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La sucia TRAMPA de Puerto Rico que este Guerrero Azteca destruyó a puros GOLPES

Esos números eran una anomalía. Segura no boxeaba, Segura cazaba. Se te echaba encima como un animal herido, te acorralaba contra las cuerdas y te destruía el cuerpo con ganchos que sonaban como si alguien estuviera golpeando un costal de carne cruda. Medía 1,63, 11 cm más alto que Calderón. Su alcance era de 69 pulgadas contra la 63 del boricua, 6 pulgadas de diferencia en un deporte donde una pulgada puede ser la diferencia entre conectar y fallar.

En papel, la pelea parecía un choque clásico entre el boxeador y el pegador, el artista contra el destructor, la espada contra el mazo. Segura había ganado el título mundial súper de la Asociación Mundial de Boxeo en el peso Mosca Ligero, lo que significaba que esta pelea iba a ser una unificación. El mejor boxeador defensivo contra el pegador más devastador.

Puerto Rico contra México, todo en juego. Y aquí es donde la historia empieza a ponerse turbia. La pelea se programó para el 28 de agosto de 2010 en el Coliseo Mario Quijote Morales de Guainabo, Puerto Rico. La casa de Calderón, su territorio, su fortaleza. Y desde el primer momento, el equipo de Segura sabía que estaba caminando hacia una trampa. Primero el ring.

Cuando el equipo mexicano llegó al coliseo y vio el cuadrilátero, no podían creerlo. Era enorme. Los comentaristas en español lo describieron como del tamaño de una cancha de basquetbol. Exageraban, claro, pero el mensaje era claro. Un ring más grande le daba ventaja al boxeador que necesita espacio para moverse, para circular.

para mantenerse lejos del peligro. Y ese boxeador era Calderón. En un ring pequeño, Segura podía acorralarlo en menos pasos, cortarle el escape, obligarlo a intercambiar golpes en distancias donde su poder era letal. Pero en un ring gigante, Calderón tenía todo el espacio del mundo para bailar, para entrar y salir, para hacer lo que mejor sabía hacer, convertirse en un blanco imposible. Después los oficiales.

El referí asignado era José Iram Rivera, puertorriqueño. Uno de los tres jueces era Carlos Colón, también puertorriqueño. Esto no era raro. En el boxeo, los peleadores locales suelen tener ventaja territorial, pero en una pelea de unificación mundial, donde se suponía que todo debía ser neutral, la presencia de un árbitro y un juez compatriotas del campeón local levantaba cejas y luego estaba la sombra más oscura. Javier Capetillo.

El entrenador de segura era Javier Capetillo, el mismo hombre que había sido suspendido por la Comisión Atlética del Estado de California después de que se descubriera que había colocado una sustancia parecida al yeso en los vendajes de Antonio Margarito antes de su pelea con Shane Mosley en enero de 2009. El escándalo.

Margarito había sacudido al boxeo mundial. La imagen de los vendajes alterados, endurecidos como piedra, había dado la vuelta al planeta. Y ahora el mismo entrenador estaba en la esquina de un mexicano que venía a pelear contra el ídolo de Puerto Rico. Los fanáticos boricuas no tardaron en hacer la conexión.

En los foros y comentarios de sitios como solo boxeo, las acusaciones volaban. Le sumas que tenía a Capetillo, que es de conocimiento público, que le gusta poner vendajes alterados, escribió un usuario. Nunca se presentó evidencia alguna de que los vendajes de segura estuvieran alterados para la pelea con Calderón.

Capetillo ni siquiera estuvo en la esquina esa noche porque aparentemente no tenía licencia válida para trabajar en Puerto Rico, pero el daño a la percepción ya estaba hecho. Para muchos puertorriqueños, Segura era culpable por asociación con todas las cartas en contra, el ring gigante, el referí local, el juez local, el público hostil y la sombra de Capetillo.

Giovanni Segura subió al ring esa noche sabiendo que la única forma de ganar era hacerlo de manera tan contundente que nadie pudiera robarle nada. Tenía que noquear, no había otra opción. Calderón, por su parte, estaba tan confiado que antes de la pelea declaró públicamente algo que después se convertiría en una de las frases más desafortunadas del boxeo latinoamericano.

Este tipo no es rival para mí. He vencido a mejores que él. La campana estaba a punto de sonar y la isla entera estaba convencida de que su Iron Boy iba a dar otra clase magistral de boxeo. Vamos a hablar un momento de lo que significa la rivalidad México contra Puerto Rico en el boxeo, porque esta pelea no existía en un vacío.

Era el último capítulo de una guerra que llevaba décadas. Todo empezó en 1934 cuando el puertorriqueño Sixto Escobar noqueó al mexicano Rodolfo Baby Casanova. Desde entonces, cada vez que un mexicano y un puertorriqueño se suben al ring, no es solo una pelea entre dos hombres, es una pelea entre dos banderas, dos culturas, dos formas de entender el boxeo y la vida.

México pelea con el corazón con presión, con una voluntad de hierro que no se dobla ni cuando el cuerpo ya no aguanta. Puerto Rico pelea con técnica, con inteligencia, con una elegancia que convierte el ring en un escenario de arte marcial. La lista de peleas legendarias entre ambas naciones es interminable.

Wilfredo Gómez contra Carlos Sárate, Salvador Sánchez contra Wilfredo Gómez, Julio César Chávez contra Edwin Rosario, Félix Trinidad contra Óscar de la Olla, Miguel Coto contra Antonio Margarito, dos veces. Cada una de esas peleas fue un evento cultural que trascendió el deporte. Y ahora, en agosto de 2010, dos hombres que pesaban 49 kg estaban a punto de escribir su propio capítulo en esa historia.

Lo irónico es que nadie lo esperaba. Las divisiones pequeñas del boxeo son el territorio olvidado. Las televisoras no les prestan atención. Los promotores las tratan como relleno de carteleras. Los fanáticos casuales ni siquiera saben que existen. Pero lo que estaba a punto de pasar en Guainabo iba a demostrar que el tamaño del peleador no tiene nada que ver con el tamaño de la pelea.

Hay algo que debes saber antes de que suene la primera campana, algo que explica por qué esta pelea fue tan diferente a lo que todo mundo esperaba. Y es que Giovanni Segura había estudiado a Calderón con una obsesión que rozaba lo enfermizo. Había visto cada una de sus peleas, frame por frame, buscando algo, un patrón, un error, una debilidad que los otros 24 retadores no habían encontrado en 9 años.

Y lo encontró segura, se dio cuenta de algo que nadie más había visto. Calderón no podía absorber golpes al cuerpo. Su defensa al rostro era perfecta, casi impenetrable. Pero cuando los golpes llegaban abajo, al hígado, a las costillas, al plexo solar, el boricua sufría, su cara cambiaba, sus piernas temblaban, su ritmo se alteraba y segura que había noqueado a 20 de sus 24 víctimas.

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