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La Historia Más Triste Detrás De La Canción Más Hermosa De La Música Latina

La de dar todo lo que tienes y que no sea suficiente. La de seguir intentándolo, aunque todo te diga que es inútil. La de amar a alguien que no sabe amarte de vuelta. Alberto Aguilera Baladés la conocía mejor que nadie y la convirtió en música. Mientras tanto, en España había una niña, una niña que no tenía nada que ver con los bares nocturnos de la frontera, ni con los orfanatos de Ciudad Juárez, ni con el dolor de un hijo que nunca fue querido por su madre.

Una niña de Madrid de una familia humilde del barrio de Cuatro Caminos. Su abuelo fue el primero en ver lo que había dentro de esa niña. La llevaba a concursos de radio en secreto, sin decirle nada a sus padres al principio, porque sabía que había algo en esa voz que no podía quedarse entre las cuatro paredes de su hogar y tenía razón.

A los 15 años, María de los Ángeles de las Ceras Ortiz apareció en primer aplauso de Televisión Española y cuando cantó, el productor Luis Sans supo inmediatamente que tenía algo extraordinario delante. La contrató en exclusiva, le buscó un nombre artístico. El nombre lo eligieron señalando al azar en un mapa de España, Durcal, un pueblo de Granada. Rocío Durcal.

Así nació el nombre de la mujer que años después cantaría la canción que Alberto Aguilera Baladés escribiría llorando en Acapulco. A los 16 años, Rocío rodó su primera película, Canción de juventud. Cobró 75000 pesetas. Una fortuna para una chica de 16 años del barrio de Cuatro Caminos en la España de 1962. Y lo que pasó después fue algo que en la historia del cine y la música española no tiene precedentes.

Rocío Durcal se convirtió en la novia de toda España. No es una expresión figurada, es literalmente lo que pasó. En los años 60, Rocío Durcal era la cara más querida de España, la chica con quien todos los padres querían que sus hijos se casaran, la actriz que llenaba los cines, la cantante que sonaba en todas las radios.

Rodó 14 películas en una década. 14. En cada una de ellas era la misma Rocío, fresca, natural, con esa mezcla de inocencia y de simpatía que hacía que todo el mundo la quisiera inmediatamente. Siempre la chica buena, siempre la novia ideal, siempre la jovencita en quien todos podían confiar. Tengo 17 años, más bonita que ninguna. Acompáñame.

Amor en el aire. Buenos días, condecita. Los títulos solos dicen todo sobre la imagen que España proyectaba en ella y que ella devolvía al mundo. Viajó a México por primera vez en los años 60 y causó sensación. Participó en el programa de Ed Sullivan en Estados Unidos, el mismo programa donde habían aparecido los Beatles.

Fue a Venezuela, a Puerto Rico, a Argentina. El mundo de habla española la adoraba y Rocío lo disfrutaba y daba todo lo que tenía en cada película y en cada canción, porque así era ella, de esas personas que no saben hacer las cosas a medias. Pero llegaron los años 70 y algo cambió. Las películas que habían funcionado tan bien en los 60 empezaban a parecer viejas.

El mundo cambiaba rápido, el cine cambiaba, la España que salía del franquismo pedía otras cosas. El público que había crecido con Rocío como la novia de toda España quería algo diferente. Y Rocío, que tenía ya 30 años y tres hijos con su marido Antonio Morales, Junior, el cantante del dúo Juan Junior, necesitaba reinventarse.

Su marido había tomado una decisión extraordinaria. Antonio Morales, que era artista, que tenía su propia carrera, que era conocido en España y América Latina por su música, decidió renunciar a todo eso para quedarse en casa, para cuidar a sus hijos mientras Rocío trabajaba. Una decisión que en la España de los años 70 era casi inimaginable que el hombre sacrificara su carrera para que la mujer pudiera desarrollar la suya, que él se quedara en casa mientras ella viajaba por el mundo.

Antonio Morales lo hizo sin condiciones, sin resentimiento, porque amaba a Rocío y porque entendía que lo que ella tenía era demasiado grande para que el mundo no lo viera. Y Rocío, que sabía lo que ese sacrificio significaba, que lo echaba de menos en cada viaje y en cada actuación, seguía adelante porque eso era lo que habían decidido juntos.

En 1977 protagonizó una película que lo cambió todo. Me siento extraña. Una película del cine de destape con una escena que nunca antes había aparecido en el cine español. Un beso lésbico entre Rocío Durcal y Bárbara Rey. Rocío aceptó hacerla porque estaba pasando por dificultades económicas. Luego dijo que era la única película de la que se arrepentía.

Ni fue al estreno, ni llegó a verla nunca. Pero la película fue un éxito de taquilla. Y algo en esa contradicción, la imagen de la novia de toda España en una película de destape marcó el final de esa etapa. Rocío dejó el cine para siempre y decidió que había llegado el momento de apostar definitivamente por la música.

El problema era que su carrera musical, aunque respetable, no había llegado al nivel de su carrera cinematográfica. tenía discos, tenía canciones conocidas, pero no tenía ese algo que la hiciera diferente en un mercado musical cada vez más competitivo. Necesitaba reinventarse de verdad. Y entonces llegó México.

En 1977, la discográfica Ariola le ofreció grabar un nuevo disco. Rocío firmó el contrato y viajó a México para iniciar el proyecto. Y en México, su casa discográfica organizó una comida. una comida a la que también estaba invitado un joven compositor mexicano que en ese momento empezaba a ser conocido. un hombre que había crecido en la calle, que había cantado en bares nocturnos, que había estado en la cárcel de Lecumberry, acusado injustamente de robo, que había conseguido su primer contrato discográfico a los 21 años y

que desde entonces no había parado de componer canciones. Su nombre artístico era Juan Gabriel. En esa comida, Juan Gabriel se acercó a Rocío Durgal y le ofreció sus canciones. Canciones de ranchera, canciones de mariachi, el género más mexicano que existe, el que los turistas asocian con México desde siempre, el de los sombreros y las trompetas y las guitarras y las letras que hablan de amor y de desamor intensidad que no tiene equivalente en ningún otro género musical.

Rocío lo miró y dijo que no. No tenía ni idea de rancheras. No había cantado rancheras en su vida. Era española. Venía del pop y de las baladas y del cine. Las rancheras no eran su mundo, no eran su género, no eran lo que ella sabía hacer, que no. Y entonces llegó su marido, Antonio Morales, Junior, que había renunciado a su propia carrera artística para quedarse en casa cuidando a sus hijos mientras Rocío trabajaba.

que la conocía mejor que nadie, que sabía exactamente lo que ella necesitaba, aunque ella no siempre lo supiera. Junior la convenció. Le dijo que lo intentara, que escuchara las canciones, que le diera una oportunidad a algo que no había probado nunca. Rocío escuchó y grabó. acompañada del mariachi de América de Jesús Rodríguez de Ijar, grabó 10 canciones de Juan Gabriel sin publicidad, sin expectativas, sin que la casa discográfica creyera que iba a pasar nada especial.

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