En el complejo tablero político de la Colombia de 2026, donde las emociones suelen pesar más que las propuestas, los ciudadanos asistieron anoche a uno de esos momentos que definen el destino de una campaña. Lo que estaba diseñado para ser una vitrina de liderazgo y carácter para el candidato presidencial Abelardo de la Espriella en el programa “El País de los Jóvenes” de Caracol Televisión, terminó convirtiéndose en su peor pesadilla pública. La juventud colombiana, esa que el candidato a menudo intenta seducir con retórica de orden y autoridad, decidió que ya no se traga el cuento del Mesías.
El set de grabación, usualmente un terreno controlado donde los políticos despliegan sus guiones aprendidos, se transformó en un campo de batalla dialéctico. De la Espriella entró con la confianza de un hombre que se cree invencible, blindado por una imagen de éxito y una sonrisa de comercial. Sin embargo, no contaba con que el libreto se le iba a incendiar frente a las cámaras. Dos jóvenes, Jeffred Sánchez y Carlos Suárez, rompieron la zona de confort del candidato y lo obligaron a mirar de frente las sombras que su equipo de comunicaciones intenta ocultar desesperadamente.
o de la Justicia
El primer gran golpe a la mandíbula de la coherencia del candidato llegó por parte de Jeffred Sánchez, un joven oriundo de Mompox, quien con una tranquilidad pasmosa puso sobre la mesa el nombre que De la Espriella menos quería escuchar: Enrique Vives Caballero. La pregunta fue un dardo envenenado a la esencia misma de su campaña: ¿Cómo puede alguien que promete perseguir el crimen con mano de hierro hacer campaña de la mano de un empresario que acabó con la vida de seis jóvenes mientras conducía en estado de embriaguez?
La reacción de De la Espriella fue reveladora. Su rostro, antes distendido, se endureció instantáneamente. La molestia era palpable en cada gesto. En lugar de ofrecer una respuesta cargada de empatía hacia las familias de las víctimas de la tragedia de Gaira, el candidato se refugió en un tecnicismo frío y legalista. Argumentó ser un “hombre de leyes” y que no podía suplantar la función de los jueces, afirmando que Vives ya había resuelto su situación jurídica.
Pero el punto de Sánchez no era legal, era ético. El joven cuestionó el mensaje que se le envía a la sociedad cuando un “hombre de bien”, con suficiente dinero para pagar abogados de élite, goza de una libertad que para el ciudadano de a pie parece inalcanzable. La respuesta de De la Espriella fue una evasiva clásica del poder: “No puedo hacerle una verificación de antecedentes a cada persona que se toma una foto conmigo”. Esta frase, lanzada con un tono de superioridad irritada, ignoró el hecho de que Vives no era un desconocido en una plaza pública, sino un aliado visible en su recorrido por Santa Marta. La falta de un filtro moral mínimo en sus compañías es el primer gran síntoma de un liderazgo que parece despreciar la base ética del servicio público.
El “Drama” de una Nación Fracturada
El segundo acto de este drama televisivo giró en torno a la polarización, ese cáncer social que mantiene a Colombia dividida. Carlos Suárez, un joven abogado, le preguntó al candidato con sinceridad si se sentía responsable de la división que hoy enfrentamos. La respuesta de De la Espriella fue, quizás, el momento más indignante de la noche. Con una suficiencia casi monárquica, calificó el miedo a la polarización como un “drama” innecesario de los colombianos.
“La polarización es inherente a la política”, sentenció, como si fracturar a una nación fuera un mal menor o una estrategia publicitaria válida para ganar votos. Para el candidato, el sentimiento de exclusión y el miedo de quienes no piensan como él es simplemente una exageración dramática. Esta desconexión con el sentimiento popular de cansancio frente al odio político reveló a un hombre que no busca el consenso, sino la imposición.
Machismo y Seducción Forzada: La Metáfora del Poder
Sin embargo, lo que realmente dejó a la audiencia en un silencio incómodo fue la analogía que utilizó para explicar cómo convencería a sus opositores. Con una sonrisa cargada de un machismo rancio que parece sacado de otra época, comparó el ejercicio de gobernar con la conquista de las mujeres más bellas en su época universitaria.
Sostuvo que, al principio, las jóvenes lo rechazaban por ser un “costeño chiquito y cabezón”, pero que tras una conversación o un baile, terminaban “entregándose” a su encanto. Esta metáfora no es solo una falta de respeto profunda hacia las mujeres y hacia el espacio académico, sino que desvela una visión profundamente autoritaria y narcisista del poder. Para Abelardo, el país no es una colectividad que requiere sanación y diálogo, sino un trofeo que se gana mediante la seducción forzada o la exhibición de resultados materiales. Es la visión del gobernante como un conquistador que no necesita convencer con la razón, sino doblegar con el éxito.
El Personaje sin Respuestas
A medida que avanzaba la entrevista, la irritación del candidato se hacía más evidente. Cuando escuchó el descontento del público ante sus respuestas, interrumpió a la presentadora para desafiar a la audiencia: “¿Qué parte de combatir el crimen no les gusta?”. Esta es la táctica clásica del populismo autoritario: si cuestionas mis métodos, mis compañías o mi falta de empatía, entonces automáticamente estás del lado de los delincuentes. En el mundo de De la Espriella no hay espacio para el matiz ni para la crítica legítima; solo existe su verdad o el caos criminal.

El programa de anoche dejó una conclusión clara para el electorado: la máscara del carácter se agrietó. Detrás del hombre de las leyes y el defensor del orden, los jóvenes de Caracol encontraron a un político tenso, acorralado por su propia falta de coherencia y visiblemente molesto por tener que rendir cuentas ante una generación que ya no se deja deslumbrar por trajes caros y retórica incendiaria.
Colombia se acerca a unas elecciones cruciales el próximo 31 de mayo, y momentos como este son los que permiten ver quiénes son realmente los candidatos cuando se apagan las luces del guion y se encienden las de la realidad. Abelardo de la Espriella entró al set como un gigante y salió como un hombre irritado por el “drama” de una juventud que simplemente exige transparencia, justicia igualitaria y un liderazgo que no los trate como conquistas universitarias. El desenlace de esta historia se escribirá en las urnas, pero el “show” de anoche, sin duda, le salió muy caro al candidato de la mano de hierro.