solo una voz educada y fría como el mármol, que dijo que representaba a personas interesadas en el proyecto y que sería conveniente, usó esa palabra exacta, conveniente, que la señorita Félix reconsiderara algunos elementos del guion antes de que la producción avanzara.

Los elementos relacionados con el personaje del funcionario corrupto, los elementos que describían el mecanismo de transferencia de recursos públicos a empresas privadas. Esos elementos específicos. Consuelo lo escribió en un papel con la mano firme de una mujer que había aprendido a no mostrar miedo por teléfono y se lo entregó a María sin decir una palabra.

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