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La PALABRA que CARLOS OTERO le gritó en VIVO | El humillante SECRETO de Boncó Quiñongo

Otero como el presentador que intenta mantener el orden. Gustavito como el tipo sencillo del pueblo. Ulises Toirak con sus parodias de burócratas. Osvaldo Doime a Dios con su margot subversiva. Antolín el pichón como el guajiro perdido en la ciudad. Y en el centro de todo Boncó Quiñongo, el negro del solar, el que usaba licras ajustadas y cadenas de oro y decía, “¡Qué volá con tu cake?” y acere en horario estelar de la televisión estatal.

¿Te das cuenta de lo que eso significaba? En un país donde el ICRT controlaba cada palabra que salía al aire, donde existía una estética revolucionaria aprobada que era blanca, de clase media, pulida y obediente, este hombre salía cada sábado a romperlo todo. Según Carlos Otero, Sabadazo llegó a alcanzar un 82% de audiencia.

En las giras tenían que esperar a que terminaran los juegos de pelota para actuar en los estadios, porque no había otro espacio lo suficientemente grande. Mientras el pueblo lo adoraba, los burócratas del ICRT lo miraban con desprecio y miedo. Ponte en sus zapatos. Eres funcionario del Instituto Cubano de Radio y Televisión.

Tu trabajo es garantizar que la pantalla refleje la estética revolucionaria. Y de repente tienes a un negro de Santos Suárez hablando argot callejero, representando exactamente el tipo de cubano que el sistema prefiere que no exista y el pueblo lo ama con locura. Conrado lo dijo años después con una claridad que corta como un bisturí. Me dije a mí mismo, “Ya nunca me van a llamar para nada importante, porque yo no soy del ICRT.

No pertenezco al grupo privilegiado de esta gente, no soy de cultura. Agarramos la fama con Sabadazo y nos presentábamos por todos lados, pero a la hora de ser una cara institucional, a mí nunca me iban a escoger. Detente un segundo. Era la cara más popular de la televisión cubana. Millones lo reconocían, pero dentro del sistema era invisible.

Lo que Bonc vivió no era un caso aislado, era el sistema. En la televisión cubana al actor negro se le asignaban roles específicos: el esclavo con grilletes, el cimarrón azotado, el delincuente o el bufón inofensivo. Lisandra Torres, investigadora de RTV Comercial, presentó un estudio en 2023 demostrando que en los telefilmes cubanos los personajes negros y mestizos son sistemáticamente asignados a roles negativos y marginales.

El movimiento de hip hop cubano lo resumió con un juego de palabras demoledor ICRT, Instituto Cubano de Racismo en televisión. El propio Fidel Castro, en 100 horas con Fidel, lamentó que los actores negros casi siempre eran utilizados para hacer de delincuentes. Lo reconoció en un libro y no hizo nada. El régimen no creó un programa nacional contra el racismo hasta noviembre de 2019, 60 años después de la revolución.

Bonc se plantó ante esa maquinaria con una postura que le costó todo. Soy el único negro que trabaja en la televisión cubana que no ha cogido cepo, que no le han dado latigazos, que no conduce un faetón y que no hace de delincuente. Y jamás voy a hacer esos papeles. Ni cimarrón ni delincuente, ni siquiera quiero hacer de policía.

Esa fortaleza venía de un código que no se aprende en ninguna universidad. Su padre y sus tíos pertenecían a la Abacua, la hermandad secreta afrocubana nacida entre los esclavos del calabar. Ocupaban posiciones importantes en la jerarquía. Plaza Famba le inculcaron a Conrado una ley que se convertiría en su columna vertebral.

Conradito, entras en este mundo de la televisión, mantén tu postura. Nunca seas un hombre común. Debe ser respetado y querido. Y si no puede ser querido, sé temido. Pero jamás. seas un hombre que se arrodilla mientras tú hacías cola bajo el sol del periodo especial para conseguir un pan con algo, Bonco hacía reír a millones en la pantalla, pero nadie cuenta lo que pasaba fuera de cámara.

Ese mismo Boncó, que era superestrella en la televisión, en la calle seguía siendo un joven negro más. La policía lo paraba. le hacía redadas en su casa de Santos Suárez sin motivo, usando los nombres de su padre o sus hermanos como excusa. La hipocresía alcanzaba niveles obscenos. Mientras la policía le registraba la casa, los generales del Minfar lo mandaban a buscar.

Un gym militar aparecía en su puerta. Lo llevaban a fiestas privadas de la élite. Actuaba para Raúl Castro y el alto mando en la base aérea de San Antonio de los Baños. Otero lo confirmó. Eso era obligatorio. Te desaparecían si no ibas. Pero Bonc nunca fue tratado como un igual. Era la mascota. Lo llamaban cuando querían reírse y lo devolvían a su barrio cuando terminaba la fiesta.

La pregunta que desmonta todo. ¿Cómo es posible que un sistema igualitario tenga a un artista negro actuando gratis? Para generales mientras la policía le registra la casa por ser negro. Bonc no se quedó callado. Escribió un poema llamado En Cuba nadie es racista. que es una de las radiografías más brutales del racismo oculto de la isla.

Al ritmo de una tumbadora, demolió capa por capa la mentira oficial, el racismo familiar. Nadie es racista hasta que le traen a casa un novio de pelo grifo y piel oscura. El institucional. Nadie es racista hasta que tu jefe es un negro. El policial, la policía de un grupo de 10 solo le pide la identificación al negro.

Lo sé porque lo viví en mi propia piel. Y lo más perturbador, ese policía que te pide la identificación también es negro casi siempre. ¿Es psicología racista o antipatía aprendida? Esa pregunta desnuda algo que el régimen jamás admitió. El racismo en Cuba no desapareció con la revolución. Se internalizó. Se convirtió en un sistema donde el propio oprimido reproduce la opresión.

Ese fue el momento en que Bonc tocó techo. No el del éxito, sino el de cristal que el sistema puso sobre su cabeza. sabía que nunca lo dejarían ser más que el payaso del solar. En 1999, con 28 años, tomó la decisión más difícil de su vida. Se fue. 19 de diciembre de 1999. Conrado Cogle sale de Cuba rumbo a Barcelona.

En el aeropuerto los fans lo abrazan. Viaja en primera clase. Está convencido de que su fama le abrirá las puertas de Europa. No tenía la menor idea de quién era Bonc Quiñongo. La historia se partió en dos. Ese día lo que le esperaba no era un escenario, era un abismo. España le enseñó que la fama es prestada y que el suelo debajo de tus pies puede desaparecer en un instante.

El idioma era el mismo, pero los códigos del humor eran otros. Sus chistes no funcionaban. El argotanero no significaba nada en Barcelona. Hizo monólogos en nuevos cómicos de Paramount Comedy. Actuó en historia de la P Mili Migajas. Mientras se hundía, seguía mandando cada peso a Cuba, a sus hijas Natalie y Naomi, que tenían 5 años cuando se fue.

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